Fue difícil follarse a la sirvienta Devú

criada erotismo

MANUEL DIJO: “¿Se fue corriendo con el semen en las piernas? ¿Llegó la señora al fin?”

Bueno, yo creía que esta señora iba a ser ágil, agresiva, hasta atrevida, pero no: la encontré aletargada, pesada e indiferente.
Suntuosa y casi imposible de excitar, no fue así de fácil follármela.  Aunque se dejaba tocar, y mis manos la escudriñaban con impunidad. Primero le mordí  el cuello y me aferré a sus pechos como si de ellos pendiera sobre un abismo. La señora Devu se retorcía  un poco y fingía que estaba durmiendo,  aunque me regalaba un poco de sí separando las piernas.Después abrió la boca con desdén y se acomodó, no se si para ofrecerme con desgano el resto de su cuerpo o para simplemente desperezarse. Mi misión, amigo Manuel, era sacarla de su modorra.

“No me las apriete tanto, señor, que las tengo sensibles,” pero riéndose maliciosamente.

Le abrí más las piernas y me puse a mirar  centro del mundo hasta que me cansé. Todavía no le había podido extraer ningún jugo.  Me escurrí y entrometo la cabeza entre sus piernas; coloco la mano sobre el pubis y separo sus labios con dos dedos: esa señora estaba reseca. La cara, al otro extremo del cuerpo: dos ojos cerrados, párpados hinchados, nada en términos de expresión, respiración tan leve que bordea en la catalepsia. ¡No joda, estaba como muerta!

Le besé el vientre fecundo y después bajé por el delta: mi lengua en busca de petróleo enciende su motorcito y vibra rápidamente.

Me dijo:  “Señor, no, hoy no…”  pero no tiene la suficiente voluntad para detenerme. Lamo pliegues y recodos, ronroneo en su botón eléctrico, consigo que su cueva lepidóptera suelte un tenue olor a lubricante marino. Me concentro en el botón; lo alargo y lo encojo, lo sostengo entre los dientes; escucho el primer gemido, escéptico, indiferente, a veces alentador; me dice que la deje dormir tranquila pero también se que quiere que la mantenga despierta, y esa dulce contradicción hace que mi pájaro loco comience a prestar atención.

“Señor, hoy no, hoy no, puede venir la señora.”

Me parece que finge, giraba las caderas, y el vientre. Por un momento parece que se ha encarrilado, pero presa de su capricho abandona la danza. Su indiferencia a mitad del vórtice me enfría un poco pero no me desalienta.

“Es que me siento rara, señor, y ya la señora está a punto de venir.” Y vuelve a caer en el letargo, aunque la estoma se abre y se cierra, autónoma anémona marina. Con la excepción de ese palpitar de pétalos nerviados enervados, Devu toda se convirtió en una masa de carne lánguida. Abría la boca y parecía un pez fuera del agua; esta criada respiraba, no dificultosamente pero sí con lentitud.

Por fin pude colocar  mi sexo en la entrada y empujo: está seco. “¿Te duele? Si te duele, no te hago nada, Devu.”

Mi delicadeza la conmueve. “Duele un poquito, señor, pero trate a ver, señor.”

Avancé sólo una pulgada: ante tanta dificultad decidí retirarme, pero esta señora me detuvo con un apretón de nalgas. “Ay, es que me gusta tenerla así, ni adentro ni afuera,” me dijo riendo tímidamente.

“Pruebe  de nuevo, sólo la punta, señor.”

Entro. Se tensa y suspira al sentir nuevamente mi presencia, que no es una invasión (es una visita cordial), luego se relaja y por fin la madriguera me recibe lubricada y amistosa.

Con esta señora el tiempo era importante ya que mi esposa estaba a punto de llegar. Con cada diminuta avanzada en su interior me daba cuenta de lo placentera que mi presencia debe sentirse, lo bien que las carnes de esta sirvienta y la mía se ajustan, ni demasiado apretadas ni demasiado sueltas. Esperé y avancé, examinado  minuciosamente su reacción.  Tenía los ojos cerrados y pude sentir que deseaba sentirse bien penetrada,  el placer de sujetar algo allí, de intercambiar calor, de mezclar las dos humedades. La gradual penetración irradiaba corrientes invisibles que anunciaban a las regiones más hondas de sus entrañas que una explosión ya iba  a producirse.

La carne de esta criada, sus  nervios intranquilos me pedían  más. Continúo adentrándome, soy un hombre interminable.

Se vió obligada a suplicarme: “Metamela otra vez, señor.”

La introducí nuevamente, pero sólo hasta la mitad, donde ella pueda sentirla sin retenerla. La sirvienta Devu  alzaba  las caderas para hacerme resbalar hasta el fondo, donde nuestras dos piezas encajarían en una perfección lubricada. Abrió la boca para hacer eco de su otro extremo y soltó un grito que la hace la más mujer de las mujeres.

Todo lo que no toco arde por mi proximidad, su aliento y el mío, esto parecían son los gases de un motor recalentado. Pistón que sube, cámara que acepta, pistón que sube, cámara que deja escapar, como Volkswagen.

Quiere gemir de nuevo; le tapo la boca y me chupa los dedos como una recién nacida. En el fondo de su sexo esa carne exige ser penetrada hasta el fin del mundo; dispuesta para la succión, se curva hacia adentro, yo me retiro. Las paredes de su interior se mueven tratando de cerrar el vacío, pero justo desde la entrada le envío hilos invisibles de placer. Veo entonces que tiene la boca abierta; quiere alzar el cuerpo y hundírsela pero aguarda mi movida, en ese tormento lento nos colocamos al borde del abismo, ella insistiendo y yo resistiendo, yo insistiendo y ella resistiendo.

Abre más la boca y duplica la abertura, el hambre se desata hasta que esta señora alzó las caderas y sólo entonces me dejé ir hasta el fondo, la empujé al borde del precipicio, donde sentí las contracciones, y entonces su gemido rebotaba contra las paredes.

“Ay, señor, que la señora no lo sepa.” Me dijo.

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