ESTA VIDA TAN HERMOSA

Infidelidad consentida, hetero. La calentura exacerbada de su mujer gozando con otros hombres le produjo una sensación nueva bastante agradable.

La intuición de las mujeres es, sin duda, algo que no puede estar en discusión. Celia, mi esposa, descubrió de manera intuitiva mucho antes que yo mi verdadera sexualidad y descubrió, sobre todo, que calzaba perfectamente con su propio instinto de hembra que de otra forma jamás se hubiera manifestado. Ahora, a varios años de casados, todo está perfectamente claro para ambos, pero cuando recién iniciamos nuestra vida juntos yo no sabía y, estoy seguro, Celia tampoco, a donde iría a parar nuestra unión.

Celia es una mujer simplemente despampanante. Su cuerpo, de formas absolutamente perfectas, ha sido siempre el centro de la atracción de todo al mundo, habiendo ella dejado, por casarse conmigo, una promisoria carrera de modelo que estaba iniciando cuando nos conocimos. Por otra parte, hay que decir que el amor, ese sentimiento sublime que en nosotros se independizó de las degradaciones de la carne, no sólo nos llegó a ambos por primera y única vez, sino que hasta este mismo momento en que escribo llena cada minuto de nuestra vida de pareja. Pero no ocurrió así con el sexo, como lo verán más adelante.

Desde el comienzo hicimos instintivamente una clara separación entre amor y sexualidad. Nuestras relaciones en la cama fueron siempre extrañas, violentas, áridas, de un placer brutal sin que el amor llegara jamás a mezclarse en ellas. Celia desnuda y abierta de piernas, se convertía en una puta real, viéndome únicamente como el macho que la iba a ensartar, dispuesta sólo al placer sin freno. Ni siquiera me nombraba porque simplemente en ese instante yo era, como lo dije, un hombre más entre sus muslos. Saciada la lujuria, volvíamos a la ternura inefable que nos une hasta ahora de manera indisoluble. Desde esos inicios supe, sin embargo, que junto a mí tenía un volcán que un día iba a estallar, y la curiosidad, y, por qué no decirlo, el temor que me recogía el estómago, me hacía preguntarme siempre cuál iba a ser mi reacción cuando ello ocurriera.

Nuestra vida de casados se desarrolló casi sin altibajos en los primeros años salvo por un incidente que, a decir de Celia mucho más tarde, le abrió a ella los ojos respecto del camino que debería tomar nuestra sexualidad. Este hecho, que pudo destruir nuestra relación, pero que al final fue casi una anécdota sin trascendencia, fue la vez que ella me engañó con otro hombre habiéndola sorprendido en plena relación sexual en un viaje que hicimos a Miami. Soy un hombre con un gran sentido de practicidad y entendí de inmediato, por los antecedentes, que se trató sólo de una calentura pasajera pues el sujeto era un vecino de pieza conocido esa mañana y que esa misma tarde retornaba a su patria en Europa. Era, pues, un engaño sexual, una aventura vacacional, y no una sórdida historia de amantes. En esa ocasión, en vez de irrumpir furioso en el living donde ambos restregaban sus cuerpos desnudos, me alejé silencioso para regresar más tarde cuando Celia estaba ya duchándose sola en nuestra pieza de hotel. Sin ningún preámbulo, le dije que había presenciado su engaño. Su reacción fue, obviamente, dramática lanzándose a mis brazos para jurarme entre lágrimas su amor y que aquello había sido sólo una calentura por un tipo al que ni siquiera le llegó a saber el nombre completo. La confirmación de mis apreciaciones terminó por borrar la poca molestia que me causó el hecho.

Debo aclarar que la escena tampoco me sorprendió mucho porque estaba más o menos prevenido a que alguna vez ocurriera algo semejante por la calentura exacerbada que tenía mi mujer. Ella no era virgen cuando la conocí y en varias ocasiones habíamos hablado, como algo anecdótico y simpático, de su vida licenciosa anterior a mí en la que múltiples amantes ocasionales habían pasado entre sus piernas. Sin embargo, la comprobación que mi mujer tenía la potencialidad de gozar con otros hombres me produjo una intensa sensación nueva, indefinible en ese entonces, pero que estaba muy lejos de ser desagradable o ingrata. Por eso sus gimoteos y promesas de que aquello no se volvería a repetir los encont

ré innecesarios, fuera de lugar y durante un fugaz momento, pensé que hubiera sido mejor para mí que, al igual que sus relatos de su vida anterior, lo tomara a risa y con esa actitud descarada y fresca con que me relató sus aventuras antiguas y que yo tanto amaba. Y entonces le solté una pregunta sorpresiva en un tono de absoluta naturalidad que la dejó paralogizada helando el estado de desesperación en que parecía encontrarse:

-¿Y cómo estuvo?

Se quedó varios minutos silenciosa, contestando luego repentinamente serena, aunque aún sin saber bien qué terreno pisaba.

-Eh… bien, bastante bien.

No agregó nada más, pero sin terminar de secarse el cuerpo, en vez de vestirse, salió conmigo tiernamente abrazada y desnuda hacia la terraza de nuestra suite, por primera vez sin importarle ser vista desde los otros balcones. Tomamos el té sin que aludiera para nada el hecho, yéndonos luego al dormitorio donde hicimos el amor con mayor frenesí incluso que lo habitual.

Jamás durante los tres años siguientes volvimos a tocar el tema. Simplemente como si nunca hubiera ocurrido, aunque Celia cambió su actitud cotidiana volviéndose muy sensual, provocativa, audaz. Respecto de mí tanto su amor como su calentura se acentuó también notoriamente, Vivíamos muy compenetrados sin que ningún asomo de problemas perturbara nuestra relación. Pero su calentura estaba ahí, cada vez más obsesiva, latente y lista para cambiar nuestras vidas cuando la ocasión fuera propicia.

Y sucedió aquella vez cuando por cuestiones de trabajo nos tuvimos que ir por un año a una ciudad lejos de la capital. Teniendo todas nuestras cosas ya cimentadas, y por lo transitorio de nuestra estadía, decidimos vivir en un motel de pequeñas cabañas amuebladas muy cercanas unas de otras. Justamente en la contigua vivía Miguel, un soltero casi cuarentón y solitario, de buena pinta, alto y fornido, que pronto se convirtió en nuestro amigo íntimo haciendo de las tertulias nocturnas algo cotidiano en nuestra cabaña. La actitud de Celia ante su irrupción en nuestras vidas fue de verdad sorprendente, distinta a la que había mantenido hasta ahí desde el año del incidente en Miami, sin haber mostrado sentirse atraída por otro hombre, incluso las veces que algún amigo mío o conocido de ambos trató de conquistarla. Ahora, en cambio, inició un coqueteo con Miguel que fue simplemente descarado desde el primer momento, como si en nuestros encuentros diarios estuviera sola y no con su marido al que, como ya dije, amaba fuera de toda duda. Su actitud fue tan brutal y descarnada, que junto con dejarme desarmado, sin iniciativa para oponerme al avance diario de la conquista del macho que iba a gozarse a mi mujer ante mis propios ojos, me empujó sin remedio al placer apasionante y sin límites del sometimiento de un hombre por una hembra.

Desde el primer momento Celia se preparó para las visitas de Miguel delante de mí, como si yo fuese invisible o un sirviente al que no valía la pena ni siquiera comentar sus intenciones. Acortaba sus faldas hasta dejarlas cubriendo apenas sus nalgas, abría los escotes y se colocaba minúsculas bragas momentos antes que él entrara a nuestra cabaña. Una vez que estaba junto a Miguel, iniciaba el coqueteo mostrando sus largos muslos hasta dejarle ver su sexo en rápidas y fugaces aberturas de piernas, sentándose en su falda con cualquier pretexto, restregando su cuerpo contra la entrepierna de Miguel que se veía abultada y a punto de estallar, no obstante los esfuerzos que él hacía por disimularlo. Luego, cuando él se iba, la actitud de Celia conmigo seguía su desconcertante naturalidad, atenta, tierna en el amor, y delirante en el sexo. No había comentarios sobre las escenas que me tocaba presenciar. Después comprendí que su actitud era el fruto inconsciente de la verdadera cara de su sexualidad: mi presencia era y es hasta hoy el aliciente enardecedor de su perversión; convertirme en testigo pasivo de su depravación sexual la lleva a cimas increíbles de un placer morboso y frenético… tan frenético y cautivante como lo es para mí jugar el papel que ella tanto adora.

Pero sigamos. Una noche, habiéndose acabado el stock de bebidas de nuestro refrigerador, salí un momento de la cabaña, donde ya estaba Miguel con nosotros, para traerlas desde una pequeña tienda cercana. Demoré un poco, aunque no mucho, porq

ue el local estaba a no más de cien metros de nuestro hogar transitorio. Al volver, comencé a buscar las llaves para entrar, pero antes de concretar mi acción la puerta se abrió apareciendo en ella la figura de Celia. Estaba completamente desnuda, desgreñada, con la cara contraída de placer y la respiración agitada por el esfuerzo.

-Andate -me dijo- Unas dos horas. Quiero follar tranquila…

-Pero… -alcancé a balbucear.

Entonces apareció Miguel detrás de ella. Venía como un poseído, también completamente desnudo y con su impresionante verga en ristre. Levantó por atrás a Celia y la dejó caer clavada en el palo enorme empezando el vaivén con la misma violencia con que seguramente la estaba poseyendo cuando yo llegué. Ella se inclinó para facilitarle la acción abriendo bien las piernas y aferrándose al marco de la puerta al tiempo que lanzaba un grito de placer.

-Te dije que te fueras, estúpido… -alcanzó a decirme al tiempo que me cerraba la puerta en la cara.

Me quedé por largo rato impactado frente a la hoja cerrada. Entonces dí la vuelta por detrás de la cabaña acercándome a la ventana del dormitorio que estaba ligeramente entreabierta. La escena era simplemente impactante. Miguel había llegado con ella ensartada hasta la orilla de la cama donde Celia quedó de pie, pero semi inclinada sujetándose con ambas manos al respaldo para no caer con cada embestida del macho que estaba parado detrás de ella. Se oían nítidos los gritos femeninos, sus obscenidades pidiéndole que le hiciera pedazos la vagina, alternadas con el golpe rítmico de la pelvis de Miguel chocando brutalmente contra sus nalgas cada vez que su descomunal miembro se perdía en la carne de la hembra. Cada cierto rato, Miguel le sacaba la verga de la vagina y, tomándola del pelo sin consideraciones, la daba vuelta metiéndosela en la boca hasta la garganta. Los gritos de Celia se volvían entonces guturales, ahogados, hasta que el hombre, a punto de acabar, la volvía de un empujón a su anterior postura clavándola otra vez con fiereza.

Me alejé casi tambaleando sin saber dónde ir, sintiéndome ridículo con las botellas de bebidas en mis manos. Saqué el auto y deambulé sin rumbo por la ciudad sumido en un mar de contradicciones. Había momentos en los que el furor me hacía ver todo rojo y sólo pensaba en volver y castigarlos a ambos sin importarme las consecuencias, pero de inmediato una voluptuosidad inmensa me aprisionaba el alma y el cuerpo recogiendo mi estómago y estremeciendo mi sexo de placer al recordar la escena presenciada de manera fugaz. Ahora todo era diáfano, diferente a aquella primera vez cuando la sorprendí en Miami y no supe entenderme yo mismo. Todos los detalles de Celia desnuda y parada junto a nuestra cama en la cabaña, abriéndose ella misma las nalgas para facilitar la entrada de la verga de Miguel que desaparecía y emergía poderosa de su vagina, volvían una y otra vez a mi mente provocándome el placer más sublime y terrible a la vez, en ese minuto en que comenzaba yo a nacer al apasionante mundo de la dominación. Había visto los gestos de placer sin límites en el rostro de mi mujer y sentido sus gritos de hembra poseída y, sobre todo, me había llegado hasta lo más hondo del alma su gesto autoritario y humillante de cerrar la puerta en mi cara como si yo fuera sólo un objeto molesto que se interponía entre ella y el macho al que se había entregado. Casi tres horas después, regresé. Mi vida había cambiado sin vuelta en ese lapso de tiempo y ahora comenzaba a vivir sin arrepentimientos un mundo pleno de placeres desconocidos, estremecedores, pero fascinantes que no me han abandonado hasta este minuto.

Me quedé una vez más frente a la puerta sin saber qué hacer. Ningún ruido venía ahora desde el interior. Finalmente abrí y con pasos tímidos ingresé a la sala ahora en penumbras. Me dirigí entonces al dormitorio que se veía con luz donde encontré a Celia, sola y todavía desnuda, tendida boca abajo leyendo tranquilamente una revista. Su actitud, llena de ternura y naturalidad, terminó por sellar para siempre mi nueva vida mostrándome como sería desde ahí en adelante.

-Mi niño -me dijo enderezándose y viniendo a mi encuentro- Me tenías muy preocupada. Te dije sólo dos horas. Lo que pasa es que Miguel n

o quería tu presencia para poder follarme a su antojo, por eso tuve que pedirte que te fueras. Pero no tenías que demorarte tanto.

La ternura de sus ojos y su preocupación eran auténticas como si nunca nada extraordinario hubiera ocurrido entre nosotros.

-Tengo una sed horrible -añadió una vez que me colmó con las mismas caricias de siempre y con la misma mirada de cariño, tomando una de las botellas que yo traía en mis manos al tiempo que se dirigía a la sala- Miguel debe estar igual. Voy a dejarle una de estas botellas. Si me demoro acuéstate, mi niño.

Cruzó desnuda la callejuela y tocó la puerta de la cabaña que estaba frente a la nuestra. Salió Miguel a abrirle y durante largos minutos se quedaron en el porche antes de desaparecer en el interior besándose con pasión, mientras él le acariciaba las nalgas e introducía su mano entre las piernas de Celia.

Una hora después la sentí llegar. Me paré a recibirla y su actitud volvió a ser cálida y tierna como cuando regresé yo la primera vez. Entonces un grueso goterón de semen se desprendió de su vagina y le corrió por los muslos.

-Préstame tu pañuelo -me dijo sonriendo- Tengo semen hasta en el pelo porque en un momento en que estaba acabando en mi boca, Miguel me lo sacó y terminó chorreándome la cara.

Ni una palabra más. El resto del día siguiente transcurrió como cualquiera de los días desde que nos conocimos, ella alegre y dulce como siempre, con el mismo ardor en la cama, aunque mi frenesí al poseerla había aumentado a límites increíbles. Sentía su vagina desmesuradamente abierta, inundada de semen ajeno, pero eso sólo acrecentaba mi lujuria imaginando las escenas vividas por ella en esa pieza y en esa cama que hasta pocas horas antes fuera el sitio sagrado de nuestro matrimonio. No le hice, sin embargo, ningún comentario del episodio, viviendo en silencio esa sensación fascinante que me sigue hasta hoy de no tener voluntad ni fuerzas para enfrentar la nueva situación, esa realidad que sumió mi vida en una mezcla de voluptuosidad e impotencia contemplativa. A la noche siguiente llegada cierta hora, comenzó a arreglarse prolijamente, alegre y excitada, pero sin que nada alterara su normal conversación conmigo. Terminaba de ducharse cuando me llamó desde el baño.

-Tienes que ayudarme -me dijo con una sonrisa alegre y cálida como si lo que me iba a pedir fuera lo más normal del mundo- Aféitame las orillas del pubis porque a Miguel le gusta sólo un triangulito de pelos.

Estaba con las piernas bien abiertas exhibiendo la vagina al tiempo que me pasaba una maquinilla de afeitar. Me quedé un momento titubeando, una vez más sin hallar que decir.

-¡Apúrate, mi bebe, que no tengo toda la noche! -me dijo riendo divertida.

Me arrodillé ante ella y comencé el trabajo con todo esmero. Entonces vi que los labios de su sexo estaban abiertos e intensamente mojados.

-Estás muy excitada…-balbuceé sintiendo yo mismo y de inmediato lo ridículo de mi comentario.

-Pero cómo quieres que esté, tonto -me respondió siempre risueña mientras se hundía un dedo rítmicamente en la vagina- Me espera mi hombre para esto, ¿ves?

Terminé mi trabajo en silencio. Se puso un minúsculo calzón enfundándose luego un vestido que le dejaba el comienzo de las nalgas al descubierto. Pude apreciar en todo su esplendor la enorme belleza de su cuerpo. Se situó entonces de espaldas a mí para que yo le ajustara el cierre.

-¿Vas a salir? -me atreví a preguntarle.

Su voz se hizo ahora seria y autoritaria al responderme.

-Debe quedarte bien claro que Miguel me hizo su hembra. El es desde anoche mi hombre y puede hacer lo que se le de la gana conmigo, a la hora y el lugar donde a él se le ocurra. Me lleva al centro, no me dijo dónde. Lo único que me importa es que me siga haciendo suya sin parar.

Tomó su cartera y, mientras me miraba con una cara irónica, añadió:

-Puedes masturbarte en el dormitorio mientras tanto imaginando lo que me estará haciendo. Lleva papel higiénico para que botes el semen y no manches la cubrecama.

En efecto, esa fue la primera de una larga serie de noches que he pasado hasta ahora de fiebre fascinante, con una calentura inacabable en donde la lujuria, los celos rabiosos y la impotencia total ante la hembra dominadora, se han confundido

en una mezcla embriagante y alucinada de la que no puedo ni quiero escapar.

Amanecía cuando sentí llegar el auto de Miguel. Me levanté de inmediato y desde la ventana observé cuando entraron al antejardín y comenzaron a despedirse besándose con lujuria. Celia gemía mordiéndole los labios e introduciendo su lengua en la boca de él. Entonces Miguel le levantó el vestido hasta la cintura al tiempo que desnudaba el miembro que brilló nítido a la débil luz del amanecer. Comprendí que la iba a poseer ahí mismo. Celia abrió las piernas mientras corría el calzoncito hacia un lado para despejar la entrada de la vagina. Entonces la levantó como una pluma con sus dos manazas tomándola por las nalgas y la sentó en el miembro mientras ella cruzaba sus dos muslos alrededor de su cintura. Comenzó a hacerla saltar en el pene hasta que pocos minutos después, sentí los gritos característicos de los orgasmos de Celia y los gemidos de Miguel inundándole las entrañas de semen. Me volví entonces al dormitorio hasta donde pocos minutos después llegó Celia. Venía desmadejada, todavía trémula, pero gratamente cariñosa.

-No debiste esperarme despierto, mi niño. Vengo con el culo y el coño despedazados. Ibamos a ir a comer y a bailar, pero no nos aguantamos y nos fuimos directo al motel donde me dio toda la noche. Ah! Lo peor es que ayer no trajeron la ropa de la lavandería y no tengo calzones para mañana.

Se sacó el vestido de un tirón y luego se bajó los calzones con todo cuidado.

-Lávamelos y ponlos a secar con el secador de pelo, que yo me iré a dormir -me dijo al tiempo que me los lazó a las manos. El semen que los empapaba se escurrió también entre mis dedos y, sin protestar, me dirigí al baño a cumplir su mandato.

De ahí en adelante nuestras vidas se encadenaron de manera deliciosa en esta extraña unión donde ambos somos inmensamente felices. Su aventura con Miguel terminó de forma extraña, como lo contaré en otra ocasión. Ella es ahora casi una puta y por entre sus piernas han desfilado muchos hombres de cuyas relaciones he sido ese testigo obligado y pasivo que Celia tanto adora. Como reciprocidad, nuestro sexo entre ella y yo se ha elevado a niveles siderales. Pero son otras historias que enviaré más adelante a Marqueze si deseáis conocerlas.

Mi correo es margutiecl1 (arroba) starmedia.com.

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Escrito por Marqueze

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