GLINYS VIII.

¡Comparte!

CAPÍTULO 15

En octubre llegó el momento de devolver la visita. La nuestra iba a ser algo mas larga. Abarcaría de jueves a lunes. Pero como a la ida y a la vuelta pararíamos en Nueva York, la estancia en América en sí duraría una semana completa o más y el viaje se aproximaría a las dos. Eso me causaba una gran satisfacción pues saldría de la mortal monotonía en la que estaba y podría darle un buen mordisco a la tarjeta y hacerme con un vestuario un tanto exótico. Sin contar, desde luego, con los atractivos que me esperaban en nuestro destino final.

Nuestro destino era naturalmente la ciudad donde vivía Peter y el objeto del viaje era uno de los negocios que hacían él y Darío. Naturalmente el que yo fuera era una cuestión totalmente anecdótica e irrelevante, aparentemente, pues seguro que Peter le había insistido para que no fuera sin mí y él me utilizaría como excusa para meterse en la cama con Glinys. Claro que todo esto coincidía plenamente con los planes trazados por nosotras, con lo que cada uno de nosotros podía afirmar que todo iba según sus deseos.

Por las referencias, debía ser una anodina ciudad del Medio Oeste sin ningún interés turístico, con una serie de fábricas, oficinas, etc. con algún museo local sin ningún interés para mí aunque, sin duda, lo tendría para los nativos. Claro que mi entusiasmo no provenía del deseo de visitar monumentos ni museos, mi interés radicaba en visitar camas, cuantas más mejor, y Glinys me había prometido las mejores. Cierto que estaba la de Peter pero era un mal trago con una buena compensación o al menos eso me prometió Glinys.

Darío fiel a su tacañería me habló de comprar una joya parecida a la que le regaló antes en su joyería habitual. Naturalmente le dije:

– ¡Desde luego no tienes arreglo! Vamos a estar en su casa casi una semana y te presentas con algo inferior a lo que me regaló Peter por una estancia más corta. Van a pensar que eres un tacaño o mucho peor, que su hospitalidad es deplorable. Yo, por supuesto, no voy en esas condiciones.

– Puedo encargar algo más caro, pero tardará un poco.

– Podemos hacer algo mejor y no es que desprecie las joyas de aquí, pero ya que vamos a hacer escala en París, podemos comprar algo realmente a la última y que Peter no pueda igualar.

– ¿En cuanto estás pensando?

– En no menos de diez mil dólares.

– ¡Tu estás loca!

– Y mejor si son quince mil.

– Definitivamente ¡Estás de atar! ¡Quince mil dólares! ¡Que disparate!

– ¡A ver! ¿Cuánto costó lo que me regaló?

– Pues no sé, costaría unos cinco mil.

– ¡Qué barato compras! ¡Seguro que no bajó de ocho o nueve mil! ¡Y nosotros vamos a estar más tiempo y su casa nos va a parecer un auténtico palacio! Así que no me avergüences, ¡más cerca de los quince que de los diez!

– ¡Es imposible!

– Entonces ve tú solo. Así no tendrás que regalar nada.

– ¡Sabes que no puedo ir solo!

– ¿Y por qué no? Yo no voy a hacer ningún negocio. Solo voy de turismo.

– Bueno, no estaría bien. Nos esperan a los dos. Glinys estaría sola.

– Eso son tonterías. Glinys lleva sola todo el tiempo. Está en su casa.

– Nos han invitado a los dos. No quedaría bien, parecería que no nos llevamos bien.

– ¿Y no es cierto? ¿Acaso somos un matrimonio?

– ¿Qué insinúas? ¿Es que no vivimos juntos? ¿No vamos juntos a todas partes?

– Y dormimos juntos. Pero solo eso dormir y callar.

– Está bien. Tú comprarás el regalo. ¡Pero menos de diez mil!

– Menos de quince mil

– ¡De acuerdo! De esa forma pasamos un día en París haciendo turismo y comprando cosas. En realidad aparte de comprar un collar de más de catorce mil dólares me hice de un vestuario completo para presentarme ante los americanos.

De París a Nueva York en el Concorde y otro día de turismo y algunas compras, no mucho por el exceso de equipaje, pero muy satisfactorias. Darío, naturalmente me acompañó todo el tiempo y al ver las facturas estuvo al borde del infarto varias veces. La primera factura que le presentaron me dijo muy enfadado:

– Es un disparate. ¡No pienso pagar est

o!

– Cielo, no debes quejarte por esa insignificancia, tu pobre y abandonada esposa tiene que parecer la persona más feliz del mundo.

No supo que contestar y desde entonces se tragó la rabia cada vez.

Al día siguiente, aprovechando que nuestro avión saldría a más de las doce, dejé a Darío en el hotel y con la excusa de dar un paseo me abrí una cuenta en un banco de reconocida solvencia cuya sucursal quedaba cerca del hotel. En esa cuenta ingresé parte de mis ahorros por sí acaso. ¡Del mañana no se puede estar seguro! Y todos los economistas hablan de diversificar riesgos. Alquilé también una caja de seguridad donde guardé parte de mis joyas, que no eran muchas, entre otras y principalmente, el regalo de Peter al que debía acompañar el futuro regalo que esperaba. Todo naturalmente utilizando nombre supuesto, irlandés, lo que no despertó la menor sospecha en el empleado que hizo los papeles.

– Bien -me dije al salir- ahora ya puede buscar Darío el nidito.

El resto de la mañana fue como estaba previsto. El viaje relativamente confortable. Los vuelos domésticos, como los llaman los americanos, son algo incómodos aunque quizá no pueda pedir más por ese precio.

Naturalmente nos esperaban Peter y Glinys que nos abrazaron con una efusión extraordinaria. Darío, durante el abrazo, le tocó el trasero a Glinys pero yo maniobré de forma que mi espalda quedara a la vista de Darío. Peter se abstuvo de cualquier gesto no autorizado y eso me confirmó que ellos no estaban al tanto de lo nuestro y también que la desvergüenza de nuestros esposos era increíble.

En una espectacular limusina nos trasladamos a la no menos espectacular mansión de Peter.

Ya tenía referencias de esta casa pero al verla todo lo que pudiera haber imaginado se quedó corto. La calle de acceso era bastante amplia, con árboles grandes en las aceras, al llegar a un cierto punto desaparecieron las casas tipo chalé de dos y tres plantas y aparecieron muros de unos tres metros con portones enrejados. Evidentemente aquello correspondía a mansiones que ocupaban manzanas completas. Lo que se podía ver a través de los portones era el mismo arbolado que sobresalía por encima de los muros. El cuarto portón de la derecha se abrió cuando el coche se acercó y penetramos en el bosque. Junto al portón una casa y a su puerta un hombre con ropa como de jardinero que nos saludó. Seguimos por una carretera, por su anchura lo parecía debajo de árboles inmensos de un maravilloso color dorado, dimos una amplia curva y allí apareció una zona ajardinada y la casa.

Por la amplitud del jardín recordaba a los palacios franceses pero la casa era definitivamente americana, al estilo de las mansiones del Sur. Cuatro columnas sostenían el pórtico triangular y a ambos lados tres filas de ventanas. Era una mansión del Sur, pero más grande, colocada en un jardín francés. Antes de casarme con Darío la hubiese encontrado maravillosa, ahora después de mis estudios y de relacionarme con la aristocracia, la encontraba como falta de gusto, inconscientemente miré a lo alto del pórtico buscando el signo del dólar.

El interior no me sorprendió. Era lo que esperaba. Un inmenso vestíbulo con esculturas y cuadros, la magnífica escalera y la gigantesca araña en el techo. Si la casa fuera mía, lo sustituiría todo menos la araña y la escalera que por sí solas hacían del vestíbulo algo digno de contemplarse.

En un ascensor subimos al primer piso donde se encontraban las habitaciones de Peter y las nuestras y naturalmente, bastantes más. Según pude comprobar después, todas tenían un saloncito con chimenea y un dormitorio, con vestidor y baño. La decoración era de muebles antiguos, cuadros en consonancia y alguna escultura, todo brillante y como de exposición, solo les faltaba la correspondiente etiqueta con el precio de muchas cifras y naturalmente en dólares.

Debo reconocer que los sofás y demás muebles eran comodísimos así como la cama, muy amplia y con dosel, con sus cortinas de terciopelo y todo. En fin que era la casa de un millonario. Si Peter tenía los millones que insinuaba la casa, Darío era un pobre de solemnidad y eso me llevaba a la pregunta obvia: ¿Cómo un tipo así se había fijado en Darío para sus negocios? Darío se aseó primero de modo que cuando Glinys apareció para decir que Peter e

speraba abajo, Darío estaba listo y yo en albornoz.

– Creo que debo acompañar a Peter, no os importa, ¿verdad?

– Al contrario, debes acompañarle mientras me arreglo, nosotras bajaremos enseguida. Le acompañé a la puerta del saloncito y despidiéndole en el pasillo cerré el pestillo lo más silenciosamente que pude. Cuando llegué al dormitorio cerré la puerta y dije:

– Al fin solas. Y nos lanzamos la una a los brazos de la otra. Nos besamos y Glinys me quitó el albornoz mientras me besaba en el cuello y luego siguió con mis pechos. Yo intenté hacer otro tanto pero parecía que la ardiente mediterránea era ella y yo la fría nórdica. Por fin logré desabotonarle la blusa y acariciarle con las manos los pezones pues me tenía completamente bloqueada la cabeza.

Cuando por fin pude chupárselos, después de no poca lucha, le dije:

– ¡Para! Si seguimos así acabaremos en la cama y los hombres subirán a ver que pasa. Deja que te contemple. ¡Estás magnífica! Algo distinta, diría yo. ¿Es que te has hecho algo?

– Nada de cirugía, si es a lo que te refieres, un pequeño cambio de peinado y de arreglo de cara, poca cosa. Estamos en otoño y por otra parte he procurado dar la imagen de una señora, al contrario que cuando nos conocimos que era verano, por lo menos para mí, y quería dar la imagen de una jovencita entusiasta. Tú, en cambio, sigues dando la imagen de una aristócrata, bueno al fin y cabo lo eres.

– Sabes que no lo soy y con eso ¿quieres decir que me estoy marchitando?

– ¡De ninguna manera! Solo intento decir que estás como antes, más guapa, si cabe, más esplendorosa, más deseable, solo que más… como te diría más segura de ti, no sé si me explico.

– ¿Es que ahora no usas ropa interior?

– ¡Tonta! Lo he hecho en tu honor.

– Darío pensará que es en el suyo. También voy a prescindir de la ropa interior y me pondré una blusa como la tuya que transparente lo justo en "honor de Peter" a ver si nos hacen un buen trabajo.

Cuando bajamos nos esperaba una especie de refrigerio en el famoso saloncito de la piel de oso.

– He pensado que tendríais hambre y como aquí las comidas del medio día no se estilan he mandado que preparen algo para picar y que no tengáis hambre hasta la cena.

Con el "picoteo" que había sobre la mesa podíamos haber comido diez personas y hubiera sobrado. No me hice de rogar, ataqué con furia todas aquellas exquisiteces sin pararme a pensar que mi hospitalidad quedaba hecha unos zorros, si me pongo a pensar que en aquella mesa había mayor calidad y cantidad que todas las comidas que nosotros les dimos cuando vinieron a visitarnos no hubiera conseguido tragar un solo bocado. Pete continuó:

– Luego iremos a cenar a un lugar adecuado y después a ver un espectáculo y a bailar. Ya tengo hechas las reservas. Aquí no se estila pasear por las calles y por otra parte hace frío. Supongo que en esta época los españoles no pasearán por las noches.

– Tienes razón, si estuviéramos en nuestra ciudad el plan para esta noche sería el mismo. -Contestó Darío con esa melosidad que ponía cuando hablaba con Pete. Detalles de este tipo me ponían las neuronas a cien con preguntas como ¿qué tipo de beneficio espera sacar para portarse tan obsequioso? Y cosas así.

Glinys cortó mis pensamientos.

– Lo siento, querido, pero pensé que os encerraríais a trabajar y he hecho planes para nosotras. En concreto, estamos invitadas en casa de Penny a cenar, solo mujeres. Esta tarde pasaremos por la fábrica de Penny para que Vanesa la vea y se haga una idea de nuestras empresas y por la noche a casa de Penny. Claro que si ya has hecho las reservas puedo decirle a Penny que otro día iremos.

– Es que… bueno… no habrá mas ocasiones para ir de juerga y pensé que os haría ilusión.

– Pete comprendo lo que sientes -intervine- pero creo que es más sencillo anular las reservas que decirle a Penny que otro día será. De todas formas podemos llevar a Penny con nosotros y quedamos bien todos. Me horrorizan las descortesías, aunque sea para con un empleado incluso si este empleado te invita a la fuerza.

– ¿Cómo que a la fuerza?

– Por lo que me ha contado Glinys, lo mejor era que yo visitara una fábrica dirigida por una mujer y prácticamente la obligó a organizar la cena. No te sorprendas si la pone com

o gasto de la empresa.

– ¡Entonces mejor! Que venga Penny, incluso ahorramos dinero.

– No es tan sencillo -añadió Glinys- Creo que Penny iba a invitar a dos o tres amigas para conocerte, no sé si todas aceptarían venir ni si sería conveniente llevar a tantas invitadas.

– ¡No se hable más! Vosotras solo ponéis excusas para no venir, es igual, aprovecharemos Darío y yo las reservas.

– Bien querido. ¡Lo has logrado! Ahora me siento culpable de ir con Penny, de que os emborrachéis esta noche y que podáis tener un accidente. La velada con Penny va a ser un infierno. Si voy con vosotros me sentiré tan avergonzada por haber dado plantón a Penny que también será un infierno. ¡Bravo! Darío tuvo entonces una de esas intervenciones oportunas tan raras en él:

– La palabra dada es lo más importante. No podéis faltar a la cita. Eso es impensable. El honor lo primero. -Ya salió el aristócrata, pensé- Ya sé que puedes decirle a Penny que no vais y no pasará nada, al fin y al cabo es una empleada, pero precisamente el honor se demuestra más con los inferiores y por eso no puedes faltar y para que veas que te entiendo que no me importa y puedas disfrutar la velada plenamente aquí tienes este pequeño detalle como agradecimiento a vuestra hospitalidad.

Entonces sacó el collar y se lo mostró, primero a Pete, ¡faltaría más! Cómo diciendo ¡supera esta! Y luego a Glinys, que naturalmente dio los grititos que se esperaba. Darío muy gentil se lo puso y tomándola delicadamente de la mano la colocó delante de un espejo. Entonces explicó:

– De todas formas pensaba dárselo pronto, me pareció una tontería esperar al último día. Tenemos la suficiente confianza como para saltarnos el protocolo y así podrás lucirlo estos días y yo contemplarlo.

La joya era una cadena de oro con cinco diamantes, muy sencilla. Pete agregó:

– Yo también tengo algo para Van como recuerdo de vuestra visita.

Salió y volvió con otro collar que después de mostrárselo a Darío me lo puso y también me llevó hasta el espejo. Era más sencillo aún pero bastante mejor. Más que collar era un colgante, pues de una cadena de oro colgaba un magnífico brillante y agregó:

– Con esto quiero decir también que no me molesta en absoluto que vayáis a la cena con Penny, es más llevad los regalos y dadles un poco de envidia. Nosotros aprovecharemos las reservas y prometo que no dejaré que beba Darío.

– ¿Y quien impedirá que bebas tú?

– Yo. Naturalmente. -Agregó Darío.

Terminamos la comida y subimos a cambiarnos. Primero a la habitación de Glinys que se puso ropa interior, sujetador muy completo y una combinación negra y sin encajes, corta y muy escotada, tanto que resultaba ridícula sobre el sujetador. Encima la falda, la blusa de antes y una chaqueta larga y cerrada hasta el cuello aunque, de momento la dejó abierta. Un abrigo hasta los tobillos completó el atuendo. Ante mi mirada comentó:

– Esta ropa es la que vamos a necesitar pues sirve para ir por la calle y para la cena de esta noche. Ahora veamos que tienes en tu vestuario.

Nada parecido. Me puse el sujetador y sobre la misma blusa una chaqueta como las de hombre y un abrigo hasta media pierna.

Nos presentamos directamente en el despacho de Penny. Nos saludamos, nos contemplamos y nos valoramos. Definitivamente Penny y yo podríamos llegar a una buena amistad pero nada más. Glinys estaba entusiasmada con nuestro encuentro y creía que aquello funcionaría al ver nuestra charla animada. Ya habría tiempo de desengañarla. No era cosa de hablar de ciertos temas delante de la secretaria de Penny, asistente, como las llaman en América, que trajo las bebidas y se quedó en la tertulia.

Aprovechando una salida de la asistente, Glinys me dijo:

– ¿Realmente te interesa ver la fábrica?

– En absoluto, no me interesa ni siquiera saber lo que fabricáis. Lo de ver el emporio de Pete era la excusa para venir a conocer a Penny en su ambiente porque en su casa será distinto. Y sinceramente, estoy aprendiendo mucho de la forma de actuar, que me servirá para mi labor de directivo de la empresa de Darío.

Una salida tan tonta como otra cualquiera. No me iba a meter en la cama de Penny sin conocerla antes. Y había acertado plenamente pues tenía claro y creo que Penny también, que no lo íbamos a hacer.

Antes de las cinco nos despe

dimos hasta las ocho en casa de Penny y fuimos al centro comercial de la ciudad. Dejamos el coche en un subterráneo y Glinys me informó:

– Desde aquí se accede a ese club del que te hablé y al que vendremos mañana o pasado, ahora vamos a ver tiendas e incluso a comprar algo pues esa será la justificación que daremos cuando vengamos al club. De momento necesitas algo especial para Penny y sé donde encontrarlo.

– Mira, debes saber una cosa, no me voy a meter en la cama con Penny y creo que ella tampoco desea hacerlo conmigo. -Y ante su cara de estupor, continué- Estas cosas se notan al primer golpe de vista y tanto ella como yo lo hemos notado. Los homosexuales tienen un sentido especial para ello y yo también.

– Pero tú no eres lesbiana, ¿cómo puedes saberlo?

– Lo sé. Alguna vez te contaré como, ya te lo dije. Soy heterosexual estricta. Lo nuestro es una excepción, solo el cariño que nos tenemos lo hace posible. Con otra mujer tal vez lo haga, podría haber un flechazo o algo parecido y naturalmente por conveniencia. Con Penny no es el caso y no ha habido flechazo y no va a haber nada parecido y Penny lo sabe. Tú también eres heterosexual pero no tan estricta lo que te permite disfrutar con otras mujeres esporádicamente o si no hay un hombre. Pero yo no, si no hay un hombre me aguanto. Es más desde que me casé, salvo lo que conoces, fundamentalmente me aguanto, como ya sabes. Soy demasiado cobarde. Si conociera un club como este en España no me atrevería a ir.

– Entonces no tiene objeto ir a casa de Penny.

– Al contrario. Es el único sitio donde se darán las dos circunstancias, no he conocido un hombre, ni siquiera Darío, desde Pete, conque fíjate como estaré y por otra parte necesito amar y que me amen y tú eres la única que puede hacerlo. Así que esta noche va a ser increíble y la casa de Penny es el lugar perfecto, a menos que le importe que le deshagamos una cama.

– Eso no creo que importe. Pero no salgo de mi asombro. ¿Y que hará Penny? No va a estar de mirona.

– ¡Que inocente eres! ¡Nunca llegarás a conocer a la gente! Te aseguro que Penny no dormirá sola. Y ahora, si quieres que me ponga algo especial, tú eliges, llevo tanto tiempo esperando esto que seré tu esclava. Tú diriges, lo que hagas, bien estará.

Se quedó tan desconcertada que después de mucho ver no compró, pero yo me enteré de los detalles del centro comercial y financiero, con tal detalle que podría servir de guía a cualquier turista.

CAPÍTULO 16

A las ocho en punto llegamos a casa de Penny.

La casa de Penny era tal y como me la describió Glinys: una bonita casa de dos plantas con amplio jardín delantero y cochera, similar a las demás casas de la calle. Nos abrió Penny en bata, lo que me extrañó un tanto y después de los breves saludos dijo:

– Os acompañaré a una habitación, que debéis considerar como vuestra, donde podréis arreglaros para la cena.

Nos llevó a una habitación del primer piso, con baño y una gran cama, arreglada de un modo muy femenino. Salió y Glinys se desnudó completamente, se puso lo que creí que era la combinación y colocó el resto de la ropa, con cuidado sobre una silla.

– ¡Ya estoy lista! Como ves, llevaba el vestido para cena. Lo que no se es como vamos a arreglar lo tuyo.

– ¿Las demás van a ir en ese plan? Entonces no tiene arreglo. Tendré que ir así. Podía ser peor si me hubiera puesto el traje claro que tengo. ¿Se te ocurre algo? ¡Ayúdame! ¡Si me hubieras dicho como iba a ser habría comprado algo!

– No se me ocurre nada. Yo puedo ponerme la ropa de Penny pero tú eres mas baja que yo y te quedaría fatal.

Me miré al espejo y se me ocurrió de pronto. Era una tontería pero al menos no iría de calle. Me desnudé y me puse la falda y la chaqueta. Con la chaqueta cerrada quedaría cuando me sentara a la mesa, como un traje de fiesta tipo masculino, con un gran escote. El collar vendría bien en ese escote. Si me abría la chaqueta, tal como comprobé dando unas vueltas ante el espejo, quedaba de lo más erótico y misterioso pues unas veces enseñaba un pecho otras el otro y otras ninguno o los dos.

– ¿Qué tal?

– Sorprendentemente bien. Debo reconocer que tienes imaginación. Debí haberlo solucionado cuando estuvimos en la zona comercial en vez de hacer divagaciones tontas que me d

istrajeron. Como única disculpa puedo presentar la gran conmoción que me causaron tus palabras. Lo que llevas no es demasiado ortodoxo pero tiene un toque sexy que a Penny le va a encantar. En fin, es lo mejor posible. Bajemos.

Penny y otra mujer estaban bebiendo en el recibidor, cuando se dieron cuenta que bajábamos dejaron los vasos sobre una mesita y se acercaron al pié de la escalera. Ahora comprendí lo de recibirnos en bata. Decididamente, en todo el día, no había conseguido anticiparme a las cosas y me sorprendían cada vez. Penny llevaba un vestido hasta los pies pero de por encima de la cintura llevaba tan poca tela que era un prodigio que le cubriera lo suficiente. La otra mujer llevaba un vestido más clásico, también largo y con mucho escote pero de los que se pueden ver en alguna fiesta.

Esta vez el desconcierto fue para Glinys, y entonces me di cuenta que yo esperaba que estuviera la otra mujer y que el máximo de probabilidades estaba en que fuese Cris. Cuando Penny me la presentó di un suspiro, mental, por supuesto, estaba recuperando mis facultades.

Cris era una mujer algo mayor que Penny o sea que se le notaban los cuarenta cumplidos, de cara corriente y un pecho bastante grande que, naturalmente y a pesar del vestido, se notaba algo caído, pensé que sería suyo cosa que confirmé más tarde. Nos tomamos una copa en el recibidor mientras charlábamos de trivialidades. En ese tiempo me dediqué a observarla. Se veía una mujer culta y de gusto, claro que no hacía falta observar para llegar a esa conclusión, Penny no se relacionaría con alguien que no fuera exquisita en todo.

– ¿Te ocurre algo? -Me interrumpió Penny- Te encuentro como absorta.

– Sí. Realmente me encuentro un poco fuera de juego, la situación me ha estado desbordando aunque creo que ya controlo. Pero ya que lo preguntas, estaba pensando si no seré una decepción para ti. Si estaré a la altura que se supone.

– No te supongo nada, pienso que si has calado tan hondo en Glinys es porque tienes algo especial, hemos hablado esta tarde y he comprobado lo especial que eres y me agradas. Pasemos al saloncito y sentémonos un rato mientras se ultima la cena.

El saloncito era una amplia habitación con muebles muy confortables y el televisor, vídeo, equipo de música, etc. en fin, lo necesario para pasar una agradable velada, solo o en compañía. A continuación otra confortable habitación acondicionada como sala de estudio y biblioteca con una buena colección de libros.

Al poco de charla intrascendente Penny salió y volvió para decir que la cena estaba lista. Pasamos al comedor, una habitación bastante grande con una mesa para, al menos, doce personas. Nosotras, naturalmente nos sentamos en un extremo y mientras comíamos continuamos con la charla intrascendente. En algún momento yo pregunté a Cris:

– ¿Y tú en que trabajas?

– Soy profesora en la Universidad, Historia Contemporánea, poco sueldo y bastante trabajo, pero no me quejo, pues me permite hacer lo que quiero y por supuesto, no me puedo permitir una casa como esta, pero tengo un apartamento y mucha libertad y lo más importante trabajo con gente mucho menor que yo, lo que me permite mantenerme joven, ya que voy teniendo unos años.

– Es interesantísimo, si hubiese sido capaz de estudiar posiblemente me hubiese dedicado a la enseñanza. Pero esto no es muy fiable porque ya sabes que los jóvenes desean ser como sus profesores y yo no llegué a ir a la Universidad, de modo que mis últimos recuerdos como estudiante es que quería ser como una profesora a la que admiraba mucho.

– Puedo decirte que no se nota el que no hayas ido a la Universidad. Hablas con una gran fluidez y desenvoltura de todos los temas y sabes decir las cosas justas.

– Eso es oficio. Llevo varios años desempeñando el papel de perfecta conversadora y últimamente me relaciono con la alta sociedad, pero no es más que oficio. Desgraciadamente no hay profundidad.

– ¿Y por qué desgraciadamente? Hoy se están poniendo de moda las personas que dominan todos los temas, cierto que superficialmente, pero son capaces de hablar con todo el mundo, frente al especialista que solo sabe hablar de un tema.

– No lo digo por eso, lo digo porque mi cerebro es incapaz de estudiar o yo soy incapaz de sentarme delante de un libro. Eso creo que es una desgracia.

Glinys intervino:

– Eres muy inteligente y sabes moverte por la vida, por eso te admiro y me gusta tenerte cerca, me siento segura.

– Eso también es oficio. Cuando

no se tiene que comer o te despabilas o te mueres. Y eso lo sabes mejor que nadie. Tuviste que estudiar mucho para alcanzar un puesto importante. Y eso te lo ganaste tú, sin ayuda. Lo de Peter fue inevitable. Si no hubieses estado en ese puesto no se hubiese fijado en ti.

Penny cambió el tema:

– Por cierto, estoy muy contenta de tener a la nobleza en mi mesa, cuando lo cuente más de una se morirá de envidia.

– No te referirás a mí.

– ¿A quien si no? Tu marido es conde, luego tú eres condesa.

– Cierto mi marido es conde, pero la condesa es su primera mujer. Por otra parte mi matrimonio es bastante ficticio, como ya te imaginarás, de modo que prefiero no hablar de eso.

La conversación derivó otra vez a las trivialidades y al terminar entre las cuatro retiramos la mesa, lo que me dio ocasión de ver la magnífica cocina. Luego nos sentamos en la salita a tomar el café y los licores. Poco a poco nos fuimos relajando y el alcohol haciendo su efecto con lo que las inhibiciones se fueron eliminando. A Penny se le había subido un poco el vestido y debido a la abertura central mostraba con todo detalle que la costumbre de la depilación venia de ella, Glinys también tenía subido el vestido y a Cris le había caído un tirante y mostraba el seno. En cuanto a mí, tenía la chaqueta abierta y mostraba los dos. El primer avance vino de donde menos lo esperaba. Cris me preguntó:

– ¿Puedo tocarte el pecho?

– Por supuesto. Lo que quieras.

Se sentó junto a mí y me acarició luego me besó los pezones. Le pasé la mano sobre el vestido, más por otra cosa, por corresponder, entonces se apartó y terminó de descubrir el pecho. Era grande, más de lo que aparentaba y algo caído, pero se notaba que era completamente suyo, lo cual en estos tiempos es muy meritorio.

Penny, al ver esto, se acercó a Glinys y comenzó a besarla y a acariciarla y ella le correspondió con entusiasmo. Por simple curiosidad metí la mano y comprobé que Mim tampoco tenía pelo. Al poco se dio cuenta que yo no correspondía a sus caricias con la pasión requerida y se separó. Las otras al darse cuenta también se separaron.

– ¿Que ocurre? -Preguntó Penny.

– Nada. Que Van es heterosexual. Y esto no le va. Lo que no entiendo es el apasionamiento que tiene por Glinys.

– Te lo dije y no me has hecho caso. Van es heterosexual, lo de Glinys es un accidente, muy excepcional, tanto como el hecho que tú te acuestes con un hombre. Yo le dije:

-¿Nunca has estado con un hombre?

– Cuando tenía dieciocho años tuve relaciones con un chico, lo pasé tan mal que me daban miedo los hombres, cerca de los veinte había una amiga que me miraba y me tocaba más de la cuenta y descubrí que me agradaba, de ahí pasé a las fantasías y cuando se lanzó a fondo le abrí los brazos y disfruté como no había pensado que pudiera. Y hasta ahora.

Penny se levantó a servir más bebidas y yo aproveché para sentarme junto a Glinys. No me gustaba verla en brazos de otra. Penny se sentó junto a Cris y mientras bebíamos nos fuimos acariciando y besando. De pronto Glinys se levantó y dijo:

– ¡No aguanto más! ¡No sé como lo haces! Estás tan tranquila y yo estoy deshecha. ¡Vamos al dormitorio! Me agarró la mano y tiró de mí escalera arriba, mientras Penny y Cris al ver que nos íbamos se pusieron en la posición sesenta y nueve.

Cuando llegamos al dormitorio me tiró sobre la cama y se lanzó sobre mí como una fiera pero enseguida le di la vuelta y la sometí a un ataque tan feroz que tuvo que replegarse y actuar de forma más pasiva. Yo llevaba todo este tiempo en seco y ella seguro que se había consolado con Penny, Sam y hasta con Pete, de modo que mi necesidad me dio las fuerzas suficientes. Cuando comenzó a gemir suavemente, detuve mi ataque, me puse de pié y dejé caer la falda. Desnuda, me acerqué lentamente, alargué las manos y tomé la combinación por el escote, tiré con todas mis fuerzas (pensé: "si no se rompe se acabó la noche. ¡Menudo ridículo!"). Afortunadamente la tela se rasgó y con un gesto displicente la lancé al otro extremo de la habitación.

– Hasta ahora no hemos tenido la necesaria tranquilidad para hacer las cosas bien, te voy a demostrar de lo que soy capaz, luego, si te quedan fuerzas, me lo demuestras tú a mí.

Tomé su pié y come

ncé a besarle el tobillo, apenas un roce, continué por la pierna. Cuando llegué a la parte interna del muslo gimió con fuerza y se relajó. Esperé a que abriera los ojos. Continué con aquellos besos que parecían roces y cuando creyó que irá al sitio que esperaba, me desvié y continué por el pubis (¡Que placer sentir la piel donde debe haber pelo!). Al rato llegué a los pezones, debían dolerle de lo duros que estaban, pero si esperaba otra cosa no la tuvo, continué con el roce aunque me detuve un tiempo, hasta que cesaron los gemidos. Los hombros, el cuello, la cara, los labios. Abrió la boca con intención de morder pero no se lo permití, seguí con los roces.

Cuando consideré que estaba lo suficientemente ansiosa me detuve, me incorporé y la contemplé.

– Eres odiosa. He tenido un montón de pequeños orgasmos pero ninguno me ha satisfecho.

– Eso era lo que pretendía. Crearte una dulce ansiedad. Ahora conocerás el éxtasis.

Me lancé a su boca, con furia, no lo esperaba. Mi lengua entró sin dificultad hasta lo más profundo, luego reaccionó y comenzamos una lucha de lenguas. Pero duró poco, le sobrevino un largísimo orgasmo que la dejó desmadejada durante un tiempo. Cuando se recuperó continué con mi boca hacia abajo pero esta vez con los labios y con la lengua. Le di una mamada de pezones que la hizo gritar. Seguí mi camino. Al llegar al vientre no pude aguantar y me lancé a su cueva, pero tenía las piernas cerradas. Forcejeé pero no había manera.

– ¡Abre las piernas!

– ¡No puedo, me vas a matar! Permití que descansara. Poco a poco se fue relajando y abrió un tanto las piernas, mínimamente, pero lo suficiente para que pudiese meter la cara y terminar de abrirlas. Mi lengua llegó a su meta. Su clítoris se ofrecía erecto como un pene, con un poco de imaginación podría pensar que era el miembro de un hombre, el famoso Sam, por ejemplo, así que me dediqué a chupar con toda mi sabiduría, que es mucha. Comenzaron unos gritos enormes, pero al poco se calmaron y no se oía nada, solo una suave respiración.

Aparté los labios con los míos y le pasé la lengua por la entrada de la vagina, eso me llenó la boca de flujo, era como beber en una fuente, entonces tuve mi primer orgasmo.

Cuando me relajé un poco me incorporé. Glinys estaba como muerta. Apenas respiraba. Me asusté un poco y le di unos golpecitos en la cara.

– ¡Di algo! ¡Respira! Al poco comenzó a respirar más fuerte y por fin abrió los ojos. Con un hilo de voz dijo:

– ¿Dónde estoy? ¡Ah, ya recuerdo! ¡Maldita zorra! ¡Casi me matas!

– ¡Que susto me has dado! ¿Te encuentras bien?

– Cuando me de un paseo y beba algo te vas a enterar.

Se incorporó tambaleante y fue al baño. Al volver estaba como nueva.

– ¡Ponte sobre la cama! Obedecí. Tenía algo de miedo. Comenzó fuerte. Se sentó sobre mi pecho y se metió un pezón en el coño, se movió con suavidad. Era una sensación extraña, como cuando te lo chupan pero distinto. Se mantenía en equilibrio con una mano sobre la sábana entre mis piernas entones metió un dedo hasta mi clítoris. No tardé mucho en tener el primero.

Cambió de posición. Se puso sobre mí y mientras me chupaba el pobre pezón que había soportado los otros labios me metía los dedos en la vagina, uno, dos, tres, cuatro. Me corrí como una loca. Cuando volví veía por entre mis pechos su melena y sentí su legua sorber mis jugos, comenzó a venirme otra vez…

Oía una voz lejana. ¡Despierta! ¡Despierta! Abrí los ojos.

– ¡Déjame, quiero dormir!- Y me di la vuelta.

– Vamos, no seas tonta. Hazte a un lado. Yo también necesito descansar.

Nos quedamos boca arriba. Una vez que nos quedamos más tranquilas, comenzó a mordisquearme el pezón.

– ¿No has tenido bastante?

– Yo si, pero tú, no. Te desmayaste en seguida.

– Señal que tuve bastante. Descansemos un poco y ya veremos qué se hace.

– ¿No sería este un buen momento para que me contases tu historia?

– ¿A que historia te refieres?

– No te hagas la tonta, a esa historia, según tú tan larga que no me pudiste contar antes porque necesitabas mucho tiempo y un ambiente especial. ¿Este no es un ambiente especial? ¿Acaso no tenemos tiempo?

– Te has fijado en la h

ora. Son cerca de las doce. Tenemos que ducharnos y arreglarnos. La una. Llegar a casa. Cerca de las dos. Si estuviéramos en España me daría igual llegar a las cinco o las seis pero aquí…

– Creo que tienes razón. Debemos irnos. ¿Pero que es ese infame pasado que quieres mantener oculto? Estoy que no vivo. ¿No me puedes hacer un resumen?

– No. Te lo tengo que contar entero, con mis palabras, de otra forma no lo entenderías y puesto que nadie lo conoce quiero que lo entiendas plenamente para que no me juzgues con dureza.

– No tengo la menor intención de juzgarte. Te prometo que sea lo que sea lo guardaré para mí y no pensaré siquiera si hiciste mal o bien.

– ¿Y si te digo que maté a alguien?

– Pensaría que tuviste tus razones. ¿Es un crimen lo que ocultas?

– Afortunadamente no. No he hecho daño a nadie con intención de hacerlo, bueno excepto los cuernos de Darío, pero en el fondo creo que no le importan, con tal que no se sepa, claro. Siempre he procurado hacer el mayor bien posible, a veces perjudicándome incluso. De modo que de matar nada. Antes de irme te contaré mi historia. Queda dicho.

– Si te montas en el avión sin contármela te sacaré arrastrándote de los pelos. También queda dicho.

A pesar de que nos dimos prisa, llegamos a más de las dos. Nuestros maridos dormían con la placidez del que ha bebido más de la cuenta y ni se enteraron

Autor: Anonimo

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.