En el piso de arriba

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Mi nombre es Leo y soy un chico de 30 años muy normalito. Estatura y peso medio, pelo castaño con algo de melena y perilla, constitución fuerte y creo que de carácter… simpático.

Mi nombre es Leo y soy un chico de 30 años muy normalito. Estatura y peso medio, pelo castaño con algo de melena y perilla, constitución fuerte y creo que de carácter… simpático.

Vivo en una ciudad del sur de España, solo, independiente, en un piso bastante grande y de pocos vecinos.

Concretamente mi relato trata de mi relación con una de esas vecinas, María, soltera, cuerpo escultural, toda una morenaza, curvas contundentes y formas muy proporcionadas, de las que te hacen mirar a la fuerza cuando pasan a tu lado, tiene unos 42 años, y eso parece hacerle ser aún más femenina, sensual y… apetecible, al menos para mi.

Hasta aquel día siempre me había limitado a disfrutar de esos escasos momentos en los que nos cruzábamos en el portal o en el mejor de los casos de un breve viaje en ascensor haciendo parecer que miras hacia donde no hay nada pero admirando en realidad su figura y elegancia. Eso era todo.

Pero ese día fue distinto, coincidimos en la calle cerca del portal, María sacaba del maletero un gran número de bolsas de grandes almacenes. Vestía como casi siempre un traje de chaqueta marrón claro que la hacían estar imponente. A pesar de estar claramente sofocada por el esfuerzo, su cara, al devolverme el saludo no dejó de tener los atractivos rasgos que tanto me excitan. Melena morena de pelo liso, brillante, piel clara y labios jugosamente vestidos de rojo, no necesité más para superar mi natural vergüenza y tras el saludo de rigor me ofrecí a ayudarle. Casi eran mis primeras palabras que le dedicaba y sorprendentemente no reflejaban mi nerviosismo. Ella ladeo su cabeza, sonrió y me agradeció el gesto. Cogí cuantas más bolsas pude, a ella sólo le quedaron dos y en cuanto cerró el coche nos dirigimos a hacia el edificio hablando de banalidades, nos preguntamos nuestros nombres, me preguntó por mi trabajo y cosas por el estilo. Ya en el ascensor me empezó a llegar su suave perfume, la guinda del pastel. Decididamente era toda una señora y seguro que de lo más inaccesible.

Como María vivía dos pisos por encima del mío me dijo que dejara las bolsas en el ascensor y me quedara en mi piso, que ella ya se las arreglaría, a lo que me negué en rotundo y menos ante la posibilidad de alargar nuestro encuentro un par de minutos más.

Ante tanta “galantería” me invito a pasar y a tomar una cerveza en pago a mi esfuerzo. Acepté, unos cinco minutos más, ¡que lujo! Nada más entré en su casa en dirección a la cocina me di cuenta que ese piso estaba decorado con un estilo muy personal, no era un piso normal, no sé cómo pero tenía su sello de elegancia y sensualidad.

Ya en la cocina y con la cerveza en la mano pude contemplar cómo se quitaba la chaqueta de su traje, estaba muy acalorada, y pude ver ahora sus verdaderas curvas ya que su blanca blusa era algo ajustada. Yo, mientras ella se movía por la cocina sin parar de hablar, no dejaba de maravillarme como con tan poco podía estar tan extasiado e impresionado.

– ¿Vives solo Leo?

– Sí, es como mejor se vive

-Y ¿cómo se la apaña un chico como tú para vivir sin una mujer? Decidí ir un poco más allá y le dije:

-Mujeres como tu no se encuentran todos los días.

-¡Ja, ja, ja! Se reía con ganas y a la vez me dedicó una mirada a la vez pícara y agradecida.

Para mí esa mujer era el ejemplo de mujer misteriosa y ahora ese mito desaparecía, era humana, tenía sentimientos, y no dejaba de tener ese cuerpo de infarto con el que tanto había soñado.

Pasé al contraataque y dije:

-Y una mujer… como tú ¿cómo que está sola? No me lo puedo imaginar.

-Verás Leo, aparte de que tengo un carácter muy “especial”, me gusta dar giros en mi vida, por decirlo de alguna manera, y eso con alguien a tu lado es muy difícil de hacer. He nacido para estar soltera.

-No me refería necesariamente al matrimonio, eres una mujer muy atractiva y muy… vamos, que siempre te veo sola, y seguro que habría muchos hombres deseosos de estar contigo.

-Tengo un carácter y una manera de ser que en cuanto me empiezan a conocer se asustan y se echan para atrás. A

demás me va muy bien sola, soy bastante independiente y no necesito a nadie para casi nada.

No me lo podía creer, yo daría cualquier cosa por estar con esa mujer y había gente que… se asustaba. No comprendía nada.

El resto de la conversación nos acercó aún más, se veía claro que necesitaba hablar con alguien. Me alegraba tanto de ser en ese momento un poco su confesor.

-Me cambio y ahora vengo. Mientras puedes curiosear por ahí, me he dado cuenta que te ha gustado… la decoración.

Ya no iban a ser cinco minutos ya serían muchos más.

Frente a la cocina estaba el salón, me dirigí hacia allí y nada más entrar por la puerta me quedé con la boca abierta, la decoración era oriental 100%, grandes almohadones, varias alfombras, unas encima de las otras, plantas en grandes maceteros, muebles bajos, algunos tapices en las paredes… nada que ver con mi diáfano piso dos plantas más abajo.

Sobre un mueble un estupendo equipo de música y al lado descubrí una estantería de discos, les eché un vistazo, siempre me ha gustado adivinar la personalidad de la gente por la música que escucha. Nada me defraudó, música adulta y pop pero toda muy tranquila y de calidad. Un poco más abajo la repisa tenia puertas, las abrí para seguir curioseando y encontré mas CDs, pero al intentar ver que música se trataba encontré que no eran discos de música, sino DVDs, películas y según fui leyendo… de películas… porno. Todas buenas películas, de esas con presupuesto, trama y grandes estrellas…

-¿Te gustan? ¿Te gusta la… temática? Me llevé un susto de muerte, y así debí de reaccionar ya que di un verdadero salto al oír su voz. Estaba detrás de mí. Ahora en vaquero y camiseta, aún más espectacular, esta mujer no dejaba de darme sorpresas, y esta última casi me para el corazón.

Balbuceé y pude contestarle que si que me gustaban, pero que me había sorprendido comprobar que ver películas eróticas y pornográficas también eran afición de toda una señora como ella. Me contestó que sólo era una de sus aficiones, que aún me sorprendería más saber más cosas sobre ella y que esas películas le ofrecían la posibilidad de disfrutar en parte del sexo sin necesitar de otra persona.

– Si quieres te presto las que quieras y las ves, ya me contarás si te han gustado lo suficiente.

Y con toda la ironía de la que soy capaz dije:

-Verás, es que es raro que yo vea una película de ese tipo entera. Tanto si la veo en compañía como si la veo solo siempre acaba ocurriendo algo que me impide ver el final. Además no tengo reproductor de DVD (mentí un poco).

– Pues sin problemas, si quieres las ves aquí, y si te corta que yo esté me voy…

– No, no hace falta. Me daría un poco de corte, pero no quiero que te vayas.

– Me encanta poder compartir mis secretos con alguien. ¿Te puedes creer que no los puedo compartir ni con mis amigas ni con mis compañeras de trabajo? Si supieran algo de esto me quemarían en la hoguera, son todas unas estrechas, es una pena, pero no disfrutan para nada del sexo o al menos tal y como yo lo hago.

La cosa ya se estaba calentando, mucho más de lo que creía que podía ocurrir, y estaba encantado. Las confesiones que nos habíamos hecho no la suelen compartir simples vecinos. Me gustaba la situación, y no me importaba seguir más allá.

– ¿No te importaría?

– No, es más… me encantaría.

Y pasó suavemente su mano a lo largo de mi brazo, tal y como estaba aún, detrás de mí. Era el primer contacto con esa sedosa piel.

– ¿Qué temática te gusta más? Tengo casi de todo.

– Ufff…

– ¿Te gusta ver chicas con chicas por ejemplo? A mi me encanta.

– Sí, porqué no.

– Pues esta de aquí, que va de eso, la tengo hace poco y aún no la he visto. ¿La vemos?

– Sí, porqué no.

Contesté en un alarde de imaginación.

-Siéntate aquí.

Me señalo uno de los dos grandes sillones rojos que estaban frente al televisor también de grandes proporciones. Ella se recostó sobre el otro sillón en el que fácilmente cabrían dos personas.

Yo no acababa de saber que me estaba pasando. Est

aba en el piso de mi admirada vecina, frente al televisor y a punto de ver en su compañía una “peli” porno y ella hacía que eso fuese algo de lo más normal.

Nada más empezar la película comprobé que efectivamente la película era de calidad. Sin demasiados prolegómenos dos chicas de sinuosas curvas descubren sus cuerpos poco a poco. Tanto el escenario como sus pausados movimientos envolvían sus caricias de un halo de glamour que tanto me gusta. Aún así no podía dejar de pensar que María estaba a escasos dos metros de mí, viendo las mismas escenas que yo.

Me notaba ya bastante excitado cuando ella dijo:

– No te cortes y comenta lo que quieras, me gustaría saber que opinas sobre lo que estamos viendo.

– Como es normal… en mí, me excita mucho ver dos mujeres amándose, siempre me ha gustado, y además la película está hecha con bastante buen gusto.

Las actrices, que ya sólo llevaban puestas sus medias de encaje y sus zapatos de tacón alto, jugaban con grandes collares de perlas con los que acariciaban diferentes partes del cuerpo de su compañera. Muy lentamente una introducía, perla a perla, parte de su collar en la cuidada vagina de su amante.

– Esto excita a cualquiera, no solo a ti Leo.

– Ya lo creo (pude contestar).

– Cuando ves películas como estas y estás solo, ¿haces algo con esa… excitación? Decidí actuar yo también con naturalidad, que si estábamos allí viendo esas escenas, y hablando de lo que hablábamos era porque ella así lo quería, y me sinceré.

– Por supuesto, me masturbo, por eso nunca acabo de verlas.

– Eso es normal, sabes yo también lo hago, es algo que me encanta hacer, pero no tengo oportunidad de comentarlo con nadie, y mucho menos hacerlo.

– Me imagino.

– Si quieres, puedes imaginarte que yo no estoy y te haces lo que sueles hacer. Me encantaría ver como lo haces.

A estas alturas no extrañó nada oír su proposición, y lejos de cortarme me animé a complacerla. Me desabroché la camisa del todo y empecé a hacer lo propio con el pantalón. Miré a María y por supuesto estaba totalmente pendiente de mí. Confieso que sentí mucha vergüenza cuando después de bajarme los pantalones y disponerme a hacer lo mismo con mis calzoncillos, reflexioné en lo que estaba ocurriendo y me dic cuenta de lo surrealista de la ocasión. Allí estaba yo delante de toda una señora, bajándome los pantalones, a punto de mostrarle mi sexo, ella totalmente vestida y yo sin saber como continuaría la cosa. Pero me gustaba, me encantaba la situación y obedecí. Ya sentado, y tras haber descubierto mi pene, que mostraba una erección espectacular, empecé a acariciar el glande, que es como me gusta empezar. Con toda mi excitación miraba hacia la pantalla y veía a esas bellezas acariciándose con toda la delicadeza que dos mujeres puedan hacerlo, y mi vecinita a mi lado que reaccionaba y mientras se desabrochaba su blusa me decía:

– Si no te importa, yo también necesito acariciarme. Entre esas chicas y tú no puedo más. Vamos a hacerlo así, no nos vamos a tocar, vamos a hacer el amor sin tocarnos.

Yo giré un poco mi sillón para tenerla un poco más de frente, pero sin perder de vista la televisión, aunque ya no me interesara en absoluto. La visión de sus pechos contenidos en un delicado sujetador de encaje blanco, asomando por su entreabierta blusa conseguía que mi polla creciera un poco más entre mis dedos.

María, recostada como estaba, se subió su estrecha falda hasta sus caderas dejándome absorto ante sus blancas braguitas que apartó un poco, lo suficiente para mostrarme su sexo, un cuidadísimo sexo, depilado en su totalidad salvo por un leve triangulito de vello como continuación a la rajita de su vagina. Era estupendo, por primera vez, sentí el deseo de arrodillarme ante una mujer y lamer su sexo. Nunca antes lo había deseado tanto, pero recordé sus palabras y no nos íbamos a tocar.

Con sus dedos juntos se masajeaba el monte de Venus y su clítoris, y en su cara ya se hacía notar el rubor de una fuerte excitación. Me miró y dijo:

– ¿Te gusta Leo?

– Me encanta.

– Tú tampoco lo haces mal.

Respondió bajando la vista sin disimulo hacia mi polla. Esto me animó y no me importó acelerar el ritmo.

Ya sin pudor alguno nos ab

andonamos a nuestra autosatisfacción sin perdernos de vista el uno al otro, fuente de nuestra inspiración. A ella no le importaba jadear mientras jugaba con sus preciosos dedos acabados en eróticas uñas rojas, entrando y saliendo en su ya húmedo sexo, y con su otra mano se acariciaba los pechos por encima del encaje.

Mientras las chicas de la película iniciaban un estupendo 69 encima de una mesa, y los primeros planos de la cámara no dejaban lugar a la imaginación. María se agitó:

– ¡Así nena, chúpaselo, cómeselo, lo tiene riquísimo! ¡Leo me viene yaaaa! ¡Uffffff! ¡Qué bueno! ¡Córrete tú también cariño! Quiero ver tu leche.

Sus palabras no hicieron más que acelerar lo inevitable y como me dio tiempo de buscar dónde acabar lo hice sobre mi vientre procurando no manchar el mobiliario, oleadas de caliente semen se depositaron intermitentemente sobre mi piel.

A María se le veía disfrutar de su orgasmo y del mío, sus ojos brillaban intensamente y no apartaba la vista de mi miembro. Suspiró profundamente y sonrió. Era curioso, aún en esa obscena postura y con la ropa fuera de sitio seguía manteniendo ese aura glamorosa, ese porte de señora que tanto me atraía. Se levanto y alisó su falda. Con toda elegancia dio los tres pasos que nos separaba y al llegar a mí, se agachó invitándome a ver el espectáculo de la visión del nacimiento de sus dos generosos pechos. Puso sus manos sobre los brazos del sillón y de su boca sacó una cálida y húmeda lengua que, para mi asombro, dirigió hacia mi vientre, hacia mi semen, y con la puntita de la lengua lo arrastró hacia mi pecho, donde me dedicó un cariñoso mordisquito. Me cogió de la mano y me invitó a ducharme.

Ya en la puerta me besó como despedida y me dijo:

– Me encanta teneros como amigos.

– ¿Teneros?

– A ti y a tu… “amigo”.

Y llevó su mano a mi paquete.

Ya en casa no podía creérmelo, menuda experiencia, un intensísimo orgasmo con una mujer de bandera y ni siquiera nos habíamos tocado. Y algo más, esa prometedora despedida que me aseguraba nuevas “aventuras” y a vosotros nuevos relatos que espero publicar pronto.

Este relato se lo dedico a mi cyberamante MARÍA que a pesar de tenernos a miles de kilómetros, entre orgasmo y orgasmo, me ha inspirado a escribir

Autor: Leo

novel6960 ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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