EL HOMENAJE

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Por medio de un amigo supe de esta página y hace como seis meses entre por primera vez. Al leer los relatos me percaté de las diferencias entre ellos, en cuanto a su estructura y el lenguaje usados. Me sorprendió gratamente encontrarme con algunos muy excitantes y bien escritos, curiosamente la mayoría de estos, escritos por mujeres, bueno, tal vez lo excitante estaba en el hecho de estar escritos por mujeres y además con lenguaje atractivo. Entre ellos me llamaron la atención las experiencias firmadas por Diana una mujer de 38 años de la Ciudad de México.

Me hice asiduo lector de sus relatos y un día me animé a escribirle y externarle mis felicitaciones por su manera de escribir y si era cierto lo que narraba, también por su manera de vivir su sexualidad, a la vez que felicitaba a su esposo por tener una mujer como ella. Me contestó muy amablemente y a partir de ese momento intercambié correos con ella durante un tiempo, después le pedí que charláramos por el Messenger, lo cual hacíamos con cierta frecuencia. Me impresionó su manera de pensar y la manera en que planteaba su opinión sobre diversos temas. Además de ser una mujer desinhibida me parecía una mujer inteligente.

Debo decir que en el fondo yo la deseaba, ya que se había convertido en una fantasía, máxime que ya tenía con ella una cierta relación. En uno de sus relatos decía que le podrían escribir hombres cultos, inteligentes, de buen nivel, bien dotados y guapos, Sin que yo cumpliera todos los requisitos a cabalidad le pedí la oportunidad de conocerla, ella me pidió como requisito le enviara unas fotografías mías y me dijo que yo ya la había visto, ya que en uno de sus relatos aparecía una fotografía de ella. Sinceramente yo nunca ví la fotografía a que se refería, pero tampoco me animé a mandarle fotos mías, la razón, la desconfianza natural que uno tiene con las personas desconocidas, que fuera a ser algún o alguna bromista o alguien de mala fé, etc.

No obstante seguí leyendo sus experiencias, que cada día me atraían más y seguimos conversando cuando eventualmente coincidíamos en el chat del Messenger. En una ocasión me animé a mandarle una fotografía y mi número telefónico, pensé que valía la pena intentar conocer a una mujer tan interesante como ella. También le solicité reciprocidad. Estuve esperando repuesta en mi correo durante algunos días y una semana después recibí una llamada telefónica, -soy el esposo de Diana -me dijo. Yo me puse un poco nervioso, traté de controlarme.

Él añadió -Diana me ha hablado de ti, de tu interés en conocerla. Le expliqué que mi interés se debía a sus relatos y a las conversaciones que había mantenido con ella, lo cual me hacia suponer que era una mujer formidable. Ella también quiere conocerte -me dijo- y si ella quiere, yo estoy de acuerdo, siempre y cuando todo sea agradable y seguro para todos, así que si es de tu interés me gustaría que nos conociéramos tú y yo y si todo va bien podemos reunirnos en otra ocasión los tres. Por supuesto -le contesté. Quedamos de vernos en un bar de Insurgentes Sur, al siguiente día.

Llegué a la ocho en punto al lugar convenido, antes de entrar le marqué a su celular para asegurarme de que ahí estaba, me indicó dónde estaba ubicado, entré al lugar, lo busque con la mirada y él levantó una mano. Nos presentamos, ordenamos unos tragos y platicamos como una hora, nos dimos nuestros datos, al parecer nos convencimos mutuamente de que ser personas decentes, pero sobre todo entendimos que había mucha simpatía entre nosotros, por los temas que nos interesaban.

A mi en lo particular Alberto me pareció una persona inteligente, algo reservada, pero con una conversación interesante. Él por su parte me dijo: Creo que le vas a simpatizar a Diana, aunque ya son amigos cibernéticos, no es lo mismo que las relaciones reales entre las personas-y aña

dió- sólo un cosa te pido, que por ningún motivo la hagas sentir mal, si algo no es de tu agrado o el de ella, con buenas maneras nos despedimos y cada quien por su lado. No te preocupes, lo que más quiero es conocer en persona a quien me a brindado tan gratos momentos y lo que menos quiero es incomodar a nadie- le conteste.

Lo siguiente fue una sorpresa, llamó a su mujer por teléfono y como a la media hora ella estaba de pie saludándonos. La verdad no me esperaba verla así de pronto, ahí frente a mí se encontraba una mujer guapa que no aparentaba los 38 años que decía, vestida de una manera sensual, con una sonrisa tímida y un poco nerviosa. Una mujer bronceada, vestida con un falda corta, de tela delgada y una blusa semitransparente. Una mujer con unas buenas piernas, calzada con sandalias altas. En fin, una mujer atractiva que a primera vista me gustó y que hizo que mi masculinidad vibrará, al saber que era la mujer con la que había conversado y la mujer de la cual conocía algunas de sus excitantes experiencias.

Te presento a David -dijo Alberto, yo me incorporé y le tendí la mano. Es un placer Diana -le dije. Ella sólo me sonrió. Al principio todo fue un poco atropellado, siendo Alberto el que posibilitó que la conversación fluyera. Después de que los tequilas que Diana pidió hicieron su efecto, ella se relajo, yo me sobrepuse y todo se dio con más fluidez. ¿No estás decepcionado? -me dijo ella. Por supuesto que no Diana, muy por el contrario, estoy gratamente impresionado y muy contento de la oportunidad de conocerte -le dije.

Conversamos sobre diferentes temas y al parecer todo fue como ellos esperaban, porque como a las once de la noche se despidieron, Diana me dio un beso en la mejilla y Alberto me invitó a cenar. Nos vemos el próximo viernes, ¿te parece bien comida francesa?-dijo él. Encantado -le contesté. Y nos despedimos después de fijar el lugar y la hora de la cita.

Si la primera impresión que tuve de Diana fue agradable, ese viernes estaba encantado de verla. Cuando llegué al restaurante de Av. Revolución ellos ya estaban ahí, ella se veía más luminosa, más atractiva. Los dos se levantaron a saludarme, ella me saludó de beso en la mejilla y me encantó como iba vestida, una blusa de tirantes sin sostén, se le adivinaban sus pezones, una minifalda negra y unas botas de tacón alto a media pierna. Ellos estaban tomando sus aperitivos, yo pedí el mío. Después ordenamos los platillos, Alberto seleccionó el vino, pidió mi aprobación. Comimos, bebimos, conversamos y reímos como grandes amigos, mi cotidiana timidez se había quedado en casa.

Constaté que muchas de las cosas que Diana me había dicho eran ciertas, le encanta el placer en todos los sentidos. Cuando Diana fue al servicio, Alberto me dijo: ¿Te gustaría acompañarnos a una noche larga?. Sabes muy bien que estoy puesto -le contesté. Alberto pidió la cuenta, le pedí me la mostrará, y decidí pagar, él sugirió que la dividiéramos, pero yo insistí y le dije que él pagará lo demás. Cuando Diana regresó, Alberto le dijo: Prepárate Diana, David y yo te vamos a llevar de juerga esta noche. Ella sólo dijo, ¿a dónde vamos?, y lo tomó del brazo.

Nos fuimos a bailar a un lugar en la colonia Cuauhtémoc, un poco lejos de dónde nos encontrábamos, pero un lugar de buen ambiente -me dijeron, ahí empecé a disfrutar de Diana de una manera más directa, cuando bailábamos, pegamos nuestros cuerpos, ella me acariciaba el hombro y yo le acariciaba la espalda, alternadamente bailaba con su esposo y conmigo, cada vez era más patente que estábamos deseosos de estar juntos, tomamos un poco, todos estábamos entonados, Diana fue al servicio y cuando regresó, se sentó junto a mí y me dijo: David te tengo un regalito, yo me sorprendí, ella agregó: préstame tu mano, se la di y me puso su pequeña tanga e hizo que cerrará la palma de la mano, mientras le brindaba una sonrisa a su esposo.

Sentí la humedad de su prenda y sentí que la verga se me ponía dura, ella me sacó a bailar, yo metí su tanga en la bolsa del saco y la tomé de la cintura, pegándola a mi cuerpo para que sintiera mi erección, -que rico, me dijo casi al oído, -que rico, David, repitió. Yo encantado de estar bailando con la Diana de mis fantasías, sabiendo que su tanga es

taba en mi poder y que además era un regalo que era toda una promesa. Cuando regresamos a la mesa el sabio de Alberto ya había pagado y nos pidió que hiciéramos el último brindis en ese lugar, la noche es larga, agregó. Mientras esperábamos el coche, metí la mano a la bolsa del saco, sentí la tanga de Diana y le pregunté al oído: ¿estás mojadita verdad? Empapada -me contestó, y se agarró de mi brazo.

Nadie dijo nada respecto del destino ni del rumbo que tomábamos. De pronto estábamos en el estacionamiento de un hotel, subiendo las escaleras, entrando a una habitación. Diana se dirigió al baño, yo me senté en la enorme cama y Alberto pidió unas bebidas, que trajeron casi inmediatamente.

Cuando Diana salió, yo no sabia si tomar la iniciativa o dejar que ellos llevaran la batuta, afortunadamente Diana acabó con mis dudas, se dirigió adónde yo estaba y se agachó a besarme en la boca, un beso húmedo y cachondo que me puso más caliente de lo que ya estaba, sentí su mano sobre mi verga que para ese momento estaba parada a todo lo que daba, me acarició de los huevos a la punta repetidas veces, se puso en cuclillas y me sonrió, desató el cinturón, me bajó el cierre y sacó mi verga, la acarició y se la metió a la boca, me la mamó de una manera que sentí una venida inminente, sin embargo logré controlarme y me relajé, decidí tomar una actitud más controlada, la motivaba a mamármela, diciéndole lo rico que lo hacia, ella con una mano se masturbaba, mientras su esposo nos miraba desde cierta distancia.

Diana soltó mi verga sin dejar de acariciarse y la ví venirse ahí junto a mí, como la había imaginado varias veces. La incorporé y la besé en al boca y en el cuello, mientras le decía lo mucho que me gustaba, Alberto se puso detrás de ella y también la acariciaba, le quitó la blusa y le acariciaba los pechos desde atrás, yo la besaba, le quité la falda, ahí estaba desnuda, salvo por sus botines. Se veía encantadora con su cuevita rasurada y con parte de sus sabrosas nalgas más blancas que las demás partes de su cuerpo. Le metí los dedos en su húmeda cueva, en verdad, nunca había estado con una mujer que se excitara de esa manera, le bajaba sus fluidos por las piernas, yo le metía dos dedos en su vulva que chorreaba y ella me decía al oído -así, así, házmelo.

Y terminó por gozar de una manera sorprendente, mientras le estimulaba su punto G, se vino como un río, dejando mi mano prácticamente empapada. A mi todo eso me excitaba más, si es que más era posible. La recostamos en la cama, nos desvestimos y la besamos por todas partes, Alberto le hizo sexo oral, hasta que la hizo venirse nuevamente, yo seguí su ejemplo y logré una nueva venida de la caliente e infatigable Diana. Ella nos abrazaba a los dos, nos acariciaba las vergas y nos dijo -quiero que me cojan mucho.

Alberto me dio un paquete de condones, se levantó y me invitó con un gesto a ser el primero. Diana abrió las piernas y yo me puse sobre ella, levantó las piernas con ayuda de sus manos y me ofreció el famoso "higuito", el jugoso "higuito". Puse la punta de mi verga a la entrada de su húmeda cuevita y poco a poco se la fui metiendo sin ninguna dificultad, sentí como un guante de seda sus húmedas paredes, ella jalaba con más fuerza sus piernas hacia arriba y levantaba la cabeza tratando de mirar como se la metía, empezó a gemir con más fuerza y yo a darle con energía y con una lujuria motivada por esa disposición total, así, así, -me decía, mientras llegaba a un orgasmo más, mientras Alberto la besaba con ternura, ella me apretaba mi miembro, lo que me daba un placer agradable y estimulante.

A continuación Alberto se sentó recargado en la cabecera de la cama y Diana se puso de "perrito" invitándome a darle desde atrás, mientras ella se la mamaba a su esposo. Así es como te gusta verme mi rey -le decía. Así es como me encanta a mí, -seguía diciendo, dame duro David, dame duro, dame duro -agregó, mientras se quejaba de gusto al sentir que nuevamente la clavaba. Que gusto sentir sus nalgas a mi disposición, que gusto darle gusto a la sabrosa Diana, no pude aguantar más y me vine, de una manera formidable, mientras ella me apretaba haciendo contraccion

es, exprimiendo mi verga, que sentía nuevos espasmos cada que ella lo apretaba, una experiencia realmente deliciosa.

Yo tenía ganas de decirle que era una puta, que me encantaba, que me ponía calentísimo, que quería cogérmela mucho a la muy puta, pero me detenía por respeto a su esposo y porque no sabía como reaccionarían ante mi franqueza, lo que si sabía es que Diana era una ricura de mujer, excitante y dispuesta y que me encantaba. A pesar de que me había venido, seguí dándole hasta que logré hacerla venir, me sentía un poco fatigado, pero el esfuerzo valió la pena ya que verla gozar era todo un placer.

Me retiré un poco para verla como se la mamaba a Alberto, como se deleitaba, demostrando lo mucho que le gusta besarla. Ellos también se incorporaron para beber unos tragos, y platicamos un rato de lo sucedido y mientras su esposo la abrazaba y la acariciaba con ternura alargó la mano para acariciarme las piernas, alcanzó mis genitales y los acaricio con delicadeza, apenas rozándolos. Poco a poco fue haciendo que se me volviera a parar. Alberto se acostó y la invitó a montarse, ella se clavó la verga de su esposo y lo empezó a besar, levantando el culo.

Tomó una de mis manos y la llevó a sus senos, yo entendí lo que quería y le empecé a acariciar todo su cuerpo, le besaba sus pezones, la espalda, hasta la rayita de su culo. En la bolsa de mi saco está un tubo de lubricante -dijo Alberto. Entendí su propósito, le puso un poco entre las nalgas y ella paró un poco más el culo, le puse más en su culito y le metí un dedo primero y luego otro, ella empezó a cabalgar a su marido con más ganas y a pedir más y más. Yo le metía y repetidamente mis dedos con más fuerza.

Métesela, dijo Alberto, embarré de lubricante mi verga y se la metí lentamente en su apretado culo, la metí hasta adentro y la saqué con lentitud, así varias veces, ella sólo gemía de gozo o de dolor o de ambas cosas, su marido le hablaba al oído, diciéndole lo caliente que era, que le encantaban dos vergas, que era una puta, ella se calentó aún más y sólo repetía si, si, si, hasta que volvió a venirse. Alberto nos pidió permiso para salirse, y me dejó ahí con ella en cuatro, con mi verga en su culo. Yo seguí disfrutando de esa reina, de esa mujer gozadora a la que le encanta el placer, hasta que me vine nuevamente sintiendo su culito rico y sus hermosas nalgas.

Descansamos un rato, ahí acostados, ella entre los dos, los dos la acariciábamos y ella a los dos, platicamos un rato más, terminamos nuestras bebidas, le pregunté si le había gustado. Si y mucho-me dijo, y a ti -me preguntó. Le dije que yo estaba encantado que para mi era una experiencia inolvidable y que de lo único que tenía ganas era de volver a repetirla. Diana le pidió a Alberto que ya se fueran, mientras se acurrucaba entre sus brazos, le decía que lo quería mucho.

Sentí que estaba ante una mujer enamorada, bueno, más bien una pareja enamorada. Y curiosamente no me sentí un intruso, sino más bien alguien que había colaborado con su placer y que ha cambio había experimentado un placer inigualable. Alberto me dio las gracias por todo, el que debe darles la gracias soy yo -les dije.

Le pregunté a Diana si iba a escribir algo sobre nuestra experiencia, me contestó que no sabía, ¿puedo intentarlo yo? -le pregunté, me encantaría escribir algo sobre ti, algo que también sirviera un poco de homenaje a la gran mujer que eres -agregué. Ella sonrió asintiendo y me dio un beso, otro jugoso beso, de despedida.

Bueno, pues este es el relato de mi experiencia con Diana y su esposo, este es mi homenaje a esa especial mujer. Espero que les guste, pero sinceramente, más espero que le guste a ella. Aprovecho también para felicitar a Alberto por la suerte que tiene y por saber disfrutarla.

Autor: David

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Escrito por Marqueze

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