GLINYS IX.

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CAPÍTULO 17

Me despertó Glinys como tenía por costumbre, irrumpiendo en la habitación.

– ¿Que hora es?

– Demasiado tarde. Nuestros amantes esposos hace horas que se fueron y nosotras debemos ponernos en marcha si queremos hacer hoy todo el programa.

– ¿Y cual es ese programa, si puede saberse?

– Te llevaré al club de tiro donde te mostraré mis habilidades con el revolver, después comeremos en casa, le he insistido a Pete que vosotros estáis acostumbrados a comer al medio día, por tanto vendrán a eso de las dos o las tres. Yo tendré que hacer unas visitas y aprovecharé para presentarte a algunas personas interesantes, pero tú declinarás la oferta porque tienes que echar la sagrada siesta, entonces yo quedo con Darío en la calle, cumplo con él y tú podrás cumplir con Pete y todos contentos.

– ¿Y como estás tan segura que Pete se quedará en la casa mientras Darío anda solo por la ciudad?

– ¿Bromeas? ¿Te apuestas algo?

– No. He dicho una tontería.

El club de tiro era un lugar en nada parecido a lo que después he podido ver en España. Aunque alguno puede llegar a parecerse en ciertos aspectos.

Este, es el único que he visto en América, era como una especie de hotel con muchos jardines y en la parte trasera los polígonos de tiro, fundamentalmente para armas largas, porque las armas cortas tenían galerías en los bajos del edificio, más bien a modo de semisótano, luego en la planta principal, cafetería, restaurante, tiendas, etc. y en la primera planta, sala de reuniones e incluso habitaciones como en un hotel. Todo muy confortable con la decoración, en unas salas tipo deportivo, en otras como refugio de cazadores. En resumen un lugar agradable y bastante silencioso a pesar de los disparos, pues tenía pantallas acústicas y dobles cristaleras y al rato de estar allí ni te dabas cuenta.

Glinys me enseño las instalaciones, saludó a varias personas, compró munición y blancos y pidió una galería. Como había pocas personas se la dieron directamente y bajamos con el equipo. Abrió una maleta donde había tres revólveres, uno grande, uno mediano y otro pequeño; tomó el pequeño y me dijo:

– Este es un revolver del veintidós. Lo más pequeño que se suele encontrar. Fíjate como lo cargo. -Me mostró varias veces como cargar y descargar, apuntar y disparar, las cosas que se pueden y no se pueden hacer, los posibles accidentes, en fin todo lo que debe saber un tirador, hasta que se convenció que podía disparar sin peligro.- Ahí tienes el blanco apunta y dispara despacio.

Los dos primeros dieron en el cuadro, el tercero dio en lo negro y los otros tres en el centro. Se quedó de piedra.

– Suerte del principiante. Carga y prueba otra vez.

Los seis en el centro.

– ¡Es increíble! ¡Prueba otra vez! Cambió el blanco y otra vez los seis en el centro.

– Espera un poco voy por otro revolver.

Volvió con un revolver del treinta y dos, me dijo y otra vez todos al centro. Tomó el revolver mediano de la caja y lo cargó.

– Este es un treinta y ocho, ten cuidado porque ya notarás el retroceso pero tranquila.

Seis disparos y seis blancos.

Me volví y vi que teníamos tres espectadores. Bueno. Volví a disparar y otra vez blanco. Entonces tomó el revolver grande, lo cargó y me lo pasó.

– Bien. Este es el famoso cuarenta y cuatro magnum. Te dará un buen retroceso, pero no te preocupes, limítate a estar tranquila.

Disparé y apareció un solo agujero en el centro, eso sí, bien grande. Hubo comentarios de sí había fallado o habían pasado todas por el agujero. Mientras cambiamos el blanco y cargábamos se juntaron como diez personas. Cuando hice blanco aplaudieron. Volví a disparar y más aplausos. Entonces Glinys cargó y dijo:

– Voy a tirar yo para que veas a una buena tiradora en acción, aunque con lo que acabo de ver dudo que tenga él suficiente pulso.

Disparó y aparecieron los seis impactos en la zona central. Algunos aplaudieron pero con timidez.

– Esto es lo que se considera una buena puntuación. Lo tuyo es excepcional. No creo que haya muchas personas en el mundo que lo puedan hacer. – Se volvió a los espectadores y dijo: – Hasta h

oy no había cogido un arma, suena difícil de creer, pero aunque llevara toda su vida disparando, lo que ha hecho es, sencillamente, increíble. Alguno de ustedes ha visto algo así. -Se volvió a mí- Continua todo lo que quieras, solo que vamos a complicar un poco la cosa, moveremos el blanco.

Le dio a un mando y el blanco comenzó a moverse de una forma caprichosa. La primera serie dio en lo negro, la segunda serie, en el centro. La gente aullaba. La siguiente serie también en el centro. No esperaron más me cogieron a hombros y me subieron a la cafetería donde me pusieron una jarra de cerveza enorme en las manos y todos brindaron a mi salud y me aclamaron. Al cabo de un buen rato alguien apareció con una caja de balas y unos blancos y dijo que todos tenían que verlo así que lo haríamos en el exterior. Entonces alguien dijo que para que tuviera más mérito que lo hiciera a cien yardas. Ni me escucharon cuando les recordé que llevaba mucho alcohol en el cuerpo. La primera serie quedó bastante agrupada por debajo del centro pero la segunda y la tercera quedaron en el centro aunque se veían los seis impactos. Y así seguimos. Y trajeron más balas y más blancos y la gente gritaba. Total que a más de la una y media nos dejaron marchar entre vítores. Ese ha sido uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Durante la comida Glinys contó el episodio varias veces, adornándolo de mil formas. Darío estaba asombrado. Durante el café Glinys pudo hacer un aparte con Darío y al terminar dijo:

– Tengo que ver a unas personas. ¿Vienes? Te resultará interesante conocerlas.

– Lo siento, esta noche no he dormido lo suficiente y la mañana ha sido muy intensa. Me acostaré un rato, luego a eso de las siete o las ocho podemos salir a algún sitio. Y los hombres ¿saldréis?

– Yo no, tengo que ver unos papeles, pero como ha dicho Vanesa luego podemos salir un rato.

– Pues yo voy a salir. Pero por aquí cerca, iré caminando y viendo todas estas mansiones. Resulta curioso que conozcas una ciudad y no conozcas el barrio donde vives. Si me pierdo tomaré un taxi.

De modo que Darío salió a su paseo, Pete se fue a su despacho, Glinys subió a cambiarse y yo también subí tras ella. Mientras se cambiaba me contó el plan.

– Darío va caminando por la calle, cuando le alcance se sube en el coche y nos vamos a un motel. Lo va a disfrutar como no espera. Tengo ropa de cuero y un látigo no te extrañe si no se desnuda delante de ti en bastante tiempo.

– Pete subirá, seguro, en cuanto te marches.

– Pues no les hagamos esperar.

Salimos y yo me acosté mientras ella iba a darle una paliza a mi marido. Estaba realmente cansada, de modo que cuando Pete entró en la habitación estaba dormida. No debía llevar mucho tiempo mirándome cuando desperté y sin moverme y sin abrir del todo los ojos me quedé observando. Él me contemplaba y casi se le caía la baba. Aunque hacía frío, la calefacción hacía calurosas las habitaciones, por lo que me eché sobre la cama con una fina bata como única ropa, debía estar abierta y lo que no se viera debía marcarse, de modo que comprendo que estuviera excitado.

Por otra parte, Pete, se había aligerado mucho de ropa. Llevaba también una gruesa y lujosa bata con un pañuelo al cuello y tampoco debía llevar nada debajo porque aparecía una protuberancia en el sitio adecuado. Abrí los ojos.

– ¡Ah! Eres tú. ¿Y si alguien te ve?

– Glinys y Darío han salido y no volverán en dos o tres horas. No hay peligro.

– Me refiero a alguien del servicio.

– He dicho que no subiera nadie pues dormías. Los criados son muy obedientes y aunque me vieran no le dirían nada a tu marido.

– A Darío no, pero si le podrían decir algo a Glinys.

– No me importa, sabe que hay más mujeres. ¡Pero basta de charla! ¿No ves como estoy? ¡Llevo meses soñando con este momento!

– Yo también llevo mucho esperando pero hay mucho riesgo. – Me levanté y fui hacia la puerta.- Al menos que no entre nadie sin que lo sepamos.

– Ya he cerrado. Ven. Entonces me tomó de la mano y me atrajo hacia él. Comenzó a besarme con cierta violencia. Naturalmente le correspondí con la misma violencia y con abundantes gemidos. ¡Las mujeres lo tenemos bastante fácil! Al poco estábamos desnudos y me besaba por todo el cuerpo. Me echó sobre la cama e in

tentó penetrarme.

– ¡Espera! ¡Aún no estoy preparada! Entonces le di la vuelta y comencé a recorrer su cuerpo con mi boca, besando, chupando…

Él tomó el relevo y así estuvimos un rato, alternando la acción hasta que tuvo que descansar. Entonces observé que su poder descendía. Le deje y cuando se repuso un poco le estimulé con la boca hasta que alcanzó todo su esplendor.

– ¡Ya está bien! ¡No puedo más! Voy a penetrarte.

– ¡Espera! Ponte una goma.

– ¿Estás loca? Yo no me pongo esas cosas.

– Estoy en periodo fértil y no voy a consentir que me dejes embarazada.

– Creí que tomabas pastillas. Todas tomáis pastillas.

– ¿Para qué voy a tomar pastillas si Darío no me toca desde hace un montón de tiempo? ¡O te pones la goma o nada!

– ¿Pero… entonces no hay otros hombres?

– Solo tú. ¿O que te crees, que soy una fulana?

– Está bien, lo haremos con goma.

Solo que con la charla se había bajado y tuve que estimular convenientemente. Por fin estuvo en óptimas condiciones y le puse rápidamente la goma e hice que me penetrara. Al momento estalló y tuve que apresurarme a gritar como si me mataran. Se quedó un rato boca arriba. Luego se levantó y se marchó. Entonces pude dormir un rato.

A eso de las ocho me despertó Glinys. Saltó sobre la cama y me besó.

– Hueles a sexo. ¿Qué tal ha ido?

– Bien. Breve. -Y le conté el episodio

– A mí también me ha ido bastante bien. Verás… Cuando salió de la casa alcanzó a Darío unas manzanas más adelante, le metió en el coche y le llevó a un motel fuera de la ciudad. Allí él se inscribió como el señor y la señora Smith de Nueva York, para evitar la mínima posibilidad que alguien la reconociera. Pasaron a la habitación y ella se cambió en el baño. Cuando apareció Darío no daba crédito a sus ojos. Tenía delante una mujer vestida de arriba abajo de cuero negro, enmascarada y con una fusta en la mano con la que se golpeaba el muslo.

– ¡Desnúdate perro! Y mientras lo hacía le dio un par de golpes en el trasero sin mucha fuerza. Cuando estuvo le dijo:

– ¡Bésame las botas! Ser despreciable. -Y le dio un golpe más fuerte.- Te gustaría ver mis pechos ¿Eh cerdo? -Y otro golpe. Este ya se le marcó sobre la espalda.- Me coges de humor, te dejaré que mires para que veas lo que no vas a tener. -Se quitó una especie de sujetador y quedaron sus pechos recortados sobre el negro, entonces le dio con fuerza otros dos golpes y le dijo: – ¡Mira! ¿Quieres tocar? Tendrás que ganártelo. Tendrás que darme mucho placer.

Así estuvieron un buen rato hasta que ella se quitó la ropa quedando solo con las botas. Él tenía la espalda y las nalgas completamente rojas. Le obligó a lamerle las botas y para terminar le dio una patada en las costillas le dejó tendido en el suelo. Como tenía una erección enorme, pensó que como siguiera así la cosa podía acabar pronto y le permitió que le chupara los pezones y el sexo, sin olvidar darle de vez en cuando unos buenos golpes con la fusta.

– Te estás portando bastante bien. En mi infinita bondad me tumbaré en la cama y lamerás hasta que me corra. Pero si no me gusta como lo haces te echaré a la calle como el perro que eres.

Lo hizo bien. Estimulado con unos cuantos golpes. Los dos que recibió mientras le venía el orgasmo fueron antológicos. Cuando se recuperó un poco le dijo:

– Ponte esta goma y penétrame y procura hacerlo bien o conocerás mi furia.

– ¡Yo no me pongo esas cosas!

– ¡Y tú no me vas a hacer un hijo! ¡Conque elige! O goma o te lo haces tú solo.

Igual que Pete. Y lo mismo que Pete, con la charla perdió altura y Glinys que estaba lanzada decidió estimular oralmente, eso sí, dando unos cuantos golpes de propina. Por fin se dejó penetrar y al momento acabó todo pero aún así tuvo otro orgasmo.

– Pues yo con Pete no he sentido nada.

– Es que tú vas a tener mañana una ocasión de resarcirte con creces y yo tendré que esperar un momento propicio, así que he tenido que imaginar que estaba con un hombre guapísimo, pero lo he conseguido. Menos es nada.

Darío llegó cuando Pete se impacientaba por cenar. Traía una cara que daba pena.

– Estuve andando por aquí

pero como no se ve lo que hay tras los muros, cuando por fin pasó un taxi le dije que dejara en el centro y he estado medio perdido todo el tiempo. Estoy muerto. Me vais a perdonar, pero en cuanto tome alguna cosa me acostaré.

Yo muy solícita le cogí por la espalda, con cierta fuerza, y le senté amorosamente en una silla ante la mesa.

– Dime que quieres y te lo traigo sin esperar el servicio. ¿Te apetece un vaso de leche caliente con un pastel? Te lo traigo yo misma. ¡No te muevas! -Y le di un buen golpe en la espalda.

Debo reconocer que aguantó bien. Apenas un movimiento. Se tomó la leche y se marchó. Después de una breve cena Pete también alegó que tenía sueño y nosotras pasamos a una salita.

– Este es mi refugio. Aquí no entra Pete, como yo no entro en su despacho, sobre todo cuando está reunido con alguna importante mujer de negocios. Nos sentaremos, beberemos y cuando hayamos alcanzado el suficiente grado alcohólico nos acostaremos junto a nuestros esposos. Pero no podemos tardar mucho porque mañana tenemos que ir a montar a caballo. Pete piensa que los nobles montáis a caballo constantemente.

– Darío creo que sabe montar, pero con la paliza de hoy no creo que esté para muchos trotes y yo, ¡no he montado en mi vida! Y no pienso comenzar ahora. ¡Espero no aburrirme demasiado!

– ¿Aburrirte? No creo. El lugar es muy agradable con mucha gente, de modo que a poco que te lo propongas hasta te puedes divertir.

Después de un par de copas subimos a nuestras habitaciones. Darío, contra su costumbre de dormir desnudo, lucía un completo pijama. Yo, para fastidiarle me acosté desnuda.

CAPÍTULO 18

Al día siguiente fuimos al club de campo. Algo muy selecto, como corresponde a estos lugares, solo aptos para millonarios. Me acomodaron en la cafetería, tras una cristalera desde donde les vi partir a los tres. Me dispuse a pasar las próximas dos horas lo mejor posible. Estaba pensando que esa cabalgada le costaría a Darío una enfermedad cuando se acercó me interrumpió una voz de hombre:

– Perdone mi atrevimiento, ¿es usted pariente de los Fenwood? Levanté los ojos. Era más o menos de mi edad, muy apuesto. Pensé: – He aquí un compañero para las dos horas.

– No. ¿Por qué lo pregunta? Señor…

– O”Casey, Mark O”Casey señorita…

– Señora López. ¿No quiere sentarse?

– Gracias señora López, además de guapa es muy amable.

– Mí nombre es Vanesa pero puede llamarme Van.

– Si me llamas Mark. Preguntaba lo del parentesco por iniciar una conversación.

– Pues ya la has iniciado. Pero te diré que somos amigos. Mi marido tiene negocios con el señor Fenwood y de ahí la amistad, que entre la señora Fenwood y yo es bastante fuerte. ¿Y tu, de qué les conoces?

– Mi padre y Peter tienen cierta relación y bueno, nos movemos por los mismos sitios.

– ¿Conocerás a los hijos de Pete?

– Conocerles, les conozco pero no tenemos amistad. Charly, es mucho mayor que yo y con Greg, que es de mi edad, no he congeniado nunca. Como te he dicho se trataba de hablar. Sinceramente, los Fenwood me la traen al fresco, excepto claro, Glinys, que es una mujer impresionante, aunque tú lo eres más.

– No tienes que disimular. Glinys es mi amiga y me halaga que la consideres impresionante porque sé, es decir estoy segura, que es más guapa que yo.

– Si yo fuera el señor López no te dejaría sola nunca, estaría siempre a tu lado admirándote.

– No existe el señor López y siempre es mucho tiempo. No podría soportar semejante tortura. Pero puedes admirarme todo el día si quieres.

– No entiendo eso que no haya un señor López. Antes has dicho que tu marido está con Peter. Pero por otra parte llevas la alianza en la derecha. ¿Estás o no estás casada?

– En España, no se toma el apellido del marido. Tenemos dos apellidos y al casarnos nos ponemos la alianza en la derecha pero no cambiamos los apellidos. ¿Sabes donde está España, claro?

– Exactamente no. Sé que está al sur de México pero no el lugar exacto.

– Ya. ¿Sabes donde está Irlanda?

– Por supuesto. Soy de origen Irlandés. Y tú también. Es una isla al oeste de Gran Bretaña, en Europa.

– Yo no soy de origen irlandés. Todos mis antepasados, que yo sepa son españoles, como ocurre con la mayoría de mis compatriotas, por lo menos en los &uacu

te;ltimos mil años. En cuanto a España, no está en América, está en Europa, al sur de Irlanda.

– No se puede meter la pata tantas veces en tan poco tiempo. Estoy avergonzado. Desearás que me marche.

– En absoluto. No tienes la culpa que en las escuelas solo se enseñe geografía, historia, costumbres y demás de vuestro país y no se enseñe nada de los demás, de modo que no considero que hayas metido la pata. Has actuado como muchos americanos. Y como te levantes de la mesa sin mí, te perseguiré. Te voy a obligar a que me admires, por lo menos hasta que llegue mi marido que será como cuando suenan las doce en el cuento de Cenicienta.

– Eres muy amable.

– No es amabilidad. Por cierto, veo que llevas una alianza en la izquierda, eso supone una señora O”Casey. ¿Dónde está?

– No lo sé. Y tampoco me importa mucho. Hacemos nuestra vida y procuramos no meternos en la del otro. Fue un error casarnos y no podemos hacer nada.

– Podéis divorciaros. Siempre es mejor que no soportaros.

– Los irlandeses no nos divorciamos y por otra parte nuestro matrimonio es de empresas, así que estamos como esos reyes que están casados para las ceremonias oficiales y para tener hijos.

– No creo ni la mitad de lo que me has dicho. Pero suena romántico y si querías impresionarme, lo has conseguido. Mi matrimonio es parecido, solo que yo no puedo hacer todo lo que quiera y durará hasta que mi marido se canse y se divorcie, sin dejarme nada, por supuesto. Para mi marido las mujeres se usan y se tiran. Por tanto dejemos que nuestras almas se refugien una en la otra hasta que el reloj dé las doce y se rompa el hechizo.

– Bebamos. ¡Por nuestras almas prisioneras del destino! La conversación siguió en ese tono entre serio e irónico humorístico. Así me enteré que trabajaba en la empresa familiar, de menor importancia que la de Fenwood, pero que les permitiría, si la economía seguía de forma natural, a su hermana y a él tener a sus familias en un confortable nivel de riqueza. Que las empresas de Fenwood no estaban todo lo saneadas que proclamaban.

– Ya antes del divorcio estaban en situación delicada, a Peter le gusta gastar más de lo que gana, pero el divorcio supuso un fuerte quebranto, por el efectivo que se llevó su mujer y porque alguna empresa pasó a manos del cretino de Charly, que lo único que hace es perder dinero y aunque Peter gana en las empresas que controla, el conjunto del grupo apenas reparte beneficios.

También me enteré de otros cotilleos sobre la alta sociedad del lugar, pero como no conocía a los interesados, ni me acuerdo. En determinado momento dijo:

– ¿Has visto las instalaciones del club, orgullo de la ciudad?

– Creí que no me lo ibas a preguntar nunca. Me gustará verlas, aunque no entienda de caballos. Porque supongo que mis amigos vendrán tan cansados que ni se les ocurrirá.

Seguimos con la conversación mientras caminábamos por las instalaciones, deportivas y de ocio. Por fin llegamos a la zona de caballerizas.

Los caballos estaban en cuadras individuales, con una amplia parte común techada, en los dos lados de una calle relativamente ancha. Me fue mostrando algunos ejemplares de gran calidad hasta que llegamos a una cuadra que abrió y me dijo:

– Contempla el mejor caballo que hay aquí. Fíjate que maravilla.

El caballo en sí era una belleza pero yo no le veía la maravilla por ningún sitio.

– Si tú lo dices. Ya sabes que no entiendo, pero si deduzco que este es tu caballo, por tanto es la pasión la que habla y no tú.

– Lo digo objetivamente. Es un appaloosa, tiene todas las características exigibles a estos caballos, buen carácter y hay lista de espera para las yeguas que ha de cubrir, ¿qué más se puede pedir?

– Ciertamente, nada. Lo de que todos quieran cubrir sus yeguas con este caballo es el índice más fiable de su calidad.

Cerró el establo después de acariciar al animal y continuamos hasta el final de la calle. Había otra calle igual. Hizo intención de seguir viendo caballos pero le dije que ya estaba bien y nos dirigimos a un edificio grande con aspecto de granero de película del oeste, rojo y todo. Abrió una pequeña puerta y tomó mi mano.

– Ten cuidado, no tropieces pues hay una cierta oscuridad.

Entonces pensé: -Ahora o nunca.- Le sujeté la mano, no fuera a soltarse al cruzar la puerta, entonces di un paso alejándome de él lo que le oblig&oa

cute; a dar un paso hacia mí, me volví y quedamos cara a cara muy cerca. Pasó el otro brazo por mi cintura y me atrajo. Inclinó la cabeza y buscó mi boca. Lo que encontró fue un volcán. El beso pareció eterno. Cuando nos separamos tuvimos que apoyarnos el uno en el otro. Desde luego no me habían besado así nunca.

Contemplé el lugar. Era un granero como supuse. Había un montón de sacos de grano y un montón de balas de heno. Mark tomó unos sacos vacíos y buscó un lugar adecuado en el heno donde extendió los sacos. Comenzamos la ceremonia de desnudarnos. Lo fuimos haciendo con una exquisita lentitud, besándonos por aquellas partes que iban quedando desnudas. Mark estaba en el séptimo cielo, como se dice y yo, yo estaba en el décimo, al menos, tanto que antes de descubrirme el pecho, ya tuve un orgasmo. Cuando me mordió los pezones creí morir.

Me desplomé sobre los sacos. Él me fue besando por todo el cuerpo hasta que me quitó las bragas. Se sorprendió ante la falta de pelo. Entonces atacó con furia. Grité. Al poco me dejó y cuando me recupere un poco ataqué yo. Su miembro parecía inmenso y sentí un deseo irrefrenable de chuparlo. Tuve que parar porque me volví a correr. Me deje caer boca arriba y sin darme tiempo a recuperarme me volvió a besar por todo el cuerpo.

Debí desmayarme porque de pronto estaba chupando mi sexo y mi cabeza estaba entre sus piernas. Tenía un deseo enorme de chuparlo pero no tenía fuerzas. Al cabo de una eternidad se dio la vuelta y le vi con intención de penetrarme. No podía hablar, me llevé la mano a la ingle.

– ¿Qué ocurre?

– Ponte una goma. -Apenas pude farfullar.

– No tengo gomas. No te preocupes me saldré en su momento.

– Tengo en el bolso. – Alargué la mano como pude y le pasé una.

Se la puso y me penetró. Fue un orgasmo largo, largo. Cuando terminó se dejó caer a mi lado.

– No creí que pudiera ser tan bueno. Te lo digo en serio. Ha sido el mejor polvo de mi vida. No necesito mentirte, pues probablemente no nos volvamos a ver, por eso debes creerme.

– También debes creerme si te digo que nunca había sentido algo tan intenso. Pero ahora hay que volver a la realidad y la realidad es que mi marido debe estar al llegar y me gustaría recibirle como una paciente esposa. ¡Vistámonos! Cuando llegamos a la cafetería estábamos bastante presentables, pedimos bebidas y nos pusimos a charlar.

– Tienes que venir a España. Esto hay que repetirlo. Cuando llegue mi marido os presentaré y os intercambiáis las tarjetas, de esta forma cuando vayas irás a verle a él y ya tendremos ocasión de hacer esto un par de veces.

– Yo me siento incapaz de repetir esto en menos de una semana. Iba a ser una estancia sospechosamente larga.

Así entre bromas nos terminamos de relajar. Entraron varios hombres en la cafetería. Uno de ellos al vernos se acercó y Mark se levantó y le estrechó la mano. El tipo era un ejemplar. Más guapo, si cabe, que Mark un poco mayor y con el pelo de un color oro viejo, pensé que no había derecho, en toda mi vida había encontrado un solo hombre así y en un rato conocía a dos.

– Ven. Quiero presentaros. Ella es la señora López, Vanesa López. Ella y su marido se hospedan en casa de los Fenwood de los que son amigos. Él es Hieronimus, soltero muy cotizado.

Le tendí la mano con miedo a que me temblara.

– Encantado de conocerla señora.

– Lo mismo le digo, pero llámeme Van.

– De acuerdo, Van, si tú me llamas Jerry.

– ¿No te sientas con nosotros?

– No quiero molestar, Van, por otra parte vengo con unos amigos.

– ¡Vamos siéntate! Ellos van a montar y tú, por la ropa, no. ¿Es que vas a aburrirte solo?

– Dices bien, Mark, ya que va a aburrirse, que se aburra con nosotros.

– No creo que pueda aburrirme en vuestra compañía. Pero tres es multitud.

– En este caso, definitivamente no. Estamos esperando a que llegue el marido de Van con los Fenwood.

– Sí. Mark es tan amable de aburrirse para intentar distraerme.

Pidió una bebida y continuamos con la charla intrascendente. A pesar de las bromas me enteré que Jerry era un brillante ingeniero, director de una fábrica de componentes electrónicos y que en unos años estaría en la cumbre de la empresa, en lo más alto de un rascacielos de Nueva York.

Apa

rte del gozo de la presencia de aquellos dos magníficos ejemplares del género masculino y su charla divertida, de rebote tendría la excusa perfecta ante Darío, ¿quien va a sospechar de una mujer que habla con dos hombres? Pero las cosas buenas son fugaces. Al poco aparecieron. Yo les señalé y Mark dijo:

– Parece que tu marido no se sostiene bien.

– ¡Pues es cierto! ¡Espero que no haya tenido un accidente! Al poco rato llegaron hasta nuestra mesa. Y en efecto, Darío venía hecho una pena. Apenas podía andar. Me tranquilizó el hecho que la ropa estaba tan impecable como siempre. Me levanté y fui a su encuentro.

– ¿Qué te ocurre? ¡Pareces destrozado! Pete intervino.

– Es culpa suya. Debió advertirme que no monta desde hace tiempo. No hubiéramos ido tan lejos. De todas formas, cuando me di cuenta de lo que pasaba le dije de llamar un coche para que volviera pero insistió en volver a caballo. No es grave pero las agujetas le durarán varios días. Intentaremos que sean los menos.

– ¡Tu maldito orgullo me dejará viuda! Ya estábamos junto a la mesa así que les presenté a todos. Pete dijo:

– Lamento mucho no poder quedarnos pero hay que llevar a este tozudo a casa y tratar de arreglar esto lo mejor posible.

Como no era cosa de perder la ocasión, dije:

– Cariño, dales a estos amigos tu tarjeta porque han prometido visitarnos.

De esta forma, en el bolsillo de Darío estaban las direcciones y teléfonos de aquellas dos fuentes de inmensos placeres. Ya en el coche, Glinys comentó:

– Parece que no te has aburrido. Son dos hombres guapísimos.

– Y muy amables. Me han aguantado todo el tiempo y encima han tenido fuerzas para bromear. Me duele la mandíbula de tanto reír.

Llegamos a la casa y fuimos a comer. Darío tomó líquidos preparados por Pete y se fue a acostar. Nosotros comimos y Pete alegó que tenía algo que hacer en la oficina antes que se marcharan los empleados y nos dejó. Glinys me dijo:

– Si no tienes sueño me gustaría charlar un rato.

– Vale. Pero quisiera cambiarme.

– Entonces subamos, también quiero cambiarme. Podemos vernos en mi habitación o en mi salita.

– Prefiero en la salita. Tomaremos café.

– Puedes bajar en bata, si quieres. Daré órdenes que lo preparen.

Me puse una bata sobre la ropa interior y bajé. La salita era el único sitio de la casa al que Glinys podía llamar suyo. La había decorado ella y se notaba que allí no entraba ningún hombre. Un sofá y dos cómodos sillones frente a un televisor al que acompañaban toda clase de equipos electrónicos y una mesita en medio era el mobiliario principal. Luego estaban lo múltiples detalles que hacían de la habitación un refugio de mujer. Al poco llegó Glinys también en bata y una doncella con el servicio de café. Cuando se marchó, nos sentamos en el sofá y Glinys dijo:

– ¿Qué ha pasado en el Club de Campo? ¡Y no me digas que nada! ¡Hueles que apestas! ¿Tanto deseas a esos dos que has estado soltando hormonas todo el rato? Si no llega a ser por lo de ayer, Pete te habría violado en el coche.

Pensé divertirme un rato.

– Te aseguro que en la cafetería no he pensado demasiado en lo que podría hacer con ellos. En un momento pensé que era la primera vez en mi vida que tenía dos hombres tan apetecibles a mi alcance pero, fundamentalmente, me concentré en la conversación que, te aseguro, fue de lo más intrascendente.

– ¡Pues no lo entiendo! Tienes un olor tan intenso que me estoy poniendo húmeda y me están entrando ganas de saltar sobre ti.

– Bueno te contaré lo que pasó. Primero conocí a Mark y luego, mas tarde, se acercó Jerry y me lo presentó Mark.

– Eso no es decir gran cosa. Cabe en lo posible que primero se acercara uno y luego el otro.

– Es que te lo he dicho todo. No hay más.

– No has dicho nada, que no supiera.

– He dicho que conocí a Mark. Lo que ocurre es que no te enteras. Le he conocido en el sentido bíblico.

– ¡Ah! ¡Zorrona! Conque era eso. Ya decía yo que olías. ¡Cuenta! ¡Cuenta! Le conté el asunto. Tuve que darle detalles. Cuando no hubo más detalles dijo:

– Ha sido de lo más romántico. Tengo que hacerlo sobre el heno con Mark.

– Pero no sobre ese heno. Allí te conoce mucha gente y por otra parte lo bueno del asunto fue la espontaneidad. Si lo hubiera preparado

no hubiera salido tan bien.

– Dime una cosa ¿tan grande la tiene?

– Entonces me lo pareció, ahora que lo veo fríamente, creo que es normalita, tirando a pequeña. Pero lo que importa es lo que sientes en el momento. Creo que me está entrando sueño. ¿No te importa si cierro los ojos un rato?

– En absoluto. Sube y échate.

– Prefiero aquí en el sofá. No me importa si pones la televisión.

– No. Subiré a mi habitación y descansaré un rato, no sé si dormiré. ¡Hasta ahora! Al rato me despertó y subimos a arreglarnos. Me puse la ropa más sexy que pude encontrar con idea de animarme yo misma más que de animar a Sam. Por el camino me dio instrucciones de como lo haríamos.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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