El olor de su culo

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Esta es la historia de mi amiga Natalia.

La conocí en un trabajo del cual no me quiero acordar. Nos empezamos a hablar un sábado, cuando recién comenzaba a trabajar ahí. Natalia, una mujer ni delgada ni robusta, piel morena, cabello negro y largo, caderas con excelente forma… y culo de en sueños. Aunque la belleza no la favoreció mucho en su cara, era una chica simpática y muy dada a caer bien por sus  chistes y su risa contagiosa. Siempre que llegaba al trabajo, me saludaba y se sentaba a lado de mí. Platicábamos y reíamos como buenos amigos que somos… Pero sólo éramos eso: amigos.

Después de cuatro meses de amistad, fue cuando comenzamos a salir más seguido a distintos lugares, como al centro o a las plazas. Cuando salíamos, Natalia siempre tenía la costumbre de usar mallones o pantalones muy ajustados, y como resultado, sus ricas nalgas siempre resaltaban más de lo que en realidad debían. Con los mallones era muy común que la silueta de sus calzones se notara todo el tiempo y sus carnosas piernas temblaran con cada paso.

Una vez fuimos al cine en un día muy caluroso. La sala estaba caliente y para mi mala suerte, nos tocó casi hasta las últimas filas de arriba. Debido a que era jueves, la sala no estaba tan llena y el calor lo dejé de sentir cuando la película llevaba como treinta minutos. A momentos miraba a Natalia y ella me miraba a mí, como insinuando algo o como si me quisiera decir algo. Recargaba su cabeza en mi hombro y sentía cómo me miraba a ratos. Cuando la función terminó taodavía era muy temprano como para despedirnos tan pronto. Como en el cine no habíamos comido otra cosa que dulces y helados, era normal que nuestros estómagos estuvieran aclamando por comida real. Ya no llevábamos el suficiente dinero para una hamburguesa y alguna comida rápida de por ahí, así que la invité  a mi casa por primera vez en cuatro largos meses. Mi casa no quedaba muy lejos; sólo teníamos que tomar cuatro estaciones del metro y otras dos para llegar a la colonia.  La dejé pasar a mi casa, la cual era un desastre por toda la basura y ropa sucia que tenía casi por todas partes. Nuestro plan era comer algo y luego irnos, pero eso de irnos no era del todo seguro. Mientras preparaba algo, Natalia le subió la temperatura a todo. Trató de mostrarse voluntaria para ayudarme a limpiar mi desastre mientras yo continuaba haciendo algo de comer.

– Las casa también se limpian – me dijo mientras levantaba la basura y barría.

– Es muy agotador limpiar; me canso demasiado rápido y siempre está igual, así limpie o no.

Cuando le dije eso, se me acercó y me tocó el estómago; cuando lo hizo dijo que me hacía falta hacer más ejercicio. Luego yo le toqué su abdomen y le dije casi lo mismo…, pero mis manos no fueron a sus abdomen sino a sus pechos. Sus manos lentamente se fueron bajando hasta mi fuerte erección y las mías acariciaban sus axilas y sus pezones. No sé en qué momento me la llevé a mi cama toda deshecha y la comencé a besar mientras le arrancaba sus ropas. Le quité la blusa y ella me ayudó a quitarme la sudadera. Nos empezamos a comer a besos y nuestras manos se fueron preparando para tocar todo. Le quité sus mallones negros y luego le fui deslizando su tanga hasta que sólo su vello vaginal quedó libre. Como un hambriento loco de cárcel o como un sediento hombre del desierto, metí toda mi cara en su entrepierna y comencé a mamarle la panocha. Estaba húmeda y el olor que de ella salía me era la fragancia perfecta que hasta ahora no he olvidado. Cada mujer tiene un olor diferente , y el de Natalia era de mis preferidos. Mi lengua se paseaba por sus ricos labios inferiores y luego por sus pelos, los cuales no eran muy largos por lo depilados que estaban. Su vagina sabía delicioso, y más el aderezo transparente que de ella salía. No sé si era el sabor de sus meados o de la baba de su panocha, pero a mí me sabían de maravilla de tal modo que no quería despegarme de su néctar; quería seguir succionando más y más hasta dejarla seca como una momia. Su vagina era muy morena y carnosa. Los labios los tenía negros y cubiertos de pocos vellos; por alguna razón el sabor de su clítoris hizo que me excitara aún más y quisiera penetrarla como siempre lo había soñado. Luego de haber lubricado bien su vagina, la puse en cuatro y la empiné tanto con tal de que su ano  quedara al descubierto. Era un hoyo  algo peludo y oloroso a ropa sudorosa ¡OH!, que olor tan delicioso el de una mujer; a mí no me importó que tal vez su aroma no fuera tan agradable; después de todo no esperaba que en ese sitio oliera flores después de la calurosa tarde y el caluroso asiento en el que estuvo por dos horas y media. Al igual que lo hice con su panocha, le metí toda la cara en su culote y también lo empecé a succionar sin miedo a que alguna sorpresa fuera a salir. A Natalia le empezaba a incomodar la forma tan vil con la que la excitaba; quiso que parara, pero cuando sintió que mis dedos empezaban a jugar con su vagina, mejor dejó que continuara. Al ver que mi intención era meterle uno de mis dedos, fue ahí donde definitivamente me lo prohibió y sólo me dejó seguir lamiendo y chupando… Así estuve haciéndolo hasta que mi verga comenzó a palpitar y a babear de semen. La recosté normal y  Le abrí las piernas tanto como su elasticidad se lo permitió y comencé a ponerle el glande en sus labios, y luego, la dejé ir toda. Natalia gimió como una loca mientras la penetraba y sentía cómo mi saliva se mezclaba con mi ardiente leche. Sus pechos temblaban de arriba para abajo y sus negros pezones se los apretaba con los dientes . Eran tantas mis ganas que tenía de cogérmela, que mi eyaculación fue rápida pero potente y conformada por cuatro chorros bien dados en su vello púbico.

Pero ahí no había terminado todo.

Inmediatamente me lancé en su culo y de nuevo se lo empecé a lamer como un loco depravado. Natalia se reía mientras me decía “Conque eso querías”. Le abría sus nalgas y le chupaba su ano, luego se lo olía. Después de que mi lengua quedara escaldada, le pedí que se sentara en mi cara y comenzara a frotarse el culo en mi boca, como si tuviera comezón; así lo empezó a hacer: comenzó a menear las caderas mientras me sofocaba con su cola y sus deliciosos olores sudorosos. Nunca había sentido un olor tan puro y humano que me volviera tan loco como en ese momento.

Ese día me quedé oliéndole el culo por bastante tiempo, mientras ella me acariciaba el cabello y con su pie me frotaba el pene.

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