GLINYS VII.

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CAPÍTULO 14

Le dije a Glinys:

– Hay algo de tu historia que no me ha quedado claro del todo y me gustaría que me contaras.

– Lo mismo me pasa a mí. Hay algo misterioso en tu vida que quiero conocer.

– Ahora no es el momento y sobre todo no es el lugar. Cuando nos veamos en América te prometo que te lo contaré. Pero sí quiero que me cuentes algo. No tiene mayor importancia pero redondeará tu historia.

– Vale, ¿qué es?

– Verás. Doy por sentado que Penny, ¡estoy deseando conocerla! Es estrictamente homosexual, es decir que nunca, o al menos, muy pocas veces ha estado con un hombre. Ella solo mujeres. Nosotras preferentemente hombres y en contadas ocasiones, alguna mujer. Vamos, que en mi caso no me imagino con otra que no seas tú y tal vez Penny, pero cuando la conozca lo sabré. Tú, lo mismo, hombres y excepcionalmente alguna mujer, Penny, yo y alguna otra.

– Ninguna más. Si la hubiera te lo diría. Pero si ya lo sabes ¿qué te voy a contar?

– Tranquila. Sigo con mis deducciones. Está claro que fue Penny quien te inició en esto y lo sé, no porque me hayas dicho que solo Penny y yo, sino porque tal como me has hablado de ella, no podía ser otra. Todo eso lo sé desde que me contaste tu historia e hicimos el amor porque esto es lo más parecido a hacer el amor que he hecho en mi vida. Lo que quiero saber, es ¿cómo lo descubriste? Y ¿cómo te convenció para que lo hicieras?

– Descubrirlo, lo que se dice descubrirlo fue una cosa paulatina. Hacerlo me pilló de sorpresa. Como te pasó a ti y como creo que le pasa a las que no se han planteado nunca la posibilidad. Verás…

La cosa fue paulatina, en los entrenamientos para convertirla en una dama, tenía que cambiarse de ropa mucho, entonces se producían pequeños roces, toquecitos, piropos, en fin, lo normal, cada vez los toquecitos fueron en partes más íntimas, al principio lo consideró normal, pero al tiempo consideró que eran intencionados, avalada la suposición por la presunta homosexualidad de Penny y por las miradas que sorprendía. Se planteó dejarlo pero no había nada tangible que lo justificara, no podía decirle: "Penny tú lo que quieres es llevarme a la cama y no estoy dispuesta a eso, así que mejor cada una por su lado". De modo que dejó pasar. Cuando la animó a meterse en la cama con el ejecutivo visitante, desechó los pensamientos y cuando le presentó a Sam, más aún.

De todas formas, las caricias habían aumentado solo que no se daba cuenta. Hasta eran agradables, sobre todo después de un día frustrante. Era muy gratificante sentarse como estábamos nosotras en aquel momento, apoyar la cabeza sobre su hombro y descargar las tensiones. En aquellos momentos agradecía que le pasara la mano por los muslos o el cuerpo, y la besara en la cara o en el cuello, hasta sentía un ligero cosquilleo en el vientre. Su mente se negaba a reconocer que el cosquilleo era excitación sexual, consideraba que era solo una forma de relajarse.

La música era otra disciplina que trataban. Le enseñaba música de forma completa. Ella pensaba que con saber de memoria algunas canciones bastaba pero Penny insistía que debía hacerse bien, aunque fuera poco, pero bien. De modo que tres días después del segundo encuentro con Sam y después de una sesión de vestuario y movimientos, estaba sentada ante el piano, ensayando una pieza muy simple y con una bata y las bragas como única ropa.

Penny, que vestía únicamente una camisa de hombre varias tallas mayor y muy abierta como era frecuente, se acercó por detrás y le puso las manos sobre los hombros, tal y como había hecho muchas veces.

– ¿Te acuerdas de Sam?

– Claro. Le vi el otro día.

– No me refiero a eso, me refiero si recuerdas lo que hicisteis y te excitas.

– ¡Ah! Eso. Pues de vez en cuando, pero tengo poco tiempo, cuando me acuesto pero me duermo enseguida. No llego a excitarme. ¡No tengo tiempo!

– Estás demasiado ocupada, pero no hay más remedio.

Había comenzado a darle masaje sobre los hombros, primero sobre la bata, luego la apartó y lo hizo sobre la piel.

– Es cierto. Si quiero aprender lo que por mi edad debería saber, tengo que sacar tiempo de donde no tengo. Lo que siento es que tú tampoco estás sobrada.

– No importa. Hacer esto me hace sent

ir bien, aparte de la amistad, claro. Casi tendría que pagarte yo por permitirme hacer algo que pocas personas tienen oportunidad. Pero háblame de Sam, cuéntame como te sientes en sus brazos, casi es tan importante recordar como hacer las cosas.

– No se puede contar. Lo que siento con Sam es indescriptible, sus caricias… ¿Cómo puedo describirte sus caricias? ¡No puedo!

– No importa, siéntelo, recuérdalo, vuelve a vivirlo.

Penny le susurraba y seguía con el masaje, que se había convertido en caricias cada vez más amplias, ya bajaban sus manos hasta el escote.

– ¡Oh! Penny, es intenso, tengo los pezones duros y creo que estoy húmeda.

– ¿Que sentiste cuando chupó tu sexo?

– ¡El éxtasis! Sentía un placer inmenso, se me nublaba la vista.

Penny la había besado en la base del cuello varias veces y sus manos le acariciaban los pezones con suavidad. Ni se daba cuenta. Tenía los ojos cerrados. Penny la tomó con cuidado y la levantó, ella se dejó hacer. Penny siguió besándola en el cuello y luego bajó a los pezones. Cuando la besó en la boca, correspondió a su beso. La mano de Penny acariciaba sobre las bragas, ella estaba apunto de estallar. Su mano fue a la entrepierna y acarició, ni se dio cuenta que no estaba lo que debía estar. El orgasmo la sorprendió por lo rápido que le llegó. Se estremeció con fuerza y Penny arreció su ataque. Cuando se le pasó abrió los ojos.

Cuando pudo enfocar, vio la cara de Penny que le sonreía, entonces comprendió lo que había ocurrido. Se tapó la cara.

– ¡No es posible! ¡Me has engañado! ¡No esperaba esto de ti! Penny intentaba calmarla. Pero cada vez estaba más furiosa.

– ¡Me has hecho creer que eras mi amiga para abusar de mí! ¡Cómo puedes ser tan retorcida! Con mucha calma le dijo:

– Quedamos en que te instruiría en todo. Esto es parte de ese todo. Y desde luego lo has hecho fatal. Has perdido el control a las primeras de cambio. ¡Eso no lo debes hacer nunca! ¡Nunca se pierde el control! Hay que repetirlo un montón de veces hasta que salga bien.

No se esperaba esto. Se quedó con la boca abierta.

– ¿Te crees que porque en las películas se ven seductores machos, en la vida ocurre lo mismo? Pues te equivocas, hay seductores machos y seductores hembras y tienes que estar a la altura de lo te pidan. Recuerda que una mujer rechazada es terrible y más si no quiere que se sepa que le gustan las mujeres.

– Pero a ti te gustan las mujeres. Tú tenías gana de hacerme el amor.

– Eso ahora no importa, lo que importa es que has perdido el control. Que tendrás que repetirlo hasta que lo hagas bien.

Glinys dudaba, la furia había pasado y estaba asimilando la situación. Con voz titubeante se agarró al último asidero que le ofrecía su mente:

– Pero me has engañado.

– No pensarás que podía decirte: Glinys cielo, vamos a practicar lesbianismo. ¿Qué habrías hecho? ¡Te lo diré! Salir corriendo. Y ahora te pregunto ¿donde esta el problema?

– Pero es que tú eres una mujer.

– Claro que soy una mujer. Cuando alargaste la mano y me acariciaste quedó bastante claro ¿no? Podías haber parado. ¿Por qué no lo hiciste?

– ¡No Podía! No sabía lo que hacía.

– ¡Claro que lo sabías! Lo que ocurre es que estabas disfrutando, en ese momento te daba igual. Reconoce que has gozado y que te ha gustado. ¡Se sincera! Se lo pensó durante un rato y al final bajando la cabeza dijo con mucho esfuerzo:

– Es cierto. Me gustó. ¡Pero no puede ser!

– ¿Por qué?

– Tú eres lesbiana, es natural que encuentres agradable esta situación. A mi me gustan los hombres. Se supone que me deben repugnar las mujeres.

– Exacto. Se supone. Luego lo pruebas y te gusta. Y entras en un conflicto mental. Y no hay conflicto. Lo que tú has hecho conmigo, es tan repugnante como lo que has hecho con Sam.

– ¡No digas tonterías! Lo de Sam es muy agradable y normal.

– ¡Ya salió lo normal! Y esto ¿no ha sido agradable? Yo también lo hice con Sam.

– ¿Tú? No te creo.

– Sabes que no miento y menos a ti. Yo tenía gana de ver lo que era un hombre, así que se lo planteé a Sam. Él aceptó por aquello del morbo. Fue bueno. San disfrutó y yo no lo pasé mal. Según tus pautas eso estuvo bien, porque fue entre hombre y mujer. Pero yo no disfruté tanto como tú lo has hecho.

– Sam no es

taría en forma.

– ¡Tonterías! Sabes que San es magnífico y conmigo lo estuvo, pero lo mío no son los hombres. Sam es un buen amigo, si me lo pide otra vez, probablemente acepte. Aunque no sea lo mío lo pasaré bien.

– Pero si no te gusta…

– No he dicho que no me guste, simplemente que lo mío son las mujeres y no estoy en contacto permanente con Sam, ni es un amigo al que voy contando mis penas, es un amigo del club. La situación es algo distinta. Nosotras somos amigas íntimas, compartimos muchas cosas. Compartamos lo único que nos faltaba. ¿No nos queremos? Pues hagamos el amor.

– Tienes una forma de ver las cosas…

– Lo tuyo son los hombres. Pero si se presenta pasarlo bien con tu amiga, ¡pues lo pasas! A parte del placer, es la expresión física de lo que siente tu espíritu. Le das a tu amiga todo tu amor. Tú eres mi amiga, Cris es mi amante. La quiero, compartimos cosas, pero no es mi amiga, no tengo la intimidad que tengo contigo, por ejemplo, le he contado que te estoy enseñando a ser una dama, pero ni le he dicho ni le diré sobre los planes de futuro que tienes. Eso son confidencias entre amigas que no tiene por qué participar una tercera.

– Tampoco me has contado cosas de Cris.

– Tampoco hay mucho que contar. No te podía decir que Cris es mi amante, porque hubieses corrido y aparte de la cama, que no le voy a contar a nadie, poco hay que contar, ya te he dicho que Cris no es exactamente mi amiga.

Para entonces se habían sentado en el sofá y hablaban con las manos cogidas. Sin darse cuenta juntaron las cabezas.

– Yo lo resumiría en que nos queremos, como amigas, no hay más. Por lo menos por mi parte. Para eso ya tengo a Cris. Y si nos queremos no veo por qué no podemos expresar nuestro cariño de una forma placentera.

– Pero me has engañado.

– ¡Y dale! Solo ha sido una forma de romper el hielo y que te dieras cuenta que la ternura que sentimos no puede quedar en meras palabras ¿qué problema tiene que te dé un beso? Así. O así.

Le fue dando besitos y ella aceptándolos. Le metió la mano en el escote, ella se dejó hacer. Cuando la besó en la boca correspondió, primero con timidez, después con pasión.

– En la cama estaremos mejor. El camino se hizo eterno. Fueron quedando las prendas sobre el suelo, como marcando la ruta. En un intermedio de su pasión bajaron a comer algo. En la cocina Penny le explicó.

– Lo que te dije que te puedes tropezar con mujeres que quieran tus favores no fue por hablar. Hay más de las que te figuras y pueden ser muy peligrosas, como te dije. Hace cosa de un mes, recordarás que vino una visita importante y fui a la recepción con los demás ejecutivos. Allí nos presentaron a una pareja. Él era presidente de un montón de empresas y ella su tierna esposa, una pareja ideal. Cuando cruzamos nuestras miradas me di cuenta que era de las mías.

– Yo no me daría cuenta ni en un millón de años.

– Los homosexuales, hombres y mujeres tenemos un sentido especial para identificar a los nuestros. Ni que decir tiene que me pasé toda la recepción evitándola.

– ¿Y qué problema tenía haber charlado con ella?

– ¡Tienes tanto que aprender! La señora no era mi tipo, no necesito eso para mi trabajo, tengo fama de lesbiana pero nadie lo ha demostrado, con lo que todos están en la duda y eso hubiese sido infidelidad para Cris.

– Ahora estás siendo infiel con Cris.

– No. Nosotras somos amigas. Y esto es expresar nuestra amistad de otra forma. Con aquella mujer hubiese sido sexo puro y eso no se lo haré a Cris. Si hubiese aceptado sus galanteos, hubiese tenido que ir a la cama, que como te digo no me apetecía o recibir su venganza. Imagínate, que le descubras tu pasión a una inferior y que te rechace, ¡si eso se sabe! Entonces se le da la vuelta, ahora es una digna ama de casa requerida de amores por una mujer. No hubiese necesitado mucho para desprestigiarme y el despido hubiese sido fulminante. Y volvemos a lo de siempre ¿donde encuentro trabajo con estos antecedentes? En las películas, sobre todo las de televisión, siempre hay un protagonista de los nuestros, pero en la vida real, sólo servimos para el espectáculo. A menos que seas un genio imprescindible, que no es mi caso, nadie te da trabajo.

– Pero yo no sé detectar esos casos.

– No lo necesitas. Todo el mundo sabe que eres heterosexual, si alguien te solicita sabe a lo que se arriesga, por tanto la que lo haga lo hará sabie

ndo que no puedes negarte. Será desagradable, pero al menos, que no sea traumático. ¡Además! ¿Por qué desagradable? Puedes disfrutar y sacar beneficios económicos.

Lo hicieron en la cocina. Luego en el dormitorio. Toda la noche.

Cuando terminó la historia, Glinys hizo una pausa. Luego me dijo:

– Me doy cuenta que tú aceptaste la situación con mucha facilidad.

– Las europeas somos más abiertas. Tú te criaste en un ambiente puritano.

– No importa, por muy abiertas que seáis las europeas se tarda bastante en aceptar ciertas cosas. Sigue estando eso de tu pasado que no acabas de contarme. ¡Sí! Ya sé, en América me contarás tu historia.

– Me queda otra pequeña duda. ¿Si eres heterosexual, cómo te metiste en mi cama? Porque entonces no teníamos esta confianza que tenemos ahora.

– Fue tu olor, tu glorioso olor. En los toros estuvimos juntas y entre la excitación de la corrida y tu sudor, entonces no identifiqué lo que era, me puse tan excitada que no me paré a pensar las consecuencias y el chico era una delicia. Después de eso me quedé tranquila, pero por la noche estuvimos juntas otra vez, a los diez minutos ya tenía las bragas húmedas, tenías que ser tú, por eso decidí jugármela y contarte lo que te conté. Era vital que me tuvieras confianza si no ¿cómo iba a tener la necesaria proximidad? Te puedes imaginar la noche que pasé junto a Peter, poco dormir y mucho soñar, unas veces pesadillas y otras sueños eróticos que me mantenían mojada. Peter ni caso, si Peter se hubiese dignado cumplir con su obligación probablemente no hubiera pasado nada, entonces, porque eso tenía que pasar, era inevitable, así que pasó, ya sabes como. ¿Tienes alguna otra curiosidad?

– No y aunque la tuviera habría que dejarla para otra ocasión, entre otras cosas porque se está haciendo tarde. Despertemos a los durmientes y vistámonos.

Nos pusimos en pie.

– No sabes cuanto te echaré de menos.

La besé. Me devolvió el beso y dijo:

– Menos que lo que te echaré yo a ti.

Mientras Darío se despertaba me di una ducha rápida. No era cosa de meter mi olor en el coche. Estaba muy cansada y a Darío le podía dar esa noche por hacer algo, que en buena lógica no podría hacer hasta pasados varios días. Necesitaba dormir y al día siguiente no tenía excusa para no ir al despacho, aunque no tuviera nada que hacer.

Nuestros invitados se dieron prisa y a las seis y cuarto salíamos en dirección al aeropuerto y a las seis y media les sellaban los pasaportes. En esa época, había que sellar los pasaportes para ir a París, pero al ser un avión privado y tratarse de Darío, se hizo como a la llegada y pasamos hasta la pista sin ningún problema.

Ellos se adelantaron con el equipaje y nosotras les seguimos cogidas del brazo. Había cierta diferencia con la llegada. Glinys vestía de una forma sobria. Le dije al oído:

– Dime, ¿Penny y tú lo hacéis todos los días?

-¡Que disparate! Lo hacíamos de vez en cuando. Desde que me casé, como nos vemos muy poco, lo hemos hecho una sola vez. Ni yo estoy muy dispuesta, ni ella; recuerda que tiene una pareja fija. ¿Por qué lo preguntas?

– Simple curiosidad. Nosotras hemos salido a dos veces diarias.

– Pero es que lo necesitábamos. Teníamos la limitación del tiempo. Con Penny tengo todo el tiempo y ella está sentimentalmente contenta, de modo que no necesita seducirme.

Legamos junto al avión. Nos separamos. Pete vino hacia mí, sacó un pequeño estuche y me lo dio.

– Esto es un pequeño recuerdo para agradecerte las atenciones que has tenido con Glinys y conmigo.

Era un juego de pendientes y sortija con una preciosas esmeraldas montadas en solitario sobre un fino soporte de oro.

– Pete, ¡es de un gusto insuperable! No tenias que haberte molestado, para mi ha sido un verdadero placer -hice una pausa imperceptible- atenderos como os merecéis, siento no haber podido hacer más.

Mientras le decía lo de haberse molestado me ponía la sortija, por si acaso se arrepentía. Por fin tenía unas joyas de calidad a las que pudiera decir mías y no le iba a permitir arrepentimientos. Una vez colocada cada pieza en su sitio se las mostré a Darío.

– Mira, cariño ¿no es un sueño? La cara que puso, valió para mi más que las joyas o ¿es que pareció ver s

obre su cabeza la cornamenta de un ciervo? Me lancé sobre Pete y le abracé dándole dos sonoros besos en las mejillas.

– ¡Te lo agradezco tanto! ¡Eres un sol! Sabes como hacer feliz a una chica.

Y el muy sinvergüenza, mientras le abrazaba me acarició el trasero. Darío no se dio cuenta, afortunadamente, porque estaba detrás de Pete y nuestros cuerpos tapaban la mano alevosa, pero Glinys que estaba mas cerca se percató aunque no dijo nada.

Darío se acercó a Glinys y le daba otro estuche.

– Llévate un recuerdo de tu estancia entre nosotros, sea el agradecimiento a los inolvidables momentos en tu compañía. Para Van y para mi, sois lo mejor que nos ha pasado en mucho tiempo.

Era un juego de brazaletes de oro, de estilo como árabe. Darío le ayudó a ponérselos, uno de dos vueltas con una voluta, por encima del codo y otros dos, aros simples en la muñeca.

– No sé que es más bonito, sí tus palabras o tu regalo. Pete, ¡no es precioso! Sin esperar la opinión de Pete se lanzó a su cuello y le estampó dos sonoros besos. Darío hizo lo mismo que Pete, le acarició el trasero. Yo había retrocedido un par de pasos y pude apreciarlo pero Pete se había quedado y no se dio cuenta. Glinys retrocedió un tanto bruscamente, como por reflejo. Antes de separarse del todo rectificó el gesto y se separó más suave. Nos juntamos los cuatro y estuvimos conversando de trivialidades hasta que el piloto se asomó y dijo que era hora de embarcar. Nos despedimos y mientras cerraban la puerta y ponían en marcha los motores retrocedimos hasta cerca del edificio desde donde les vimos despegar. Luego volvimos lentamente hasta el coche.

Por el camino me concentré en mis reflexiones.

– Te noto muy pensativa. -Comentó Darío.

– Es cansancio. Tú has echado siesta estos días pero yo he tenido que aguantar a Glinys.

– Hablas como si te cayeran mal.

– No. No es eso… Bueno. ¿Te soy sincera?

– Por favor.

– Glinys parece una buena chica pero no llegamos a conectar. Digamos que es soportable… Un rato o dos, pero no tres días.

– Pero Pete…

– Bueno. Pete es muy machista. A veces le pegaría. ¿Qué se cree que somos las mujeres? Seguro que será racista y todo.

– ¡Que tonterías dices!

– Sí. Seguro. Los caballos, las mujeres, los negros, los indios, los asiáticos y demás razas lejanas y en la cima, ellos, los W.A.P.

– Estás desbarrando. Te aseguro que Pete no en absoluto racista. Tiene un ejecutivo negro y eso en una ciudad con una mayoría abrumadora de blancos, anglosajones, protestantes, tus W.A.P., habla a las claras que el racismo no va con él. Le conozco hace tiempo y eso se nota. En fin, te diré algo un tanto delicado, ha tenido aventuras con mujeres de todas las razas. Y con esto me gustaría que no pensaras que Pete, engaña a Glinys, pero bueno, su anterior matrimonio estuvo mucho tiempo roto y… bueno tú sabes que los hombres necesitamos ciertas cosas.

– Que Pete haya tenido aventuras no me afecta, me afectaría si las tuvieras tú. Los cuernos de Glinys me afectan poco aunque siempre es doloroso ver como se engaña a una persona.

– Entonces, ¿tú no le dirías nada si supieras de alguna aventura de Pete?

– Por supuesto. ¡Hasta ahí podíamos llegar! No me considero su amiga y por otra parte en mi pueblo dicen que el que se mete en un matrimonio es el que pierde. Al final los esposos se reconcilian y acusan al entrometido de mal amigo y de querer romper su maravillosa familia. ¡No gracias! Si fuera mi hermana me lo pensaría, pero una conocida, ¡vamos anda! ¡Ni loca!

– O sea que Pete está seguro contigo.

– ¡No te salgas del tema!

– ¿De qué tema?

– Intentabas convencerme que Pete no es racista porque se acuesta con negras. Es lo más ridículo… iba a decir que he oído esta tarde y perdona pero llevas todo el rato diciendo ridiculeces y no te ofendas.

– No me ofendo, pero explícame ¿por qué es ridículo?

– Vamos. No te hagas el tonto. Tú eres más culto que yo. Que digo. Eres muchísimo más culto que yo. No me irás a decir que no conoces la historia de la esclavitud en América.

– La conozco. Pero no veo la relación.

– Es muy fácil. Los plantadores se acostaban con las esclavas. Incluso a sus hijos mulatos los anotaban en los libros junto a los caballos, como una propiedad más. Así que el hecho de acostarse con una negra, no significa qu

e no seas racista. Busca otro argumento.

– ¡De acuerdo! ¿Te basta mi palabra?

– Vale. ¡Acepto tu palabra! Mientras no se demuestre lo contrario pensaré que no es racista.

– Lo dices como haciéndome un favor.

– En absoluto. Tu palabra es suficiente para mí. Sabes que siempre la he aceptado, porque tú nunca mientes. Por eso acepto tu palabra. Pero ¿y si estás equivocado? Puede haber una remota posibilidad. No voy a abrir una investigación al respecto pero sabes que siempre me gusta dejar un resquicio de duda.

– ¡Mujeres! No quise contestarle. Darío siempre tiene que tener la última palabra y estaba algo irritado. Volví a mirar al vacío pero llegamos a la casa. Después de cenar vimos algo la televisión y subimos. Nos acostamos y Darío me dio la espalda. Mejor. Era el digno final del fin de semana que produjo otro cambio importante en mi vida.

Al día siguiente me vestí de ejecutiva y luciendo el regalo de Pete.

– Parece que te ha gustado el regalo.

– No olvides que es completa y absolutamente mío.

– Tranquila, no está en el inventario.

Si esperaba alguna palabra fuerte se quedó con la gana, siempre dice la última. Hasta que se me inflaron las narices, pero esa es otra historia.

A media mañana dejé el despacho y fui al centro. A la joyería, concretamente.

Me atendió el dueño.

– En efecto recuerdo al caballero. Estaba comiendo cuando tuve que cambiar lo que compró por otras joyas de más valor. De no ser amigo de don Darío no hubiese aceptado.

– Por eso no se preocupe. Le pagara como le pagara, es dinero.

– Me pagó con tarjeta platino. Es la primera que veo.

– Entonces es dinero.

– No sé si será correcto que le diga el precio.

– No le pido el precio del collar que me regaló mi marido, ni del collar que le regalo el caballero a su esposa. Le pido el precio de este regalo. Le explicaré. Es el pago al hospedaje en nuestra casa, quiero saber hasta qué punto se han ido contentos.

– Siendo así… Ese conjunto vale algo más de doscientas cincuenta mil pesetas.

-¿Y los brazaletes?

– ¡Me pone en un apuro!

– ¿Cuánto? ¡No se haga de rogar tanto, hombre!

– Ciento cincuenta mil.

– Me parece correcto. Muchas gracias.

Era agradable saber que cobré lo que una puta de máxima categoría. Glinys también era considerada de máxima categoría, lo que pasa es que Darío es bastante tacaño.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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