ENSEÑANDO SEXO A LA SOBRINA

El relato que sigue está escrito desde el afecto, donde el recuerdo de este hecho dejó su impronta indeleble, que con el devenir del tiempo fue sedimentando y acrecentando el dulce encanto de lo grato con el plus de lo prohibido.

Vivo en una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, donde casi todos nos conocemos, muchos somos amigos desde infantes y aún seguimos en esa condición.

Tal es mi caso, con uno de esos amigos que compartí travesuras, andanzas y alguna que otra aventura con mujeres. Mi amigo se casó con una chica de la ciudad, aún después de casados conservamos el vínculo afectivo, ahora con la incorporación de la esposa, fui testigo en el casamiento civil y visitante asiduo a su casa.

Rondamos los cuarenta y pico, yo sigo soltero, tuve varias parejas del estilo cama afuera, soy comerciante en cereales, buen pasar, deportista y temo perder el bien más apreciado: la libertad. Defendiendo mi soltería a capa y espada, no soy mal parecido y me mantengo en buena forma física.

Frecuento la casa de éste, mi mejor, amigo para compartir comidas o simplemente paso a saludar y compartir un café, que su esposa Ada sabe hacer como pocas.

Con el devenir del tiempo se agrandó la familia de mi amigo, una preciosa niña completó el modelo de familia, la primera vez que la vi estaba totalmente desnuda, la estaban bañando, dos día de vida. De ahí en más pasé a ser el tío de Ro.

Nos fuimos conociendo, la tuve en brazos, colaboré dándole alguna mamadera, acercándola al jardín de infantes algún día de lluvia, ayudándola con los deberes o siendo compinche en alguna travesura.

Pero el tiempo transcurre sin que lo notemos, mucho más veloz de lo que quisiéramos, ahora dieciocho años después de nuestro primer encuentro la niña se había convertido en una preciosura, esbelta trigueña como su madre y con los ojos azules como su padre, era una tentación para cualquier joven de su círculo de amigos, solo bastaba ver las miradas y los comentarios intencionados del colectivo masculino cuando pasaba.

El venir era todo un canto a la vida, llena de gracia y de atributos que saltan a la vista, dos muestras más que elocuentes de la genética de mamá, al alejarse es imposible sustraerse al encanto de sus caderas, camina con la cadencia de quien lleva un tesoro para beneplácito de los mortales masculinos que darían una parte de su vida por ser dueños, aunque más no sea por un instante, de esa gloriosa anatomía.

No era fácil sustraerse a verla como una mujer hecha y derecha, era por demás un trabajo insalubre no ponerme en condición de un admirador más de tamaña belleza juvenil, pero hasta ese momento había eludido pensar en ella como tal para no caer en la fácil tentación del deseo masculino. Pero…, siempre hay un pero que nos cambia la cartas, el diablo no deja de tentarnos para llevarnos por el camino del pecado carnal. Soy de los que creen que no hay casualidad sino causalidad, ahora viendo un poco a la distancia de los hechos lo reafirmo.

La situación se produjo cuando una tarde, en su casa, como al descuido se sentó sobre mis rodillas, no fue como otras muchas que se sentaba sobre su "tío".

Sentí algo distinto, un roce accidental, respondí como un macho ante una hembra, acto reflejo e instintivo, ajeno a cualquier otra connotación sexual o erótica. Me rescaté de la tentación malsana, alejé cualquier pensamiento de la codicia por ese cuerpo glorioso y apetecible.

Recuperé la compostura, busqué alejarme lo más rápido posible, escapar de este pensamiento fugaz e incestuoso, me llenaba de vergüenza de solo pensarlo. Aún dentro de la turbación por el suceso creí notar en ella un brillo especial en la mirada, gozando con esta circunstancia. Mientras ponía distancia prudente, no podía dejar de pensar que había sido u

na acción totalmente intencional, un ejercicio de seducción de una joven que lleva dentro un volcán erótico a punto de erupción.

En los días siguientes evité encuentros, en especial a solas, eludí cuanto pude, tenía miedo de sucumbir, a que me traicionara el subconsciente. El conflicto mental era notable, estaba ido, el pensamiento pecaminoso, rayando lo incestuoso, adicionado a la relación con su familia. No cabía en mi siquiera pensar en la hija de una amigo de toda la vida, temía que la debilidad de la carne pudiera sobre el recto y leal proceder que está implícito en la condición de amigo. Pero…, la carne es débil, la mía demasiado.

Para hacerla corta, una tarde al retirarme de la casa, Ro me pidió, delante de su madre, que la acercara a la casa de una amiga, no pude zafar.

No hice más que alejarme un poco miradas indiscretas, ordenó detenernos, exigió explicaciones por qué le huía, desde "esa tarde", mi reacción era la confirmación de sus eróticos pensamientos.

Tan claro como el agua, tan simple como la vida misma, de pronto, como respondiendo a un guión escrito por el destino, fundimos nuestras bocas en un beso de esos que jamás se olvidan, que perduran en la memoria emotiva.

El instante se cargó de tensión y erotismo, cada gesto, cada movimiento expresaba la carga interior, abrazado a esta preciosura que holgadamente superaba en edad, consolidaba los valores esenciales de mi obstinado machismo. Ro se expresaba como hembra apasionada vibrando al ritmo de sus emociones consumida por la hoguera de su calentura. La dulce jovencita trocó en la viva imagen de la lujuria y el deseo. La mirada maliciosa, la lascivia brotando por sus poros, todos sus órganos erguidos a mansalva, ponían a esta inexperta mujer en directora de las acciones bélicas sobre el tablero del teatro de operaciones: el hombre maduro había sucumbido a los encantos de una mujer hecha fuego y pasión.

Lo que siguió fue todo torbellino y premura. En mi casa, subimos al dormitorio, se sentó en la cama donde fantaseaba, en la soledad de cada noche, se poseída por mi, dejarse llevar por los insondables caminos del sexo. Un nuevo universo sexual se abría a su avidez, un cúmulo nuevo de sensaciones incorporadas a su archivo afectivo.

La admiración de sus formas llenó de gloria mis ojos y de tensión el sexo, se catapultó peligrando las costuras para contener el crecimiento espontáneo del miembro. Ro, gozaba con el efecto devastador que su provocativa desnudez me provocaba, se desvestía lento como deshojando los pétalos de una rosa, disfrutaba el efecto de ofrecerme su cuerpo sin otra prenda que sus manos tratando de ocultar lo evidente, los tesoros de su juventud.

La tomé por el talle, voy bajando, abro sus muslos y beso su cálida cuevita. Dócil, se dejó conducir al confín del pacer, la lengua recorriendo la humedad producida por calentura feroz. Sus manos enlazadas en mi nuca presionaban para sostener la caricia bucal, llevarme adentro de su cueva, jadeos y gemidos desordenados, palabras y groserías desarticuladas, indicios evidentes que transitaba el camino sin regreso al orgasmo incontenible.

Traspuso la línea sin retorno del clímax, explotó en "vesubiana" lava que recibía en la lengua. Ahora transita el éxtasis, gozoso de ser el artífice de todo este placer desenfrenado.

Quedó muerta de placer, atravesada en la cama, parecía haber transitado el duro y placentero trance de gozar. Vestido de Adán, a su lado, de costado mirándonos por primera vez en igualdad de desnudez: nos necesitamos. Es mi turno, decidida a ser el instrumento de mi placer, me besa todo, pronto descubrió el resorte que me hará saltar. Tomó la verga enhiesta y palpitante en sus manos, miró como de su "ojo" manaba una "lágrima" y compadecida por el sufrimiento la consoló besando y probando su sabor, con singular afecto.

A éste le siguió una profusa mamada que me ponía al borde de la eyaculación. Se resistió a serle retirado el biberón. La coloqué de espaldas, las rodillas elevadas, preparé el condón para entrar en ella. Se anticipó diciendo que no era necesario, que estaba protegida por la píldora, que esta era su primera vez, pero hace como dos meses que la está tomando, se guardó

para mí, asomaron lágrimas de emoción en sus ojos.

Gustoso y emocionado fui a su encuentro, buscando su intimidad más profunda, escarbando con el trépano de mi urgencia en la cueva virgen de su femineidad, ansioso por ser quien la hiciera mujer, mi mujer.

Desde el primer avance del glande entre los labios, venciendo el escollo del himen, accedí a la vagina, para de ahí en más, confundirnos en una sola carne, vibrando y quemando en brutal calentura. Le di tiempo a que se hiciera amiga de la carne que se adueñaba de su carne, que la excitación la llevara hasta el momento límite que la hiciera entrar al mundo de una mujer plena, cuando la sentí vibrar y contraer los músculos vaginales apretando al delicioso invasor. Los chorros urgentes de semen llegaron para aplacar la fiebre del deseo, orgasmo compartido, el fuego generado en esta cogida gloriosa. Abrazados, gozando, acoplados con la leche bañando nuestros sexos.

Fue la sublimación de un acto de amor, sangre emerge de su conchita agradeciendo el brindis lácteo que marcaría nuestras vidas. Nos besamos, con más entrega, con toda el alma.

Los casi seis meses siguientes fueron una sinfonía de ayes y gemidos producidos por los encuentros amorosos, cada vez más frecuentes e intensos. Recorrimos todo el repertorio de posiciones y accesos, no quedó nada por probar y experimentar. La hice probar todo y por todos lados, no nos quedó imagen del kamasutra sin experimentar.

A la semana de relaciones con regularidad busqué como hacerle la cola. Siempre se mostró decidida a ser alumna muy aplicada y tan pronto le insinué entrar por la "otra puerta" consintió con cierto temor por la relación de tamaños, pero confiada cedió. Se dejó guiar por la experiencia del maestro, ambos buscábamos el placer, enseñarle a usar esa parte anatómica y a disfrutarlo era la tarea que había delegado en mí.

Comenzamos con el juego digital, aprendió a sentir, a relajarse, a manejar sus músculos y a gozar de esa parte tan destacada de sus encantos. Cuando estuvo lista y preparada para el disfrute anal, se lo hice lavar con chorros de agua tan caliente como podía soportar, este tratamiento previo servía para higienizar y relajar toda el área. Sola se avino a pedirme que la hiciera mía por el ano, podía notar como en su fuero íntimo me regalaba su portentoso trasero respingón para matarme de placer. Más intuición que técnica, se colocó de bruces sobre la cama, una almohada doblada bajo el vientre, el ángulo agudo de sus glúteos se ofrece como un desafío, obligándome a poseerla por el oscuro objeto de deseo de todos los hombres que la ven caminar y esa parte de su cuerpo atrae todas las miradas masculinas, la mías más que ninguna.

La joven estaba llena de sabiduría vital, consciente que detrás de cada negación a entregármelo estaba implícita la afirmación, acrecentar mi deseo por tenerlo era una forma extra de placer al momento de la entrega.

Bien lubricado, se la coloqué justo en el anillo, entra ajustado, tan cerradito, todo era lento, apretado, los movimientos dentro de ella me ponen a mil, en ese momento soy el más feliz de los mortales cuando se la pude mandar a fondo, hasta los testículos. En este trance de placer supremo se pierde la noción, solo es sentir y gozar, hablar y vociferar, sin ton ni son, las palabra más procaz tiene efecto afrodisíaco, es un condimento más para el goce.

– ¡Dale, dale, más!, ¡Animal, me estás matando de placer! ¡Cómo me gusta!Estaba dispuesto a hacer el gusto, mientras embestía en ella con toda potencia, aprovechaba para rubricar cada penetración con sonoras palmadas aplicadas en las blancas nalgas. Lejos de quejarse y protestar le producía efecto estimulante a tal punto que comenzó a exigirlo:

– ¡Así, así! ¡Dame más! ¡Pégame, pégame! ¡Castígame, soy mala, muy mala! ¡Pégame hijo de puta divino!

Más tarde notaría como se las había dejado bien rojas de tantas palmadas, pero ensartada, gemía sin parar, hasta que el semen presuroso se derramó en el interior del ano ensanchado por el miembro palpitante. En la conmoción de la "culeada" impiadosa quedamos tendidos, rendidos por la acabada interminable. Ro en disfrute inexplicable, como si estar sometida, a

ctivara sus hormonas, potenciando el goce. Se estaba graduando, con honores, como experta amante y completa en todas sus facetas del arte del sexo.

Fue un tiempo pleno, nos acoplamos espiritual y sexualmente, parecíamos nacido el uno para el otro, pero… Dentro de lo glorioso del sexo, siempre rondaba el temor a que esta relación pudiera ser descubierta, y tildara de incesto nuestro amor. Fue una elección voluntaria, en libertad y sin acoso ni presiones más que el deseo de placer.

Todo es finito, también esta relación, llegó el momento de partir para iniciar sus estudios terciarios.

A mitad de año volvió, nos saludamos con afecto, como antes de los hechos en cuestión, noviando con un chico de su edad. En nuestro trato imperaba el afecto, con naturalidad, sin molestias, con el sabor grato que dejó haber vivido una hermosa relación carnal no exenta de amor y pasión.

Me gustaría conocer la opinión de los lectores y en especial modo de mujeres que hayan transitado situaciones similares y poder intercambiar experiencias al respecto. Las espero en mi dirección de correo.

Autor: Arthur arthurk1986 (arroba) yahoo.com.ar

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Escrito por Marqueze

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