EL ORIGEN DE DACHA.

¡Comparte!

Faltaba una hora para aquella cita unilateral. No se explicaba cómo era posible que hubiese aceptado… Era el hermano mayor de su chico. Esa misma mañana fueron presentados. Recordó, siempre recordaría, esa sensación de sobresalto cuando cruzaron sus miradas, esos ojos negros que traspasaron más allá del saludo y cómo él al despedirse le susurró al oído… – Esta noche, a las 11, vendré a recogerte.- Y después sintió como sus labios resbalaban desde el lóbulo de la oreja hasta la nuca, tan despacio, tan deliberadamente lentos que su cuerpo se abandonó olvidando la presencia de su chico.

Era una locura. ¿Qué quería ese hombre? ¿Qué pensaría su hermano si lo supiese? Necesitaba calmarse. Encendió un cigarrillo aspirando lentamente y se sentó en la mecedora de mimbre de la terraza dejándose acunar.

¿Cómo se había dejado llevar de esa forma? No lo entendía.

Si no le conocía, sólo a través de los comentarios de su chico, era su héroe, sabía de su inteligencia, de sus buenas notas durante la carrera de medicina, de su éxito con las oposiciones, su fortaleza al sacar a su familia adelante después de la muerte de su padre, su tesón, la falta de juventud y el exceso de seriedad… Pero nunca le habló de esa forma de mirar, de aquella voz que resonaba aún en su cabeza.

Sonó el telefonillo y saltó asustada y nerviosa a cogerlo. Cerró la puerta y bajó corriendo las escaleras.

Era un hombre alto de cuerpo proporcionado y atlético, de piel morena pelo negro y rizado y unos ojos oscuros, profundos, analizadores…

– ¿Dónde vamos?- pregunté. – ¿Importa?- dijo él.

Aquella respuesta seca y firme me hizo sentirme como una niña cogida en una travesura. Me senté e intenté no volverle a mirar.

Sonaba el Réquiem de Mozart, la brisa fresca y el intenso olor a mar y azahar llenaban aquel silencio.

Conducía seguro, tranquilo, como si estuviese disfrutando y deleitándose de cada momento.

Ni una sola vez me miró, ni volvió a hablarme.

Me sentía extraña, estaba segura, y no sabía por qué, convencida totalmente de que no iba a correr ningún peligro pero muy inquieta, algo me decía que iba a cambiar toda mi vida.

El coche bordeaba la costa, serpenteando la pequeña carretera que subía al faro. Torció a la izquierda cogiendo un camino que iba derecho a una cala.

– Hemos llegado. Baja.- dijo él.

Había un bar cercano y una luz cálida con velas protegidas por tulipas en las 5 ó 6 mesas que estaban sobre la arena.

El nombre no podía ser más sugerente… Paradise.

Volví a sorprenderme cuando ni siquiera preguntó qué deseaba beber, directamente cuando vino el camarero pidió dos copas de algo que no entendí.

Estaba empezando a pensar si sería un maleducado cuando cortó mis pensamientos al empezar a hablar.

– Te conozco más de lo que puedes imaginar. Mi hermano, a lo largo de estos años, me habló mucho de ti. Fui moldeándote a través de él. Sé cómo eres, tus reacciones, tus gustos, lo que piensas, lo que sientes, todo. Y has de saber que eres mía.- Jamás nadie me había hablado así, de esa forma. Un escalofrío recorría todo mi cuerpo. ¿Qué me estaba diciendo? ¿Qué pasaba? ¿Me había perdido en algún tramo de mi vida?

– No te asustes. Voy a despertarte. Es el momento.

Empezó a hablarme de música, medicina, de mis estudios, parecía que conocía exactamente toda mi vida. Me encontraba mareada después de tres copas. No estaba acostumbrada a beber y el alcohol, el ambiente y aquel hombre eran una mezcla explosiva.

Intentaba seguir el ritmo de su conversación cuando sus manos empezaron a desabrochar los pequeños botones de mi blusa.

_ ¿Qué haces?!- le pregunté.

– ¡Mírame!. Sólo mírame y calla. Así está mejor. Me gusta ver el comienzo de tus pechos y tu piel es especialmente suave. Ve así siempre.

– ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me siento así contigo?

– Levanta. Vamos a un sitio especial y allí sabrás las respuestas.

Iniciamos silenciosos a caminar por un sendero que partía de la cala haci

a una ermita que se veía al final. Era una pequeña construcción levantada posiblemente por los pescadores de la zona, de planta cuadrada, blanca por la cal y con un hermoso altar de mármol en el centro de la misma como único enes.

Yo seguía callada y más nerviosa que nunca.

Por sorpresa me cogió y me sentó encima del altar. No sabía si reír o llorar, me sentía abandonada, perdida en su mirada, sin voluntad.

Sus dedos terminaron por desabrochar los últimos botones de la blusa y cuando terminaron la arrojó al suelo.

Se apartó un paso atrás y empezó a mirarme detenidamente. Sentía el frío del mármol como subía por mi espalda y cómo un fuego interior me abrasaba cada poro de la piel.

Acercó sus labios a mis pezones que ya estaban duros asombrosamente y para mi vergüenza. Un grito salió de mí cuando noté sus dientes clavándose alrededor del pezón. El ardor y el dolor eran intensos pero a pesar de ello mi cuerpo no lo rechazaba sino que pedía más.

Su lengua y sus labios acariciaban donde antes sus dientes mordieron.

No me di cuenta en qué momento deslizó mi falda, estaba únicamente con unas braguetas blancas, con un desconocido… ¿desconocido? Empujó mis hombros haciendo que quedase totalmente tumbada sobre la piedra y con sus manos tapó mis ojos indicándome con su mirada que los mantuviese cerrados.

Di un respingo al sentir algo frío, duro y cortante sobre mi vientre. Quizá una navaja o algo similar me acariciaba el ombligo, subía y bajaba por mis piernas, muslos, por encima de mis braguetas, dibujando senderos imposibles alrededor del pubis.

Inesperadamente sentí que había rasgado la única ropa que llevaba encima y su voz no me dio tiempo ni a reaccionar.

– No sabes cuánto tiempo llevo esperándote.

Autor: Anonimo

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.