GIPSELA, LA DAMA CHINA

Se desean a las mujeres como se desea la fruta. Carnosas, llenas de color, libidinosas y con mucho jugo. Ella era sensual y bonita, con los labios gruesos y la mirada achinada. La conocí una tarde de tormenta que mi mirada se detuvo en la suya gris para no virar ni un solo grado.

Tenía media melena y el contorno ovalado de una cara que entremezclaba la dulzura con el alma salvaje de un felino. La piel se pincelaba así misma de un oscuro leve, casi fronterizo con el albor de las primeras osadías del negro, y su indumentaria blanca dejaba entrever la cilíndrica dureza de dos pezones grandes que se marcaban sobre el tacto sensual de la seda.

Sus ojos oblicuos le proporcionaban el aire interesante de quien nunca deja ver del todo sus sentimientos. ¿Quién era aquel ser que se enfrentaba a mi mirada?.

Cuando más absorbido estaba por sus fascinantes ojos, dejó caer descaradamente una copa de brandy sobre su vestido apantalonado. El brandy, que había caído sobre su vientre, mostraba la primera apariencia de un pubis que yo ya deseaba tocar. Era como un juego atávico de los que se utilizaban en la vieja china para revelar textos escritos con zumo de limón. Ella había utilizado brandy, y no dejaba de mirar. No se movía.

Era una escultura tallada y yo un sencillo observador. Bastó un chasquido de sus dedos para que el local se vaciara y sólo quedáramos ella y yo. Hice un ademán de marchar, pero alguien situado detrás me significó con un gesto suave que no procedía.

Las luces cambiaban y el color de su pubis también. Llegó un chino fibroso semidesnudo con una bandeja de plata. Ella depositó su ropa en ella. Estaba completamente desnuda y yo absolutamente paralizado. Seguía sin moverse. Luego se aproximó una mujer de mediana edad con una bandeja de plata para mí. Comprendí que debería depositar mi ropa en ella y me quedé desnudo.

Al poco varios hombres colocaron una cama enorme en el centro de la antigua pista de baile y la dulce princesa china se tumbó al borde apoyando sus pies en el suelo. Yo no sabía qué hacer. Alguien me indicó que no era mi turno y decidí permanecer.

Abrió sus piernas y un esclavo turco calvo, grueso ,de brazos fornidos inclinó su boca para comerla el coño. Se cerraron sus ojos mientras aquel bestia saboreaba el sexo de su ama con la fruición de quien se come una fruta. Gipsela se movía y elevaba al aire sonidos que sólo se definían por la proximidad de su postura.

Aquel hombre, era evidente, tenía su función determinada a lamer los labios inferiores de su dueña. Se retiró marchando hacia atrás con genuflexiones propias de alguien sin voluntad. Su mirada estaba contraída pero excitada y su musculación erizada.

Se volvió de espaldas, más hacia dentro de la cama. Un criada se acercó con una braguita que le dejaba al aire el ano. Su sexo y sus ojos habían desaparecido a mi mirada y sus senos, vueltos sobre la cama, no existían. Sólo la impresión de su culo y su media melena azabache, me corresponderían.

El esclavo más cercano me tomó del brazo y me llevó junto a ella. Noté que notó mi presencia por el movimiento de su cuerpo. Creo que fue entonces cuando intuí que debería de hacer. Abría y cerraba la raja del culo con una facilidad pasmosa. Se movía hacia adelante y hacia atrás. Yo no estaba excitado, y me avergoncé.

Me tumbó dulcemente sobre la cama y dejo que el perro me lamiera el pene. Creció hasta un grado de verticalidad impensable, terso e inmaculado. Comprendí que debería encularla.

El esfínter parecía untado de aceite o de alguna sustancia especial y se movía, palpitaba en torno a mí. Se abría y se cerraba. La tomé por las caderas y ella dejó escapar un ruido extraño. Luego le introduje el dedo en el ano. Vibraba de placer. Chillaba y las luces se hacían tenues hasta casi desaparecer. Sólo quedaba un hálito, suficiente como para que yo prosiguiera. Mi sexo estaba duro y estirad

o. La penetré lentamente mientras sus jadeos se transformaban en gritos profundos que aumentaban a medida que mi carne la derribaba más centímetros de intestino.

Las luces no existían, porque aquella dama china sólo debía consistir que los esclavos presenciaran sus otros orgasmos. Yo entraba y salía con fuerza deseando dañarla y ella, notándolo, lo buscaba. Inclinaba su culo y profundizaba la penetración bruscamente como si quisiera rasgarse el recto.

Me corrí con su orgasmo más grande y nuestros últimos espasmos se diluyeron en la oscuridad. Permanecí dentro un rato, mientras ella aún se movía y yo conservaba la erección. Susurraba determinadas palabras ininteligibles hasta encontrar silencio.

Se deshizo de mi cuerpo y desapareció. Yo me quedé dormido y luego aparecí en la calle como si todo hubiera sido producto de un sueño.

Autor: Guillermo

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Escrito por Marqueze

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