El extraño.

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Como de costumbre, sin nada que hacer y con ganas de un rato agradable tomé mi celular y abrí la aplicación de siempre. No mencionaré el nombre, pero todos sabemos cuál es la que usan los gays para ponerse de acuerdo para, así sin más, follar. Y de acuerdo a la finalidad del sitio y mis preferencias a la hora de follar, mi perfil no mostraba mi cara, sino mi trasero, cubierto por unos shorts deportivos que lo delineaban a la perfección.

Después de ver la enorme cuadrícula de fotos, no vi una sola cara nueva, como de costumbre. Unos ya conocidos, otros cuya apariencia definitivamente resalta — y no necesariamente porque su físico sea agradable a la vista. No pasaron muchos minutos hasta que me llegó un mensaje, abrí el perfil del remitente. Se veía un muchacho bastante menor a mí, lampiño y con rasgos faciales finos. Aunque decía 23 aparentaba unos 19, que se sale bastante de mis estándares, siendo que a mí no me llama la atención ningún hombre menor a 25 o 30 años.

Me decidí a revisar el mensaje. Era una fotografía. A muchos la imagen de un pene como saludo les parecería de mal gusto e invariablemente vulgar. A mí, al contrario, me resultó excitante; más si se trataba del pene, si no el más grande, el más estéticamente perfecto que había visto fuera de una película porno. Se notaba por encima de los 20 cm, pero no era eso lo que más me llamaba, sino el enorme glande cubierto hasta poco más de la mitad por un grueso prepucio rosado y una vena que iba de la base a la mitad del tronco, que más que servir de suministro de sangre al enorme falo, parecía que lo adornaba y lo hacía más apetecible.

Sin pensarlo, respondí con otra imagen, esta tenía mi culo descubierto. Por supuesto, no era mi favorita, esa la dejaría para antes del encuentro que en mi cabeza había planeado de principio a fin. Después de 10 minutos, me mandó otra imagen, esta vez su perfecto glande color rojo vivo al descubierto. Continuó la charla silenciosa y vulgar por el resto del día, cada imagen más reveladora que la otra. Vi su figura pálida y delgada, pero fuerte, sus piernas cubiertas de vello y la mitad de su cara cubierta — a causa de la perspectiva — por su enorme miembro erecto. Yo, en cambio, mostré mi rostro, mi ano completamente depilado, mis piernas morenas y delgadas pero firmes por el ejercicio.

Las conversaciones carentes de palabras continuaron por tres días, hasta que decidí romper el silencio:

– Fóllame.

– ¿Tienes lugar?

Me llamó la atención su uso correcto de los signos de interrogación.

– Sí.

Mandé mi locación.

– Ok.

– Entonces?

El extraño se desconectó. No volví a ver su perfil en línea por unos días hasta que una mañana vi un mensaje de él. Era otra foto de su pene y un texto:

– ¿Hoy a las 4?

Tengo trabajo, pensé.

– A las 4. Te espero.

Le dí las indicaciones para llegar a mi departamento y llamé al trabajo reportándome enfermo.

No desayuné. A las 2 me dí un largo baño — por dentro y por fuera, me puse mi mejor prenda interior, un short deportivo (el de la foto) y me acosté un rato.

Puntualmente, a las 4:06 llamaron a la puerta. Me vi al espejo, me acomodé el cabello y me dirigí a la puerta. Tocó nuevamente, esta vez con más firmeza. Abrí y me encontré con un sujeto que sí aparentaba sus 23 años; barba crecida, su cabello negro cubría sus orejas, lentes de pasta gruesa, no era el más guapo, pero nunca podría llamarlo feo. Su look decía estudiante de filosofía pero su mirada decía activo determinado, lo cual comprobé después de un rato.

Lo invité a pasar, se quitó el abrigo y se detuvo, mirando directamente hacia mí. Tomé su chaqueta, se veía cara y la puse sobre el sofá.

– Desnúdate. – dijo.

Me reí y lo ví a la cara. Él no se rió, definitivamente no estaba bromeando.

Obedecí.

Su mirada no se apartó de mí un segundo. Yo me quité la ropa lentamente, con movimientos, si no exagerados, bastante afeminados, cosa que parecía agradarle. La expresión en su rostro cambió, mas no se suavizó un instante, al contrario, parecía furioso, pero el bulto en su entrepierna me aseguraba de que no era ira, sino excitación.

Una vez desnudo, como impulsado por mi instinto, me acerqué de rodillas a él. Tomé su hinchado bulto con mis manos para poder sentir la forma y el tamaño. Mi excitación llegó a un nivel más alto; sentía los latidos de mi corazón justamente en la entrada de mi ano, que estaba caliente, húmedo de sudor y no sé qué más. Los músculos de mi pelvis se soltaron por completo y sentí mi culo tan abierto, tan hambriento del pene que tenía frente a mí y del que solo me separaban dos capas de tela. Todo en mi mente era la imperiosa necesidad tener ese pene enorme y perfecto dentro de mí. Terminé por introducir mis propios dedos en mi ano, lo cual en vez de saciar esa hambre la hacían aún más fuerte.

Por fin decidí desabotonar su pantalón. Su pene se sentía rígido a pesar de estar debajo de la gruesa mezclilla. Sentí su mano en mi cabeza. No se sintió como una caricia sino como si estuviera usándome como soporte para su propio cuerpo. Bajé sus jeans junto con sus boxers, y ahí estaba, su enorme pene completamente erecto. Al liberarlo me golpeó la nariz, se veía aún más majestuoso frente a mí. Lo tomé con ambas manos, percibí su olor fuerte y penetrante, ese olor característico de una verga; inhalé y me llené del aroma que me hacía enloquecer. En cuanto empecé a acariciarlo y a tirar de él, el enorme falo comenzó a expulsar ese delicioso líquido transparente. Abrí mi boca lo más que pude y lo dejé entrar hasta el fondo de mi garganta. Cerré mis ojos y dejé mis sentidos fundirse en él. Lo saboreé, jugué con mi lengua y su prepucio, lo pasé por toda mi cara y de nuevo me lo tragué casi hasta el fondo. Estaba extasiado. El dueño de aquella obra de arte jadeaba casi susurrando, tiraba de mi cabello y gruñía ocasionalmente, lo último me volvía loco y me hacía mamar con más fuerza. Al fin habló.

– Quiero metértela.

No respondí con palabras, sino que lo guié hacia mi habitación. Se subió los pantalones y me siguió. Me tomó del cuello y sin lastimarme, pero con fuerza, me tumbó en la cama. Sacó su verga enorme, se puso el preservativo más rápido de lo que había visto a alguien hacerlo y escupió en su mano derecha. Insertó dos dedos en mi ano. Grité — de dolor. No reaccionó, solo continuó metiendo y sacando sus dedos. Poco a poco el dolor se fundía con el placer, mientras movía su mano más rápido y más firme. Arqueé mi espalda y le acerqué más mis nalgas.

– Más. – dije entre gemidos.

Sacó sus dedos y sentí su lengua áspera rozar mi agujero caliente y hambriento. Acto seguido, su voluminoso miembro se introdujo en mí. Mi respiración se detuvo y abrí mi boca abierta de de par en par. Todo a mi alrededor se obscureció mientras él me follaba sin vacilar. Recobré la consciencia unos segundos después — que me parecieron horas —, me aferré a la cama y el dolor se opacaba poco a poco por el enorme placer que me daba su pene dentro de mi cuerpo. El extraño tiraba de mi cabello, de nuevo, usándome como su apoyo. Por momentos sacaba su pene, como para admirarlo y luego lo metía hasta lo más profundo, tocando cada rincón de mis adentros. Me escuché a mí mismo gemir y casi llorar, cosa que parecía excitarlo más, ya que movía sus caderas con más fuerza.

– Me encanta tu verga. – alcancé a decir.

Me tapó la boca y la nariz y comenzó a follarme más lento pero más fuerte. Sus muslos duros hacían ruido al chocar con mis nalgas. Sacudí mi cabeza para poder respirar y hundí mi cara — llena de lágrimas — en la cama para seguir con mis ruidosos e incontrolables gemidos.

Sacó su pene y me volteó de un solo tirón. Me miró a los ojos y levantó mis piernas para ponerlas sobre sus hombros. Agachó un poco sus rodillas y continuó el tormento de dolor, pero sobre todo, de inmenso placer. Esta vez controlé mis gemidos. Mi pene estaba completamente duro y lo empecé a acariciar. Al ver esto, el extraño tomó mis dos brazos y los puso sobre mi cabeza, aprisionando mis muñecas con su mano y con la otra se apoyaba en mi garganta.

Y de pronto, sucedió: su pene tocó el fondo de mi ano y mis caderas comenzaron a temblar, mi cuerpo se contorsionó y mis ojos se pusieron en blanco. Sentí una ola de placer que fue desde la punta de mi cabello hasta mis dedos de los pies. Mi pene comenzó a liberar un hilo espeso de semen blanco y caliente formando una lenta y tranquila cascada que iba de la punta de mi glande a mi ombligo. Lancé un grito y lo miré a los ojos. Me sentí exhausto, pero ansioso. Sacó su enorme miembro de mis entrañas, se sacó el condón de un solo movimiento y comenzó a masturbarse furiosamente. Tiró de mi cabello y acercó mi cara a su pene, el cual empezó a expulsar chorros de semen a toda velocidad. Su eyaculación fue tremenda, copiosa, casi excesiva. Me nubló completamente la vista.

El sujeto, visiblemente agotado, se alejó, se dirigió al baño de mi habitación y se lavó el pene, aún en erección y se subió el pantalón.

– Buen día. – dijo sin mirarme.

Me acosté y lo escuché salir. Me sentía sucio. Cogí su semen, aún en mi cara, con mis dedos y lo lamí. Me gustaba sentirme sucio.

Me dirigí al baño, miré al espejo, me volteé para después ver lo dilatado que estaba mi ano.

Tomé mi celular, saqué una foto y abrí la aplicación y presioné enviar.

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3 Comentarios

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  1. Grax por tus palabras,J. En realidad no lo haces nada de mal con tu voluptuosidad activa. Eres lo que cualquier pasiva caliente como yo quisiera para poner en practica las fantasías.
    Y gracias al autor que nos da pie para echar a volar nuestra imaginación.

  2. El tío follaba bien.Pero tu culo debe ser un volcán….y eso es una gloria y una delicia para una polla hambrienta de un buen agujero.
    Claro que mi Mauri….si que debe ser un culo vivo y en ebullición….de los que no te cansas de follarlo hasta que ya no te salga leche….solo agua. ¡¡¡¡¡¡Que ricos!!!!!.

  3. Realmente, es el sueño que tenía hace tiempo. Que me culiara un activo en forma casi despótica y tan tan excitado me dejaste con tu relato que siento como me late el culo y experimento una compulsión de ser follado como tú.
    Escribirás otro relato similar? LO necesito…

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