Esas cosas pasan.

Cuando Julieta me llamó yo recién estaba saliendo del baño. Contesté mientras me secaba el pelo, con la toalla grande atada a la cintura. Sólo escuché el silencio y un rumor del otro lado.

– Hola. – repetí con insistencia.

Un suspiro me llegó del otro lado y un corto atropello de palabras.

– Hola . Hace mucho que no te veo. No sabía que decirte.

– Disculpame, pero no sé quien sos.

– Hace mucho que no nos vemos, soy Julieta Pacheco.

Toda la habitación quedó en silencio y pude escuchar el rumor de mis propios latidos. Tuve un mareo. Me senté en el piso, apoyándome en la pared. Levanté las rodillas. Cerré los ojos.

– Vos me dejaste, hace años. – le dije.

– Necesito verte. – me dijo rápidamente.

Asentí con la cabeza varias veces, a pesar de lo mucho que intenté sentir rencor.

– Claro, decime.

– ¿En dos horas? ¿En el bañado?

– Claro, voy a estar ahí.

– Nos vemos entonces.

El bañado era el nombre que le dábamos a un barsucho del Barrio Sur. El dueño era un tipo de Mercedes, Arturo, viejo fracasado. Un poco como yo, acostumbrado a perder, pero al final de su vida. En una de nuestras primeras citas el local se inundó por la lluvia y nosotros nos quedamos, aún así, toda la noche. Eramos tan estúpidos que no podíamos admitir la incomodidad, esperando crear un romántico recuerdo.

Me había demorado en mi casa cambiándome de ropa un par de veces, pero estuve ahí media hora antes. Me terminé el paquete de Marlboro esperando la hora. Ella legó tarde, perfectamente arreglada, esperando hacerse desear.

Entró con una sonrisa más linda que nunca, cruzando las piernas al caminar como una modelo. Yo miré por la ventana, persiguiendo a una colegiala, intentando fingir que no la había visto, pero ella es muy linda. Mis ojos se enredaron en los suyos mientras tomaba asiento. No supe como recibirla. Baje la vista cuando la nostalgia finalmente me alcanzó.

Quería tomarle las manos, para sentir su piel, pero ella tomó la iniciativa y pude sentir el rumor de la sangre en mis venas. Sentí un poco de magia vibrando en el aire y malestar por ser usado de esa manera.

– No vine para volver con vos.

La frase me despertó. La miré perplejo y me sentí estúpido, por haber soñado. Me sentí aún peor por no haberme ofendido y negado con fuerza el hecho de que la seguía amando.

– Quiero tener un hijo tuyo. – me dijo.

Ahora sentí mi cabeza volar por los aires mientras mi cuerpo vibraba. La mesa realmente se estaba sacudiendo y yo no podía controlarme No podía estar soñando eso. Intenté volver a mi cuerpo y ví su rostro alejarse y acercarse. Julieta me miró asustada, no tanto como yo.

– ¿Te lo dije muy de repente?

Asentí. Respiraba intentando reponerme.

– ¡Sí! Siento como si me hubiera chocado un tren.

Julieta sonrió y me acarició con sus ojos verdes.

– Me siento halagada.

Pestañeé y empecé a mover las manos como loco.

– ¡No tenés por qué! ¡Estoy jodidamente asustado!

– Me estás gritando. – dijo Julieta haciendo una mueca.

– ¡Estoy asustado!

Por suerte Arturo era sordo como un ladrillo. Me miraba de tanto en tanto, como si yo fuera un programa de televisión muy aburrido. Yo ya estaba tranquilo. Julieta no decía palabra.

– ¿No querés volver conmigo?

– No. Estoy casada y quiero muchísimo a mi marido.

Lo raro es que ya me estaba acostumbrando a esos golpes. Era una pelea de box en la yo iba de menos a más. Levanté la vista de nuevo, con una seriedad impremeditada.

– ¿Y yo que hago?

Ahora ella se veía perturbada.

– Yo no te amo más, creo que no te amo más, pero te sigo apreciando. Te quiero y sos el mejor hombre que he conocido en mi vida.

Se hizo un silencio pesado y lo corté de inmediato.

– ¿Qué pasa con tu marido?

– No es como vos. Es para toda la vida, pero no es como vos.

Me imaginaba lo que venía. A pesar de lo ridículo de la situación, Julieta me estaba haciendo sentir importante y eso me gustaba.

Julieta siguió hablando.

– Hace tres años que estoy casada con mi marido, pero quiero que mi hijo sea alguien especial; quiero que se parezca a vos.

En aquel momento decidí que mi vida era absurda. Sueño o no. Tenía la oportunidad de atarla a mí.

– Sueño o no, te venís conmigo. – le dije.

La tomé de la mano y la jalé hacia el baño del bar. Lo habíamos hecho ahí una vez y ella lo recordó. Ella sonreía y caminaba contoneándose mientras yo intentaba arrastrarla a mi desesperación. Por suerte, en aquel barsucho donde nunca había nadie, al Arturo poco le importaba lo que hicieran los clientes.

Abrí la puerta del baño y la metía adentro. Ella se recostó en la pared. La puerta ya no tenía cerradura. Puse una vieja escoba cruzada y tiré para comprobar. Ella hacía serpientes con sus brazos, llamándome.

Pasé mis dedos por sus rulo, la besé con ternura, saboreando sus labios. Ella intentó un beso francés y lo acepté. Con tranquilidad fijé en mi mente sus ojos verdes. Con tranquilidad, desabroché su blusa y sus pechos desbordaron el sostén negro.

– Quiero ver tu cuerpo. – me dijo ella.

Parecía una súplica. Me desvestí y acomodé la ropa arriba del escámanos, para no ensuciarla en el agua del piso. Julieta se mojó los labios y empezó a acariciarme, sus dedos pasaban por todo mi cuerpo apenas tocándome. Me concentré en ella. La besé en la frente como a una vieja amiga y luego besé sus labios suavemente, acariciándolos.

Le quité el sostén y acaricié sus pechos firmes. Tomé su pezón derecho y lo pellizqué con delicadeza. La besé en el cuello y besé sus pechos. Le dejé la camisa abierta. Le subí la falda y deslicé su tanga hasta abajo en un movimiento de vaivén.

Ella jugaba masturbándome, pero yo ya tenía una erección fuerte e intensa. Jugué con su clítoris, pero su sexo ya estaba inundado.

La besé profundamente. Ella me abrazó y me rodeó con sus piernas. La sostuve contra la pared, levantándola en brazos para penetrarla. Comencé un suave vaivén y ella gimió en mis oídos.

Estuvimos casi tres horas y algo haciendo el amor. Sudados y sucios, salimos del baño terminando de acomodarnos la ropa. La abracé y la besé por última vez. Todavía su piel me inspiraba, pero habíamos terminado. Ella estaba con otro hombre.

Se marchó. Arturo me miraba con el desinterés de siempre. Había un par de viejos jugando dominó y entró un pibe a vender inciensos. Una tarde movida.

No quise decirle nada a Julieta, pero su hijo va a ser idéntico a su marido, así como yo me parezco al hombre que me educó. Esas cosas pasan.

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Escrito por Marqueze

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