El inicio del ocaso (II).

Hola todos. Soy Juan. Voy a contarles cómo sigue esta historia luego de que me beneficié a Karina y a mi esposa en esa noche maravillosa.

De más está decir que a partir de ese momento, mi empleada y Emilse se hicieron inseparables y no podía evitar erectarme en el negocio cuando mi esposa llamaba y me pedía que le comunicara con Karina. La morena cambiaba el tono de su voz y varias veces la sorprendí hablando en el baño mientras se masturbaba. Los fines de semana nos íbamos a la casa que tenemos en la costa. A veces íbamos los tres, a veces Karina y yo solos y algunas otras las dejaba ir solas con la condición de que filmaran un videíto para mí.

La vida no podía ir mejor. El negocio iba bien, mi matrimonio era sensacional y me podía tirar a mi empleada con el consentimiento de mi esposa. ¿Qué más podía pedir? No se me ocurría.

Cuando llegué casa, ese día sentía que algo había cambiado. Emilse y Karina estaban sentadas besándose dulcemente con los dedos entrelazados y podía sentir el ardor en sus cuerpos. La sola visión de la escena me empalmó y me dispuse a abalanzarme sobre ellas pero algo me decía que no lo hiciera.. Estaban embobadas acariciándose y susurrándose cosas al oído. Estuvieron así casi media hora en la cual me hice dos pajas frenéticas hasta que decidí entrar en acción.

Emilse no sabía cómo empezar, así que fue Karina quien me dijo que se sentían muy bien la una con la otra y que ya no querían compartirme entre ellas. Emilse me dijo que creía haberse enamorado de Karina. Sentí que el mundo se me venía encima. Aunque creo que en el fondo lo sabía. Discutimos y me pidieron un tiempo para acomodarse. Todos estábamos muy confundidos. Así fue como les cedí las llaves del departamento en la costa, negárselas sólo iba a empeorar las cosas y le dí dos semanas de vacaciones a Karina. Toda la semana la pasé trabajando y bebiendo. No recordaba qué hacía a la noche, pero las resacas eran increíbles. Así fue como el primer fin de semana me disponía a salir cuando alguien tocó el timbre. Era Eduardo, mi infaltable compañero de juergas. Inmediatamente se dio cuenta de que me estaba pasando algo y me dijo que no me preocupara. Esa noche saldríamos de pesca y nos cansaríamos de cojer. Encargamos unas pizzas y bebimos a la salud de las mujeres que nos esperaban. Estábamos muy animados y decidimos meternos en Internet un rato para ver si conseguíamos alguna cita rápida y de paso, consultar las páginas de acompañantes.

Divagamos por varias páginas y nos fuimos deleitando con las fotos y videos que había. Nos metimos en un chat con cámara y establecimos contacto con varias mujeres. La mayoría chicas con mucho rollo que no daban para una historia rápida. El tiempo pasó sin darnos cuenta mientras chateábamos hasta que dimos con dos chicas que se acariciaban frente a la cámara. Eso me puso a mil y me erecté creyendo que me iba a vaciar en ese mismo momento. Las chicas se lamían mientras miraban de reojo hacia la lente y no pude evitar llevarme una mano a la entrepierna. Comenzaron a magrearse los senos mientras entrelazaban sus lenguas y empecé a transpirar. Necesitaba una descarga. Miré de reojo a Eduardo y él también tenía una tremenda erección.

_ Edu. Putitas las chicas. ¿No? _ Comenté, a lo que ambos reímos para dar paso a un agitado silencio.

_ Juan. No sé a vos, pero a mí me están matando. Necesito una descarga. _ Asumió mi amigo.

Propuse que nos masturbáramos. Total estábamos solos y sería como cuando estábamos en el colegio y competíamos por ver quién llegaba más lejos.

Miramos el monitor nuevamente. Las chicas estaban haciendo un 69 digno de las películas de Vivid. Serían cerca de las cuatro de la mañana. Se nos había pasado la noche y estábamos que explotábamos. No me importaba nada y sentía que estaba a punto de abrir la puerta a un nuevo mundo. Respirábamos agitados mientras nuestras erecciones eran ostensibles en nuestros pantalones vaqueros.

Como si tuviera voluntad propia mi mano se desliz

ó hacia su bulto y comencé a acariciarlo. No me importaba cómo iba a reaccionar Eduardo. Necesitaba sexo y pronto. Creo que él también estaba pasando por lo mismo porque, lejos de sorprenderme me devolvió la caricia y nos acariciábamos por sobre la ropa mirándonos de reojo. Su mano libre llegó a mi barbilla y me giró haciendo que nuestras narices se tocaran. Nuestros ojos se encontraron y pude ver mi deseo en ellos. No hubo preliminares. Nuestras manos aumentaron la fricción y su lengua invadió mi boca para adentrarse hasta mi garganta. Saboreé su lengua. Sabía a alcohol y a cigarros. Nos morreamos mientras nos poníamos de pie y nos apoyábamos mutuamente. Su barba de dos días me raspaba un poco pero también me hacía sentir protegido, en compañía de otro hombre.

Sus manos se dirigieron directamente hacia mis nalgas y me apretó contra sí sin dejar de explorar mi boca con su lengua. Sentíamos nuestros miembros rozándose, peleando con los pantalones por entrar en contacto y nos fundimos en un ardoroso combate bucal. En el mejor beso francés que me dieron comenzó a bajarme el cierre y nos dejamos caer en la cama. Mis manos encontraron su pene y lo empuñaron ávidas. Eduardo mordía el lóbulo de mis orejas mientras me decía que no parara. Nos desvestimos mutuamente, quedando sólo en slip y pude ver que él también tenía el cuerpo trabajado, con el pecho depilado. Mi lengua se posesionó de sus tetillas mientras nos frotábamos como si en ello nos fuera la vida. Estábamos volando.

Fui descendiendo por sus abdominales bien trabajados y mordí su cabeza por sobre la tela. Un gemido de placer se le escapó y no pude contenerme más. Terminé de desnudarlo y mis labios recorrieron el tronco besándolo suavemente, como a mí me gusta que me hagan. Eduardo me dejaba hacer mientras acariciaba mis cabellos. Todavía no me animaba a tragármela. Me daba un poco de miedo, pero cerré los ojos y saqué la lengua recorriendo su cabeza, sintiendo sus palpitaciones. Eduardo se arqueaba de placer y comencé a masturbarme mientras con la mano libre aferraba su verga y la devoraba como si en ello me fuera la vida.

Estuve así unos minutos celestiales. Debo reconocer que la sensación fue muy placentera y nunca hubiera imaginado que me iba a agradar tanto. Edu me dijo que me quería cojer, que me diera vuelta y eso hice. Me lamió el ano con una dulzura inusitada en él, deteniéndose en cada pliegue con la punta de su lengua, escupiéndome en cada pasada. Saqué la vaselina del cajón y se la extendí. Cuando estuve bien lubricado, según sus palabras, me apoyó la cabeza y sentí que moriría de placer. ¡Qué delicia! Sentí cómo mi esfínter comenzó a palpitar deseando el encuentro y tras unas embestidas entró completamente en mí llenándome de gozo. Sus manos se posaron en mis caderas y comenzó el vaivén marcando el ritmo con el que nos moveríamos. Mientras me poseía, se aferró a mi enhiesto pene y sentí su respiración agitada en mi oído. Me lamía la cara, me decía palabras sucias que nos calentaban a ambos y nos comíamos desesperados por no perdernos ningún momento.

Sus acometidas comenzaron a acelerarse y supe que estaba por acabar. Me adapté a su ritmo me preparé para recibir su leche en mi interior. Aumenté lo más que pude la presión sobre su miembro y me inundó su lefa. Se desplomó sobre mí y me dijo que era mi turno de cojerlo.

Cambiamos nuestros lugares. El abajo y yo arriba y dejé que mi lengua recorriera su musculoso torso hasta encontrarse con su miembro semierecto que no me costó mucho enderezar. Seguí en mi recorrido y alcancé su hoyuelo. Tuve un segundo de duda, pero me dejé llevar y mi lengua pudo sentir su palpitar. Sus jadeos pidiéndome que se la metiera me elevaron y en el borde del éxtasis coloqué sus piernas sobre mis hombros y me introduje en su interior. Comencé a bombearlo lentamente y fuimos subiendo el ritmo. Eduardo se movía al compás de mi pene y me sentí venir. Me aferré a su verga y comencé a juguetear con ella. Quería que acabáramos juntos. El olor a sudor, semen y sexo inundaba la habitación y nuestras almas dándole el marco ideal al momento.

Eduardo se soltó y se arrodilló enfrente mío. Nuestras vergas se enfrentaban y rozaban mien

tras nos masturbábamos mutuamente. Su boca se posesionó de mi cuello y no pude contenerme más. Me descargué sobre él, salpicando su abdomen. Tomé su rostro entre mis manos y pude ver sus ojos en blanco. Estaba a punto. Sentí algo cálido en mi cuerpo. Nos habíamos vaciado. Me chupó nuevamente buscando absorber hasta la última gota y me dio el beso más sensual de la noche mientras me daba a degustar mi propio semen.

Sentí sus pectorales firmes y sus bíceps trabajados fundiéndose conmigo y caímos sobre el colchón, extenuados y satisfechos. Sólo había palabras de agradecimiento entre nosotros.

El despertar nos encontró aún abrazados y con las típicas erecciones matinales. Nuestros penes se buscaban para gozar juntos nuevamente. Me moví levemente buscando mejorar mi posición en la cama y Eduardo despertó. Al verme a su lado sonrió, me besó y me dijo que lo de anoche nunca había pasado y que debíamos retomar la vida que llevábamos como amigos. Le dije que estaba todo bien claro, pero que había sido maravilloso. Quedamos de acuerdo en mantener nuestro secreto con nuestras respectivas esposas. Y así fue durante un tiempo.

Autor: Argentine Psycho

argentinepsycho ( arroba ) interlap.com.ar

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

0 votos
Votaciones Votación negativa

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *