EXPERIENCIA REAL. INFIELES POR CONVENIENCIA. PARTE II

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De vuelta al trabajo habitual yo percibía que Regina me esquivaba. Me contestaba siempre con monosílabos y evitaba cualquier encuentro conmigo. Yo entendí que tenía mucha vergüenza después de nuestra conversación. Se habría dado cuenta que había hablado de más con una persona que apenas conocía. Pero no lo tomé en cuenta y lo dejé pasar. Al fin y al cabo la veía cinco minutos al entrar en el trabajo y otros cinco al salir. Así que, ¿para qué preocuparse?
Pero un día de noviembre eso cambió. Salgo del trabajo, voy en mi coche y al llegar a un cruce veo a Regina parada en el semáforo. Estaba lloviendo a cantaros, con viento. Se la había doblado el paraguas y estaba empapada. Paré el vehículo y baje la ventanilla…. “
– Regina, ¿Dónde vas?, venga estás chorreando.
Me dijo que precisamente ese día tenía el coche en el mecánico, y que iba a la estación de Atocha a coger el tren para llegar a casa.


– Anda sube, te acerco a la estación – la dije.
– ¿No te importa?”
La contesté que iba de paso….., mentira cochina…, pero soy un caballero y me sentía obligado, lo siento, soy así.
Se sentó en el asiento delantero y uffffff. Yo la conocí más delgada, pero había cogido unos kilitos y estaba “buenorra”, como yo digo las mujeres de verdad, deben tener curvas. La blusa empapada…. el pelo suelto… un par de globos de la leche que se marcaban en su blusa blanca… que espectáculo.
En esto llegamos a la estación y se iba a bajar, pero iba empapada.
– Chica, vas a pillar una pulmonía, mira, ahí atrás tengo la bolsa del gimnasio, hay toalla, mallas, camiseta, pantalón de chadal y sudadera. cámbiate, llévate la ropa mojada y ya me la darás.
– ¿De verdad? Oye que da igual, tampoco me he majado tanto.
– Tienes el pelo chorreando, se te va a quedar la ropa fría y y nos quedamos una semana sin recepcionista. Mira, aparco un ahí delante y te cambias en el asiento de atrás, con los cristales tintados no te ve nadie.
Me aparté en una calle lateral y salí del coche cuando más llovía, mucho árbol en la Avenida Ciudad de Barcelona, pero como hacía viento la lluvia venía de lado. Y me gritó ella.
– Entra en el coche que te vas a empapar
Así me senté en el asiento del conductor.
– No te preocupes, no miro.
– Uy, un caballero. Me soltó con una risita.
Pero lo soy… tanto que mientras ella se cambiaba de ropa, yo me puse a leer muy interesado las calidades de vivienda adosadas en el Señorío de Illescas… mira tú.
Al final se cambió de ropa, pero sus formas no son las mías. Se la notaban muy bien sus senos, redondos, tiesos. Y el pantalón, le marcaba la raja a rabiar. Ella misma estaba cortada. Encima mis zapas de deporte no la valían y se calzó su tacones de diez centímetros. Disimulando intentado evitar que mis ojos se dirigieran a sus formas la ofrecí llevarla a casa.
– Regina, te sienta muy bien mi ropa, pero chandal y zapatos de tacón. Si te ve Pedro Almodovar te pilla para una de sus pelis.
El comentario la hizo gracia.
– Vivo en Alcobendas.
Vaya, en dirección contraria a mi casa, y a unos 25 kilómetros… vaya negocio. Pero no había marcha atrás.
– Es igual, otro día me tocará a mi, además, que me molesta un poco las espalda y voy a descansar hoy de gimnasio – mentí claro.
Nos pusimos en marcha y empezamos a hablar del tiempo, alguna cosilla de la empresa, etc. Como vi que hablaba de manera natural conmigo me decidí a preguntarle el porqué de su actitud en los últimos meses, y contestó lo que me imaginaba. Pensaba que se le había ido la lengua con un compañero del trabajo que apenas conocía, y había contado cosas demasiado íntimas. Y temía que yo la hubiese divulgado. Bueno, me gustó la sinceridad, pero la pregunté si había escuchado comentarios, risitas a sus espalda, etc… Lógicamente dijo que no.
Aquí me puse muy digno, y la comenté que si ya había detectado que no me había ido de la lengua,¿ a que venía esa actitud de rechazo? Me había contado sus intimidades, y muy mala persona sería si las iba divulgando. Porque yo también le conté la mías y ni me hubiera imaginado que se lo diría al resto del pesonal. La verdad que aquí la vi muy afectada y me pidió disculpas.
Después de un corto silencio me preguntó
– Oye… ¿y con tu chica? ¿seguís igual? ya me entiendes.
Contesté que seguíamos igual, y ella sin esperar mi pregunta me dice
– Pues yo no he cambiado, mi marido erre que erre, es más está de un parao, se pasan los días y ni me toca, a veces pienso si tiene un rollo por ahí. Según él trabaja mucho y está muy agobiado.
Así que mi comentario fue.
– Que mal repartido está el mundo.
– Jajaja, nos teníamos que haber encontrado antes – me contestó riéndose.
Luego seguimos hablando de temas banales, el tiempo, y demás… y en esto llegamos a su casa.
La iba a dejar en la puerta y me dice que aparque el coche, que suba, me invita a un cafe, se cambia y me da mi ropa. Yo subí pensando que estaría su pareja. Un tipo raro, que las ocasiones en que había aparecido por la empresa para buscarla apenas hablaba y casi no daba los buenos días. Pero bueno, ya había perdido la tarde. ¡Por un rato más!
Cuando entro en su casa observo que no hay nadie, y cuando le pregunto por su marido me dice
– Julio no está, se ha ido esta semana a visitar a su abuelo en Zaragoza, que esta pachucho. Oye, que me quedo con tu ropa, la lavo y te la llevo otro día.
– Es igual, si solo te la has puesto un rato. Anda, no te molestes
– Bueno, pero la toalla está empapada con mi pelo…. la lavo y te la llevo mañana, espera que me cambio.
Apenas había terminado el café apareció de nuevo en la cocina. Traía mi ropa bien dobladita, y ella venía con una bata de seda, ajustada con una cinta que la quedaba por encima de las rodillas. A juzgar que no se la marcaba nada, sin nada debajo. Como se puede imaginar mi mente calenturienta empezó a trabajar a trescientos por hora. Esa prenda se ajustaba a sus formas y, ¡Dios mío!, que tetas se adivinaban. Tanto es así que yo mismo notaba que mis orejas se ponían al rojo vivo.
– ¿Estás bien?, estás sudando – preguntó.
– Yo casi tartamudeando contesté
– Si, no.. no se, no me habrá sentado bien el café.. perdona, mejor me voy.
Apareció el pagafantas que hay en mí que quería abandonar la escena a toda costa para no caer en un ridículo espantoso. Así que me dirigí hacia la puerta sin mirarla. Pero ella me cogío del brazo.
– Ven, siéntate un rato, así no te puedes ir, no me asustes.
Y entre que me voy, tira de mi, voy hacia atrás, mi boca queda de la suya a escasos cinco centímetros, mis ojos se encuentran con los suyos y….. Me besa. Se separa y me vuelve a mirar (yo me imagino la cara de gilipollas que tendría en esos momentos) y me besa otra vez.
Esta vez más largo, más intenso. Así que desaparecen mis miedos me pongo más activo. Deslizo mi labios sobre los suyos y busco su lengua. Mientras tanto la abrazo, Paso mis manos por toda su espalda y como dije antes, ¡no llevaba nada más que esa liviana batita!
No se si fui yo o fue ella, pero me lleva de nuevo a la cocina……
CONTINUARÁ

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