El rey de los infieles (I)

Hace seis meses que empecé en serio con Jimmy, un hombre maduro, caucásico y algo relleno, de hermosos ojos azules. Jimmy había estado un buen tiempo detrás de mí, y aunque no estaba muy seguro de que fuese buena idea, acepté su petición.

A mis veinticinco años, con un cuerpo moreno y definido por el ejercicio constante, mucha picardía y dieciocho centímetros de verga capaces de poner de rodillas a muchos, estaba sepultando mi vida de soltero, de fiestas y orgías, por la seguridad de una relación.

O tal vez no… y Jimmy no tendría por qué enterarse.

El primero fue Henri, mi ex: un semental en toda la extensión de la palabra. Habíamos estado juntos un par de años antes, pero por sus sucesivas infidelidades, lo había mandado a volar. Era un casanova que en sus divinos cuarenta se sabía todas las formas de llevar a un chico a la cama. Así había pasado conmigo; lo conocí en un bar del centro en el verano de 2013 y tras mucha cerveza logró llevarme al baño, bajarme los pantalones y penetrarme frenéticamente hasta venirse sobre mis nalgas. Yo estaba extasiado, tanto por su encanto como por esa forma de coger, que no había visto jamás.

Henri trabajaba en una fábrica y vivía en las afueras de la ciudad; yo vivía en la zona residencial de moda y trabajaba desde casa, por lo que no había motivo para coincidir. Pero por cosas del destino, una noche en que estaba de pelea con Jimmy, fui por una cerveza al mismo bar de siempre y ahí estaba él, con un imberbe que forzosamente llegaría a las dos décadas de vida, de los que tienen más juventud que sexappeal.

Saludé al bartender, con quien había flirteado un par de veces antes. Era un juego divertido: el tipo, maduro y canoso, me atendía como a un miembro de la realeza mientras yo lo trataba como a cualquier plebeyo. Henri me vio, yo lo vi; el bartender trajo mi cerveza y en un descuido del niñato aquel, me guiñó un ojo y alzó su jarra a modo de brindis.

Sonó mi celular. Era Jimmy, seguramente preocupado por la discusión. Desvié la llamada y le envié un texto, diciendo que estaba bien y que hablaríamos al otro día.

-¿Por qué no atiendes?- dijo una voz a mi lado derecho. De alguna forma, Henri se había librado del crío y ahí estaba, junto a mí.

-No hace falta- respondí, restándole importancia tanto a la llamada como a aquel hombre que me miraba con harto deseo-. Nada que no pueda resolver un mensaje de texto.

-Hace mucho que no contestas los míos- dijo, sonriendo.

-Por algo será, Henri. Yo estoy en una relación ahora, y a diferencia de ti, yo si quiero…

-Sí, ya sé, Wolf. Quieres hacer las cosas bien. Pero estoy seguro de que no te resulta tan sencillo. Si no, no estuvieras aquí metido.

Miré bien al hombre que tenía al lado. Facciones rudas, barba de varios días, brazos fuertes y espalda ancha. Un cuerpo esculpido al calor del trabajo diario. Un bulto cada vez más notorio en su pantalón. Acabé mi cerveza e hice una seña, pidiendo otra.

-Tal vez tengas razón, nadie sabe- dije, mirando hacia otra parte.

Henri se acercó más. Su miembro rozaba mi pierna, pude sentir la erección y recordé lo exquisito de su sexo, casi salvaje. Mi pene despertó lentamente y comenzó a lubricar.

-Debo estar mañana a primera hora en el banco, resolviendo unos papeles- me susurró al oído, erizando cada vello de mi piel-. Si voy a casa, en las afueras, no podré estar a tiempo. Reservé una habitación en el hotel de la esquina, si quieres ir.

Henri me estaba poniendo nervioso. No sólo lo deseaba, sino que uno de los más grandes problemas con Jimmy era que no me atraía en lo más mínimo como activo. Él se desvivía en ser pasivo para mí, haciéndome disfrutar con cada mamada y cada cogida, pero al tiempo, mi culo comenzó a necesitar atención. Ya no era suficiente con introducir un par de dedos al masturbarme, mientras recordaba las tremendas sesiones de sexo que mi anterior hombre me daba.

-Vamos- respondí.

Henri cargó ambas cuentas a su tarjeta. O estaba en una buena racha económica o realmente deseaba llevarme al hotel. Caminamos rápidamente por la calle mientras me comentaba que un tío lejano le había dejado algo de dinero al morir, y que debía resolver eso al día siguiente. Llegamos al hotel, subimos a la habitación y al introducir la llave en la cerradura, él se detuvo.

-Aún estás a tiempo de huir- me dijo, socarronamente.

Aquella forma de burlarse de mí me sacaba de quicio. Quité su mano de la manija y abrí la puerta, sin dejar de mirarlo. El dio un paso atrás e hizo un gesto exagerado, invitándome a pasar. Estando dentro, me quité la chaqueta y me di la vuelta, para decir algo. Lo tenía a escasos milímetros de mí, y eso me cortó el habla.

-Si no quisiste irte, ahora de esta nadie te salva- me dijo, y comenzó a besarme.

Su lengua exploraba cada rincón de mi boca. Sus dientes mordían mis labios, su barba raspaba mi cuello. Yo gemía, sobando su falo de piedra por encima del pantalón. Prácticamente me arrancó la franela, abrió la correa y bajó mis jeans con desespero. Me empujó con firmeza hasta ponerme de rodillas en la cama, quitó el bóxer de en medio y comenzó a lamer mi hoyo. ¡Qué puta delicia! Su lengua jugaba en círculos mientras mis jadeos se hacían cada vez más sonoros. La colcha, el bóxer, el pantalón, todo comenzó a empaparse porque mi pito no paraba de lubricar. De pronto se puso de pie, desabrochó su pantalón y sacó su ariete: veinte centímetros de carne gruesa, venosa y morena. Escupió un par de veces en mi orto y comenzó a empujar el glande con cierto cuidado.

-¿Lo quieres todo dentro, verdad?- decía, mientras la punta de su verga tiesa entraba y salía de mí-. Estás bien estrecho, puto. Te voy a dar una cogida que no vas a olvidar nunca en tu vida, pendejo.

Se agachó de nuevo, hundiendo la cara en mi culo. Aquello me tenía en el cielo. Metió la lengua tan profundo como pudo y me llenó de saliva, tanto que comenzó a escurrir por mis piernas. Se levantó y me penetró de un golpe, metiendo su polla entera, haciéndome gritar. Trataba de zafarme pero me tenía firmemente sujeto por la cintura. Sentía que me estaba partiendo en dos el muy cabrón.

-¡Quieto, puto! Que si querías pinga, pinga te voy a dar.

Comenzó aquel mete-y-saca de muerte. Me dolía, pero lo estaba disfrutando. Apretaba mi esfínter cuando la tenía toda dentro y empujaba mis nalgas hacia atrás para que no quedara ni un milímetro fuera. Acercó su cara a la mía, mordisqueando mis mejillas y besándome con furia.

-¿Esto era lo que querías, puto? Desde que te vi supe que iba a meterte la polla hasta el intestino, maricón. ¡Abre bien ese culo, que te voy a reventar!

Yo estaba en el cielo, con aquel machote cogiéndome como una bestia. Sus bolas, grandes y pesadas, chocaban con las mías; yo seguía a cuatro patas, siendo follado cada vez más fuerte, hasta que mi hombre puso sus manos en mis hombros y comenzó a embestirme tan fuerte que me hacía gritar de dolor. En una de esas, me hizo acabar, bañando todo con mi semen.

-¡Toma tu lechita, putito!

Una última embestida y se vino. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis chorros de semen hirviendo que me llenaron por dentro. Aquel animal se desplomó en la cama, sosteniéndome por la cintura, sin soltarme. Su polla seguía dentro de mí, sin ceder ni un poco. Seguía tan dura como al principio.

-¿Lo has disfrutado?- preguntó, y yo asentí.

-¿Quieres que la saque?

Le dije que sí, que me dolía. Con cuidado salió de mis adentros, y con él, parte de su leche. Había acabado demasiado.

-Ponte cómodo, puto. Esta noche te voy a dar tanta verga que no vas a poder sentarte en una semana.

Me levanté para limpiarme. Estaba hecho un desastre, chorreando semen por el culo, con la polla flácida botando leche también. Terminé de quitarme la ropa y puse todo en una silla que había ahí. Mientras iba a la ducha, el teléfono sonó de nuevo.

-Puedes atender, no pasa nada- dijo Henri, sabiendo que era mi novio.

Desvié la llamada de nuevo.

Aquella noche, no me interesaba nada más que follar.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

0 votos
Votaciones Votación negativa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *