Fin de semana especial 2

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Puedes leer la primera parte de este relato: Fin de semana especial

Una vez en el establo, Luisa va mirando curiosa todo lo que hay en él, los correajes, las cadenas… tú empiezas a charlar, más y más, te conozco y se que los nervios te hacen parlanchina, noto como se te acelera la respiración, como sudas, como te excita estar aquí, saber lo que te espera, desearlo y temerlo a la vez, un azote en el culo te hace callar, te muerdes los labios, me miras inquieta, mientras Luisa juguetea con una de las fustas. Un relámpago ilumina el cielo y el estruendo de un trueno te hace temblar, mientras la lluvia arrecia cada vez con más fuerza.

Con una mirada mía tienes suficiente… Sumisa coges tus cabellos y los levantas con tus manos por encima de tu cabeza, separas las piernas y esperas. Me acerco a ti, me gusta ver el brillo de tus ojos intensos, tu nariz pecosa, recorrer con mis dedos tus labios rojos, ahora un poco temblorosos,  acariciar tus mejillas, mirar tu cuello desnudo, ver como sonríes, te excitas y te asustas. Con el pulgar y el índice voy pellizcando suavemente tus pezones, te mueves levemente mientras gimes un poco. Tras de ti, Luisa besa tu cuello, tu espalda, sus manos recorren tu cuerpo, se abraza a ti, sus manos aprietan tus pechos, te gusta, te excita, pero aún no te mereces ningún premio, si lo quieres, te lo habrás de ganar, y lo harás demostrándonos lo buena potranca que eres. Una bofetada cruza tu cara, y corta de raíz este placer incipiente que ya empezabas a intuir.

Le digo a Luisa que endurezca tus pezones, los quiero duros y fuertes, tragas saliva, ya sabes lo que te espera, ella me mira y tras un instante de duda, se pone frente a ti, y cogiendo uno de tus pechos, empieza a besarlo, a recórrelo con su lengua, te gusta, te encanta, sumisa, sometida, excitada como un animal, sin mas voluntad que tu instinto y mi deseo.

Me acerco a ti, y empiezo a ponerte los correajes, los notas bastos y duros, se ciñen a tu cuello, luego cruzan tu espalda, rodean tus tetas, resiguiendo tus nalgas. Luisa cada vez más caliente, no deja de besarte, de lamerte, le encanta notar en su boca la dureza de tus pezones erguidos, los besa, los chupa y los mordisquea, le gusta que sean sus labios los que te hagan gemir, gruñir de placer, mientras las correas van tensándose más y más en tu piel. Ahora es tu cara la que se encasta entre los estribos , tu boca abierta se llena con el mordedor, tus dientes se clavan en esta barra de cuero endurecido que atraviesa tu boca de lado a lado. Luisa se aparta de ti, sonríe satisfecha al verte. Orgullosa relinchas, gruñes, te arqueas, ofreciéndote hermosa y sensual a la voluntad de tus dueños, al placer de tus amos.

Tiro de tu correa hasta un rincón del establo, y tras quitar un plástico que lo cubre, una hermosa berlina de dos plazas aparece ante los ojos de Luisa que sorprendida se acerca al vehículo,  le comento que es un viejo sulky de dos plazas, debidamente acondicionada para mi potrilla favorita.  Luisa mira sorprendida que en la parte baja del vehículo, hasta la mitad de las barras, hay otra barra central tocando el suelo, pronto sabrá lo que es…

Tirando de ti, te acerco al carro para ponerte los anclajes, te colocas justo en el centro y con tus manos coges las barras, el vehículo se levanta, y tu abierta de piernas, dejas que agarre los labios de tu vulva, que te vaya moviendo hasta colocarte en el lugar exacto. Le digo a Luisa que suba al sulky, notas su peso, te abres todo lo que puedes de piernas, y le digo que empiece a subir una pequeña palanca que hay justo al lado del asiento, ella tira de ellas, y la barra central va subiendo, en su punta un consolador metálico va entrando dentro de ti. Notas como te penetra  este hierro, largo y grueso, y frio, muy frio.  Gruñes un poco, mientras se ensarta en tu coño empapado, mientras te atraviesa hasta el fondo de tu vagina. Unas lagrimas caen por tus mejillas mientras Luisa termina de subirlo. Luego voy engarzando sus distintos correajes a tu cintura, para que ya no pueda salir de tu agujero, otras correas unen tus muñecas a las barras laterales, coloco un hermoso peñacho de plumas blancas, en los correajes de tu cabeza. Y le digo a Luisa que solo quedan los dos últimos detalles, le enseño una cola negra azabache, que decorará tu culo y unas pinzas con campanilla que harán sonar tu cabalgar. Luisa se agacha, separa tus nalgas, de un golpe ensarto la verga en tu agujero, no queda muy apretada, Luisa me pregunta si no se te va a caer, y le enseño un pequeño botón, le digo que apriete, y al instante un chillido de dolor llena el establo, tensas todo tu cuerpo, y aúllas entre lagrimas que llenan tus ojos, ella me mira y le comento que ocho pequeñas púas se han clavado en tu carne fijando de manera total esta cola que cuelga hermosa de ti.

Y para finalizar, clavo unas pinzas de cocodrilo en tus pezones, de ellas cuelgan unos pequeños cencerros que suenan cantarines cuando con las manos muevo de lado a lado tus tetas. Abro la puerta del establo, todavía llueve, empiezas a andar hasta salir al exterior, Luisa corre la capota que cubre los asientos, tras cerrar la puerta subo con ella, notas como el peso mueve aun más la verga en tu interior, tenso tus correas, tus cabeza tira hacia  atrás, mientras el agua corre por tu cuerpo, notas el chasquido del primer azote, y empiezas a avanzar, otro golpe te hace gruñir y acelerar, y otro, y otro más, en tu lomo se entrecruza el agua helada de la lluvia bajando por tu piel, y el fuego de cada uno de los latigazos que recibes.

Tus patas se clavan en el fango, las ruedas atoradas, y tú tensando cada uno de tus músculos para avanzar, mientras, Luisa se anima a azotarte un poco. Consigues salir de este lodazal y sigues avanzando, lloras, suplicas en tu boca abierta, mientras mueves tus nalgas doloridas haciendo bailar la cola que cuelga de ellas, suenan los cencerros de tus pechos, el ruido de las ruedas embarradas girando y una subida cada vez mas empinada. Veo como disimuladamente Luisa va acariciándose la entrepierna, oculta su mano bajo su vestido, y cada nuevo chillido tuyo la excita más y más, cada nueva marca que enrojece tu lomo o tus nalgas hacen que disimule menos su deseo. Tú sigues avanzando entre agua y fango, tus pies doloridos se hunden una y otra vez en este camino embarrado, piedras y hierbas se clavan en ellos. Finalmente deja de llover, tiramos hacia atrás la capota y seguimos disfrutando del camino y de un paisaje que ahora decora un hermoso arco iris. El sol no tarda en brillar tras la tormenta, ahora el sudor baña tu esfuerzo, toda tu piel brilla, un par de azotes te hacen correr más, apenas si puedes moverte, vas de lado a lado, agotada, exhausta, el peso de los dos es demasiado para ti, pero el cuero castigando tu piel te hace reaccionar, sacas fuerzas de donde no las hay, y avanzas entre bufidos por un camino que sigue siendo un lodazal.

Tu boca babea sin cesar, empapando tu cara y tus pechos, aflojas un poco el paso, pero ahora es Luisa quien azota tu culo, le gusta golpe tus nalgas abiertas y ensartadas. Al fondo ya veo la ermita, tu también y esto te anima a seguir, resoplando, escupiendo más y más saliva por tu boca abierta, gruñendo y mordiendo tu bozal, la última subida… apenas trescientos metros, pero sin duda son los más duros, una piedra oculta bajo el fango te hace torcer el pie, casi te caes, tan solo el anclaje central, el que llena tu coño, te hace mantenerte en pie, sigues avanzando, medio cojeando, arrastrando este sulky, sonríes orgullosa mientras ves ya la zona donde pararemos, de pronto un tirón hacia atrás casi te caer, acabo de frenar las ruedas, le digo a Luisa que una yegua como tu, es capaz de hacerlos arrastrando este sulky frenado, las ruedas no giran, solo el esfuerzo de tus patas lo arrastra, se te hace interminable, cada paso es un infierno para tus músculos doloridos, para tu piel azotada, pero sigues avanzando, ni por un instante se te pasa por la cabeza rendirte, estoy yo, esta Luisa, y quieres demostrarnos que puedes con esto y con mucho mas. Finalmente llegamos a la ermita, suelto el freno y puedes ir hasta la zona de aparcamiento, no hay nadie.

Bajamos, nos acercamos a ti, estas destrozada, agotada te quito el mordedor, por fin puedes cerrar la boca, solo un instante, al momento la vuelves a abrir, intentas sonreir y nos das las gracias relinchado orgullosa. Luisa acaricia tus pechos, hinchados por estas pinzas metalicas clavadas en ellos, luego tira de tu cola hacia arriba, le digo que apriete el mismo botón, y al instante queda suelta, tira de ella y te la saca, yo voy acariciándote el lomo, ella tambien destensa  la barra con el consolador que llena tu coño, que cae al suelo, y acariciando tu cara, te digo que ya puedes mear y cagar. Tu asientes con la cabeza, y sonrojada y humillada aprietas todo lo que puedes, Luisa no pierde detalle, y tu sumisa y avergonzada notas como la orina baja por tus patas, mojándote y ensuciándote aún mas, luego aprietas los puños, los dientes, haces toda la fuerza que puedes, le digo a Luisa que te ayude, y estrujando tu vientre, te anima a cagar, al final empiezan a salir algunas bolitas de tu culo, oyes el plop cuando caen en en el charco de tu orina, sollozas de rabia y humillación, un par de azotes en tus pechos, te hacen chillar, llorar, mientras Luisa sigue masajeando tu vientre y yo te apresuro a que sigas, a que te vacíes por completo, llorando, sonrojada, te doblas un poco, y consigues por fin que tu vientre se vacíe por completo, cilindros oscuros, largos y duros que  caen sobre tu orina salpicando tus patas. No te atreves a mirarnos, avergonzada mientras Luisa sigue jugueteando con tu pubis, sigue apretando tu vientre y yo te doy un par de bofetadas en tu cara, son el castigo por tu lentitud. Una vez has terminado, sollozando con tu culo dolorido y tus patas sucias de orina y excrementos ves como nos alejamos de ti.

Te dejamos aquí, y vamos a ver la vista excelente que se divisa desde esta ermita, el cansancio puede más que tu, y te dejas caer, solo las cadenas de tus brazos te atan al carro, con los brazos dolorosamente doblados hacia arriba, descansas sobre este suelo empapado de la lluvia, sucio de ti. Y medio adormecía, esperas que volvamos. Tras charlar un rato Luisa me pide permiso para ir a hablar un rato contigo, tiene tantas cosas que preguntarte, que escuchar de ti, yo sonrío y le digo que si, pero antes te ha de decir que te doy permiso para hablar, sino a sus dudas solo le responderás relinchando.

Luisa se acerca a ti, prefiero quedarme algo alejado, que tengáis la intimidad y la confianza suficiente  para charlar libremente, la veo acariciar tus cabellos, remolona empiezas a moverte, levantas la cara, te pones de rodillas ante ella, que no deja de acariciarte, me siento en uno de los bancos y os observo, tú sumisa, ella dubiteando, empezáis a hablar, te acaricia, juega con tus cabellos, limpia tu cara, mientras tu restriegas tu rostro en su mano, la conversación se hace constante, habláis, habláis y habláis, poco a poco empiezan a aparecer las primeras sonrisas, la tertulia se anima, y al final entre risas veo como te da un par de bofetadas muy suaves en tus mejillas.  Tú sigues riendo y ella también, así que decido acercarme a ver que esto tan divertido que os lleváis entre manos

Luisa riendo levanta tu cabeza, tirando de tus cabellos, y me cuenta lo tramposa que eres, según parece todo el equipo de tu oficina, participasteis en una carrera popular, y tu para dar un poco mas de emoción y como quien no quiere la cosa, dijiste de poner cinco euros cada una y quien ganase se quedaba con todo, pero sin avisar de “tu entreno”, y claro ganaste y te quedaste con todo el dinero.  Meciendo los cabellos de Luisa le digo que si ella quieres, puede unirse a “tu entreno”, ella me mira, sonríe y por un instante duda, te mira a ti, me mira a mi, y al final dice que no, de momento prefiere que siga siendo Nuri “la deportista “ de la oficina.

Ya es hora de volver, agarro tus correajes y te ayudo a levantarte, respiras hondo, el descanso ha terminado, otra vez tus patas levantadas, separadas, esperando que mis dedos coloquen tu vulva justo en el lugar, donde Luisa insertará esta verga de metal, que te penetra nuevamente hasta el fondo, aún no llevas el mordedor, así que tus gemidos se oyen claros y fuertes, gruñes, gimes, mientras tu vagina se llena nuevamente con este anclaje pensado y diseñado solo para ti. Luego otra vez atamos tus correajes, y la cola, quieres pedir que no te la pongamos, que no la clavemos en tu carne, pero solo gimoteas y lloras mientras la notas entrando dentro de ti, un chillido te deja afónica, cuando Luisa aprieta el mando, y las púas vuelven a clavarse dentro de ti. Ya solo queda el mordedor, pero antes decido darte un poco de agua, y cogiendo un cubo, lo acerco a tu cara, agachas la cabeza y lengüetas sedienta, mientras voy levantándolo, parte va a tu boca, otra parte cae por tu cara y moja tus pechos, hinchados y doloridos por estas pinzas metálicas que siguen castigándolos.  Sigues bebiendo, hasta que te quito el cubo, me miras relamiendo tu cara mojada, buscando estas últimas gotas que mojan tus labios.

Me subo junto con Luisa, que sonrojada me mira, por una parte tranquila por estar aquí, cómodamente sentada y por otra parte asustada, no de mi, sino de ella misma, de haber dudado, de desear sin saber el porqué, estar junto a ti, humillada, encadenada, azotada, atravesada y galopando orgullosa, mientras te ofreces sumisa al placer de tu dueño. El camino se te hace mucho mas cómodo, buena parte del barro se ha secado, y además es bajada.  Te doy algunos azotes, me gusta como tensas tu piel cuando el látigo marca tu lomo, ver cómo te estremeces y gruñes mordiendo tu bozal.  Los verdugones enrojecen tu piel, al fondo ya se ve la casa, un nuevo azote te hace encorvar de dolor, y una orden clara, -Al trote!!!!, no quiero que lleguemos tan pronto, nada de galopar, a partir de aquí, la espalda bien recta, los pechos levantados, moviendolos para que suenen los cencerros que cuelgan de tus pezones, y a trotar levantando lo máximo que puedas tus patas.

No dudas en hacerlo, orgullosa de lo bien adiestrada que estás, Luisa se anima a azotarte otra vez, le excita como lo aceptas, como lo asumes y lo disfrutas.  Finalmente llegamos a la casa, entrando en el establo, donde respirando agitadamente, cansada y dolorida por fin puedes parar.  Luisa tira del mando del consolador, que sale de tu interior, luego empezamos a quitar tus arreos, las correas van soltándose, sigues quieta, en pie, moviéndote tan solo cuando tiramos con fuerza de tal o cual correaje.  Separamos el carro de ti, y cogiendo tus pechos suelto las pinzas, chillas de dolor, mientras Luisa aferra sus labios a tus pezones, su lengua, sus besos, calman un poco el dolor de la sangre volviendo a circular, aprietas los puños, mientras no dejas de llorar, de gemir, yo te quito la cola, abro tus nalgas, mojo mis dedos en alcohol y los meto en tu culo, vuelves a chillar cuando el liquido moja las heridas que las púas afiladas han dejado en ti. Luego cojo la botella y a chorro voy bañando en alcohol las distintas heridas que el látigo ha dejado en tu lomo y en tus nalgas, berreas, gimes, mientras te abrazas a Luisa, para no caer desfallecida de dolor y cansancio.  Ella te agarra, tus labios mojados de lagrimas y mocos junto a su cara, suplicas, imploras, mientras voy mojando bien cada una de tus heridas. Ella con un pañuelo limpia tu cara, se fija en tu rostro desencajado, en como tiemblas y te aferras a ella, mientras sigo empapando en alcohol cualquier rincón de tu piel que haya sido castigado. Notas los labios de Luisa besando tu cara, tu boca, sus manos aferradas tu cintura, estrujándote contra ella.

Me aparto de ti, te miro, sigues sollozando sin soltarte de tu amiga, y te digo que ya estás desinfectada, ahora solo falta lavarte, bajas la cabeza y te sueltas de Luisa, andas de manera lenta y dolorida hasta unas correas que cuelgan del techo, te agarras a ella, mientras voy preparando la manguera, un par de cubos y escobas. Luisa se acerca a ti, te besa y te ata, tu coges aires, tensas tus músculos y esperas. Ves como vamos llenando los cubos de agua y jabon, y tras mojarte a conciencia con la manguera, empezamos a rascar tu piel con las escobas empapadas en agua jabonosa, a mi me gusta restregarla por tu entrepierna, que notes las cerdas duras y rígidas restregarse en tu parte más intima, en tu zona más sensible, Luisa prefiere embadurnar tu cara, se recrea en tus mejillas, en tus labios, luego baja hasta tus pechos, tremendamente doloridos, te muerdes los labios para no chillar cuando rasca tus pezones, yo por mi parte continuo por tus muslos, tus pies, también por tus nalgas entrando hasta el fondo de tu  culo, Luisa limpia ahora tus brazos, tus sobacos depilados. Charlamos y reímos mientras tu intentas escupir el jabón que llena tu boca, te escuecen los ojos también llenos de jabón, y recibes por fin con alivio, un nuevo chorro de agua helada que aunque te hace temblar, limpia ahora ya si definitivamente todo tu cuerpo.

Luego te secamos con un par de toallas viejas, y te soltamos, casi te caes, pero consigo agarrarte en el último momento, agradecida te abrazas a mí, mientras recuperas un poco las fuerzas, te doy un beso, largo, intenso, disfrutando de tu boca, de tu lengua, sintiendo el frio de tus labios recién lavados, y el sabor de tu paladar húmedo y caliente. No quieres soltarte de mi, te gusta que te bese, que te toque, que te acaricie y te mime. Finalmente te separo de mi, y a 4 patas, tirando de tus cabellos volvemos hacia la casa, Luisa se entretiene resiguiendo con sus dedos las marcas que llenan tu lomo, juguetea con las heridas de tus nalgas, y tu te ofreces sumisa a sus dedos mientras llegamos ya a la casa. Miro el reloj, hora de merendar, se te ilumina la cara, tienes una sorpresa preparada, y  mientras nosotros nos quedamos charlando en el comedor, vas hacia la cocina, donde ayer ya trajiste una espectacular tarta de nata. En pocos minutos ya estás junto a nosotros, pones la tarta en un mesilla que hay frente al sofá, y a su lado, un par de cuencos llenos de fresas ensartadas en palillos largos, luego te tumbas en el suelo y esperas en silencio. Luisa pregunta que donde están los platos, y mientras acaricio suavemente tus pechos, le digo que el plato eres tu…

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