FIESTA DE CAMPO

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Un accidente te puede dejar en la cama de un hospital como a Cosme y allí encontrar la felicidad con su enfermero. Nada es sencillo en un pueblo chico, por lo que cuando se quiere madurar hay que partir hacia el anonimato de la ciudad. Pero esta historia tiene un comienzo normal y un resultado de película entre Cosme y Javier. Aquí va el relato.

Era la fiesta del pueblo en la Estrella Federal. La gente de campo y los gauchos de agrupaciones de la tradición preparaban doma y jineteada para festejar junto con un gran asado popular. En la oportunidad, los mozos más jóvenes mostraban las habilidades sobre sus caballos que tenían uno o dos años de preparación. Así fue que: los hijos del Robustiano Funes (71) fueron vestidos como gauchos, en sus caballos preferidos, a la zona de exhibición de destrezas. Cosme Funes (22), el mayor de los hijos, era el codiciado por las niñas del lugar ya que tenía buena figura y algo entre las piernas que el joven se acomodaba, con discreción, cada vez que se le paraba el pene y parecía un mástil difícil de bajar. Era un padrillo a quien algunos chicos del pueblo también miraban con envidia.

Lamentablemente, en los preparativos de la jineteada, un caballo arisco pateó los genitales de Cosme y la ambulancia, lo llevó rápidamente a la clínica del lugar. El rumor del accidente corrió entre la gente. Algunas niñas vieron la sangre mojando la bragueta y las piernas del pantalón, con lo que preguntaban con disimulo sobre la gravedad de la herida o escuchaban cuando los varones jóvenes comentaban. Al médico lo buscaron en la fiesta.

Cosme estaba desmayado sobre la camilla, mientras los demás se divertían, Javier (25), el enfermero que estudiaba medicina, lo desvestía y limpiaba con una solución desinfectante en la zona del pubis. Ya sabía que lo mejor era afeitar el vello de los testículos y entrepiernas, por lo que cuando el doctor llegó, Cosme estaba limpio para ser examinado e intervenido.

Nada grave, pero Cosme debió quedarse tres semanas en la clínica, bajo los cuidados de Javier quien cumplía al pie de la letra las indicaciones del médico. Javier se calzaba los guantes y con dedicación, superior a la normal, limpiaba hasta los últimos rincones del cuerpo de Cosme. También le aplicaba los calmantes y le ayudaba con la comida, bebida y baño cuando se requería. La mejoría fue rápida, no tanto como Cosme quería. Javier comenzó a sentir algo más por Cosme, por lo que sus diálogos iban más allá de lo profesional.

-¿Dónde está mi ropa? –preguntó Cosme malhumorado.

-La llevé al lavadero porque estaban manchados de sangre -dijo Javier. Las llevé a mi casa antes que Don Robustiano se la quisiera llevar. Allí saqué de los bolsillos una media docena de profilácticos y un tubo de crema que usan para los caballos. ¿Para qué los llevaba? -¡Quiero mis cosas! -insistió Cosme, bajando el tonito de voz de mando.

-Ya se las va a llevar, pero ahora póngase de costado -dijo Javier, mientras metía una cánula para lavativa por el ano de Cosme.

-Eh… ¿a dónde cree que va? -protestó Cosme.

-Usted está bajo mis cuidados hasta que esté en condiciones de valerse sólo nuevamente -dijo Javier mientras abría la llave para descargar un litro y medio de agua en los intestinos de Cosme.

-¡Esto no me gusta! ¡Llame al médico porque me voy! -dijo Cosme, pero no se movió por la molestia que ya sentía junto a la necesidad de evacuar.

Durante los días que Cosme permaneció en la clínica, Javier lo atendió más allá del deber, quedándose a estudiar en la misma habitación. El silencio y el aburrimiento de Cosme llevaron al diálogo sobre todos los temas, menos los sexuales ya que se eludían. Ambos tenían novia y se hubieran avergonzado con la mano que rozaba la cara, el pecho o las piernas del otro. Habían pasado los días donde temblaba la barbilla de Cosme por el dolor sorpresivo o el sueño sobresaltado

. O que Javier lo bañaba con dulzura, lo afeitaba, secaba la incontinencia de orina que inconscientemente mojaba la cama mientras Cosme se irritaba por esa desnudez y por el cuidado que recibía.

Cuando Robustiano vino a retirar a Cosme de la clínica, volvieron a la estancia y le pidió a Javier que lo acompañara un tiempo para las curaciones. La gente tenía sus actividades de siembra y con los animales, por lo que quedaban solos en la casa. Cosme mejoraba y Javier, en el momento oportuno, le aplicaba los remedios o lavativas de manera de no humillar al que era ya un amigo. Una noche Cosme preguntó por los profilácticos y la crema. Javier le respondió que los tenía allí y tomando un profiláctico se lo puso en el pene, medio blando, de Cosme.

-No se me para -dijo angustiado Cosme y buscó la mirada de Javier.

-Tienes que esperar todavía un poco más para ver si hay otras lesiones -respondió Javier.

-No se lo digas a nadie -sentenció Cosme, porque me haría mala fama y esto se va a arreglar solo o averigua si hay algo que me ayude… -Preguntaré -dijo Javier, aunque voy a hacer algo que se me ocurre ahora…Sin darle tiempo la lengua de Javier comenzó a lamer el pene, los testículos depilados y el ano que latía como si necesitara hablar. Cosme se dejó hacer todo.

-Es delicioso lo que sentí -dijo Cosme agradeciéndole a Javier, quien estaba asombrado también de su propia osadía. ¿Podemos repetirlo? -Sí, con algunas variantes. Confío en tu silencio -respondió Javier mientras en la oscuridad ponía la crema de Cosme en la punta de los dedos después de calzarse un profiláctico.

Cosme estaba entregado con lo que fue tarde para que imaginara que Javier le metería dos dedos lubricados con la crema que ardía en su ano. Cosme mordió la almohada mientras con una mano retiraba los dedos de su amigo. Javier adivinó donde estaba el centro para su pene y lo clavó de una embestida. Cosme corcoveaba como un potro salvaje entre gruñidos sofocados y espasmos de dolor y placer.

Nunca se recompuso la falta de erección en el pene de Cosme, por lo que pedía que Javier le diera nalgadas y hasta le pegara con su rebenque hasta dejarle marcas en las asentaderas. Javier, después lo curaba mientras disfrutaba con frecuentes penetraciones. Verdaderamente, este tratamiento no estaba ordenado por el médico, aunque fue un paliativo para que Cosme descubriera otros horizontes en la inmensidad de los campos. Javier fue su amante del pueblo hasta que ambos se fueran a la capital donde vivieron como pareja.

Al pueblo volvían cada aniversario, para la fiesta gaucha. Ambos lo hacían sin escandalizar…uno como médico y otro como el hijo de Robustiano que iba a jinetear. Eran amigos ante los ojos de todos, aunque en realidad eran amantes. Amantes de un estilo que no sólo tomaba la pasión del sexo, ni el delirio de la búsqueda permanente en las relaciones promiscuas. Eran una pareja fiel, que lucían con todos sus atributos masculinos, algo extraño y quizá no duradero, ya que en la ausencia se extrañaban y en la distancia, se comían a besos, entre sí…

Autor: PATRICIO ALONSO patricioalonso2003 (arroba) yahoo.com.ar

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Escrito por Marqueze

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