ELENA I

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Hace unos tres años contesté a un anuncio que decía algo parecido a "busco chico con poco paquete para satisfacer fantasía". Envié un correo, disculpándome por no poder incluir una foto, ya que no tenía medios físicos, pero dándole unas medidas, en “pausa” y en erección y hablando un poco, solo un poco, de mi situación y ubicación. Pasaron unas tres semanas y cuando yo ya tenía olvidado el tema, llegó la contestación. Había tenido una avalancha de correos y los había tenido que depurar, de ahí su tardanza, según me explicó Elena. (Digo Elena como si hubiera dicho Teocracia, simplemente doy un nombre cualquiera para facilitar la redacción). Después de varios correos, con información cierta pero no muy comprometedora, le di el número de móvil que utilizaba para historias raras (en aquella época yo tenía dos tarjetas de móvil) y estuvimos hablando.

Era una mujer casada, un par de años menor que yo. Su marido salía temprano a trabajar y volvía por la tarde. Pero por la tarde ella estaba trabajando. Mantenían relaciones sexuales los viernes y/o los sábados y algún domingo por la mañana, ya que luego él se iba con los amigotes “a hablar de fútbol u otras chorradas” (textual). Ella se quedaba satisfecha de la relación sexual en sí, su marido la llenaba plenamente, pero me dijo que estaba harta de la rutina diaria, siempre lo mismo, los mismos días y, que, después de mucho pensarlo había decidido que tenía el capricho de ser violada con la complicidad del supuesto agresor. Quería ser supuestamente atacada por un hombre que la maltratara, que la insultara, que la maniatara y que la forzara y tenía que haber sexo anal (de ahí lo del poco paquete, ya que sería su primera vez y tenía miedo a que un pene grande le desgarrara y luego ¿qué le contaría al marido?). Me comentó que después de hacer la depuración de todos los correos recibidos, habíamos quedado siete hombres. Pero que se había aventurado a contármelo a mí, porque yo le había enviado un de móvil real. Me pidió que me lo pensara y que decidiera si podría cumplir.

La verdad es que estuve varios días pensando en que podría hacer, era un reto para mí. Por un lado debía considerar el hecho de que yo tenía pareja y le iba a ser, otra vez, infiel. Como ya he dicho en algún otro sitio, no soy ningún santo y habida cuenta de que estaría en la misma situación que la actual, es decir, unos dos meses sin mojar y sin saborear nada, opté por dar por solventada esa duda. También tenía que ir pensando en la excusa que pondría en el trabajo para poder salir, aunque eso no lo sabría hasta que no supiera el lugar y el momento. Luego pasé a plantear la viabilidad de la operación. Hice unas listas con “las cosas” que podría hacerle y otra con los “útiles” que iba a necesitar. Calculé tiempos “de realización”. Al final consideré que si era factible y que podría gustarnos, aunque había un punto negro, ¿dónde se situaría la acción y cómo entraría en contacto con ella?

Le envié un correo que más o menos decía: “Eh, tú, puta de mierda, voy a pillarte a la entrada de tu casa y a atarte a la cama, te rasgaré tus ropas, y te llenaré todos tus agujeros y si te atreves a gritar, zorra asquerosa, te abofetearé hasta que me sangren las manos”. “Aunque sería bueno saber dónde vives, como entrar y que me enviaras una foto, vestida, de cuerpo entero para no equivocarme de putón verbenero”. A los cuatro días recibí su contestación: “Me encanta tu proposición, pero no hace falta, violador mío, que te sangren las manos, con unos cachetitos será suficiente y procura no rasgarme las vestiduras que la ropa está muy cara, ya te facilitaré yo las cosas. La violación será en mi casa, me llamo Elena Rodríguez, vivo en la calle X, número 0, piso G, pueblo Y. Tengo un coche marca S de color T. Mi marido se levanta y se va a trabajar a tal hora. Yo me levanto y s

algo a la compra a eso de las 9 y suelo tardar algo menos de una hora. Sorpréndeme en la forma de entrar y si no puedes, llama al portero automático que te dejaré la puerta abierta. Hazme tuya, hazme lo que quieras y hazme disfrutar, eso sí, si ves que cierro y abro tres veces seguidas mi mano derecha, para la fantasía, que querré decirte algo importante. Mi teléfono no te lo doy porque lo tendrás reflejado en tu móvil. “Hasta pronto cariño”. En un fichero adjunto me enviaba una foto suya con su marido.

Bueno, la cosa prometía. Saqué mi lista de “utensilios”. Primero necesitaba lo necesario para atarle a la cama. En los sex-shop vendían todo tipo de artilugios como cadenas y esposas, pero eran muy caros, así que improvisé unas cuerdas de tender la ropa, haciendo unas muñequeras y tobilleras de tela para no dejar marcas en la piel. Debía funcionar a base de nudos corredizos. Improvisé una mordaza para la boca y un antifaz para taparle los ojos. Conseguí tres consoladores, uno anal, otro medio y una funda hueca talla XXL. Y compré un tubo de lubrificante para dilatar sus partes, (en la farmacia, como siempre, ya que esa marca es cara pero no irrita ni escuece).

Al día siguiente me acerqué hasta su casa, para situarme. La casualidad quiso que viviera en uno de esos pueblos que se habían convertido en ciudades dormitorio de Madrid, justo entre Madrid y el pueblo dónde yo vivía. Eran bloques de vecinos con jardín y piscina en el centro. En esos casos suelen ser bastantes vecinos y no suelen conocerse entre sí y, más aún, en estos casos en que llevan poco tiempo viviendo. Eso me facilitaba mucho las cosas, tenía más tiempo y más facilidad para aparcar. Lo del trabajo estaba solucionado, ya que estábamos en primavera y les dije que tenía que ir al hospital a hacerme unas pruebas de alergia y ya sabéis como es el Gregorio Marañón, entras para ponerte una tirita y te tiras 5 horas o más…Le envié un correo a Elena diciéndole que a la semana siguiente le haría la visita, pero que no le decía el día exacto para que hubiera más morbo. También le rogaba que estuviera bien limpita vaginal y analmente para evitar “sorpresas”. Bueno, ya estaba casi todo, ya solo faltaba armarme de valor para hacerlo y saber como entrar en la casa.

Decidí que la aventura tendría lugar al miércoles siguiente, así que ese día bajé a la fábrica y pasadas las 8.45, pedí permiso para ir al hospital. Unos minutos antes de las 9 vi salir a Elena de su casa, en su coche. Obviamente se dirigía al centro comercial que había no muy lejos de ahí. Empecé a hacer tiempo y a repasar “el instrumental”. A las 9.30 salí del coche y decidí intentar la entrada al bloque por todo el morro, así que empecé a tocar todos los botones del portero, hasta que me contestaron y dije aquello de “propaganda!!” y, chicos, me abrieron la puerta. Ya estaba dentro, ahora era más fácil. Subí hasta el piso de Elena. Mi idea era quedarme en la escalera hasta que ella subiera y cuando abriera la puerta de la casa para entrar, empujarla y meterla dentro. Solo tendría que tener la suerte de que no saliera algún vecino en esos momentos.

Pasamos a la acción en tiempo real. Las 9.40, el ascensor está subiendo, se para en ésta planta. Sale una mujer y se dirige a la puerta indicada. Lleva tres bolsas de compra. Abre la puerta y mete dos bolsas. Recoge la tercera y cuando está entrando, la empujo, la arrimo a la pared y mientras le susurro al oído “cállate putón o te rajo”, cierro la puerta con el pie. La mantengo contra la pared y cierro con llave y echo la aldaba a la puerta. Saco la mordaza y el antifaz de la bolsa y se los pongo medio torcidos. Respiro hondo, creo que me he asustado yo más que ella. Le pongo bien el antifaz y veo que abre y cierra tres veces su mano derecha. Le quito la mordaza y me dice: “oye, saca los yogures y la carne de las bolsas y mételos en la nevera” (es cierto, os lo juro). Le vuelvo a poner la mordaza, y me voy a la cocina con ella para sacar la compra. Bebo un vaso de agua fresquita de la nevera y observo a mi “víctima”. Lleva puesta una falda y una blusa.

Es una mujer de 39 años, morena, bastante atractiva. Le abro la blusa y veo que tiene pechos grandes, están caídos y tiene cartucheras, pero me gusta… En mitad de la cocina hay una mesa, quito las cosas y tumbo a Elena boca abajo, apoyándola de cintura para arriba. Saco un hielo de la nevera, le levanto la falda,

le aparto el tanga y le paso el hielo por la raja del culo. Ella aprieta las nalgas. Sigo avanzando, se lo pongo en su clítoris, ella suspira, después le aparto los labios vaginales con mis dedos y le meto el hielo y otro más en su chochito, ella se queja, y le digo “oye, puta de mierda, aprieta bien que como se te caigan, te meto la bandeja entera por el culo”. Y de ésta manera, arrastrándola casi para que no abriera las piernas, busco el dormitorio y la siento en una silla. Saco mis “amarres” y empiezo a atarlos a las patas de la cama. Oigo un ruido leve, es el agua del hielo derretido que cae en el suelo.

Ya está listo, la levanto y la obligo a sentarse en mitad de la cama. La quito la blusa y toco sus pechos a través de la tela del sujetador. Alzo su culo y le quito la falda y el tanga. Le ato los tobillos y ella se agita, inquieta. La echo para atrás, le saco las hombreras del sujetador y le ato las muñecas. Le miro los pechos y empiezo a sobárselos. Tiene grandes aureolas, le paso la lengua por un pezón antes de mordisqueárselo. Ella suspira. Me voy a la cocina a buscar más hielo. Le vuelvo a chupar un pezón y luego, rápidamente, le fricciono un cubito de hielo. Repito varias veces la operación en ambos pezones. Ella no para de suspirar y yo me empiezo a asustar viendo mi erección. Nunca la había tenido tan grande. Le quito la mordaza, ya que quiero oír sus jadeos cuando llegue el momento. Sigo pasándole la lengua por los pechos, allí dónde terminan, por debajo, creo que es lugar más suave de una mujer y sigo bajando.

Le abro bien las piernas, cojo la almohada, la doblo y la pongo bajo su culo y parte de la espalda. Me acomodo entre sus piernas cogiéndola con mis manos por sus caderas y le huelo su chochito. Huele bien, a limpito, Paso mi lengua entre sus labios vaginales, recogiendo los restos del agua del hielo, le abro los labios con mis dedos y vuelvo a pasar la lengua, ahora profundizando más. Se vuelve a estremecer. Me recreo en ello, apoyando mi cabeza en una de sus piernas. Ya ha perdido el fresco del hielo y está caliente. Ahora le toca a su botoncito, lo tiene grueso, lo lamo, lo chupo y se lo succiono. Ella se queja, “ay” dice, me incorporo un poco, le aprieto un pezón con mis dedos y le susurro “te estoy violando, cacho puta”, “ya, pero es que…” me incorporo más, le doy un cachetito en la cara y le pregunto si quiere que la amordace de nuevo. Me contesta que no. Sigo succionando, pero más despacio, alternando manoseos en sus pechos y lamidas en la vagina. Se estremece, jadea y se corre.

Me incorporo de nuevo y me tumbo a su lado, en sentido inverso, a su derecha. Suelto su pierna izquierda y le ladeo el cuerpo. Separo sus nalgas y le paso la lengua despacito.. Echo bien de saliva en su ano y se lo sigo chupando metiéndole la punta de la lengua. Sé que esto es nuevo para ella y noto sus vibraciones. Vuelvo con las chupaditas, pero ahora, además, voy introduciéndole un dedo entre sus labios. Es una doble masturbación con mi lengua y mis dedos y más feroz que antes, ya que ahora tiene el clítoris mucho más sensible. Ella jadea mientras con mis dedos busco las partes más escondidas de su vagina. Saco los dedos llenos de su flujo y me los limpio en su ano. Antes de volver a meterlos, echo un buen chorrito de lubrificante. Ahora, mientras la masturbo, le voy pasando el dedo meñique por el ano y, poco a poco, se lo voy introduciendo.

Ella se estremece de nuevo, mueve el culo como queriendo encontrar una posición más cómoda. Su ano se va dilatando pero no quiero que lo haga mucho para poder encontrar algo de resistencia en la penetración, (al fin y al cabo es una violación). Elena sigue jadeando, se vuelve a correr y como tiene una pierna liberada la cierra sobre la otra, apretándome fuertemente mi mano. Es como si sustituyera mis dedos por un pene y no quisiera que se moviera de allí. Por fin se relaja y saco mis dedos llenos de sus flujos vaginales y se los meto en su boca, no es necesario que la obligue, ella misma me los chupa y trago sus flujos. Me incorporo y mientras le aprieto las tetas fuertemente, la beso en la boca, dándonos un morreo.

Suelto sus brazos y la otra pierna, la pongo a cuatro patas, cerca del borde de la cama, unto, tanto en su ano como en mi pene un poco más de lubrificante y procedo a su primera penetración anal. Primero separo sus nalgas y le paso el pene, suavemente y luego con firmeza. Se estremece. Busco la entrada de su ano y le introduzco un dedo y luego otro, rotándolos. Gime levemente. Saco los dedos y meto el pene, primero la punta, metiendo y sacando y luego hasta el fondo. Se es

tremece y gime violentamente. Acerca rápidamente una de sus manos como queriendo sacarse el pene, se la aparto de un manotazo y le doy una colleja diciéndola “aparta tus manos puta”. Cogiendo sus caderas con mis manos, empiezo a bombear. No ha pasado ni medio minuto y ya se ha relajado.

Ahora mueve ella su propio culo para facilitar la penetración. Alterno una de mis manos entre su cadera y una de sus tetas. Sus vibraciones son cada vez mayores. Elena para mi ritmo apretando fuertemente su culo contra mí. Jadea, suspira, gime y vuelve a correrse. En ese momento me corro yo, atrayéndola lo más que puedo contra mi regazo mientras le cojo sus dos tetas, manoseándoselas y apretándole sus pezones con mis dedos. Saco mi pene y se lo paso por su culo. Con mi mano le restriego mi semen. Se relaja y se deja caer en la cama. “Ha sido increíble” dice “ahora voy a poder ver como eres” y dirige su mano al antifaz para quitárselo, pero le retengo la mano y le digo “pero crees que ya he acabado contigo, pedazo de puta? Espérate que acabamos de empezar”

La tumbo en la cama. Se revuelve para evitarlo y tengo que darle un cachete. Me pongo encima de ella y vuelvo a atarle los miembros. Ella protesta y le amordazo de nuevo. Elena abre y cierra frenéticamente su mano, le quito la mordaza y me dice “ya me has dado por culo y nos hemos corrido, ¿qué vas a hacer ahora?” “¿No querías que te maltratara y que violara? Pues ahora van a empezar los maltratos y los sadismos, te voy a llenar todos tus agujeros con otras cosas…” y sin dejarla contestar le vuelvo a amordazar y la dejo allí, sola con su incertidumbre, y me voy a la cocina a beber agua y a fumarme un cigarrillo. La verdad es que podíamos dar por zanjado el “asunto” pero, francamente, me sabía a poco. La cocina tiene una pequeña terraza, entro y las veo allí, cojo dos pinzas de la ropa, son de madera y están nuevas, mejor, así hacen más presión y me dirijo al dormitorio.

Elena mueve la cabeza hacía mí, está inquieta, me acerco a ella y le beso en el cuello, suavemente, ella se relaja. Sigo besando su piel y voy bajando, paso por los pechos, su vientre, su ombligo. Paso la lengua por un pezón y acto seguido le pongo la pinza de la ropa. Ella se queja. Le pongo la otra pinza en el otro pezón. Sé, que después de la sorpresa, no le hacen demasiado daño, pero debe de ser bastante molesto, para cerciorarme, aprieto las pinzas con las manos. Ella da un respingo y hace una mueca de dolor. Dejo de apretar, no olvidemos que es una ficción. Busco mis “utensilios” y saco los consoladores. Observo la vagina y el ano y compruebo que todavía están un poco dilatados.

Cojo el consolador anal, lo ensalivo y se lo introduzco lentamente. Elena mueve el culo y lo aprieta. Le chupo el clítoris y se relaja, momento que aprovecho para metérselo entero. Empiezo un ligero movimiento de mete y saca, compruebo en las facciones de su cara que no le disgusta. Cojo la almohada y se la coloco de tal manera que el consolador no pueda salirse. Le lamo el clítoris y sus labios vaginales y compruebo que no hay sequedad. Pero ahora no le introduzco ningún dedo, sino un vibrador que va entrando despacito. Ella se agita y empiezo, también, un mete y saca, pero muy despacito. Esto sí que la gusta. Le acoplo la almohada y lo pongo en marcha. Me siento a horcajadas encima de su vientre y restriego mi pene por su piel, entre sus tetas, me pongo de rodillas, le quito la mordaza y le paso el pene por su boca diciéndola “chupa cabrona, chupa y hazlo bien” le paso la mano por la nuca, atrayendo su cabeza hacia mí pene. La verdad es que Elena sabe chuparla.

Conociendo mis limitaciones sexuales no pensaba yo que se iba a poner erecta en tan poco tiempo después de la eyaculación. Pero no me quiero correr, quiero hacerlo luego, sin cuerdas ni mordazas, así que retiro mi pene y le beso dulcemente en la boca. Viendo que el consolador vaginal no hacía mucho efecto, se lo quito. Empiezo a chuparle el clítoris y ella se remueve, debe de tenerlo muy sensible. Le separo los labios vaginales, le echo un buen chorro de lubrificante y empiezo a dilatar primero con dedos y luego con cuatro. Paso mi otro brazo por su cintura para sujetarla, ya que no para de moverse. Ahora si que tiene el chochete bien dilatado, qué hermosa visión están teniendo mis ojos! Cojo la funda hueca talla XXL y me la coloco, bien puesta, que haga ventosa con mi pene. Ya está. Me pongo encima de ella y guiándome con una mano le pongo la punta en la entrada de su cueva. Antes de penetrarla, le quito la mordaza. “qué es eso” me pregunta; “el pollón de p

lástico más grande que te hayas metido nunca” le contesto. “¿No me harás daño?” me dice; “no lo sé, pero te he quitado la mordaza porque quiero que me vayas diciendo todo lo que sientes, quiero oír tus gemidos, tus quejidos, quiero que me digas todo” le contesto. Me acerco a ella y le doy un beso, metiéndole la lengua entre la suya mientras voy introduciendo el miembro artificial. “No es que me haga daño, pero es que molesta una cosa tan grande ahí dentro.

Me resulta muy extraño” me dice Elena. El artilugio ha entrado bien, la vagina está dilatada y lubricada, así que yo sigo metiendo y sacando, aunque para mí también es difícil manejar una cosa tan grande con ese lío de gomitas, sin que se me salga de su sitio. Ya parece que hemos cogido el ritmo, nos empezamos a relajar los dos y parece que Elena empieza a cogerle gustillo. Efectivamente, ella empieza con pequeños suspiros, “ahora sí que me gusta” me dice. Paso mis manos por debajo de su espalda. “No corras, ve despacito”. Voy despacio pero cuando la meto lo hago hasta el fondo y cuando lo hago, ella da un respingo. Empieza a jadear, “más deprisa” me dice; “pues ahora te jodes” le contesto y hago más lento el movimiento. “No seas cabrón y muévete deprisa” me dice.

Acelero el ritmo y sus vibraciones también se aceleran, ahora, Elena, gime y jadea. Como puedo, le suelto todas las cuerdas, liberando sus miembros y ella se agarra a mí, como si fuera un koala, rodeando mis piernas con sus piernas y mi espalda con sus brazos. Me va a partir en dos como siga presionando con esa fuerza. Las pinzas de la ropa y el consolador anal caen en la cama. Ya no se oyen gemidos ni jadeos, ahora son pequeños gritos que terminan en una especie de aullido. Elena se ha corrido, reventada de gozo. Permanecemos en esa posición un momento y me levanto. “por favor, no te quites todavía el antifaz. Espera, que ahora vengo”.

Me dirijo al cuarto de baño, cojo una toalla y la humedezco. Me acerco a ella y le limpio todos los restos de semen, flujos y lubrificante. Pongo la almohada en su sitio, me abrazo a Elena y mientras le acaricio, le quito el antifaz. Elena me mira directamente a los ojos y me besa en la boca, con dulzura y con pasión. “Ahora me toca a mí” me dice y empieza mi fiesta. Elena me está besando por todo el cuerpo, con pequeñas lamidas y pequeños mordisquitos. Elena me está acariciando todo mi cuerpo y yo estoy sintiendo un enorme placer. En estos momentos es cuando piensas que, quizás, el marido de Elena, no sabe lo que se pierde cuando se va con los amigotes.

Ahora se pone en sentido inverso a mí, con una mano me coge el pene y empieza a chuparlo y con la otra, me introduce un dedo por el ano, (pero sin lubrificante!). “No te molestes, Roy, pero no quiero que te corras en mi coño, porque quiero recordar tu penetración anal, así que aprovecha ahora, correte en mi boca y piensa que a él, no le dejo hacerlo” me dice. Yo no me hago de rogar, dejo que me manosee, que me chupe, que me masturbe y cuando ya no puedo más descargo en su boca. Veo mi semen por la comisura de sus labios y una sonrisa picarona en sus ojos. Pero ella no para, sigue chupándomela, relamiéndose de vez en cuando. Y yo sigo gozando, ya que me está produciendo más placer lo que está haciendo ahora que el hecho físico de haberme corrido.

La despedida fue corta, ya que se había hecho tarde. Ella tenía que recoger todo, comer e irse a trabajar. Yo tenía que volver a la fábrica. Las pruebas de “la alergia” me habían dejado extenuado. Ha pasado tiempo, de vez en cuando hablamos en el Messenger o por teléfono. En una ocasión me dijo que lo nuestro le había gustado tanto que tenía miedo de repetir y tener problemas, luego, con su marido. Yo, a veces, cierro los ojos y la añoro. Elena, un beso muy grande y espero que algún día quieras repetir.

Roy busca clítoris para saborear.

Autor: Ray capitan_roy (arroba) yahoo.es

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Escrito por Marqueze

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