Encontrar el momento

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Le deseaba, y por aquel entonces me maldecía por ello. Pero le deseaba. Me tenía completamente hechizado y no podía dejar de pensar en él, yen cómo encontrar el momento de acercarme a él y satisfacer esa atracción irresistible que ejercía sobre mí. Después de largos años, tuve al fin la ocasión.

Quizá sea mejor empezar por el principio. Aunque la red me garantiza un anonimato y han pasado muchos años de aquello, me llamaré David, y no revelaré el nombre de la ciudad de la que procedo. Aquel año de 1988 fue especial: el fin de curso en el instituto estaba a la vuelta de la esquina, – a duras penas conseguía a probar las asignaturas del COU pero lo paulatinamente lo fui logrando -, había conocido a mi primera novia y el futuro era tan incierto como excitante. Pero más excitante aún fue mi historia con Francis. Francis siempre fue para todos los efectos un chico estigmatizado en todo el instituto. Era el blanco de muchos insultos y miradas de desprecio y asco. Y es que Francis era un chico a todas luces afeminado. Se notaba su amaneramiento a la legua y desde el primer año de bachillerato hasta la licenciatura jamás lo ocultó. El primer día que lo vi me llamó la atención como a todos. Entre mis compañeros no era extraño oír calificativos como “maricón”, “sarasa”, y otros de ese estilo. A mi edad, y forzado por la dinámica de grupo admito que también participé en tales vejaciones, pero me costaba. Me sentía mal por sentirme parte de esa pandilla tan hostil a los gays. Al mismo tiempo y paradójicamente, todos sentían, y yo me incluyo, una lacerante envidia de él, porque siempre estaba rodeado de chicas y se llevaba genial con todas ellas. Era irritante no saber si realmente era gay y por eso congeniaba tan bien con el otro sexo, o era hetero y tenía una habilidad y labia increíbles, a diferencia de nosotros, muertos de hambre. Era detestado, en definitiva. Sin embargo, yo no le detestaba. Todo lo contrario.

Francis era un chico guapo, francamente muy guapo. Tenía unos ojos azules y una mirada que siempre me recordaba a la de una gacela. Nariz recta, boca bien proporcionada, labios carnosos. Su perfil facial era estilizado. Tanto que de hecho a veces nos preguntábamos si utilizaba máscara facial para definir sus rasgos. Tenía mi misma estatura, aproximadamente un metro ochenta, y era delgado, más que yo entonces, y ya es decir. Ese conjunto de rasgos me fascinó desde el primer día. Y, aunque entonces no lo sabía, le deseaba. Desafortunadamente, dada mi relación con mi grupo de amigos, y mi condición de heterosexual, me sentía confundido. Mi fascinación por él o mi rechazo se desvanecieron con el paso de los años. Tenía mi mente en otro lugar y en otras cosas, amén de intentar acercarme a chicas de mi clase. Finalmente sonó la campana y logré ligar con una chica, irónicamente, de fuera de mi escuela.

Cuando conocí a mi novia, su grupo de amigos, que pasó por fuerza a ser el mío, conocía a su vez a otros amigos que conocían a otros amigos, formándose así un amplio círculo. Entre ellos volví a toparme un fin de semana de verano con Francis. Coincidimos en una discoteca muy popular y entre la música y el jolgorio conocernos de vista desde hacía tiempo propició que acercarnos a saludarnos resultase fácil. Seguía igual.

– Hola, Francis – empecé yo.

– Hola – respondió él con su característico tono jovial y amanerado.

Entonces lo noté, volvió como una repentina avalancha la fascinación, sólo que aún más intensa. Llamadlo como queráis, yo lo llamo flechazo. Ni los demás, ni siquiera mi novia, existían en ese instante. Desde ese momento sólo tenía ojos para él. Las palabras me resultaron fáciles, sin embargo. Sin el menor reparo, me puse a conversar con él como un descosido. Cualquier tema de conversación era bueno para mantenerme ocupado con él. El sonreía, animado, no sé si impulsado por su afable carácter abierto, o por que se alegraba genuinamente de verme. El tiempo pasó sin darme cuenta. Las otras chicas, eternas consortes de Francis, así como la mía, se fueron a la pista a bailar animadamente. Él se fue con ellas y yo, que odio bailar, le seguí con cierta reticencia. Empezó a bailar uniéndose al corro de chicas, y yo le imité. Él reía y tonteaba, y yo me unía a las risas de las chicas, sin saber siquiera cuál era el chiste. No me separaba de él, siempre me mantenía a un metro escaso, y a menudo le miraba a la cara y a los ojos, embelesado. El respondía a mis bromas y gestos exagerados con carcajadas y unos ojos entrecerrados que le conferían un toque casi élfico, por cursi que suene esto.

En un momento dado, esos ojos mágicos se cruzaron con los míos. Algo ocurrió entonces. El flechazo que había sentido antes era patente, innegable, y yo habría jurado que Francis lo había notado. El dejó de sonreír tan abiertamente para enfocarme con intervalos cada vez más cortos, tal vez incomodado. Al poco rato noté que su sonrisa era ahora más suave, y la mía también y que nuestros movimientos de baile se ralentizaban. Entonces tuve la certeza de que sabía lo que sentía por él. Ni la cuadrilla, ni los viejos y homófobos compañeros de curso me importaban. Sólo Francis. Puse mi mano en su hombro y me acerqué a su oído. El corazón me latía a mil por hora y no sé como pude pronunciar las palabras.

– Francis, ¿vienes un momento?

Francis parecía algo perplejo, o quizá incluso chocado. No lo esperaba.

– Sí – repuso, recomponiéndose al momento.

Dije a mi novia que volvería enseguida, sin revelar adónde iba, pero apenas se percató. Yo me abrí paso entre la masa de cuerpos danzantes, con Francis siguiéndome. Hice esfuerzos por seguir caminando y al tiempo buscar un lugar algo menos ruidoso. Finalmente llegué a un lugar discreto junto a una pared y una gruesa columna, cuyo hueco nos brindaba algo de intimidad. Al girarme y comprobar que estábamos relativamente lejos de otros oídos, vi a Francis detenerse a menos de medio metro de mí. Estaba tan nervioso, y lo estoy ahora recordando ese momento, que me temblaba la mandíbula. Él lo vio y mantuvo sus ojos sobre los míos, entrecerrándolos. Yo abrí la boca y el se acercó, ladeando la cabeza para intentar entender lo que dijera en el volumen reinante en la sala de fiestas. Llegado ese momento, no tenía sentido salir con una estúpida excusa para explicarle nuestra ausencia de la pista de baile.

– Francis, estoy enamorado de ti. Tío, estoy colgado por ti, no te lo puedes ni imaginar. – solté de una sola vez. – Tenía que decírtelo.

El volvió a ladear la cabeza y a escasos centímetros nuestros ojos se encontraron para volver a retirar la mirada. El estaba más perplejo aún que antes, casi boquiabierto. Mi osadía me dio alas, y dejé incluso de temblar al instante. Lo había dicho y ahora no tocaba avergonzarme poniendo tierra por medio, sino que opté por mirarle con determinación, aunque por dentro estaba como un flan. Lo que había dicho, lo había dicho con convicción. Francis me miró pero al principio en su rostro no pude descifrar ninguna emoción. Después de titubear unos pocos segundos sonrió a medias, y me miró intensamente. Estaba loco por él, pero ¿lo estaba él por mí?, ¿qué significaba esa mirada?.

– Bueno, tenía que decírtelo – repetí para romper el hielo.

Él asintió y sonrió. Yo también esbocé una sonrisa. Con un gesto le di a entender que deberíamos volver a la pista con los demás. Una vez allí, seguimos bailando, esta vez con más soltura, y yo sonreía. Ya no tenía ninguna pesada losa sobre mí. Francis siguió bailando y tonteando con los demás igual que antes, sólo que esta vez, nuestras miradas se cruzaron con más frecuencia, brevemente, como casualmente. La diferencia clave era que ambos nos habíamos hecho cómplices de algo.

Al despedirnos todos y después de acompañar a mi novia a la su casa, no paraba de darle vueltas a lo sucedido. Quizá ella había notado mi mutismo durante todo el camino, pero Francis y mi revelación ocupaba todos mis pensamientos. ¿Se sentía halagado porque un gay se le había declarado sin él serlo realmente?, ¿o era realmente gay y le había divertido que un hetero le tirase los tejos?. ¿Y qué vendría después?, ¿cual sería su reacción durante los días siguientes cuando nos topáramos en el instituto?, ¿actuaríamos como si tal cosa?, ¿qué pasaría?. Un qué detrás de otro me torturaron durante todo el fin de semana restante. Y otra pregunta que más me ocupaba era ¿cuándo encontraría el momento para averiguarlo?

El lunes siguiente asistimos a clase, las horas y asignaturas pasaron con los últimos repasos para los exámenes, con preguntas de última hora a los profesores sobre la materia que entraría en los exámenes, intercambios de apuntes entre compañeros… Francis ocupó su habitual asiento en un pupitre situado muy por delante del mío, oblicuamente, por lo que solo podía alcanzar a ver su cuello y una oreja. No se volvió hacia mí ni una vez. Por la tarde, después de almorzar, fui a la biblioteca del instituto y me puse a tomar notas de los libros de texto. Me tenía que preparar, claro, pero tomar notas también me ofrecía una buena distracción de mi inquietud y la falta de contacto con Francis. La biblioteca la cerrarían a las siete de la tarde, y dado que era verano y casi las seis y media, estaba solo, bien enfrascado en mi tarea. Estaba tan ensimismado que me sobresalté un poco al percibir un movimiento a mi derecha. Junto a mí estaba él. Se inclinó un poco sobre mí a fin de susurrarme suavemente un “hola”.

– Hola – respondí, sorprendido, asombrado incluso. No lo esperaba. – Me has pillado bien metido en historia. – No sabía cómo seguir. – ¿Vienes también a empollar? – se me ocurrió finalmente.

– No, es que… estaba buscando una ocasión. Sabía que estabas aquí…

Francis se sentó junto a mí con sus piernas ligeramente orientadas hacia mí. No me miraba directamente a la cara, o cuando lo hacía, volvía a desviar sus ojos. Vi que le estaba costando mucho esfuerzo dar el siguiente paso, cualquiera que fuese. Había puesto sus manos en su regazo y se las frotaba algo ansioso. “Qué guapo eres”, pensé, “cómo me gustas”, y también intuí que Francis necesitaba serenidad, ser reconfortado de alguna forma. Extendí mi mano derecha hacia las suyas y la posé en ellas. No hice nada más. Busqué su mirada y al poco alzó su cara, mirándome a los ojos y a escasos veinte centímetros de él. Ese momento me desarmó, me acerqué y posé mis labios en los suyos. Fue un beso breve, muy suave, sin avasallar. Me retiré y vi que sus ojos estaban entrecerrados. Los cerró entonces completamente y fue el quien acercó su cara a la mía. Esta vez el me besó y sentí su templado y delicioso aliento. Fue una sucesión de picos en mi labio superior, después en el inferior, alternativamente. Yo respondía a sus besos de la misma manera. Instintivamente mi lengua parecía querer atreverse a más y tímidamente empezó a lamer ligeramente sus labios. La suya no tardó en hacer lo mismo con los míos. Sus manos empezaron a acariciar la mía y a enlazar sus dedos con los míos. El ritmo de los besos se aceleró, nuestras bocas se abrieron completamente y nuestras lenguas se encontraron, formando parsimoniosamente círculos una al rededor de la otra. Nuestras salivas fluyeron entre nuestras bocas y para mí fue un intercambio muy íntimo y señal suficiente de que no íbamos a parar. Succionábamos nuestras lenguas, los labios, y pasábamos la punta de la lengua por todos los rincones. Estaba caliente como pocas veces en mi vida y un hormigueo entre las piernas dio paso a una erección que se volvía dolorosa. Mis manos empezaron a sobar suavemente sus muslos y las suyas hicieron lo propio. De alguna manera el gesto de uno era un consentimiento para el otro de no parar, imitarnos o llegar a más. Mi mano derecha subió por su espalda y la froté con profusión, acabando por frotar con la yema de mis dedos su suave y delgado cuello, mientras nuestro beso se convertía en un morreo desenfrenado. Jadeábamos y nuestras manos no dejaban de explorar nuestros pechos, barriga, hombros. Acomodándonos en las sillas nos fundimos finalmente en un abrazo que nos dio la ocasión de poder besarnos más cómodamente.

Estuvimos así, no sé, veinte largos minutos, hasta que una puerta se abrió bruscamente al otro lado de la sala y la voz de la bibliotecaria nos anunció que iban a cerrar. Igual de bruscamente nos separamos, sobresaltados, y guardamos una discreta distancia, cada uno mirando un papel delante de si. El torpe disimulo ante alguien que no terminaba de aparecer nos hizo primero sonreír, luego reír por lo bajo, para finalmente desatarnos y reír a carcajadas. Francis estaba colorado, y yo seguramente no menos que él. Cómo me atraía. El se calmó, la risa dejó paso a una sonrisa dulce y franca que yo devolví con ternura.

– ¿Nos vamos? – Dijo.

– Venga – respondí.

Al levantarnos de las sillas nuestras erecciones eran tan marcadas en nuestros pantalones que no pudimos evitar volver a reírnos. Cuando nos dirigíamos hacia la puerta cerrada, Francis me detuvo y me dio un beso en la mejilla.

– No sé qué decir… Yo también te quiero, creo. – y se sonrojó.

Casi diría que sus ojos se humedecieron. Al menos los míos sí lo hicieron de puro alivio, tal vez de emoción, tal vez de alivio por este desenlace feliz, tal vez por todas esas razones juntas. Yo en todo caso no cabía en mí de alegría. Con una mirada cómplice le acaricié su precioso y sedoso cabello, se lo peiné improvisadamente y salimos de la biblioteca. En el patio del instituto, a esa hora ya bastante libre de miradas, le dije que me pondría en contacto con él lo antes posible, buscando el mejor momento para un posterior encuentro.

Las dos semanas de preparación para los exámenes transcurrieron sin que Francis y yo apenas pudiéramos hacer más que decirnos un hola o guiñarnos un ojo al cruzarnos por los pasillos. Tampoco es que tuviéramos mucho tiempo. Los exámenes finales se extendieron hasta finales de julio y nos dejaron a todos exhaustos. Ni siquiera tuvimos margen para un respiro y salir con nuestros amigos o novias antes de que estos se fueran de vacaciones durante el mes de agosto. Que también mi novia se marchara a los pocos días fue, sin embargo, más que conveniente para mí. Supe al fin que Francis se quedaba y el agotamiento mental tras los exámenes dio paso a un estado de expectación y excitación insoportables. Encontrarme de nuevo con él no supuso un gran esfuerzo estratégico porque él mismo buscaba el contacto tanto como yo y me facilitó las cosas. Finalmente un día nos escabullimos en los servicios del instituto. Ese iba a ser el último día de apertura y sólo disponíamos de pocos minutos porque fuera ya le esperaban sus eternas amigas, pero los aprovechamos. Tan pronto como vimos que no había moros en la costa nos lanzamos el uno hacia el otro y nos abrazamos con tal fuerza que su delgada figura casi parecía desaparecer dentro de la mía. Nos besamos con tal violencia que parecíamos devorarnos. Saboreé sus labios y casi tragué su lengua como si de un gran caramelo escurridizo se tratara, y ambos ronroneamos de gusto. Ambos buscamos nuestras caras y besamos mejillas, nariz, cejas, frente, y yo acariciaba esa tez femenina y tersa, su cuello y hundía mis dedos en su cabellera, masajeándole el cuero cabelludo con ternura y dejándole más despeinado que un espantapájaros. Más abajo nuestras pelvis se frotaban cada vez con más frenesí, como en una lambada alocada y nuestras pollas se frotaban sobre la tela del pantalón, ya muy duras y anhelantes. Una vez más un sonido, por suerte lejano, nos sacó de nuestro magreo y abrazos. Jadeantes y con mi polla dolorida por la tensión muscular, me separé de él tomándole por los hombros.

– Dame tu teléfono. Mis padres se irán de vacaciones dentro de unos tres días y tendré el piso libre. – logré decir.

Francis asintió, y trató de recomponerse.

– ¿Lo recordarás? – preguntó entrecortadamente. Asentí, ¿cómo podría olvidarlo?

– Ve tu primero, y trata de poner cara de póker – le dije riendo nerviosamente. El también se rió, me dio un beso rápido y se volvió desapareciendo tras la puerta de los servicios. Yo me apoyé en la pared más cercana, resoplando de excitación. ¡Menudo momento!

Le llamé cuatro días más tarde, cuatro días de impaciencia, excitación y preparativos. Vendría, dijo. Su voz denotaba lo que la mía, unas ganas voraces de reanudar nuestro juego. Quedamos en que llamaría a mi portal a las cuatro de la tarde. No sé qué excusa buscó para ausentarse de casa, porque su familia se quedaba durante el verano en la ciudad, pero vino. Subió hasta el tercer piso y lo vi llegar por la mirilla, buscando la puerta correcta. Antes de que llamara al timbre yo abrí, el entró como una sombra y cerré la puerta sin hacer el menor ruido. En el vestíbulo y en la semi oscuridad nos volvimos el uno al otro, pronunciamos un breve “hola” y yo posé mis manos en sus caderas, poniendo él las suyas en mis hombros y después en mi cuello. Sonriendo nos besamos tiernamente, sin prisas, con los ojos cerrados. El piso era nuestro, el momento era nuestro. Entre aquellas paredes haríamos lo que quisiéramos, seríamos el uno del otro. Lo observé más detenidamente y comprendí porqué me encandilaba. Su belleza se basaba en aquellos rasgos faciales a todas luces femeninos, me tenían cautivado e invitaba a besarlo, como si de una bella modelo se tratara. Era más atractivo que mi novia, tuve que admitir. Su cara no tenía ni un sólo pelo, estaba perfectamente afeitado. Pero lo que me atraía de veras era su fragilidad aparente. Su cuerpo y su cara pedían a gritos ser amados con dulzura. Yo me había esforzado por no frustrar este momento con un cuerpo cuidado. Me había afeitado y él pareció apreciarlo porque empezó a acariciar mi cara con toda su palma, lentamente. Tomé su mano con las mías y la dirigí a mis labios. Empecé a besar cada uno de sus largos dedos de perfecta manicura sin dejar de mirarnos a los ojos. Acto seguido, sin poder esperar un segundo más, nos fundimos en el abrazo que dejamos a medias en los servicios de la escuela, y nuestras pollas se endurecieron al instante. Lo separé de mí, lo tomé de la mano y nos dirigimos impacientes hasta mi dormitorio donde proseguimos el besuqueo.

– ¡Qué ganas tenía! – dije sin resuello. – ¡Cómo te deseo!

– Y yo a ti… – dijo volviendo a mis labios.

Ya no había vuelta atrás, la fase previa ya estaba más que aprobada e íbamos lanzados. Empecé a quitarle su camiseta, dejando al descubierto una piel tan inmaculada y pálida como la de su cara. Era realmente delgado, sus costillas se marcaban y le daban la apariencia de fragilidad que siempre había intuido al ver su rostro. El empezó a hacer lo propio conmigo con una presteza y habilidad inusitadas. Jadeábamos y nuestras manos se empezaron a ocupar de nuestros pantalones. Los desabrochamos y nuestros calzoncillos quedaron al descubierto, conteniendo a duras penas nuestras pollas que formaban sobre la tela un relieve inequívoco. Semi desnudos volvimos al morreo, pero nuestra curiosidad fue mayor, teníamos que ver nuestras armas. Lentamente empecé a bajar el elástico de su calzoncillo al tiempo que me doblaba. Su polla, dura, saltó y cimbreó en el aire ante mi cara. Antes de que me pudiera precipitar con el siguiente paso, Francis se apresuró a imitarme y mi polla quedo libre. Completamente desnudos, nos abrazamos y, besándonos con pasión, frotamos nuestros miembros. Estábamos a mil y nuestro abrazo se transformó en un culebreo incesante de brazos y piernas por nuestros cuerpos. El suyo se notaba muy suave, cálido. Besé su cuello y noté su aliento en mi oreja.

– Cariño… – me susurró. No tuvo que decir más. Le miré a la cara y a sus ojos azules de gacela. Acaricié con mis pulgares sus pómulos, sus labios finos y gruesos. Entrecerrando los párpados abrió súbitamente la boca y dejó que uno de ellos penetrase dentro. Lo lamió como un caramelo sin dejar de mirarme. Como entró, lo volvió a dejar salir y se abrazó a mí con efusión y suspirando. Francis se había transformado en una mujer. La faceta que más me atraía de él, afloró definitivamente. Su abrazo se asemejaba a los que me daba mi novia. Una vez comprendí cuales eran nuestros roles, lo abracé con más fuerza y lo alcé, mientras reía en voz baja. Lo deposité sobre mi cama y yo me tendí junto a él dispuesto para hacerle el amor. Cara a cara seguimos acariciando nuestros rostros y besándonos, cada vez con más pasión. Francis me pidió que bajase a medias la persiana, y yo lo hice. Al volver a la cama la visión del chico tumbado ahí me recordó a la Maja Desnuda de Goya. Adoptó una postura coqueta, y con un gesto de la mano me indicó que volviera con él. El juego de besos siguió. El no quitaba la vista de la mía y parecía subrayar que él era mío, total e incondicionalmente.

Empecé a lamer muy lentamente su cuerpo, empezando por su cuello, sus orejas, su pecho y hombros, sus tenues pezones, formando círculos alrededor, su barriga, su ombligo, dejando una brillante estela de saliva. Finalmente me topé con su polla. Era blanca, brillante, con un glande rosado y palpitante. Mediría lo mismo que la mía, quizá unos dieciséis centímetros. La contemplé apoyando mi cabeza sobre su vientre. Nunca había tomado una polla que no fuera la mía. Decidí simplemente que haría lo mismo que me gustaría que me hicieran o que yo me hacía cuando me masturbaba. Con mi mano izquierda abarqué su escroto y lo amasé con mucha ternura, sintiendo la anatomía interna de sus testículos y cómo se contraían. A continuación besé y lamí tímidamente el glande en la punta. Era mi primera vez y me supo magnífica, salada, era cálida y las rugosidades características eran tenues, dada la erección. Fue una invitación clara y acepté. Empecé a lamerla marcando círculos por el glande y el frenillo, pero apenas me entretuve un minuto o dos en esta tarea, porque su glande invitaba urgentemente a ser devorado. Me lo metí completamente en la boca y lo saboreé, acelerando las lametadas a medida que escuchaba a Francis gemir y ronronear, sentir su mano despeinando mi cabello, contraer ligeramente sus rodillas y levantar ligeramente su pelvis. Dejé su escroto libre para comenzar a masturbarle lentamente al principio, y al poco acrecentando el ritmo. Esta vez me atreví a dejar ceder ese capullo ardiente hasta alcanzar mi garganta. Un conato de arcada me marcó la frontera y mantuve mi mamada al mismo ritmo y a la misma profundidad. Entonces se me pasó por la cabeza que podría correrse de un momento a otro. ¿Qué haría? No había probado el semen jamás, ni siquiera el mío propio. Sin embargo, estaba tan salido y desbocado devorando esa polla de un chico como Francis, entregado a mí incondicionalmente, que irracionalmente llegue a la conclusión de que no podía saber mal, de ningún modo. Todo lo contrario, quería probarle. Aceleré más el ritmo del pajeo y los lametones y me preparé. Francis empezó a retorcerse y estirarse, tensando los músculos, casi dejando escapar un grito que temía se pudiera oír en todo el hueco de la escalera. Sentí que la boca se me llenaba de su semen, poco viscoso, copioso y de un sabor que describiría como neutro, algo amargo quizá, pero que en mi paladar se sentía bien, como una extraña leche condensada. Una vez en mi boca, no sé bien por qué lo hice, quizá por no querer poner nada perdido de semen, su piel, o la cama, decidí tragarlo. Francis gemía y luchaba por recuperar el aliento, mientras se contraían sus piernas hasta casi atraparme la cabeza con ellas y su barriga. Su polla siguió en mi boca y tan solo pude dar dos o tres pasadas de lengua antes de que me pidiera que parara, que no podía más. La dejé en la boca unos segundos y luego me aparté. Francis yacía hora estirándose, hora encorvando su espalda y miembros, pasando sus manos por su pecho y sus ingles, los ojos cerrados.

Me tumbé junto a él y le pasé la mano por el pecho, la cabeza y los hombros. Cuando abrió los ojos, empezó a reír.

– ¿Qué tal estás? – pregunté dejándome contagiar de su risa.

– Bien, muy bien. Ha sido genial. – jadeó. – ¿Te has tragado mi corrida?

– Sí. – El rió más aún. – ¿Puedo besarte? No sé si te gustará el sabor. A mí me gusta. – Río esta vez más bajo y accedió. Nos deleitamos en este beso aún más que con los anteriores. Pasó su lengua por todos los rincones de mi boca, dejando claro que no le importaba lo que encontrara dentro. Al cabo me miró pícaramente.

– Ahora déjame a mí, cariño.

Francis tomó mi polla con su mano derecha y empezó a pajearme, él arrodillado entre mis piernas abiertas. Se notaba que él tampoco estaba muy experimentado en el sexo con otro hombre. No sabía que hacer, deduje, porque empezó a realizar exactamente la misma maniobra que yo, paso por paso. Sentí su suave y humedísima lengua en mi glande y sus manos calientes y cariñosas en mi escroto y mi falo. El se concentró quizá algo más en hacerme un masaje en mi sexo que una masturbación propiamente dicha. Se notaba que quería agradarme porque se tomó más tiempo, y sus ojos lascivos y enamorados me miraban mientras realizaba su tarea. Llegado el momento, tomé su cabeza y la mantuve fija entre mis piernas, sentí que se me vaciaban los pulmones, los músculos se me tensaban y se aflojaban espasmódicamente, y mi polla empezó a disparar semen en su boca. Una, dos, tres, cuatro veces, cada vez una cantidad que estimé de grande. Aflojé mi presión y llevé mis manos a mi cara para tratar de enmudecer mis jadeos, acompañados de auténticos estertores. Francis se detuvo, y aunque tenía mis ojos cerrados, creí que se tomaba tiempo para degustar mi corrida y decidir sobre su destino. Abrí los ojos, lleno de curiosidad expectante y ví que Francis se estaba relamiendo los labios y su garganta se contraía: se la había tragado.

Alcé como pude mis piernas, atrapé su torso con ellas y lo atraje hasta hacerlo caer sobre mi cuerpo. Lo abracé fuertemente como si quisiera darle calor, volví a cerrar los ojos y le acaricié la espalda y apretujé su culo. Se sentía bien sentir el calor que emanaba su piel y mi polla en contacto con su barriga. Su cara yacía sobre mi pecho y simplemente nos relajamos.

– Te quiero – susurró Francis. – Yo, demasiado agotado para hablar, sólo le apreté más.

La habitación se había caldeado aún más por nuestro ajetreo, amén del calor que reinaba fuera. Fuera cual fuera la causa esto hizo que nos durmiéramos abrazados, confiados en que nadie molestaría nuestro momento.

Al despertar, como una hora más tarde, seguimos tumbados en mi cama hasta que a ambos nos entraron ganas de ir al váter. Teníamos tantas ganas que nos levantamos al unísono y casi competimos por quién llegaba antes al baño. Desnudo de espaldas ante mí lo miré entrar en el baño y orinar durante un buen rato. Su figura era a mis ojos simplemente sublime. Hombros ligeramente más anchos que sus caderas, prácticamente lampiño, excepto por debajo de sus rodillas, y un culo delgado, de nalgas estrechas. Su sensual figura hizo que mi deseo se disparara de nuevo. Después de mi turno para orinar fuimos a la cocina para beber. Estábamos deshidratados y abrí la nevera para sacar lo que hubiera dentro, con tal de que estuviera fresco.

– ¿Te apetece leche? – pregunté con una sonrisa pícara. Francis entendió la indirecta enseguida y ambos nos reímos a carcajadas. Nos sentamos a la mesa mientras bebíamos. De cuando en cuando yo extendía mi mano para acariciar su antebrazo y enlazar mi mano con la suya. Sonriendo nos miramos y le lancé un beso al aire.

– Estoy loco por ti. Me enganchaste desde el principio. Siento que los otros te hicieran pasar todo aquello. Lo siento de veras. – Me avergonzaba de verdad, tanto como pocas veces en mi vida. – No podía negar más mis sentimientos. – Concluí.

– Yo noté tu mirada y tu trato conmigo. Tú fuiste siempre muy majo. Gracias.

Tome su rostro con ambas manos y lo besé por toda la cara, y él me correspondió de igual manera hasta que finalmente nos pusimos en pie y seguimos morreándonos en mitad de la cocina.

– Vamos al dormitorio.- Propuse.

Tomados de la cintura volvimos a la cama. Allí seguimos amándonos, el encima de mí, nuestras pollas en estrecho contacto. Las frotábamos y la lujuria volvió a apoderarse de nosotros. De la flacidez a la erección más inconfundible pasamos en medio minuto. Traté de abarcar nuestros miembros con mi mano y como pude empecé a pajearnos, pero era un a postura algo incómoda. Retiré mi mano humedecí mis dedos con mi saliva. Al volver a los penes comencé a lubricar los glandes. Tuve que repetir la acción varias veces hasta recopilar suficiente líquido para poder masturbarnos. Francis se estremeció, se percató de mi propósito y de mi esfuerzo y decidió asistirme con la saliva. Empecé a pajearle y él y el a mí. El ritmo aumentó muy paulatinamente y al final eyaculé sobre mi barriga. Francis, caliente como se debió de poner por mi orgasmo, cerró los ojos y comenzó a salpicarme la barriga e incluso el pecho de su leche. Finalmente volvió a arrojarse sobre mí casi bruscamente. Nuestro esperma se mezclo cobre nuestra piel y producía minúsculas succiones. Tras recuperar el resuello, abrimos los ojos y nos besamos suave y lentamente.

Habíamos hecho el amor dos ves aquel día. Sudorosos y pegajosos por nuestro semen, tomamos una ducha juntos y la tercera vez tuvo lugar entre manos ansiosas que enjabonaban el cuerpo del otro. El agua resbalaba por su cabello y su torso y me deleitaba pasándole las manos por su columna vertebral y su culo. Abrazados y con nuestras pollas de nuevo dispuestas, me atreví a deslizar mi dedo corazón por la raja de su culo. Francis me lo permitió y me lo confirmó con un beso de lengua muy sensual y paciente. Estaba degustando la presión de mi dedo buscando con atención su esfínter. Al localizarlo comencé a masajearlo y el gimió complacido. Notaba que sus labios formaban una sonrisa mientras besaba. Suspiró y yo proseguí. Volvíamos a las andadas y yo así su polla iniciando una paja que el agua y el gel de ducha facilitaban. Me emplacé lateralmente a él y me deleité en su expresión. A los pocos minutos Francis eyaculó una vez más. Menos cantidad, pero el placer que dejó notar era similar al de las dos primeras veces. Sus piernas flaquearon y tuve que sujetarle pensando que se desplomaría. Le abracé y besé cariñosamente en la mejilla.

– ¿Estás bien? – Pregunté algo preocupado.

– Si, cielo. – Sonrió. – Me ha gustado mucho. – Dijo y volvimos a abrazarnos. Estaba tan hecho polvo que decidí secar yo mismo su cuerpo, por todos los rincones. El sonreía, coqueto.

Cuando llegó la hora de que Francis regresara a su casa, me despedí de él con un beso suave en el recibidor.

– Te llamo, ¿vale? La casa estará libre durante diez días hasta que vuelvan mis padres.

– Vale. ¿Mañana?.

– Sí, mañana.

En nuestros ojos leímos un mensaje, una promesa, el anhelo del siguiente momento juntos.

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