EL COLGANTE DEL LOBO (V).

-¿Sorprenderte? – Eso he dicho. Sólo una vez más. No irás a decirme que no te ves capaz, después de haberlo logrado dos veces…

Después de una extraordinaria sesión de sexo, Lobo, el hombre que salía de mi colgante para hacerme el amor condenado por una maldición, me había confesado el modo de romperla, tras confesarme también su amor por mí, y que yo le correspondía. La cosa era bastante simple: Bastaba con sorprenderle, en lo sexual, tres veces. Anteriormente, lo había logrado en dos ocasiones, una, tensando los músculos de mi coño cuando él me penetraba, y la segunda hacía sólo unos minutos, masturbando su culito al mismo tiempo que su polla. Pero,… ¿Podría hacerlo una vez más? – No te devanes ahora la cabeza, nena – me aconsejó Lobo – Si lo haces, lo más fácil es que no se te ocurra nada. Déjalo que surja, y surgirá, llevo más de mil años en ése colgante, muñeca, esperar un poquito más,… no me importa. Lobo sonreía, conmigo entre sus brazos, tumbados sobre la gruesa alfombra de pelo largo color canela que había extendido en el suelo del salón y sobre la que habíamos tenido el polvazo del siglo. Poco después me llevó en brazos a la cama, y, siguiendo su costumbre, me arropó y se abrazó a mí para darme calor con su cuerpo. A la mañana siguiente ya no estaba junto a mí, y el holograma del lobo volvía a estar dentro del colgante que llevaba siempre al cuello. Durante todo el día, y pese al consejo de Lobo, lo pasé pensando en algo para sorprenderle y liberarle,… infructuosamente. Ése día comenzaba mis vacaciones de invierno, tenía una semanita libre por delante, y mucho tiempo para pensar… tiempo interrumpido por una llamada de mi madre. Mi madre quería recordarme (una vez más) que pasado mañana sería el aniversario de mis padres, y tenía que ir a casa a pasar el día.

– Y por una vez, trata de llevarte bien con tu prima, cariño.

– Mamá, sabes de sobra que no nos aguantamos, no vamos a congeniar ahora.

Mi prima Alicia vive con mis padres, es un poco mayor que yo, me detesta y la detesto, pero hablaré de ella más tarde. Casi al acabar la conversación, recordé que debía decirle algo a mi madre: – ¡Ah, mamá, casi lo olvido! Es probable que lleve conmigo a otra persona,..es,… bueno, es un hombre, y tú no lo conoces…. es,…. bueno, es…. mi novio.

Excuso decir que tuve a mi madre durante media hora más pegada al teléfono, decidida a hacer un balance completo de mi vida desde que lo conocí hasta la fecha, lo que me obligó a sacarme de la manga toda clase de trolas. Si Lobo para entonces seguía dentro del colgante, diría que no había podido venir por cualquier razón, y si iba, ya estarían sobre aviso. Naturalmente, para mi querida madre yo seguía siendo virgen, lo que, tanto si Lobo estaba fuera como dentro de mi colgante, no dejaba de darle a las cosas cierto morbo…

Lentamente, iba llegando la tarde. Me puse de nuevo el conjunto de tanga, ligero y corsé, solo que el azul oscuro en lugar del rojo, y sobre él, una minifalda tableada negra y una camisa blanca, de tacto parecido a la seda, abrochada sólo por un botón. Sentada en el tresillo del salón, podía ver cómo el cielo de la tarde se iba oscureciendo poco a poco. Me recliné un poco más, sin dejar de pensar cómo sorprender a Lobo, y,… me quedé dormida. ¡Pchs! Me desperté. Todo el salón estaba muy oscuro. Estaba recostaba en el tresillo, y en el sofá, frente a mí, una sombra oscura parecía contemplarme detenidamente, iluminada sólo por el pequeño circulito de luz de un cigarrillo recién encendido con una cerilla, cuyo rascado me había sacado de mi sueño.

– Hola nena, buen despertar. La ronca voz de Lobo sonaba casi acariciadora. Encendió otra cerilla y alargó el brazo para encender dos velas que había colocado sobre la mesa, que iluminaron suavemente el salón, y a cuya luz pude verle. Lobo llevaba su eterno traje azul oscuro, la camisa blanca y la corbata negra que le sentaban tan bien. Mientras sus ojos, casi ávidos, recorrían mi cuerpo, chupó intensamente el cigarrillo que ten&iacute

;a entre los labios. Sentí su mirada pasar por mi rostro, mi cuello, mi pecho, mis rodillas… Sintiendo claramente que me sonrojaba, separé descaradamente las piernas para que pudiese ver mi sexo, cubierto sólo por el suave tanga azul oscuro. Lobo se arrodilló como por resorte, y chafando el cigarrillo en un cenicero, se acercó a mí a gatas, sin apartar sus ojos hambrientos de mi entrepierna.

– Azul oscuro…- murmuró, acariciando la parte interior de mis muslos, separándolos aún un poco más. – Cómo te gusta ponerme cachondo, nena. Te gusta sacar de sus casillas al viejo Lobo, ¿verdad? Pero no pude contestarle, porque me agarró de los brazos para que me acercara más a él, y me besó, acariciando mi lengua con la suya, cosquilleando mi paladar suavemente, mmmhhh…. Ni siquiera me di cuenta que Lobo me había puesto las manos a la espalda y las había esposado. – ¿Qué…? – Calma, nena. Hoy está prohibido usar las manos,… a menos que sepas apañártelas para usarlas así. Pero para desabrochar botones o cremalleras, hoy están del todo prohibidas. Adelante, a ver cómo te las apañas.

Lobo, arrodillado sobre la suave alfombra, sonreía con aspecto de decir:"¿A que te he puesto en un buen aprieto?" – Esto no es justo, Lobo.- protesté, sonriente, mientras me arrodillaba frente a él – Tú tienes las manos libres. Lobo se quedó pensativo. De pronto, sacó del bolsillo otro par de esposas (ya había dejado de preguntarme de dónde sacaba todas las cosas que usaba), y se esposó a si mismo, también a la espalda. – Lo que es justo, es justo. – reconoció. Sonreí y me acerqué a él, para besarle de nuevo. Nuestras lenguas juguetearon, pero tan pronto le solté, me di cuenta que tenía un grave problema ¿cómo podía seguir? Miré su entrepierna: Apresada dentro del pantalón y la ropa interior, su gran polla producía un bulto considerable, que crecía por momentos,… pero fuera de mi alcance. Me moría por tocarlo, besarlo,… ¿pero cómo? – Tan cerca… pero tan lejos, ¿verdad, nena?- Lobo, que se daba perfecta cuenta de dónde miraba y lo que estaba pensando, se partía de risa.- Vamos, muñeca, eres lista. No es tan difícil… Sabía que mis manos estaban a mi espalda, y fuertemente esposadas, pero… sí, quizá sí había un medio de utilizarlas. Lentamente me di la vuelta, hasta quedar de espaldas a Lobo, y, siempre de rodillas, retrocedí hasta dar con mi espalda en su pecho. Ahora mis manos, aunque esposadas, quedaban exactamente a la altura deseada. Sin perder más tiempo, empecé a frotar su verga arriba y abajo. Su cálido miembro parecía crecer aún más bajo el efecto de mis caricias. Lobo se arrimó más a mí, para que pudiera tocarle mejor, y empezó a moverse él también de arriba a abajo, al tiempo que su respiración se hacía cada vez más agitada: – Mmmhhh… muy bien, nena… has sido lista.

Eché hacia atrás la cabeza y Lobo me lamió la boca. La entreabrí, y de nuevo mi lengua y la suya se enlazaron casi furiosamente. Lobo me lamió la cara, bajó por mi cuello, succionó fuerte en un delicioso beso de vampiro que hizo que mi humedad se desbordase, y una sacudida de placer recorrió violentamente mi cuerpo, desde mi sexo a mi cuello. Casi fuera de mí, tanteé con mis manos, buscando la cremallera del pantalón de Lobo, pero éste se dio cuenta y se apartó riendo. – No, nena, no hagas trampas. Lo haces de maravilla, pero no puedes usar las manos para cremalleras ni botones. Tienes que usar otro método…. pero deja que te dé una pista…

Me volví. La expresión del rostro de Lobo era increíblemente ávida, jamás nadie me había mirado de ése modo. De rodillas, Lobo se acercó a mí, sin dejar de mirarme a los ojos se inclinó, hasta agarrar con los labios el único botón de la blusa que llevaba puesta. Me sonrió para mostrar que lo tenía cogido con los dientes, dio un tirón seco y lo arrancó de cuajo, lo que me hizo dar un respingo de asombro. – No creo que yo… tenga tanta fuerza en los dientes como hacer saltar el botón de un pantalón. – susurré, nerviosa.

– No lo arranques entonces. Sólo suéltalo. Vamos nena, – dijo irguiéndose y adelantando su cadera.- desenvuelve

éste paquete sorpresa. Riéndome, nerviosa y colorada, me incliné hasta agarrar el ojal con los dientes. Su polla presionaba contra mí, y no lo ponía más fácil. Tiré de él, tratando que el botón pasara. Tras unos segundos de forcejeo, lo logré. – Muy bien, nena. – me felicitó Lobo.- ¿Ves como no era tan difícil? Ahora, la cremallera.

Eso ya era más fácil, y yo ya me sentía en mi salsa. Mirándole a los ojos, pesqué con los labios el tirador de la cremallera, y lo bajé lentamente, en un siseo que parecía no acabar nunca. Ahora sólo quedaba el slip, también azul oscuro. Con cuidado de no agarrarle los pelillos del vientre, lo mordí por la cinturilla y lo bajé también. Y ahí estaba. Tieso y orgulloso, ligeramente húmedo por la punta, rosado y brillante, tan atrayente, tan cálido,… no veía la hora de darle todo el mimo que merecía. Froté suavemente mi mejilla contra él, lo besé fugazmente, y sólo con la puntita de la lengua, lo acaricié, desde la base hasta la punta. – Mmhh… Lo has logrado, nena. – articuló Lobo entre suspiros.- Haz con él lo que quieras, pero no…. puedes.. mmhh… usar el coño, … ni el culito. – ¿Qué? ¿Porqué? Aquello era una desilusión mayúscula, pero Lobo sonrió de nuevo.

– No querrás…. que estropee la sorpresa que te tengo preparada… ¿verdad? Si Lobo decía eso, es que tenía preparado algo grande, de modo que seguí ocupándome de aquella maravilla que tenía delante, sin pesar en nada que no fuera darle todo el placer que pudiera. Sin manos, posé la boca justo en la punta de su gran polla, y apreté, acariciando con mi lengua con toda suavidad, para, muy lentamente, hacerlo ligeramente más fuerte, y luego un poco más… Muy despacio, centímetro a centímetro, iba bajando la cabeza, para tener un poco más en mi boca. Subía y bajaba un poco más, subía, apretando su verga entre mis húmedos labios, lamía la sensible cabeza, y bajaba de nuevo, llegando un poco más lejos.. – Ahh.. nena, … tu boca es un pecado mortal…. diablos, cómo me gusta….mmhh…

Levanté la vista para mirarle: Tenía la cabeza un poco echada hacia atrás, los ojos cerrados y en la frente le destellaba el sudor. Todo su cuerpo temblaba de gusto. Cómo me excitaba verle gozar, me encantaba darle placer, mi sexo empapaba el tanga, mientras seguía mamando sin descanso aquella enorme polla, pasándola de un lado a otro de mi boca, lamiéndola, saboreándola como si fuera un gran caramelo. De pronto noté como Lobo se ponía tenso, boqueaba como si le faltara el aire,.. comprendí que iba a correrse, y apreté suavemente la punta de su polla, lamiéndola fuerte y rápido, decidida a que gozase al máximo.

– ¡Sí, nena! Mmmhhh… pero qué traviesa … es ésta muñequita.. aahh… ¡sí! ¡sí! Justo entonces, sentí una riada de líquido hirviente inundar copiosamente mi boca, tragué con rapidez lo mayor de la descarga, y saboreé golosamente el resto, paladeando, notando cuán sutilmente cambiaba el sabor, de la dulzura en la punta de mi lengua, hasta hacerse picante al fondo de mi boca, y me fue imposible reprimir un "Mmmmmmmhhhhhhhh…….", mientras daba lengüetacitos suaves en la punta de su polla, aún erecta, provocando espasmos de placer en el cuerpo de Lobo. – Bueno, muñequita,… Te he prometido una sorpresa. – Lobo sonreía. Oí un ruido metálico en su espalda, y sacó las manos, que se había soltado no sé como. – Pero.. de momento tú te quedas esposada. Intenté protestar, pero ya no pude. Lobo me hizo tenderme en el suelo, y colocó un par de cojines bajo mis caderas. – Sí, así,… tendré mejor "acceso". Lobo se agachó para besarme, y al mismo tiempo, sus hábiles manos me abrazaron y soltaron, uno a uno, los enganches del corsé, que quedó suelto sobre mi pecho. Sin dejar de mirarme a los ojos, cogió el corsé con dos dedos y lo deslizó sobre mis pechos, hasta quitármelo de encima. Mis pezones erectos parecían devolver a Lobo la misma mirada ávida que les dedicaba él. Muy lentamente acercó una de sus manos a mi pecho, y la detuvo sólo a unos milímetros de mi piel. Traté de incurvarme hacia arriba para lograr

hacer contacto, pero Lobo, despiadadamente, alejó un poco su mano, para volver a acercarla un segundo después, hasta rozar casi imperceptiblemente uno de mis pezones. Su mano, fuerte y áspera, bajaba suavemente, hasta llegar a tocar mi teta por completo. La acarició con suavidad, después más fuerte,… casi en seguida su otra mano se ocupó también de mi pecho, amasándolo, jugando con mis pezones entre su s dedos, pellizcándolos,. – Qué maravilla, … qué preciosidad… me encanta verte gozar, nena, eres deliciosa… Tu modo de estremecerte bajo mis caricias,…. Me hubiera gustado contestarle, pero me faltaba el aire, no podía hablar. Lobo se inclinó y su lengua juguetona empezó a recorrer mis tetas a su capricho, se paseaba por entre ellas, las recorría en círculos hasta llegar a los pezones, les daba golpecitos húmedos y suaves… sus labios apresaron mis pezones alternativamente, provocando en mí sacudidas de placer como calambrazos. Notaba cómo el sudor me corría por la cara, me bajaba por el pecho.. no podía aguantar más, era maravilloso, pero necesitaba algo más, mi excitación subía como la temperatura en un volcán en erupción, y nada tenía para calmarla. Si no hubiera tenido las manos esposadas, probablemente habría hecho ya varios intentos por masturbarme, pero tal como estaba,… – Por favor…- logré articular – por favor, Lobo… me encanta, pero… no me tortures más,… penétrame, Lobo… sé bueno… Lobo se detuvo, acercó de nuevo su boca a la mía, y tras besarme, susurró en mi oído: – Si me lo pides con ésa vocecita… te doy hasta la Luna en la mano, muñeca. Es cierto que al estar tan excitada, mi voz, que habitualmente ya es fina, se había aflautado más aún. Oí cómo Lobo se ponía en pie, daba unos pasos, y tras hacer un ruido como si sacase algo de una bolsa, se arrodilló de nuevo, esta vez entre mis piernas. – Neeenaaaa, no te pierdas eeeestoooo… – canturreó Lobo. Abrí los ojos, que por la excitación tenía cerrados, y vi lo que Lobo me mostraba. Era un aparato muy raro. Parecía… un consolador doble. Estaba doblado en V, por una parte era más grueso, por la otra más delgado. Pese a lo aprensiva que soy, me resultó divertido no tener la menor idea de qué era aquel trasto.

– ¿Qué es eso? – pregunté.

– Esto, nena, sirve para pasárselo en grande. Éste lado más gordo es para tu coñito, y éste más fino, para tu agujerito trasero. ¿Verdad que te apetece probarlo? Si no quedas satisfecha, yo me encargaré de compensarte,.. ¿quieres? Lobo decía esto acariciando mi coño sobre la tela del tanga. Mis caderas se movían casi sin que yo me diera cuenta. No estaba para poner pegas a nada. Lobo rió con su risa ronca y baja, y bajó el tanga hasta dejarlo en uno de mi tobillos. Se agachó, y noté sus dedos acariciar la entrada de mi coño. – Estás empapada, nena. Así me gusta, veamos el culito…

Noté sus dedos acariciando mi agujerito, me hizo ver las estrellas de gusto, y noté algo cálido en él. – Te he untado un poco de vaselina, muñeca. Quiero que ésto se deslice hasta el fondo, y quiero que goces como una loca… y lo vas a hacer.

Apenas había terminado de hablar, sentí cómo aquel cacharro empezaba a hacer presión contra mi sexo, tratando de abrirse paso en mi intimidad, lo que, dada mi humedad, le resultó bastante fácil. La superficie en relieve me hacía enloquecer de gusto, Lobo lo metía y lo sacaba, cada vez un poco más hondo, haciendo que me frotase cada una de las terminaciones sensibles que sabía me volvían loca, y de las que yo ni tenía idea hasta que le conocí. Sus dedos pillaron mi clítoris, y comenzó a acariciarlo con toda calma, con una lentitud que me mataba de gusto…

– Aaaahhhhh…. así,… sí, … sigue,…. qué bien … lo haces tan bien…. – Disfruta nena, me encanta ver cómo gozas,… ¿está preparado éste culito? Lobo sacó un momento el consolador para doblarlo, y esta vez lo sentí también en mi ano, presionando, empujando, franqueándolo, taladrándolo… aquello era demasiado, Lobo empujaba a aquél monstruo dentro de mi cuerpo, dándome placer en mi coño, clítoris y ano, era estupendo… el placer me rec

orría todo el cuerpo en oleadas cálidas, el orgasmo parecía inminente, para luego relajarse unos minutos, haciéndome gozar como si en ello me fuese la vida, para que luego pareciese de nuevo que me llegaba, y de nuevo me dejaba respirar… no sé cómo lo hacía, pero era asombrosamente bueno… por un lado, deseaba llegar al orgasmo, correrme como nunca lo había hecho,… y por otro quería que ése placer durase horas, que no se acabase nunca… mis gemidos subían de tono, mis manos, a mi espalda agarraban furiosamente el largo pelo de la alfombra: – ¡Sigue, Lobo, síííííííí´! Aaaahhhhhhhhhhhh….. qué maravillaaaaaaaaaaaaaa….. eres… eres… un experto,..haaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh…. mmmmmmmmmhhhhhhhhhhh…. ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhh! ¡Qué placer! ¡Qué gusto daaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhh……! Sin dejar de mover el consolador doble dentro de mi cuerpo, Lobo se desnudaba con una sola mano. Su camisa, hecha una bola, pasó volando por encima de mí, era indudable que se estaba masturbando mientras me hacía flotar. – Ahora… quiero que mi nena tenga el mejor orgasmo de su vida… hasta ahora. Una décima de segundo antes de que pasara, supe lo que iba a pasar: Oí el clic, y aquel trasto con el que Lobo jugaba conmigo, empezó a vibrar con una intensidad tremenda, aún más fuerte que el de la noche anterior. El grito de placer que me arrancó entonces debió oírse hasta en Dinamarca. – ¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!! ¡¡¡ME MUEROOOOO!!!! ¡¡¡¡¡CIELOS, ES INCREÍBLE, HAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!! Todo mi cuerpo se agitaba, nunca hubiera creído que se pudiera sentir TANTO placer, era delicioso, era inenarrable, salvaje… Lobo reía a carcajadas, moviendo el aparato más velozmente, haciéndome sentir que cada célula de mi cuerpo estallaba de gozo, era algo asombroso, me parecía que mi cuerpo entero ardía como una tea, tuve la certeza de que la alfombra iba a prender bajo mi cuerpo… – ¡SÍ! ¡ME CORROOO! ¡SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH……! El orgasmo parecía morder mi cuerpo a dentelladas, el calor me recorría tan intensamente como si tuviera lava ardiente en las venas en lugar de sangre, notaba mi cara ardiendo, todo mi cuerpo estaba tórrido, sudoroso, agotado… pero había recibido una descarga de placer de la que no podría olvidarse jamás.

– Bueno… descansa un poquito, nena. Luego volveré para la segunda sesión. Lobo me besó la mejilla y se marchó, tras quitarme las esposas. Mientras mi respiración recuperaba lentamente su ritmo normal, me quedé allí, tumbada en la suave calidez de la alfombra. Cada movimiento me proporcionaba un fuerte hormigueo, mi coñito latía, mi culito palpitaba…. había sido algo realmente titánico, de haberme quedado fuerzas, habría aplaudido. Pero volvíamos a lo de siempre: Yo lo había pasado estupendamente, pero ¿y Lobo? ¡Que hombre éste! Siempre tan ocupado en que yo goce, que se olvida que parte de la diversión consiste en hacerle gozar a él. No podía permitir que eso siguiese así. La segunda sesión había dicho… bueno, veremos….

En el suelo, junto a mí, estaba el consolador doble. Lo cogí. Era muy flexible, podía estirarse por completo, y doblarse completamente también, a un lado o a otro. En el centro estaba el interruptor y un compartimento para pilas. Si metía la parte gorda en mi coño, poniendo la parte fina hacia atrás, claro está, podía meterlo en mi culito, pero, poniendo la parte fina hacia delante… ¡qué gracia! entonces yo también tendría pene… ¿Entonces yo también tendría pene? Eso me daba muchas ideas interesantes…¿Dónde estaba la vaselina? Encontré el bote, y unté la parte fina de vaselina. Aún llevaba puesta la falda, aprovechando lo empapada que estaba, metí la parte gorda del consolador en mi coño, y doblé la parte fina hacia delante, hasta que contactó con mi piel, disimilándola con la falda todo lo que pude. A mí me había gustado.. ¿porqué no podía gustarle a Lobo que compartiéramos aquél juguete, yo por del ante, y él.. por detrás? En la cocina, Lobo había descubierto el jamón serrano, y se estaba comiendo u

nas lonchas. – Hola nena. ¿Quieres?- Me dijo sin volverse, estaba de espaldas a mí, pero me había sentido.

– No, gracias.. Lobo… Quería decirte que ha sido excelente, de veras. – dije acercándome por detrás, lentamente.

– Me siento halagado. Sí, supuse que te gustaría. – Sonrió Con la mano en la que tenía la vaselina, le acaricié la espalda, bajando lentamente hacia las nalgas…. – ¿Ya te has recuperado, nena? – Preguntó Lobo con asombro – Oh… ¿no tienes ganas? – Cuando de ti se trata, nena, yo SIEMPRE tengo ganas. Pero, muñeca de mi alma… no hace ni cinco minutos … y ya me estás pidiendo guerra… eso me encanta, una chica que goza, que, aunque tímida y recatada, sabe disfrutar de su cuerpo, y no la avergüenza pedir más, una chica insaciable… Mientras bajaba los ojos ante el halago de Lobo, mi mano siguió su camino entre sus nalgas, hasta su agujerito trasero, donde depositó la vaselina… y claro está, aprovechó para hacerle unas cuantas caricias, gustosamente recibidas por Lobo. – Mmmhh… hasta ayer noche, nena, nunca se me ocurrió que yo pudiera sentir algo "ahí"… detrás… Luego, pensándolo, me daba … nosequé pensar que me habías penetrado el culo, como a un sarasa… Que no es que tenga nada en contra de ellos, pero…. Aquello dificultaba las cosas ¿No le había gustado? Y yo que tenía pensado abrirle el culito con mi falso pene, me hacía tanta ilusión… Ya puestos, decidí jugarme el todo por el todo. Me coloqué a su espalda, masajeándole los fuertes hombros, y bajando suavemente las manos por la columna, recorriéndola con las manos vértebra a vértebra, y pregunté: – Lobo, lo de anoche, cuando te… bueno, te masturbé el culito ¿Te dolió? – ¿Acaso te dolió a ti cuando te lo hice yo? – sonrió – No, nena. Si te hubiera metido la polla de golpe, sí, te hubiera dolido, te hubiera podido hacer mucho daño, pero tu viejo Lobo sabe hacer bien ésas cosas. Tú tampoco me metiste nada gordo, sólo dos de tus deditos, que son muy finos, y no los metiste muy hondo, sólo hasta la mitad, así que no, no me dolió.

– Y…. ¿te gustó? – Bueno… ya te digo, pensándolo después fríamente, … digamos que… no me sentí especialmente cómodo… después. Pero porque considero que éso es una práctica sexual para homosexuales, no para … – Pero.. ¿te gustó? – En mi voz había cierto tono de decepción, como de pena de no haberle satisfecho. Lobo debió notarlo, porque hizo de tripas corazón, y contestó la verdad: – Sí. No me gustó, nena, me enloqueció, me encantó, fue increíble… – ¡Ah, bueno! Menos mal. Entonces, seguro que esto te gusta también.

Sin más, aprovechando que estaba a su espalda, rápidamente me levanté la falda, y le enchufé la parte fina del consolador, sólo la puntita, y agarré a Lobo con fuerza, por si intentaba escapar, que fue lo que hizo.

– ¡No, nena, eso no, eso no! – parecía asustado, trató de correr, pero yo estaba sujeta como una lapa, y sólo consiguió llevarme con él, prácticamente en volandas, de nuevo al salón.- ¡Por favor, sácalo! ¡Por favor, sácalo! El tono de miedo de su voz por una parte me resultaba terriblemente excitante, pero por otro… Estaba pensando en ceder, cuando me di cuenta que Lobo tenía entre las piernas una erección despampanante, y yo ni siquiera le había tocado. Recordaba muy bien, que, mientras hablábamos, su polla estaba en reposo. ¿Se había puesto así sólo sintiendo la puntita del consolador en su ano? – Lobo, no finjas que no te gusta.- dije amablemente, mientras tiraba hacia abajo, intentando que se arrodillara, lo que poco a poco conseguí – Mira cómo estás, esto te encanta. Si te gusta, ¿porqué no disfrutarlo? Lobo me acarició los muslos, los dos de rodillas en el suelo, mientras yo apretaba muy poquito a poco el falso pene en su trasero. – Te lo ruego, … Dita… sácalo… – el corazón me dio un vuelco. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre, bueno mi apodo. Siempre me llamaba "nena", o "muñeca", lo que me gustaba, pero ahora… había usado mi nombre. Aquello tocó mi corazón de tal modo, que estuve a punto de sacarlo sin condiciones… pero de nuevo me rehice: – Lobo

si quieres que lo saque, tiene que ser porque te haga daño. No voy a sacarlo porque te guste, si te da placer, lo lógico es que lo disfrutes… Lobo, cariño… quiero que disfrutes. Pero si te duele, dilo, y lo sacaré. Sólo tienes que decir: "No me gusta lo más mínimo, me duele" y lo sacaré. Muy suavemente empecé a mover mi cadera hacia adelante y atrás. La vaselina que tenía en el culito, más la que yo había untado por el consolador, hacía que resbalase a la perfección. Mis pequeños empujes hacían que la parte gorda que estaba en mi coñito me estimulase deliciosamente, mientras la parte fina hacía chispas el culito de Lobo, por más que éste no quisiera reconocerlo,… ni decir tampoco que le dolía. Apretando ligeramente más adentro, cogí también la polla erecta de Lobo, e inicié un suave masaje, arriba y abajo, mientras con la otra mano le acariciaba el pecho, los pezones, el vientre… A Lobo le ardía la piel, húmeda de sudor, soplaba y se mordía los labios, como si quisiera contener el enorme placer que sentía… – Lobo,…. – susurré, porque ahora me costaba hablar.- .. si te molesta, sólo dilo… di que te duele y … lo sacaré…. Lobo se agarraba al cojín del sillón, haciendo denodados esfuerzos por no gritar de placer, y no parecía capaz de resistir mucho más.

– .. Aaahhhhh… Canalla…… Sabes que no puedo decir … algo así….

– Pues si no te duele, entonces…. di que te gusta…

Una vez más, lo vi contenerse, morderse la lengua, mientras su cuerpo se retorcía en éxtasis. Pero yo quería que lo dijera, quería que reconociera que le gustaba, y no era un mariquita por ello, de modo que empecé a moverme en círculos, y aún lo clavé un poco más.

– ¡Ah! ¡De acuerdo! ¡Tú ganas! – gritó Lobo – ¡Tú ganas! Me gustaa…. me encanta,… me… me vas a hacer morir,… mmhh… Dita….

No me lo hice repetir, profundamente feliz, empecé a bombear con más fuerza, más rápido, cada vez un poco más hondo,… era tan bueno,… apenas podía creer que fuese yo quien le estuviese penetrando a él, al tiempo que le masturbaba… el consolador recorría mi coño y su culo a la vez, en un furioso mete y saca perfectamente coordinado, que hacía las delicias de ambos, a la vez que con las manos le frotaba la polla arriba y abajo. Su verga ardía, palpitaba,… Lobo ya no callaba las maravillosas sensaciones que le daba: – ¡Así, nena, sigue follándome así! ¡Aahh..! ¡Destrózame el culo, por favor…! Diablo, muñeca…. aahhh…. ¡Si hoy no me da un infarto, … ya no me da nunca…! ¡Sigue, sigue….! – Oh.. Lobo,… esto es delicioso, .. mmmhhhhhhhhh…………… Nuestra velocidad aumentaba paulatinamente, Lobo me apretaba los muslos hasta dejarme marcadas las manos, tratando de que le diese más fuerte aún. Mis tetas subían y bajaban, golpeando contra su espalda empapada en sudor. Lobo echó las manos hacia atrás, todo lo que pudo para agarrarme las nalgas, las apretó con fuerza, y comenzó a abrirlas, hasta meter los dedos en mi culito, chorreante de líquidos de mi coñito. Temblé y suspiré con fuerza al sentir sus dedos taladrar mi carne. – ¡Aaahh…! ¿No… pensarías.. mmhh.. que iba a dejar que tu culito… se fuera de rositas,… verdad, nena? – ¡Sí! ¡Sí, por piedad! – grité, al borde del éxtasis – Atraviesa mi culito, sííííííí……… lo adoro… más, más, por favor… Sus dedos entraban y salían de mi agujerito trasero fuerte, velozmente, mientras yo no dejaba de embestir el suyo con mi falsa polla, clavada en mi coñito a mi vez, y apretando su gran verga, desde el tronco hasta la punta, masajeándola con fuerza y suavidad, con amor y con lujuria, con cariño y desenfreno,… qué delicia, cielos, qué delicia…. Y entonces, recordé que, por increíble que fuera, podía ser mejor aún. Retiré una mano de la polla de Lobo, la dirigí al consolador, y activé el vibrador. – ¡GUAUUUUUUUUUU! – Lobo apretó sus dedos con más fuerza en mi ano, también yo le masturbé más fuerte, los dos casi saltábamos sobre el despiadado juguete, gritando como locos – ¡ME VENGARÉ, NENA! ¡ LO JURO! AAAAAAAAAHHHHHHHHH…. ¡QUÉ LOCURAAAHHH….! Mi cuerpo ente

ro vibraba con más fuerza que el juguete, me parecía que mi coño y mi culito se partían en dos, mi placer llegaba hasta tal punto que gritar a voz en cuello, como hacía, no era bastante para sacarlo. Mordí los hombros de Lobo, le mordí en el cuello, mientras fortísimas oleadas de placer me indicaban que el orgasmo llegaba, y en una magnitud que quizá no pudiese aguantar consciente.

– ¡ME VIENE…. SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ! ¡ME CORRO! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH! ¡OH, CIELOS,… ES… DEMASIADO, HAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! Lobo rugía como un animal, sin dejar de taladrar mi culito, haciendo que el orgasmo se prolongase más, y más,.. Lobo cogió aire casi con desesperación y aulló, fuerte. Era la segunda vez que le oía aullar, y la primera, también fue porque lo había pasado muy bien. Mientras me corría una y otra vez, y los orgasmos hacían estallar todos los agujeros de mi cuerpo simultáneamente, Lobo aullaba muy alto, disfrutando inmensamente….. Solté suavemente la polla de Lobo, con las manos empapadas en semen, que había soltado de forma increíblemente abundante, y desconecté el vibrador, pero no me quedaban fuerzas para sacarlo… me parecía que iba a caer dormida allí mismo, me asombraba no haberlo hecho ya. Con la respiración tan agitada como si acaba de correr la maratón, apoyé la cabeza en los hombros de Lobo… me di cuenta que tenía el rostro mojado.

– A esto le … llamo yo…. follar como… dos animales… – jadeó Lobo, con la cabeza recostada en el cojín del sillón, frente al que estaba arrodillado. Con manos temblorosas y evidente esfuerzo, se acercó el pantalón, que estaba tirado allí, y de él sacó un pañuelo. Con él, me cogió suavemente las manos y me las limpió. A mi me parecía que mi cuerpo pesase toneladas, estaba agotada, extenuada, pero ¡qué estupendo había sido! No podía dejar de sonreír. Casi ronroneando como una gatita, saqué el consolador de coñito, y lentamente, me agaché y lo retiré también del culito de Lobo, y besé suavemente el tierno agujerito. Lobo había vuelto la cabeza para mirarme, sonriendo. Casi de golpe se tumbó sobre mí, abrazándome por encima de los brazos, inmovilizándome. Tuve un poco de miedo, ¿querría más aún? Lobo debió leerlo en mis ojos, porque, besándome, dijo: – No temas, nena. Yo estoy tan agotado como tú. Dime, Dita – me daban escalofríos cada vez que usaba mi nombre – tú… ¿tú crees que el sentir gusto en el culo, y disfrutarlo, me convierte en maricón? – ¡Claro que no! Te convierte en un hombre listo, que sabe lo que le gusta y no siente vergüenza personal por disfrutar del sexo, en toda su medida. Lobo sonrió más aún, cerró los ojos y abrió parcialmente la boca para besarme una vez más, cuando … sonó el timbre de la puerta. Estuve a punto de intentar levantarme, pero Lobo se ofreció para abrir él, se puso los pantalones, dejó entreabierta la puerta del salón y le oí cruzar el pasillo y abrir la puerta de la calle. Quien fuese se puso a vociferar como un loco: – ¿No tienen ustedes vergüenza? ¿Se piensan que viven solos en el edificio? ¡Pues no, vive más gente! ¡Gente a la que le molesta el ruido, y más el jaleo obsceno que tienen montado! ¡Desde hace días no hay quien descanse aquí, todas las tardes lo mismo! ¿Están ustedes rodando cine X, o qué? ¡Un poco de respeto, por favor! ¡Nadie tiene porqué enterarse de sus marranadas! Tenía voz de tipo mayor, de esos cascarrabias que se pasan el día quejándose de todo, y de los jóvenes más que de nada. Oí que Lobo rascaba una cerilla (sin duda encendió un cigarrillo), pero no contestaba nada, dejó que el otro le soltase todo cuanto quisiese. Cuando por fin nuestro visitante se calló, Lobo, con voz de perfecto arrepentimiento, contestó: – Tiene razón. Lo siento mucho, si le hemos molestado, le pido perdón. De ahora en adelante, procuraremos contenernos. Y crea que sentimos haber despertado su envidia. Pero es natural, que un hombre de su edad, al oír a una pareja hacer el amor desenfrenadamente, disfrutar como locos, y saber que él ya no… es normal sentir envidia. No se apure, seremos discretos.

Es indudable que el otro quiso contestar algo, pero un ruido de tos, me indicó que Lobo le había lanzado el humo a la cara, y aprovechando eso, cerró la puerta de golpe. El vecino pesado volvió a llamar, pero Lobo no se molestó ya en abrirle, y volvió conmigo al salón. Me miró sonriendo.. me miró… y de pronto lanzó un grito de alegría: – ¡Se ha roto! Se ha.. se ha.. ¡roto, está roto, está roto, está roto! – ¿Qué pasa? – pregunté – ¿qué es lo que está roto? – ¡El colgante! ¡Míralo, se ha roto! Cogí la cuerda del colgante para verlo, pero, en efecto, el medallón se había roto en pedazos que brillaban sobre mi pecho y sobre la alfombra en colores cambiantes, y que se fundían lentamente hasta desaparecer por completo. – Lobo, ¿esto quiere decir…? – Sí, nena. ¡SÍ! ¡Soy libre, soy libre, por fin! Lobo se puso a dar saltos y a hacer el pino sobre la alfombra riendo a carcajadas y llorando al mismo tiempo. Yo reía también sin poder creerlo. ¡Qué fácil había resultado! Lobo me cogió en brazos, dando vueltas en la alfombra, me cubrió de besos, reía y reía, y entre risas y besos, le oía decir: – Y ha sido gracias a ti… te quiero… te quiero… te quiero, Dita…. Yo le abrazaba con fuerza, llena de una felicidad maravillosa… finalmente, nos tumbamos de nuevo en la alfombra, el uno en los brazos del otro.

– Bueno…- dijo Lobo.- Ahora prácticamente, tengo que volver a nacer. Necesitaré papeles, una situación legal, un empleo,… para eso sería bueno hacer algo que pruebe que estoy vivo, que tengo algún vínculo con alguien… Dita, muñeca… sé que es un poco precipitado, pero… ¿tú querrías casarte conmigo? Dita. (continuará)

Autor: Dita

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Escrito por Marqueze

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