GLINYS (IV).

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Continuación del relato erótico "GLINYS I, II y III" publicados en "El Rincón de Marqueze.net" los días 11, 13 y 15 de Junio de 2002.

CAPÍTULO 10

A los tres meses de comenzar me pasaron a la segunda fase del plan. Me mandaron a París con ejecutivo que no hablaba francés ni alemán y que además estaba considerado, y el mismo se consideraba, como guapo e irresistible, de hecho tenía una buena lista de empleadas de la empresa. Bueno, aquello apestaba. En cuanto conocí mi "misión" vi la mano del propio Darío en el asunto.

Los tres días en París podían haber sido agradables, porque el trabajo era poco, pero el ejecutivo aquel estaba empeñado en lo de siempre, y además, no salía de su asombro al ver como le rechazaba. Rechazarle no tuvo ningún mérito, por una parte no era mi tipo, sería muy guapo, pero en cuestiones amatorias era un cretino y por otra parte, era evidente que estaba allí para ver el grado de dificultad que yo presentaría.

Debí presentar el grado de dificultad adecuado porque a las dos semanas Darío me llevó a Nueva York, cosa que no tenía justificación pues a pesar de su acento, se entiende perfectamente con la gente de habla inglesa. Es más, no me llevó a ninguna reunión. Simplemente me soltó en la ciudad con la tarjeta de crédito de la empresa, de la que hice poco uso por si era una prueba.

Naturalmente, intentó lo que se suponía. Y, naturalmente, lo único que consiguió fue que nos tuteáramos. Cuando volvíamos pensé: o al llegar me pone en la calle o me asciende.

Ni lo uno ni lo otro. Se lanzó a un acoso descarado. Era del dominio público que se acostaba con todas las mujeres que podía, y eran muchas, o por lo menos eso se decía. Para eludirlo, yo le recordaba constantemente a su esposa y eso funcionaba a pesar de que se pasaba varios días sin aparecer por su casa, claro que a ella no le importaba siempre y cuando no fallara la tarjeta de crédito. Por otra parte ella paliaba discretamente su soledad, que se dice.

Mis rechazos eran verbales, con los ojos le decía otra cosa. Le daba a entender de mil formas, que en otras circunstancias… Por fin no pudo aguantar y me dijo:

– Si me divorcio ¿te casarías conmigo? El hombre no se lanzaba al vacío.

– Sabes que te quiero. Pero yo no puedo ser causa de ningún divorcio.

Debió sonar convincente. Pero él debía esperarlo porque agregó:

– No serías causa de nada. Hace años que mi matrimonio no existe. No nos hemos divorciado por la costumbre, pero contigo volvería a tener un auténtico matrimonio. Sabrás que yo tengo numerosas amantes y mi mujer también tiene los suyos. ¡Estoy harto de fingir! Puse cara de asombro.

– No sabía nada. Había oído rumores, pero ya sabes, siempre hay rumores sobre los jefes. Pero esto que me confiesas, al contrario de favorecer que nos casemos lo dificulta.

Ahí lo dejé fuera de juego. Era lo último que se esperaba. Si quería un ejemplo de estupor, allí estaba su cara.

– Comprenderás que no voy a casarme para llevar cuernos a la semana, tu mismo reconoces que tienes numerosas amantes.

– Pero amor mío, eso es ahora que no tengo un hogar. Cuando tenga un verdadero hogar no habrá otras mujeres. Soy un hombre fiel por naturaleza. ¡Dame una oportunidad!

– Darío, esto que me dices me ha pillado por sorpresa. Yo te quiero, pero tengo que pensarlo y analizarlo detenidamente. Es un paso importante y no solo para mí, está tu mujer, que aunque no la quieras, yo no puedo tener mi felicidad a cambio de su sufrimiento, están tus hijos, ¡Darío es mayor que yo!

– ¡Tú lo has dicho! Mis hijos son mayores y no paran en casa, no me echarán de menos y mi mujer tampoco mientras tenga suficiente dinero. Esta familia está rota desde hace años. Seamos sinceros y acabemos con esta ficción que nos perjudica a todos. Mientras te lo piensas pediré el divorcio.

Le dejé que me besara. Nos besamos durante unos minutos con la suficiente pasión pero cuando intentó desnudarme me levanté y mientras iba hacia la puerta le dije:

– Lo pensaré y te contestaré lo antes posible.

Al día siguiente cuando entré en el despacho, s

e levantó y me besó; yo le devolví el beso con generosidad, cuando noté sus manos en lugares peligrosos me separé. Me contempló, yo había puesto mucha carne en el asador, el vestido era lo más provocativo que me pude poner, no enseñaba mucho, pero prometía demasiado. Ceñido, lo suficiente para indicar que no llevaba nada debajo, con escote redondo justo al inicio de la canal, la falda por encima de la rodilla, lo mismo que podían llevar el resto de las empleadas. Solo que en ellas podía ser un vestido un tanto atrevido pero en mí era demoledor. Como digo insinuaba mucho y él, con el sabor de mi boca reciente, se puso fuera de sí. Le cogí la mano y nos sentamos en el sofá. Adopté una postura lo más púdica posible y el espejismo desapareció, más calmado me dijo:

– Ya he pedido el divorcio.

– ¿Y como se lo ha tomado tu familia?

– Mi mujer ha puesto el grito en el cielo pero se le pasará.

– ¡Te lo dije! Lo nuestro no puede ser. No haré sufrir a nadie.

– ¡Que ingenua eres! Estará chillando hasta que vea que no puede sacar más, entonces firmará gustosa.

– ¡Peor me lo pones! Te quedarás en la ruina, perderás la empresa. Dime ¿qué harás cuando no controles la empresa? ¡Esta empresa es tu vida!

– No te preocupes por eso. Quedará suficiente para nosotros.

– ¡Me estás ofendiendo! ¿Te imaginas que me voy a casar contigo porque eres millonario? No sé como aquello pudo sonar sincero. Creo que tengo porvenir en el teatro.

– Yo estoy acostumbrada a vivir con poco -continué- de modo que por poco que tengas seré feliz, pero ¿y tu? ¿Cómo podrás vivir sin dirigir la empresa? No estoy hablando de dinero. Estoy hablando del poder. Estoy hablando de que el que está acostumbrado a mandar no puede obedecer. ¡De eso estoy hablando! ¿Cómo podrías ver a otro sentado en esa mesa? ¡No podrías! ¡De ninguna manera! Sufrirías y yo no puedo ser la causa de tu sufrimiento. ¿Y cuanto crees que duraría nuestro amor? No estoy hablando del matrimonio, pues tú mismo reconoces que el tuyo dura varios años sin amor. ¡Te lo diré! Ni dos meses. -A estas alturas las lágrimas corrían abundantes- Creo que te conozco lo suficiente como para saberlo. Yo no puedo casarme para esto. Lo siento.

– No llores, amor mío, te digo que sus chillidos durarán hasta que no tenga nada más que sacar. Y te aseguro que va a sacar poco. Dices que me conoces y debo admitir que en ese aspecto me conoces bien. Ciertamente no podría obedecer órdenes. Por de eso a que ella vaya a controlar la empresa hay un abismo. Lo único que va a sacar es dinero y menos de lo que se cree. Todos tenemos nuestros pecadillos y naturalmente ella los tiene y gordos de modo que en su momento se los restregaré por las narices y aceptará el dorado exilio, porque no pensarás que vamos a vivir en otro sitio que no sea en mi casa. ¡Me costó demasiado esa casa como para que se la quede ella! Está todo previsto.

Mientras hablaba me fue secando las lágrimas y al terminar, me besaba tiernamente y luego con furia, cuando intentó desnudarme hice lo de la vez anterior. Me arreglé el maquillaje y le dije:

– Si en efecto es como tú dices no tendré inconveniente en disfrutar plenamente nuestro amor si es como yo digo no me volverás a ver.

Salí pensando que lo mío era el cine.

El mes siguiente fue de rutina total. A primera hora entraba en su despacho y nos besábamos como dos jovenzuelos. He de confesar que no era ningún sacrificio. Darío me gustaba y sentía un placer intenso con sus caricias, tanto que casi llegaba al orgasmo y más llevando la vida de castidad que llevaba. Después me iba a mi despacho, que ya era un despacho con ventanas al exterior y todas las comodidades, aunque sin secretaria, porque yo no la quise. Allí organizaba mi trabajo que seguía cumpliendo normalmente, aunque las salidas con los ejecutivos de la empresa se suprimieron. Si no tenía que salir con algún cliente mi trabajo era mínimo y si Darío no tenía visitas iba a su despacho a "evacuar consultas" que se dice en términos diplomáticos. Estas consultas, como he dicho me causaban gran placer, tanto que algunas veces establecía una lucha entre mi deseo y mi sentido común, la mayoría de las veces ganaba el deseo.

Un día, al entrar, me enseñó un papel.

– ¿Qué es?

– Lo que tanto hemos esperado. ¡El divorc

io!

– ¡No puedo creerlo! ¡Si tardan mucho!

– El amor lo vence todo y acorta los plazos. Ven que te abrace.

Nos abrazamos, nos estrujamos, nos susurramos y caímos en el sofá.

Aquel día llevaba un vestido muy escotado, tanto que iba con una chaqueta, que me había quitado, tal como había hecho otros días, nada más entrar. Cuando me di cuenta estaba besándome los pezones. El sentido común se impuso pero costó mucho. Mientras devolvía cada cosa a su sitio pregunté:

– ¿No me engañas? No puedo creerlo. Es un truco. Los divorcios no se resuelven de esa forma.

– Te he dicho que el amor lo puede todo. ¡Hasta que los juzgados vayan deprisa! Cuando la sentencia sea firme, nos casamos. Eso será dentro de quince días. No te importará una boda sin invitados, ni banquete, ni demás cosas.

– ¿Y si así fuera?

– Pues tendrías que esperar más tiempo, por lo menos un par de meses que es lo que calculo se necesita para organizar la boda que tú te mereces.

– Entonces sin invitados, ni banquete y si eso hace que sea más rápida, hasta sin juez.

Soltó una carcajada.

– No te pases, ¡cómo nos vamos a casar sin juez! Y ahora en serio. Prepara tus papeles y verás que quince días no dan para mucho, espero que los tengas a tiempo. Tómate los días que necesites, para prepararlo todo.

– Ya que nos hemos puesto serios, ¿cuanto te ha costado el divorcio? ¿Ha sido como tú dijiste o como yo dije?

– ¿Tú que crees? Naturalmente ha sido como te dije. Le mencioné algún pecadillo, le enseñe algún papelito y alguna foto y acuerdo rápido. ¡Hasta se ha mudado a otra casa! Por cierto, si mi casa está vacía ¿Porqué no te vienes a vivir conmigo?

– No digas tonterías, sigue.

– La cuestión económica está bien. Ella recibirá una cantidad mensual, generosa, ¡eh! Con lo arpía que es, yo diría que excesivamente generosa, pero que no supone mucho del total que gano. Como ves perfecto.

– ¿Y tus hijos?

– Darío comenzó a gritar. Pero le frené rápido. Le dije: "Dentro de tres meses te casas, supónte, digo supónte, que dentro de unos años no funciona tu matrimonio, entonces ¿qué? ¿Sigues con ella y ella contigo, sin hablaros, disimulando, hasta que la muerte os separe o llegáis a un acuerdo e intentáis rehaceros lo mejor posible? Si tal cosa ocurre, que es lo último que deseo, me pondré a gritarte como una fiera y tú me dirás "Es mi vida" y yo tendré que callarme, pues eso te digo: ¡Es mi vida! Y a ti no te afecta puesto que ya ni vives en casa. A tu madre la visitas de vez en cuando y a mi, ni eso, si no fuera porque nos vemos en la oficina ni hablaríamos y ¡date cuenta! Esta es la primera vez que hablamos de temas personales en más de seis meses. ¡Vamos que nuestra separación te va producir un trauma infantil! No supo que contestar. Se quedó pensativo y me dijo "si te casas con esa, no pienses que voy a ir a tu boda" "de acuerdo, pero ella irá conmigo a la tuya, espero que no te importe" dio media vuelta y salió con toda la dignidad posible.

– De acuerdo tu hijo no es problema. ¿Y tu hija?

– ¿Ella? Menos. Como sabes, está en el extranjero estudiando, la llamé y se lo tomó con todo el entusiasmo del mundo. ¿Sabes que dijo? Que al fin iba a tener unos padres divorciados como todas sus amigas. La verdad es que esperaba algo de oposición. ¡A los hijos nunca llegas a entenderlos!

– Demasiado fácil. Cariño me da miedo que todo sea san sencillo.

– Cielo. La vida es sencilla, nosotros nos empeñamos en complicarla.

Volvimos a besarnos y volvió a bajarme los tirantes del vestido y mientras me besaba el pecho metía su mano entre mis piernas acariciando mi sexo, yo me dejé llevar y le acaricié el suyo por encima del pantalón. Estaba duro y pensé en los inmensos placeres que me esperaban. Entonces tuve un orgasmo. Cuando me recuperé me di cuenta que por aquel camino llegaríamos a donde no podíamos llegar, por lo menos no todavía. Así que me levanté y mientras me arreglaba la ropa y me serenaba le dije:

– Debemos ser sensatos. Tu despacho no es el sitio indicado para el amor.

– Tienes razón. ¡Vamos a mi casa! Toma posesión de ella. Conviértete ya en la condesa. Organiza nuestro hogar.

– Sabes que no. Entraré en nuestro hogar y lo organizaré cuando sea tu esposa. En cuanto

a convertirme en condesa ¡ni pensarlo!

– Pero yo soy conde, mi mujer será condesa. Creo.

– Sobre eso tengo mis propias ideas. Mientras viva, tu mujer será la condesa. Así que cuando me presentes a alguien adviértele sutilmente que no me llame condesa. ¡No lo soporto! Creo que es hora que gane mi sueldo.

Le di un beso fugaz y me fui a mi despacho. Cerré cuidadosamente la puerta y las persianas y me dejé caer en el sillón. En la penumbra me puse a recordar.

Debí dormirme porque me sobresaltó el toque de la puerta.

– ¡Adelante!

– ¡Está cerrado! -la voz de Darío sonaba irritada.

Me lancé a la puerta, abrí, tiré de él, cerré y me colgué a su cuello. Cuando paramos para respirar le dije:

– Necesitaba intimidad. Necesitaba imaginar como será nuestra vida. Necesitaba saborear nuestro amor por adelantado.

– En ese caso te perdono que me hayas tenido sin verte una eternidad. En realidad he venido a algo bastante prosaico pero necesario.

– Te escucho.

– Antes te dije que tenías que tomar posesión de la casa y en cierta medida era una frase retórica, pero resulta que es real. Tienes que ir y arreglarla. La arpía se ha llevado el dormitorio y algunos muebles, así que hay que reponerlos y prefiero que seas tú, pues va ser tu casa. Además, yo soy un desastre para esas cosas y tengo un gusto horrible. Ni que decir tiene que dispones de fondos ilimitados.

– Pero amor mío, yo no entiendo de decoración y habrá que conjugar los muebles nuevos con el resto, eso es superior a mí. Yo nunca he vivido en mansiones y solo conozco de ellas lo que se ve en las películas. Creo que no debemos casarnos, te avergonzarás de mí. Yo no encajo en ese ambiente.

Esto debió sonar bastante sincero porque en gran medida lo sentía. Después de tantos esfuerzos y tantos planes, me daba miedo la situación. ¿Que pasaría cuando estuviera en el ridículo permanente? Alguien dijo que el amor lo soporta todo menos el ridículo. ¿Cómo iba a dirigir una mansión? Veía el divorcio antes de casarnos.

Mi cara debía ser el retrato del espanto, porque me cogió las manos y me susurró:

– Pero cielo, realmente crees que si no encajaras en ese ambiente no te lo diría, encajarás perfectamente, estoy completamente seguro – al ver que se animaba mi cara, continuó- Para empezar te sugiero que llames a un estudio de decoración, te presentarán varios proyectos y te limitas a escoger uno, ni siquiera tendrás que ir a ver como lo montan, ellos se encargarán de todo, desde las posibles reparaciones, pintura, muebles, cortinas… todo.

– Bien. Pero tú darás el visto bueno al proyecto. ¡De acuerdo! Esa parte la puedo hacer. Pero ¿y la vida diaria en la casa? ¡Yo nunca he dirigido a unos criados! Se darán cuenta en seguida que soy una cateta. ¿Cómo me van a respetar? Se rió suavemente.

– Ríete, ríete. Eso no será nada comparado con las risas del personal de la casa.

– Amor mío, no tengo mas remedio que rearme porque esos temores son absurdos. En primer lugar, lo que ocurre en las películas no es demasiado real y en segundo lugar para eso está el mayordomo. Lo único que tienes que hacer es aprobar las comidas y decirle el número de personas que comerán. Eso es al principio de la jornada, o si no quieres madrugar lo haces la noche antes. Que luego aparecen más comensales, se lo dices tranquilamente cuando lo sepas y listo. El resto de las tareas es pura rutina que ni tienes que supervisar. Cuando quieras algo, simplemente lo pides, en un par de días te darás cuenta a quien pedirlo, aunque tampoco importa mucho a cualquiera que se lo pidas lo resolverá. ¡Es fácil!

– ¿Y el trato? Yo soy una igual a ellos ¿cómo van a aceptar que les mande? Sonreirán a mis espaldas y me miraran con desprecio.

– Tú tienes un concepto anticuado de esto. Ellos son trabajadores lo mismo que el personal de esta oficina. ¿Has tenido problemas cuando has mandado algo a un auxiliar? Te han obedecido porque su trabajo es este, lo mismo que tú has obedecido a tus superiores sin preguntarte cuales eran los antecedentes de esa persona, era tu trabajo y lo has hecho. Ellos son lo mismo. Su trabajo es que la casa funcione y mientras las órdenes sean coherentes no les importan los antecedentes del que las da. Trátales con respeto y no des órdenes absurdas y todo irá sobre ruedas.

– No acabas de tranquilizarme.

– Cuando lleves un mes en la

casa te recordaré esta conversación. Nos reiremos a fondo. ¡Y ahora vete! Que el chofer te lleve a casa, cuando llegues le dices al mayordomo que llame a los decoradores y mientras vienen que el ama de llaves te la enseñe. Mientras hacen el proyecto vas a casa de tus padres les das la noticia y arreglas los papeles y vuelves rápido para terminar los preparativos. De la ceremonia me ocupo yo. Ningún invitado. Ya buscaremos los testigos en el pasillo del juzgado. ¿De acuerdo?

– Completamente.

Llamó al chofer y le explicó la situación. Cuando llegué a la calle me esperaba. Me saludó como si fuese la señora y me abrió la puerta. Por primera vez volvió mi confianza.

CAPÍTULO 11

La primera semana pasó en un soplo. Las reparaciones estaban listas y los muebles y demás elegidos. Lo único que faltaba era pintar y todo estaría en su punto. En ese tiempo había visto un par de veces a Darío y muy brevemente. Aquella mañana me encerré en el despacho como hice siete días antes y me puse a reflexionar. Insistí en mantener el despacho porque no me veía de ama de casa, sin nada que hacer y aunque mi trabajo no era gran cosa me daba la excusa para salir todas las mañanas.

Cerré los ojos y pensé. La cosa va en serio, me dije, realmente tiene intención de casarse. Pero ¿me ama? Creo que no. Él siente pasión y deseo, pero amor, lo que se dice amor no creo, de modo que el primer factor a tener en cuenta es este. En cuanto se enfríe la pasión me da la patada y seguro que con más facilidad que a la otra. ¿Puedo permitírmelo? No. Rotundamente no. En cuanto me convierta en la ex de Darío ningún otro va querer casarse y no creo que me quede alguna pensión, pronto aparecerá el abogado con un montón de papeles que me dejan sin nada. Bien, contemos con eso. Solución: el matrimonio tiene que durar hasta que tenga la independencia económica suficiente. ¿Cómo la conseguiré? En primer lugar manteniendo el puesto de trabajo, al menos tendré el despido y el paro, en segundo lugar ahorrando, en dinero y en especie y en tercer lugar… No se me ocurría nada. Pensé, repasé posibilidades y por fin llegué a la conclusión que todos los ricos lo eran por herencia, que no era mi caso, o por algún primer negocio jugoso que les puso en el camino de los siguientes. Decidí que tenía que buscar ese primer negocio que me abriera las puertas de los siguientes. No sería difícil. Por mi trabajo conocía a mucha gente adecuada por tanto decidí que bajo ningún concepto iba a dejar mi trabajo.

¿Y yo? ¿Qué sentía yo por Darío? Pues lo mismo que él por mí. Deseo. ¿Cuál de los dos era más fuerte? Probablemente el mío. Pero era un deseo distinto. Él sentía deseo de poseer mi cuerpo y luego mi mente. Yo sentía deseo de poseer su dinero y luego su cuerpo. Deseos, no demasiado confesables moralmente hablando, pero ¿de quien eran los más inconfesables? ¿Y el amor? Él quizá estuviera convencido, o se justificara pensando que me amaba. Pero amor, en el sentido que se suele dar a esa palabra, no lo sentía. Yo, estaba claro que no. Me gustaba, en todos los sentidos, de otra forma ni siquiera le hubiese permitido acercarse, pero no era amor. Por ejemplo, cuando estaba en mi apartamento ni siquiera me acordaba de él y en mis sueños eróticos nunca aparecía. Esto estaba claro. Pero me casaría con él y me comportaría lo mejor posible mientras durara.

Y eso era lo que me traía de cabeza, cuando se acabara ¿tendría suficiente como para no tener que buscar a otro Darío? Eso me obsesionaba. Por eso tenía que encontrar una independencia antes del final.

El teléfono me sacó de la meditación.

– Soy Arturo, quiero que veas unos papeles ¿puedo ir ahora?

– Por supuesto, te espero.

Bien, aquí estaba. No me pillaba de sorpresa. Es más, consideré que se había retrasado. Arturo era el abogado principal de la empresa e intimo de Darío, su mano derecha, vamos. Me traería una especie de contrato matrimonial que me dejaría sin nada en caso de divorcio.

Se abrió la puerta.

– Pasa Arturo, ven siéntate aquí.

Nos sentamos en el sofá.

– ¿Que quieres tomar?

– Mira Vane, como hay confianza, nada, pero si tú quieres tomar algo no me sentiré violento.

– Pues confianza por confianza, estoy harta de beber cuando no

me apetece. Pero no has venido a tratar de cortesía. Cuéntame.

– Esto resulta un poco embarazoso -y tanto, pensé, ¡menudo buitre!- verás, cuando Darío me pidió que le gestionase el divorcio, se me vino el mundo encima. Aquello iba a ser duro. Y lo fue, no te imaginas cuanto.

– Darío me dijo que fue muy simple.

– Eso lo dijo para que no te preocupases. Fue muy rápido pero muy complicado y costoso.

– ¿Cómo de costoso?

– Independientemente del metálico, que es más de lo que te haya podido decir, está el asunto de las empresas. Darío conserva el control de la casa madre, pero de las seis filiales ha perdido el control de cuatro y en las otras dos, manda pero no de forma absoluta. Afortunadamente, su ex no manda directamente, quien manda es su hijo, lo cual lo hace soportable porque al fin y al cabo todo será suyo, y entre padre e hijo tendrán que entenderse pero no será fácil.

– Si llego a saberlo…

– No te preocupes. Eso era inevitable. Tal vez con más tiempo se hubiera logrado algo mejor, pero no mucho. Ella le tenía bien trincado, que se dice. De modo que tranquilízate y olvídalo. Lo raro es que haya tardado tanto en divorciarse. Tú simplemente has sido el detonante, pero nada más. No vayas a atribuirte méritos que no tienes.

– Me tranquilizas algo, pero no demasiado.

– Bueno pues no estoy dispuesto a pasar por otra. Le he exigido a Darío que tenéis que firmar un contrato matrimonial. Ha protestado pero he sido inflexible y me ha dicho que haga lo que quiera y que le ponga los papeles a la firma. Antes de enseñárselos te los traigo para que los veas.

Entre que esperaba algo así y mis dotes de actriz conseguí que la leve sonrisa pareciera auténtica. Si me voy a convertir en una dama hay que dar y sobre todo recibir las puñaladas con una sonrisa.

– Arturo, te honra tu lealtad. Como sabes, yo no me caso por dinero, por tanto firmaré lo que traigas sin leerlo. Pero dime, solo por curiosidad, en caso de separación o que me quede viuda ¿me queda algo?

– Nada. Absolutamente nada. Esto, comprenderás, me ahorra un montón de trabajo pues el trámite del divorcio será extraordinariamente simple.

– ¡Caramba! ¡Nos divorcias antes de casarnos!

– ¡Comprende, mujer! No sabes lo espantoso que ha sido.

– ¡Hombre Arturo! Tampoco era tu dinero.

– Sabes que no me refiero a eso. El dinero va y viene. ¡No estoy dispuesto a ver otra vez la cara de Darío cuando firmó los papeles!

– Insisto. Te honra la lealtad que le tienes. Pero ¿y a mí? ¿Qué lealtad guardarás para mí?

– Cuando te cases, toda, hasta entonces intentaré el mejor acuerdo para Darío.

– ¿Y cuando me divorcie?

– Te seré leal. Cuando firmes estos papeles no necesitaré discutir contigo.

– ¡Dejémonos de juegos florales! Los regalos, joyas, etc.

– Nada. Cada regalo de cierto valor se anotará y tendrás que devolverlo. Cuando desaparezca el vínculo, naturalmente.

– Naturalmente. ¿Mis ropas? ¿Muebles? ¿Ajuar? ¿Vehículos? etc.

– Todo lo que compres con tu dinero y la ropa personal, por supuesto.

– ¿De qué dinero dispondré?

– Los gastos de la casa no tienes necesidad ni de enterarte, para eso está el mayordomo, por tanto dispondrás de una tarjeta para tus gastos, con límite, generoso, pero con límite, si necesitas algo extraordinario se pides a Darío, es la costumbre en todas las casas, por lo menos en la mía.

– Has hecho bien en no enseñarle esto a Darío ¡habría vomitado!

– ¡Van no es nada personal! Compréndelo.

– Sí claro. Son negocios. ¡Pues vamos a los negocios! Según tú yo soy una mercancía…

– ¡Van, no digas tonterías!- me interrumpió.

– ¡Déjame terminar! Si no te gusta mercancía, llámalo un bien, lo que quieras. ¡Pero escúchame! Incluye lo que te voy a decir y firmaré, es más, me fiaré de ti y lo firmaré sin leerlo, de modo que si no lo pones ni me enteraré. Pero me fío de ti y sé que lo que acordemos aparecerá en el contrato.

– Por supuesto. Yo intentaré sacarte los ojos, en beneficio de Darío, pero no voy a mentir.

– Entonces de acuerdo. Como es una compraventa ha de haber un pago, ingrésalo en un banco de Nueva York. La cantidad la fijas tú mismo, no importa que sea una peseta o mil millones, eso me dará idea de lo que me valoras y de los

buenos ojos con que miras esta boda. En mis cortos conocimientos empresariales, sé que los bienes se deterioran, en mi caso cada año que pase perderé oportunidades de encontrar trabajo, por tanto asignarás una cantidad anual a amortización del bien adquirido…

– ¡Basta! Lo que dices es horrible. ¿Cómo puedes hablar así? ¡Es monstruoso!

– Claro, esto es monstruoso, lo que tú has escrito, no. Precioso, no tienes ningún escrúpulo en dejarme en la calle y si te pido un techo, es monstruoso. ¡Te he dicho que me escuches! Y no interrumpas. Supónte que dentro de treinta años, el matrimonio se rompe, como has dicho antes, bien por divorcio o por fallecimiento, de Darío, – vi que iba a interrumpir, así que continué rápido- si es el mío, todo esto está de más, claro – asintió con la cabeza- y me encuentro cincuentona ¡valiente acompañante de clientes! Y sin un duro. ¿Dónde encuentro trabajo? Qué tengo que hacer según tú, ¿ponerme a pedir en una esquina? Porque con esa edad no se puede hacer otra cosa en las esquinas.

Se puso rojo. Tuve la satisfacción de contemplar al terrible abogado sin saber que decir. Así que como él no hablaba continué.

– Insisto. Las cantidades las pones tú. Pero esas dos partidas figurarán imprescindiblemente y no son negociables, en realidad no voy a negociar nada. Yo acepto tus condiciones y tú aceptas las mías. Le dices a Darío que estoy de acuerdo en todo, así no te echará a patadas.

– Van, no es nada personal…

– Ya lo has dicho- le interrumpí- y te creo, también te lo he dicho. Solo espero que cuando nos casemos me seas la mitad de leal de lo que eres a Darío.

Al poco de irse fui al despacho de Darío. La secretaria me dijo lo que ya esperaba.

– Don Darío está reunido con don Arturo. Ha dicho que no se le moleste, si quieres le digo que estás aquí.

– De ninguna manera. Cuando termine le dices que he de hacer bastantes cosas que nos veremos mañana.

No me encontraba con fuerzas para besuquearme con Darío, así que opté por marcharme. Tenía algunas cosas que hacer pero no me llevarían más de una hora.

A la mañana siguiente me presenté ante Darío con un vestido que me tapaba desde el cuello a los tobillos y con abundante ropa interior. De modo que cuando tras los primeros besos metió la mano, se encontró con un lío de ropa y cuando noté su enfado me levanté y salí tranquilamente.

Al terminar la jornada fuimos al centro a tomar unas cervezas y cada uno a su casa.

Al día siguiente, la misma función. A media mañana se presentó Arturo a decirme que traía los papeles para que los leyera.

– Si están como acordamos los firmaré, no necesito leerlos.

– Realmente no tienes que firmar ahora, llamaré al notario y firmareis Darío y tú.

– Tú eres el experto.

Un par de horas después me llamó la secretaria de Darío para que fuera a su despacho.

Me presentaron al notario que se dispuso a leer las capitulaciones matrimoniales, casi me da la risa, me recordaba las clases de historia. Le pregunté:

– ¿Es imprescindible? Yo no entiendo de tecnicismos y me imagino que estará todo tal y como don Arturo me dijo.

– Es mi obligación leerlo pero si ambas partes están de acuerdo no creo que haya ningún problema. Firme aquí. Y usted aquí – le dijo a Darío.

Salió acompañado de Arturo y Darío dijo:

– Con esta ceremonia es como si estuviéramos casados Me tomó las manos y me besó. Cuando se lió con la ropa, le aparté suavemente y me dirigía a la puerta. Puso una cara que era el retrato de la decepción, me sonreí y eché el pestillo. Me volví a él y le besé suavemente. Mientras me acariciaba el trasero le quité la chaqueta y la corbata, él quiso quitarme el vestido pero se atrancó, de modo que lo hice muy lentamente entre beso y beso. Me quitó la combinación, al caer mostró un provocativo corsé negro con muchos encajes y mucho escote, por debajo llegaba hasta el elástico de las bragas y servía de liguero a las medias negras. Le quité la camisa y le bajé el pantalón mientras me mordía los pezones, primero con suavidad pero fue aumentando la presión hasta que di un pequeño grito. Eso nos separó y me dirigí al

sofá mientras se sacaba los pantalones. El contacto con la piel del sofá me causó oleadas de placer.

Al acercarse le detuve y le bajé los calzoncillos. Aquello daba pena verlo. Se suponía que después del besuqueo, debía encontrarme una poderosa lanza vengadora, o al menos un chuzo aunque no fuera vengador, pero enhiesto y duro. Lo que encontré fue una cosilla fláccida que colgaba perdida entre el pelo. Suspiré con resignación, mentalmente por supuesto, y me dispuse a hacer uno de los mejores y más completos trabajos de mi vida. Y he hecho muchos y difíciles.

La tomé con suavidad y la acaricié como se acaricia a un gatito. Él, naturalmente, me acariciaba los pechos, pero opté por concentrarme en lo que hacía y no me afectó en absoluto. Aquella misión imposible requería mis cinco sentidos. Al rato de funcionar el sentido del tacto, el gatito ¡por fin! Levantó la cabeza y pude pasar al sentido del gusto.

Aquí fue más fácil. Al poco de chupar y lamer, conseguí la erección deseada y entonces me terminé de quitar el corsé y las bragas, con mucha rapidez para evitar descensos.

Le senté a mi lado, y mientras él me besaba y acariciaba todo el cuerpo, con mi mano mantenía viva la llama del amor. Me fui relajando un tanto y comencé a sentir sus caricias. Él debió notar mis pezones endurecerse porque aumentó el ardor de los besos. Metió su mano entre mis piernas y me acarició los muslos. No le dejé pasar de ahí. No hasta que estuviera preparada.

Por fin me relajé del todo y comencé a sentir el placer que debía sentir. Noté mi sexo húmedo y entonces deje que su mano lo acariciara. Al poco sentí contracciones en mi vientre. Me puse a gemir, primero suave y poco a poco más fuerte, como se supone debe hacer una mujer en éxtasis. El éxtasis, me vino pero débil, aunque grité como si hubiera sido el fin del mundo. Él se sorprendió un poco e hizo intención de callarme, pero recordó a tiempo, que el despacho era insonorizado. Me dejé caer en el sofá con los ojos cerrados.

Él también estaba sentado con los ojos cerrados. No le dejé mucho para relajarse. Me levanté y mientras me sentaba sobre sus piernas, dándole la espalda, tomé su miembro con la mano y lo introduje en mi sexo. Comencé a moverme con suavidad y poco a poco aumenté el ritmo y antes de darme cuenta ¡me corrí! Parecía increíble que tras un leve orgasmo me hubiera corrido. Tal vez fue que como me concentré en aprovechar lo que suponía un breve momento ocurriera, más por mérito mío que suyo.

Paré un instante, lo justo para tener las fuerzas suficientes para levantarme y volver a sentarme dándole la cara. Me lancé a tumba abierta, como dicen los ciclistas. Él me besaba con no menos furia y al momento gritó. Cuando sentí su líquido dentro de mí, me volví a correr con una intensidad que nunca pensé alcanzar. Debí perder el sentido un instante porque no recuerdo haber llegado al sofá. Nos quedamos sentados con los ojos cerrados.

Al rato nos levantamos y nos vestimos. Él me dijo:

– ¿Vendrás a dormir a casa?

– Sabes que no. No hagas preguntas inútiles. Si quieres nos damos una vuelta cuando termine el trabajo y después cada uno a su casa.

Recibí una copia de la notaría que naturalmente me leí de cabo a rabo y varias veces por sí acaso. Era tal como acordamos, me ingresaban cien mil dólares como pago inicial y cada año, al final, un pago de diez mil. Eso se me escapó, debí poner el pago por adelantado pues el año que nos divorciáramos no cobraría. En fin… pudo ser mejor pero no me valoraba mal del todo.

Los días pasaron en un suspiro. Durante ellos no volvimos a cerrar la puerta del despacho. Yo tenía cierto mosqueo y hasta llegué a pensar si me dejaría, pero tenía demasiado que hacer para pararme a pensar. Después de casados comprendí que Darío necesitaba varios días para recargarse. Y por fin llegó el día. Yo fui con traje blanco muy discreto y ramito y Darío con elegante traje gris. Allí estaba Arturo que fue testigo. Tuvimos que buscar otro.

Al salir de la sala le dije a Arturo en el oído:

– ¿Cuento con ya con tu lealtad?

– Sin duda. Desde ahora cuentas con mi lealtad en la misma medida que Darío salvo que me p

idas algo relacionado con él, entonces mi lealtad será para él.

– Naturalmente.

– ¿Qué habláis a mis espaldas? – dijo Darío.

– Lo normal. Le estaba diciendo lo guapa que está. ¿No estás de acuerdo? Aquella noche la pasamos en casa y al día siguiente nos fuimos de viaje de novios, mitad luna de miel mitad negocios. Recorrimos varias ciudades de Europa que me pateé sola pues él estaba de reuniones. Tampoco me importó, con el ajetreo del viaje, las recargas parecían eternas.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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