Follando con mi jefa: Una historia real (última parte)

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El tiempo transcurrió y Nora terminó divorciándose de su marido.

Eso posibilitó que folláramos más desenvueltos, sin presiones de ninguna clase. Pero por el momento, acordamos que cada uno seguiría viviendo en su casa y luego veríamos que pasaba. Lo mismo en el trabajo, cada uno en lo suyo, todavía no blanquearíamos nuestra situación.

Una noche, tras tomar unas copas con amigos, volví a casa algo tarde. A punto de encender las luces, escuché en la oscuridad la voz de Nora que me decía: “No lo hagas y ven a la habitación que tengo una sorpresa…” Cuando lo hice, encendió un velador con luz roja y, en la semipenumbra, pude verla vestida de odalisca; olía a perfumes orientales y encendió varillas de sándalo para ambientar la escena. Me quitó la ropa, hizo que me recostara y la música árabe invadió el ambiente, tras lo cual comenzó a danzar sinuosamente. Lo hizo magistralmente (luego me contó que había estudiado danzas) a tal punto que yo no aguantaba la excitación.

Se fue quitando la ropa a medida que danzaba hasta quedar totalmente desnuda y aun danzando, comenzó a restregar el portentoso culo contra mi polla erecta. “¡¿Lo quieres, lo quieres?!” me susurraba y se apretaba cada vez más, hasta sentir el movimiento del orificio sobre mi glande entumecido. “¿Lo quieres?” “Si, si, le dije, dámelo, lo quiero ahora” “Todavía no”, dijo, y siguió danzando sobre mí, al tiempo que comenzó a untar sus nalgas con un aceite aromático espectacular, con el que también untó copiosamente toda mi polla.

De pronto se puso en cuclillas sobre la cama y abriendo sus nalgas con la mano me dijo: “Ahora quiero, dámela toda”. Apoyé el glande sobre el orificio aceitado, el cual fui masajeando con las puntas de mis dedos para relajarlo, porque estaba muy tenso y cerrado. Estuvimos así un rato, hasta que de pronto se relajó y el orificio cedió, con lo cual envainé toda la polla en su angosto pasaje. Se quedó quieta por un instante y la sentía respirar entrecortadamente. “Déjame sentirla” me dijo quedamente, al tiempo que movía sus esfínteres dándome la sensación de succión sobre mi polla tiesa, la cual comencé a agrandar y achicar pero sin bombear dentro de ella.

Sentí como temblaba y gemía mientras arañaba los bordes de la almohada. “Hijo de puta, me vas a hacer acabar, ya no aguanto más” dijo y se corrió a su manera, a chorros mientras gritaba, dejando totalmente empapada la sábana debajo de ella. “No acabes todavía, me pidió, encúlame fuerte, deja tu marca en mí”. Clavé mis uñas en sus caderas y comencé a bombear acompasadamente haciéndola correrse dos veces más.

Luego la locura se apoderó de mí, perdí la noción de las cosas, solo una cosa existía: su estrecho pasaje anal y mi polla semi abotonada. Iba y venía dentro de ella, como la leva de un tren; en la lejanía la escuchaba gritar, gemir y retorcerse, no tengo idea de cuantas veces se corrió, hasta que en último envión solté toda mi lefa –uno, dos, tres, cuatro chorros profusos- dios, se me iba la vida dentro de ella, la inundé, saturé su conducto. Sentí que se apagaban las luces, las estrellas, que el universo todo se detenía.

Quise sacar la polla de su interior pero no me lo permitió: “Ni se te ocurra, me dijo, quiero que duermas dentro mío” Dicho esto, me apretó fuerte con su pequeño orificio y nos quedamos dormidos. Fin

P.D.: Nora y yo somos reales. Vivimos en una pequeña provincia de la Argentina.

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