El inicio del ocaso (III).

Hola todos. Soy Juan. Voy a contarles cómo sigue esta historia luego de aquella noche con Eduardo.

Si bien durante el tiempo que le siguió a aquella hermosa experiencia las cosas mejoraron con Emilse y volvimos a convivir retomando nuestro matrimonio, necesitaba algo más. Notaba que estaba que había unos cambios en mi persona. El mero recuerdo del contacto con mi amigo me ponía enhiesto y con ganas de repetir la experiencia. Cada vez que podía me masturbaba, recordándolo. Su aroma, su barba incipiente, su miembro friccionándose con el mío. Por supuesto que mi esposa era completamente ajena a este sentimiento. Invitó a Karina a vivir en nuestra casa y se mudó al dormitorio de huéspedes. Compró una cama matrimonial y continuaron con su relación de pareja. A veces me dejaban participar en sus juegos. Comencé a sentirme celoso y varias veces amenacé con pedir el divorcio. Emilse entonces pasaba un par de días conmigo y Karina sólo se limitaba a venir de visita.

Nos separamos. Las discusiones cada vez fueron más agresivas y terminé por abandonar la casa y mudarme a un departamento a la vuelta del negocio. Me ponía furioso sentirme el responsable de la ruina de mi matrimonio al haber contratado a Karina. Pero lo hecho, hecho estaba. Durante esos meses estuve probando todo tipo de relaciones casuales con hombres y mujeres sin llegar a definirme. Me gustaban ambos. Me asocié con Ramón, el contador, quien comenzó a ocuparse de manejar el local y de enviarme la recaudación. Tenía mucho tiempo libre y eso me ayudó a pensar.

Envidiaba a Emilse por haber encontrado una pareja estable con alguien de su mismo sexo, cosa que me parecía vedada. Las mujeres me seguían gustando pero extrañaba el delicioso sabor de los hombres. Así fue como desaparecí un par de meses, en los cuales Ramón depositaba el dinero, le enviaba lo necesario a Emilse ocupándose de mis asuntos, y me convertí en Natalie.

Había pasado casi un año desde que nos vimos por última vez con Emilse y me llamó para pedirme por favor que fuera a verla. Se la escuchaba bastante mal. Me partió el alma escucharla así y busqué consolarla por teléfono pero insistió tanto que decidí ir a verla personalmente.

Lo que ella no sabía era que no iría Juan, sino Natalie en su lugar.

Cuando llegué me sorprendí al ver que mis llaves abrían perfectamente. Pensé, equivocadamente, que iba a cambiar la cerradura. No había nadie y me llamó la atención tanto silencio. Subí hacia nuestro dormitorio esperando encontrar a mi esposa, pero no fue así. Decidí bajar y esperarla mientras me preparaba un café. En cuanto llegó pareció escandalizada, amenazando inclusive con llamar a la policía. Costó hacerla comprender que era su marido esa rubia con unas tetas de infarto.

Luego de las explicaciones pertinentes, me explicó que Karina la había dejado para irse con un aburrido escritor. Emilse estaba destrozada y la abracé. Nuestros senos se encontraron por debajo de nuestra ropa y nos quedamos disfrutando de nuestra cercanía. Hacía tanto tiempo desde la última vez que la había tenido en mis brazos que me parecía toda una vida. Eramos dos mujeres llorando la pérdida del amor. Comencé a excitarme y me erecté. Como si tuviera voluntad propia y con un dejo de nostalgia mi enhiesto miembro se apoyó directamente en su entrepierna y ella apretó aún más su abrazo. Lamí una de sus lágrimas mientras la acariciaba y sentí sus pezones endurecerse y clavarse en mis senos. Mi lengua recorrió su labio superior y ella me tomó del trasero, se apretó más aún y nos morreamos buscando recuperar el tiempo perdido.

Sin decir esta boca es mía, me despojó del soutien y se dedicó a mordisquear mis tetas mientras me masturbaba con la mano libre. Mis dedos comenzaron a recorrer su culo, magreando sus nalgas y recorriendo su canal. Gemíamos como dos perras en celo.

Totalmente encendida se tumbó de espaldas y me pidió que la cojiera sin más espera. Me dejé caer sobre ella y nos fundimos en una afiebrado vaivén en el cual sentía cómo se acariciaban nuestros pechos mientras embestía una y otra vez. Sus uñas desgarraban mi e

spalda y sus piernas rodearon mi cintura, apretándose cada vez más a medida que se iba acercando al orgasmo.

Emilse acabó gritando como una posesa y me enseñó un consolador de correas que le había regalado Karina. Le pedí que me le metiera y me empezó a lamer el culo con una destreza y una decisión inusuales en ella. Seguramente, producto de su relación con Karina y sus amantes ocasionales. Mi esposa estaba irreconocible. Pero era para bien. Me lurbicó con la vaselina y se sujetó el consolador mientras me pajeaba y mordía mi oreja. Sentía sus pechos en mi espalda y cómo el sudor nos bañaba a ambos. Su lengua reptaba en mi oído cuando entró en mí. Solté un respingo y sentí que moriría del dolor. Afortunadamente, fue cediendo paso a un indescriptible placer a medida que Emilse me poseía aferrada a mi enhiesto miembro.

Cuando estuve por acabar, Emilse recorrió mi cuerpo con su lengua para terminar metiéndose mi verga y mamándomela como si en ello le fuera la vida. Me acordé de aquella noche con Karina y me vine casi en el acto. Esa noche dormimos juntos como en los viejos tiempos y en cierta manera recompusimos nuestra relación.

Autor: Argentine Psycho

argentinepsycho ( arroba ) interlap.com.ar

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Escrito por Marqueze

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