El ombligo del mundo

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La historia que sigue es en su mayor parte un relato fidedigno, que narra hechos ocurridos hace algo más de dos años, pero que aún hoy me siguen pareciendo más que recientes

Déjenme que me presente: mi nombre es Adrián y soy un joven de 20 y pocos años, atlético y bien formado, para quien le interese. Mi regalo de navidades del año en que ocurrió todo esto fue muy curioso, ya que mi novia, Rebeca, posiblemente la única chica de la que realmente me creí enamorado, decidió dejarme por…En fin, por alguien que nunca me ha caído muy bien. El asunto se complicó al empezar a salir los trapos sucios de mi ex-chica, cuando empecé a darme cuenta de que había sido un pelele en sus manos pero, como suele decirse, eso es otra historia.

Aunque nuestra relación acabó en desastre, los vínculos que tenía con su familia y amigos no desaparecieron en absoluto y, de hecho, pasé muchas veladas agradables con su hermana Elena, algo mayor que Rebeca y con mucha mejor conversación. Rebeca es una chica delgada, relativamente alta aunque de formas no muy pronunciadas, diría que esbelta y, según todos mis datos, lesbiana de vocación. O eso creíamos ambos.

Una noche, una de tantas, en su habitación, estábamos los dos en su cama, hablando en susurros para no molestar a nadie dada la hora que era (pocas veces estábamos menos de cuatro horas juntos) y, sin quererlo, pasó un ángel, seguido de otro, y otro y otro más y, en medio del silencio, su brazo vino a parar sobre mi vientre. Estábamos tumbados sobre el colchón, transversalmente, el uno junto al otro, cara al techo lleno de fotos de paisajes y estrellas fosforescentes, y seguí mi impulso natural de acariciar su mano.

Sus dedos respondieron inmediatamente a los míos, acariciando la sensible palma de mi mano. Pensé para mis adentros: deja esto a un profesional; en efecto, el acariciar parece ser una especie de talento innato en mi, hasta el punto de que he llegado a cobrar por alguna sesión de caricias. Tomé su brazo a lo largo y lo dispuse bien sobre mi torso, acariciándolo suave y lentamente, acercando mis caricias cada vez más a su cuerpo. Ella me correspondía como mejor podía, rozando la piel de mis brazos y explorando con las yemas de sus dedos bajo mi camiseta, aún con cierta timidez.

No obstante, mi mejor recompensa y mi estímulo era su respiración desacompasada y profunda, los respingos que daba cuando mis manos rozaban los puntos que yo ya sabía de sobra que debía tocar. Para facilitar mi labor, le indiqué que se colocara de espaldas a mi, sentada sobre el colchón, y se subiera la camiseta; sin quererlo, yo empezaba a excitarme y, aunque podía notar que a ella le ocurría lo mismo, no podía dejar de pensar que no ocurriría nada, que ella era lesbiana y los hombres no la atraían.

En su suave espalda me regodeé, bailando con mis manos hasta su nuca y jugueteando tras sus orejitas, para bajar lentamente por su espina dorsal hasta el límite de sus braguitas, tentando esa frontera cada vez más, sin ninguna prisa, por mera travesura. Elena parecía totalmente absorbida por el masaje y, de no ser por su respiración profunda, casi jadeante, hubiese dicho que casi dormía. Pasé a acariciar sus costados, haciéndole estremecerse y, al poco, mis manos habían extendido su territorio también a su suave y liso vientre.

Ya no podía reprimir mis ansias de jugar, espoleadas como estaban por la excitación que sentía crecer no únicamente desde mi entrepierna, sino por la sed de experiencias nuevas, pues hacía muy poco que había entrado en el maravilloso mundo del sexo; entonces recordé que ella me había comentado lo hipersensible que era su ombligo, que se volvía loca al estimular esa zona, así que acerqué mis caricias hacia allí, con discreta y traviesa pausa. Mi satisfacción fue magnífica cuando comprobé que se agitaba, tratando de mantener un cierto control que había perdido hace rato.

Acerqué mi cuerpo al suyo, hipnotizado por la experiencia como estaba, y le dejé sentir mi respiración en su nuca, mientras mis manos retozaban en sus firmes muslos, subiendo por su cara interna hasta el nacimiento de aquellos pequeños senos. Mis manos regresaron falsamente vencidas a la espalda de Elena, que ya temblaba levemente de pura excitación, y empezaron a tropezar un

a y otra vez con el tirante de su sujetador. Al cabo de un minuto, sin mediar palabra, Elena lo dejó caer a un lado, diciéndome sólo “sigue”.

Continué encantado, ya sin disimulo pero tampoco con prisa, explorando su cintura, su vientre, sus esbeltas piernas; ella decidió intervenir, tocando mis piernas sobre la ropa, apretando mis muslos de vez en cuando al sentir un estremecimiento. A esas alturas, mi excitación ya no era fácil de controlar y mi pene estaba manifiestamente erecto bajo mi pantalón, en una posición bastante incómoda pero que me permitía sentir toda la presión de mi creciente erección. De algún modo, ella pareció sentirlo y, agarrando mis muslos casi a la altura del trasero hizo que acoplara a ella por detrás; me dio mucho reparo que Elena pudiese sentir mi miembro erecto tocándola tan directamente, pero a ella pareció gustarle.

Mis manos ya se aventuraban a separar el tirante de sus braguitas de su piel cada vez más caliente y a acariciar sin tapujos sus muslos y su excitante ombliguito; entonces ella giró la cabeza bruscamente y hundió su lengua en mi boca, buscando la mía con desespero. En ese momento mi deseo explotó y la besé con sed atrasada, como si quisiera bebérmela entera, y sentir su gemido ahogado mientras mis manos se cerraban sobre sus pechos fue demasiado.

Nos encaramos, sin dejar a un lado ni besos, ni caricias, ni lametones, y ella me despojó de la camiseta; la sujetó un momento al sacarla por arriba, de modo que yo difícilmente podía mover los brazos o ver nada, y empezó a besarme con toda lujuria primero la boca, después el cuello, los hombros y, por último, los pezones. Pasó a lamerlos y mordisquearlos mientras una de sus pequeñas manos se acercaba a mi entrepierna hasta que, finalmente, me acarició el sexo sobre la ropa. Sentí un espasmo involuntario ante su contacto y supe que si seguía un poco más perdería del todo el control.

Me liberé y la postré en la cama. Me separé apenas un paso, contemplando su hermoso torso desnudo, la mirada arrebatada y el cuerpecito de veinteañera que se agitaba ansioso. Inclinándome sobre Elena la besé largamente en sus hambrientos labios y con mis manos volví a las caricias, más leves cuanto más excitada la notaba; me fascinaba ver cómo mi contacto la hacía reaccionar, cómo se iba excitando cada vez más, y quise ver hasta dónde podía llegar aquella noche.

Bajé por su cuerpo dejando un rastro de besos, haciéndolo deliberadamente eterno: la besé tras los oídos, mordisqueando su lóbulo; lamí su cuello y la dejé sentir mis dientes cuando mi deseo llegaba un poco más allá de mi control; en sus pechos y sus tiesos pezones rosados me detuve largo, largo tiempo, sintiendo cómo se entrecortaba su respiración hasta hacerse jadeos, escuchando los casi inaudibles susurros que salían de su boca diciendo “si, si…No pares…Ufff…” . Pero cuando llegué a su ombligo la cosa subió de tono.

Me puse a juguetear con la lengua en su ombliguito y, casi antes de que terminara la primera lamida, ella dejó escapar un sonoro gemido y se arqueó. Al sentir aquello creí que mi pene iba a estallar y eso sólo aumento mi deseo y mi dedicación. Continué lamiendo, soplando, acariciando, cada vez más abajo, tardando una eternidad en cada centímetro ganado a sus braguitas, sintiendo su enorme excitación creciendo y creciendo sin parar hasta empequeñecer la mía: mi placer ya no me importaba, era mucho más necesario para mi en aquel momento hacer que Elena perdiese por completo el control y observarlo.

Seguí con mis juegos pero me detuve, necesariamente, en aquel punto que su ropa interior no me permitía rebasar y cuál fue mi sorpresa al ver que ella, inmediatamente, desabrochaba su pantalón y bajaba bruscamente sus bragas, dejando su pubis al descubierto. Miré su cara un instante, maravillosa desde mi perspectiva; allí estaba, más allá de sus senos, brillante de sudor, con los ojos apretados con fuerza, mordiéndose el pequeño labio inferior mientras se acariciaba los pechos con una mano y con la otra se esforzaba por dejarme via libre a su sexo.

Estaba extasiado ante su ofrecimiento y no dudé a la hora de hundirme entre sus piernas, haciéndola sufrir un poco, dejando su vulva para el final mientras me entretenía con sus ingles, los muslos, el escaso vello de su pu

bis…Finalmente la lamí y Elena tuvo q morderse la boca para que su gemido no se escuchara más allá de la puerta. Abrió más las piernas, todo cuanto pudo, mientras empezaba a moverse al ritmo de mis lamidas. Yo no podía parar, gozando casi tanto como ella al verla así, arrebatada, excitadísima, totalmente lúbrica.

Encontré su clítoris desafiante ante mi y lo acaricié como si fuese mi excitadísimo miembro, presionándolo ligeramente con los dedos o lamiéndolo en círculos con mi lengua, cada vez más rápido. Los movimientos de Elena hacían crujir la cama y sus gemidos me estaban volviendo loco; de pronto, apretó mi cabeza con fuerza entre sus muslos y con sus manos me empujó hacia su sexo, que yo no dejaba de lamer. Su cuerpo se arqueó tremendamente y su húmeda vulva quedó lejos de mi alcance, tensas como estaban sus piernas sobre los tobillos, y quedé viendo cómo se acariciaba el sexo frenéticamente entre jadeos y gemidos, llegando a un orgasmo como yo nunca había visto.

Entonces abrió los ojos y se detuvo, como reparando de pronto en que todo aquello era obra mía y en que mi sexo asomaba ya por encima del pantalón, en toda su insatisfecha plenitud. Incorporándose un poco, excitadísima, al borde del orgasmo, desabrochó mis pantalones y empezó a masturbarme con impaciencia mientras sus besos parecían querer devorar todo mi torso. Me dejé llevar de vuelta a la cama, sobre ella, y un larguísimo segundo de silencio pasó mientras me colocaba entre sus piernas, con la amoratada y tensa punta de mi glande llena de líquido frente a su expectante sexo, mojadísimo y abierto de par en par ante mi.

Cuando la penetré me recibió ansiosa, pero marcaba el ritmo con sus piernas, que me presionaban de un modo delicioso. Sentir que ella disfrutaba tanto o más que yo, que participaba ávidamente, me excitaba más allá de lo que nunca antes había sentido; aumentamos el ritmo casi sin darnos cuenta, tan cerca del orgasmo como estábamos los dos, hasta que ella se aferró a mi trasero, guiándome hacia el punto ideal, mientras murmuraba incoherencias a mi oído “Si…Si, joder, Adrián…Córrete cabrón…Oh…Oh…Me corro, me c…” Y así, entre convulsiones que casi destrozan el somier, Elena y más tarde yo llegamos al orgasmo gozando como si fuese nuestra última noche.

Al terminar, abrazados, ya dueños de nosotros mismos, nos miramos a los ojos y nos reímos haciendo el menor ruido posible ante lo extraño de la situación: yo, el ex novio de la hermana menor de Elena, me la acababa de tirar a escasos palmos de ella, separados sólo por un fino tabique. Lo mejor del caso es que Elena seguía siendo oficialmente lesbiana, así que nadie, durante mucho tiempo, se preguntó qué hacíamos tantas y tantas noches juntos.

Autor: adrin

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Escrito por Marqueze

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