GLINYS X.

CAPÍTULO 19

Al llegar a la plaza Clayton me señaló una lujosa cafetería y me dijo que me esperaría allí.

– Cuándo llegues a la mesa dices algo así como ¡Por fin te encuentro! O ¡Llevo horas buscándote! O algo por el estilo, por si alguien nos escucha crea que nos hemos separado y nos encontramos por fin. Porque si me encuentro con algún conocido diré que nos hemos separado. Así no habrá sospechas.

– No te preocupes dentro de dos horas lo haré exactamente como dices.

– ¿Has echado bragas de repuesto? Porque luego no vas a ir por la calle con las bragas mojadas oliendo a sexo.

– Has hecho bien en recordármelo. Me las quito y en paz.

Y así lo hice. Luego me saqué el sujetador y metí ambas prendas en el bolso mientras entrábamos en el subterráneo. Cuando nos bajamos del coche cerca del ascensor del club ya estaba lista. Un hombre esperaba en la penumbra. Entonces me abrí el abrigo, largo hasta los pies, y la chaqueta para mostrar que el resto de mi atuendo, falda cortísima y blusa semitransparente, no merecía el nombre de ropa.

– Ahí está Sam. ¡Sam! ¡Aquí nos tienes! Dio un par de pasos hacia nosotras y le vi la cara. ¡Era Jerry!

– Tú. Tú eres la zorrona. ¡Una maldita zorrona! Me has engañado.

– No me iba a perder este momento por nada del mundo. ¿Y tú, Sam?

– Tampoco. La cara que has puesto vale lo que pidas.

– Os dejo. No perdáis tiempo. Todo el tiempo es poco para amar.

Nos metimos en el ascensor. Glinys cogió otro. Sam preguntó:

– ¿Te alegras que Sam sea yo?

– ¿Que si me alegro? Estoy loca de alegría. Llevo todo el día pensando que no te volvería a ver. Estoy tan excitada que si llevara bragas las habría mojado.

– Me ha dicho muchos cumplidos pero uno tan gráfico y completo ¡nunca! Comprobó que efectivamente no llevaba bragas y me besó. Nos fuimos besando por el pasillo hasta llegar al club. Dejamos los abrigos en el guardarropa y pedimos bebidas en la barra.

– Quiero que te contemplen y me envidien.

– Decididamente, ¡sabes como halagar a una mujer! Pasamos a una habitación. Era tal como me la describió Glinys. Nos quitamos las chaquetas y nos besamos. Comenzó la ceremonia de quitarnos la ropa. Esta es una parte que me gusta mucho y cuanto más lenta se hace más me gusta. Aquella vez fue lentísima.

– ¿Quieres que nos demos un baño?

– Me he bañado antes de salir, pero si tú quieres, por mí está bien.

– También me he bañado antes de salir. ¡Utilicemos la cama! El tiempo se hizo cortísimo. Apenas me dio tiempo de una rápida ducha y medio tambaleándome nos metimos en el ascensor. Me dejó en la planta baja y él siguió hasta el aparcamiento. Encontré a Glinys con facilidad y representé mi papel. Dijo de marcharnos pero le contesté que necesitaba descansar un poco. Al rato nos marchamos.

Pete nos esperaba ya cenado.

– ¡No está mal! ¡Hemos tenido que cenar solos! Darío, por si os interesa, está mucho mejor. Ha cenado y ha subido a acostarse. Creo que estando mañana de reposo, el lunes estará bien.

– Ha sido culpa mía. ¡Es todo tan bonito! ¡Hay tantas cosas que ver! Me cambio y estoy contigo.

– Yo también subo a cambiarme. No tardamos nada.

– Me da igual. Podéis tardar lo que queráis. Voy a trabajar un poco y subiré a acostarme.

Devoramos la cena y luego nos retiramos a la salita. Allí nos pusimos a beber y le dije:

– Cuando te encuentres a solas con Pete le comentas que estás harta de nosotros, que somos unos pesados, que no nos invite más, etc. que es lo que le dije a Darío cuando estuvisteis en nuestra casa. Y yo le diré que estoy harta de vosotros, que quiero irme, que eres una pesada, etc. Eso les halagará, pues nos sacrificamos por ellos y nos dejarán en paz.

– Creo que es lo mejor que podemos hacer. Y menos mal que Darío está inútil, porque el plan era ir mañana los cuatro a la ciudad vecina, de turismo y creo que eso no es de tu agrado.

– Necesito reposo. Mucho descanso. Recuperarme del día de hoy, que pasará a mi historia como el día mas completo de mi vida. Puede que haya otros, pero dudo mucho que alguno sea como este.

Entonces cerré los ojos y comenc&eacu

te; a contarle lo que estaba deseando conocer. A cada momento me interrumpía para recabar detalles, algunos absurdos, como por ejemplo si me había besado los pezones antes de abrirse la camisa o después, a lo que naturalmente le decía que no recordaba. Cuando lo hizo tres o cuatro veces, opte por decirle que sí, entonces se callaba y yo podía seguir con el relato. Una de las interrupciones fue para decirme:

– ¿Sabes que me estoy excitando?

– ¡Mujer, no creo que sea para tanto!

– Verás, ¡es que llevo tanto tiempo en seco! Lo de Darío no cuenta, apenas sentí nada. Te oigo, te veo con los ojos cerrados recordando y cierro los ojos y me imagino en los brazos de Sam y que me hace lo que vas contando que te hizo y bueno… ¡estoy húmeda! ¿Te importa que me acaricie mientras hablas?

– ¡En absoluto! Es más, si hace falta que eche una mano, lo dices. Ahora bien, no me pidas que participe. Estoy tan cansada, que ni apareciendo Sam y Mark por esa puerta, me sacarían de mi letargo.

Se abrió la bata y se sacó las braguitas.

– Continúa que yo me apaño bien.

Yo continué mi relato y bebiendo. Cuando me levanté a servirme más me dijo entre jadeos:

– ¡No te pares ahora! Continué mientras me servía y le servía a ella, luego me senté y volví a cerrar los ojos. Cuando le contaba como me desplomé sobre él mientras chupaba mi sexo y yo su miembro, oí como aumentaba la intensidad de los jadeos hasta casi gritar y se quedaba callada. Abrí los ojos y allí estaba despatarrada en el sillón con los ojos cerrados y la respiración afanosa. Apuré mi vaso.

– Continua. Ya ha pasado.

Volvió a cerrar los ojos y a poner la mano en su sexo. Yo tomé su vaso y seguí con la historia. Cuando terminé el vaso a ella le volvieron los espasmos, justo cuando le contaba como al penetrarme me desmayé.

Mientras se recuperaba llené los vasos, con mano insegura, y le di un trago. Volví al relato. Cuando llegué al punto en que Sam explotó dentro de mí, gritó y me lancé sobre ella a taparle la boca. Se quedó desmadejada. Le di el vaso que apuró de un trago. Se levantó y se arregló la bata mientras me dejaba caer en el sillón. Sirvió otras copas. La suya la bebió de un trago y se sirvió otra.

– ¡Por Sam y Mark! ¡Hasta el fondo!

– ¡Pero si tu no te has acostado con Mark!

– ¡Pero me acostaré! Ya te contaré como me va.

– Mark está casado, tendrás que hacerlo con doble cuidado.

– Eso da igual. Me acostaré primero con su mujer y luego haremos un trío.

– ¡Estas borracha!

– ¿Sí? ¡Anda que tú! Pero eso no quita que haga lo que te estoy diciendo. Cuando me de la mínima oportunidad la meteré en mi cama.

– ¡Anda, ayúdame a subir la escalera! -Conseguí ponerme de pie y agarrarme a ella, nos pusimos en marcha.- ¡Alto! ¡Te dejas las bragas! -Nos acercamos a la mesa y se metió las bragas en el bolsillo. Agarrándonos la una a la otra llegamos al ascensor y subimos. Como pude, entré en la habitación y llegué a la cama. Darío miraba la televisión.

– ¡Estás borracha!

– ¿Cómo quieres que esté si he bebido como un cosaco?

– ¿Y se puede saber a cuento de qué?

– A cuento que Glinys se ha metido en su salita privada y se ha puesto a servir copas y a parlotear y yo a seguirle la corriente y a beber. En cuanto he podido la he obligado a subir a su habitación. ¡Estoy harta de este viaje! ¡Estoy harta de Glinys! ¡Estoy harta de Peter! ¡Y estoy harta de todo! Mañana intentaré no salir de la habitación y el lunes a medio día me meto en el avión ¡sin falta! Esto te costará dos días en Nueva York ¿estamos? Tendré que mandar la ropa que me compre en un avión aparte.

– Tranquilízate, cielo, si todo sale bien, yo mismo compraré la ropa que quieras.

– Darío, mi amor, ¡tú sabes como calmar a una chica! Me eché sobre él y le besé.

– Aparta, ¡Apestas! Me quité la bata y las bragas y me metí en la cama. Me dormí al instante.

CAPÍTULO 24

Darío me sacudió con fuerza. Por fin pude abrir los ojos.

-¿Que hora es?

– Bastante tarde, para esta gente. Son las diez. Pete ha llamado para decirnos que el desayuno se servirá enseguida. Tenemos que bajar y desayunar todos juntos. Es la costumbre.

– ¡No puedo moverme!

– Si no hubieras bebido

tanto.

Entonces recordé.

– ¿Y que querías que hiciera? ¡Espera que Pete se ponga a beber y ya me contarás! ¡Desde lejos hay una buena perspectiva!

– Vale. ¡No discutamos! Ponte algo y bajemos.

Él se estaba poniendo una chaqueta de punto sobre la camisa sin corbata yo me puse algo similar, falda, blusa y chaqueta de punto sin ropa interior, de todas formas en cuanto acabara la ceremonia del desayuno tenía que ducharme. Me eché unos manotazos de agua en la cara para intentar despejarme. No es que tuviera resaca, es que necesitaba muchas horas de sueño. Llevaba varios días gastando las reservas y había que recuperarlas.

– ¿Y tú, como te encuentras?

– Bastante mejor que tú. Apenas me molesta al andar. Creo que combinando hoy el reposo y el paseo moderado mañana, estaré en plena forma.

Llegamos al salón. Pete estaba en la misma forma que siempre, como si saliera de un masaje. Yo debía estar como Glinys. No me había atrevido a mirarme en el espejo pero allí tenía mi imagen, seguro, daba pena, tenía todo lo que se espera que tenga una cara después de una borrachera. Pete no se sorprendió al verme pero puso cara de compasión, la misma que debió poner Darío al ver a Glinys. Pete debía pensar que yo era una corruptora de inocentes esposas y Darío pensaría igual de Glinys.

Darío y Pete se sirvieron un buen desayuno. Glinys hacía como que tragaba el suyo acompañándolo de café y yo opté por tomarme tres tazas grandes de café.

– Nosotros iremos a la Iglesia, al servicio de once. ¿No os importa quedaros solos?

– En absoluto. Van y yo daremos un pequeño paseo por el jardín y nos arreglaremos un poco. Cuando volváis estaremos listos para acompañaros donde queráis.

– Darío es muy optimista. Piensa que está bien del todo. Creo que nos quedaremos todo el día en casa para que mañana esté en plena forma.

Al terminar Glinys dijo:

– Subiré a arreglarme un poco. Si tengo la cara que creo que tengo, mejor me pongo una buena capa de maquillaje.

– Te acompaño. Yo también quiero adecentarme un poco. ¿Quizá quieras subir tú primero, cariño?

– No. Haré compañía a Pete y si se marchan antes que bajes daré un paseo y luego subiré.

Subimos en el ascensor.

– Supongo que le habrás contado a Pete lo mismo que yo a Darío.

– Creo que sí. Le dije que me obligaste a beber y que estoy deseando que os marchéis.

– Bien. Oye, ¿no sabía que fueseis muy religiosos?

– Y no lo somos, demasiado. En realidad lo hacemos por dejarnos ver y que todos vean lo buenos que somos. Pete saludará a algunos y hasta es posible que salga algún proyecto, no sería la primera vez.

– Debes aburrirte bastante.

– No mucho. El pastor es joven y bastante guapo y habla muy bien Le ayude con las pinturas. Entre las dos conseguimos que pareciera presentable. Luego se puso un sobrio traje de chaqueta y un discreto abrigo.

Me di un largo baño, en parte por eliminar los restos de alcohol y en parte por demorarme y no tener que pasear con Darío. Lo conseguí en gran medida. Cuando bajé mi cara parecía presentable, a pesar de no ponerme nada en ella y Darío subió y me dejó pasear tranquila.

La mañana estaba soleada y el jardín era muy agradable. La mayoría de los árboles habían perdido las hojas y las pocas que quedaban eran de color dorado. Una alfombra de hojas muertas daba la necesaria languidez al extraordinariamente silencioso cuadro. Al rato de pasear estaba absolutamente relajada con la mente en blanco, me senté en un banco y dejé que el sol me acariciara.

Cuando protestó mi estómago me dirigí a la casa. En la cocina encontré a una de las doncellas.

– Buenos días señora.

– Buenos días. ¿Sería posible comer alguna cosa? Algo para picar.

– Desde luego señora.

Y me puso una bandeja con sobrantes del desayuno. Elegí lo que me pareció más interesante en un plato y lo metí en el microondas. Un trozo de pan y una botella de cerveza completaron el refrigerio.

En eso estaba cuando llegaron Pete y Glinys. Esta entró en la cocina.

– Veo que te sabes buscar la vida. Creo que tomaré algo. El desayuno no fue lo que se dice abundante.

Fue picoteando de la bandeja y le dio un par de tragos a mi cerveza. Al terminar, salimos en busca de los hombres. Encontramos a Pe

te en su salita leyendo la prensa.

– Van quiere que la lleve esta tarde a contemplar la pradera, le he dicho que la auténtica pradera está un poco más al oeste, pero creo que viendo lo que tenemos se podrá hacer una idea.

– Yo tenía otra idea para esta tarde pero si Van quiere ver la pradera, iremos a ver la pradera.

Aporté mi granito de arena:

– Si tenéis otros planes, iremos donde digáis, no quiero que por un capricho os fastidiéis vosotros.

– No. No, iremos a ver la pradera.

– Bueno, cariño, ¿por qué no llevas a Darío donde pensarais y nosotras vamos al campo? Así nadie se fastidia. ¿Qué teníais pensado?

– Bueno. La otra noche no vinisteis al espectáculo al que fuimos, pensaba que podríamos dar una vuelta por la ciudad y luego cenar, ver el espectáculo y bailar.

– Bueno lo que yo digo, vosotros vais a dar un paseo por la ciudad y cuando volvamos del campo no reunimos donde digas y si venimos cansadas o más tarde de lo previsto, vais solos.

– ¡Me hace tanta ilusión ver la pradera! ¡Poder imaginarme los vaqueros conduciendo ganado! Pero lo he visto en demasiadas películas, así que iremos de juerga con vosotros.

– ¡De ninguna manera! Vais al campo y si os apetece nos llamáis al móvil y os decimos el sitio para reunirnos.

Salimos. Nos fuimos a la salita de Glinys.

– ¿De verdad piensas llevarme a la pradera?

– ¡Naturalmente! Necesitamos contacto con la Naturaleza. Relajarnos, recuperar fuerzas, sobre todo tú. Por otra parte los espacios abiertos y solitarios, contemplando la puesta de sol son de lo más propicio a los relatos y a las confidencias.

– ¡Debí figurármelo! ¡Me rindo! ¡Tendrás tu confesión! ¡Te contaré mi terrible secreto! Comprobarás que es de lo más vulgar y nada de terrible. Nos aburriremos en la pradera pero conocerás algo que te decepcionará y ese será tu castigo por llevarme al campo. ¡Yo soy de ciudad!

– Llevo tanto tiempo esperando que aunque me cuentes que estuviste en un convento, merecerá la pena porque me quitaré esta duda que no me deja vivir.

– ¡Allá tú! Sonaron unos toquecitos en la puerta.

– Adelante.

– Perdón señora, el señor me manda a decirles que la comida está lista.

– Gracias, ya vamos.

Salimos detrás del mayordomo. Los hombres ya estaban sentados. Cuando lo hicimos nosotras el mayordomo dio la señal de servir. A pesar del tono presuntamente informal de la comida el servicio fue impecable, como siempre. Y como siempre las manos de los hombres estaban más tiempo bajo las faldas, si se les podían llamar faldas, de las doncellas que sobre la mesa. Glinys aclaró:

– Normalmente a esta hora ni siquiera nos sentamos en el comedor, tomamos algo de comida de pie o lo llevamos al lugar donde estemos, si estamos en casa, en este caso, para no romper totalmente con vuestras costumbres hemos servido esta comida un tanto informal a medio camino entre las vuestras y las nuestras.

Poco antes de terminar, Darío intervino:

– Como la noche se puede hacer un poco larga, te propongo que subamos a dormir un rato, así si la velada está interesante no tendremos necesidad de dejarla a medias.

– Lo que quieres es que me envicie en esa abominable costumbre de la siesta.

– Reconozco que es abominable, pero reconoce que es un gran invento.

– Querido amigo, como todos los vicios, es abominable y extraordinariamente placentera. Tomamos el café en la salita de Pete. Este recomendó:

– No olvides llevar el teléfono, podría fallar el del coche y asegúrate que la escopeta tiene munición.

– No te preocupes. Además pienso llevar un revolver en el bolso.

– ¿Pero es que van a un lugar peligroso? Tal vez deberíamos acompañarlas.

La cara de Darío era un poema.

– No. En absoluto. Solo van a un lugar donde no hay nadie en muchas millas a la redonda. Quedarán en medio de la nada. Si se avería el coche necesitaran pedir ayuda.

– Pero las armas…

– Puede aparecer un viejo lobo o un coyote que las moleste, pero nada serio. Si hubiese algún peligro no irían.

– Tiene razón Pete, si hubiese el mínimo peligro ¿crees que iba a meter a Van en él? Al terminar el café, subimos todos. Ellos se acostaron y nosotras nos vestimos adecuadamente para la aventura. Claro que no era la aventura que ellos creían. Nos pusimos unas buenas botas pero faldas y blusas con chaquetas y buena ropa de abrigo que pusimos en el asiento trase

ro. No nos pusimos de acuerdo pero las dos aparecimos vestidas de esa forma. Y es que si tienes que hacer ciertos juegos los pantalones y la ropa que no se pueda abrir por el pecho es terrible. De la forma en que íbamos no era necesario desnudarnos para gozar de todo.

VEINTICUATRO

Salimos de la ciudad por una autopista y al rato tomamos por una carretera, no muy ancha pero desde luego muy llana. La tarde era soleada aunque un tanto fría. Dentro del coche hacía calor así que paró sacó la escopeta del maletero y la puso en el asiento bajo la ropa. Nos quitamos las chaquetas y Glinys dijo:

– Vamos a ponernos cómodas del todo.

Y se sacó las bragas y el sujetador. Yo lo había pensado pero no me atreví a proponerlo porque quizá después de oírme no quisiera tocarme. Los americanos son muy sensibles a ciertas cosas. Seguimos.

Pasamos por un par de pueblos pequeños, típicos del Medio Oeste y dejamos la carretera tomando por un camino en buen estado que nos llevó al centro de la nada. Paró sobre una colina, si es que aquello era una colina. Más bien era una pequeña elevación sobre la llanura. Me bajé del coche. Me eché sobre los hombros un chaquetón y contemplé el paisaje. Soledad. Silencio. Hierba amarillenta, algún árbol, algún ave planeando en la distancia. Efectivamente, el centro de la nada.

Me dejó un rato en silencio.

– Creo que ya te has impregnado lo suficiente del paisaje. Entra y cuenta lo que tienes que contar. Mis nervios no aguantarán otro minuto más.

Me senté y le dije:

– Me prometerás que no se romperá nuestra amistad.

– Te lo prometo. ¡Pero empieza!

CAPÍTULO 25

– Como sabes, al comprobar que los estudios no eran para mí, me marché a Irlanda a aprender inglés. En España no te mueres de hambre si sabes inglés. El inconveniente es que si no tienes dinero y mi padre no podía costearme la estancia en Irlanda, tienes que trabajar.

– Claro, es lo normal en todas partes. Es lo que yo hice.

– Si pero el único trabajo que puedes hacer es servir. En un bar, hotel o similar o en una casa. Yo opté por una casa. Tenía que limpiar, comprar, hacer parte de la comida y cuidar un niño de poco más de un año.

– Eso no es nada vergonzoso. No entiendo tu preocupación.

– No, si eso no es. No me avergüenzo del trabajo, sea el que sea.

Al principio las cosas fueron duras. La señora era todo menos eso. Era un matrimonio que trabajaban los dos y tenían buenos ingresos pero poca clase. Yo sabía mucha gramática y componer bellas frases en inglés pero no me entendía con la gente. Allí no había nadie que hablara español, eso lo elegí así. No tuve más remedio que aprender. A los dos meses me entendía con la gente y la cosa mejoró. A los seis meses pensaba en inglés y el castellano me parecía algo remoto. Cuanto más me desenvolvía con la gente más dura me parecía la vida en la casa. Los sábados los tenía libres y me iba por no aguantar a aquellas personas. ¡Hasta el crío era horrible! O al menos eso me parecía. Aquello no podía seguir, pase que no me gustaran los padres pero no iba a tomarle odio al niño. Procuraba ver lo mejor del crío y tratarle con el máximo cariño. ¡No era fácil! Como digo, los sábados me iba y paseaba o me metía en un pub, al principio solo a oír el idioma, más tarde fui conociendo gente y participaba en las tertulias. Los domingos iba con la familia a la Iglesia y allí conocí a más gente de tal forma que me hice de un círculo de amigos de mi edad y salíamos al campo y bailábamos, en fin lo normal. También conocía a gente mayor, unos de la edad de mis patrones, otros mayores, padres de mis amigos. En realidad si no hubiese sido por los ratos que me daban mis patrones, hubiese sido feliz. Pero desde las cinco y pico de la tarde hasta las nueve de la mañana era terrible.

Una mañana llamaron a la puerta y al abrir me encontré con un amigo de mi patrón, llamémosle Joe y al amigo, Kelly.

– Buenos días señor Kelly. Mis patrones no están pero si puedo servirle con mucho gusto lo haré.

– Buenos días Van. Es una lástima que no esté Joe. ¿Puedo pasar un momento?

– ¡Claro señor Kelly! Los amigos del patrón siempre son bien recibidos. Pase y siéntese todo el

tiempo que quiera, yo continuaré con lo que estoy haciendo usted no me molesta.

Se sentó y comprobé que el niño dormía. Al volver le ofrecí de beber.

– No gracias. Ven y siéntate a mi lado, en realidad he venido a verte a ti.

Realmente me sorprendí.

– No comprendo. ¿Qué tengo yo para que venga expresamente a verme?

– Tienes mucho. No me andaré con rodeos. Desde que te conozco no paro de pensar en ti. Estoy como loco, no me concentro en mi trabajo ni con mi mujer ni con nada. Tienes que ser mía.

Te podrás imaginar que mi sorpresa había llegado al límite. Por otra parte yo no me consideraba guapa. Yo era una chica del montón y claro no podía imaginar que levantaría pasiones en un hombre mayor.

– ¿Tan mayor era? Se ve que nuestro destino son los hombres mayores.

– No. No tendría treinta años, pero entonces las personas de más de veinticinco me parecían viejos.

Tardé un rato en responder. La verdad es que no fui original en absoluto.

– Esto es una locura señor Kelly, usted es un hombre casado, su esposa es una bellísima persona ¿cómo puede pensar algo así?

– El amor no tiene lógica y yo te amo.

– ¡No diga tonterías! Tendré que rogarle que se marche. ¡Cómo va a dejar a su esposa!

– Si yo no quiero dejar a mi esposa, solo quiero que me ames.

– Decididamente, tengo que rogarle que se marche.

– ¡Pero no seas tonta! Total por un ratito de nada. ¿Tanto te desagrado?

– No es eso, es que me está proponiendo una cosa inmoral.

– Vamos, ¿no irás a hacer caso de lo que dice el cura, verdad?

– No es eso. Es que lo que me pide no está bien.

– Mira, te daré cincuenta libras. ¿Es una bonita cantidad, eh?

– Señor Kelly, ¡márchese! ¡Me ofende!

– Te daré cien libras.

Dudé un momento. Él se dio cuenta. Cien libras no era una bonita cantidad era una belleza, mas de medio mes de sueldo y el tipo, mayor, pero bastante guapo. No obstante, le dije:

– ¡Por favor, márchese!

– ¡Pero que manía con echarme! ¡Si estás deseando! Apuesto a que no soy el primero, seguro que has amado a algún jovencito. ¿Me equivoco? – Naturalmente yo ya había tenido relaciones, poco gratificantes es cierto, con chicos del instituto, por tanto no iba a perder nada.- Mira, te doy doscientas libras -y me mostró los billetes- es mi última oferta.

Tomé los billetes.

– De acuerdo. ¿Que tiene pensado?

– Nada que te moleste. Vamos a tu habitación y hacemos el amor. Quedarás contenta.

– Supongo que habrá traído una goma, no estaría bien que me dejara embarazada. – La mostró.- Entonces pase a la habitación que hay junto a la cocina mientras acomodo al niño y puede ponerse cómodo mientras ¿No es lo que se dice estos casos? Escondí el dinero. Si las cosas se ponían feas no era conveniente que pudiera demostrar que me había dado dinero.

No tenía mucha idea de lo que hacer en esos casos, había visto lo que hacían en las películas, pero claro, liarme a besos con un señor mayor que apenas conocía era muy fuerte. Él estaba de pie en la habitación me acerqué y afortunadamente tomó la iniciativa; lo único que hice fue dejarme llevar. Comenzó por tocarme con suavidad primero, luego se puso más brusco pero para entonces estaba medio desnuda y bastante excitada. La propia excitación hizo que fuera tomando iniciativas propias. Comencé por quitarle ropa ya acariciarle y besarle por el cuerpo. Cuando estuvimos desnudos nos echamos en la cama y nos acariciamos un rato, no mucho. Yo lo estaba pasando bien y pensaba que si las cosas no empeoraban merecía la pena hacerlo gratis.

De pronto se levantó se puso el preservativo y se echó encima penetrándome. Fue muy suave y no tardó mucho en correrse, cuando lo hizo tuve un orgasmo. En aquél momento no supe lo que era, solo sentí un gran placer. Cuando se incorporó no podía moverme. Solo cuando estaba a medio vestir me pude levantar.

Salimos y se dirigió a la puerta.

– Ha sido muy agradable. Espero que la próxima vez no te hagas tanto de rogar. Adiós.

– ¡Nada de adiós! Tenemos que concretar algunas cosas.

– ¿Qué tenemos que concretar? ¿No te ha gustado?

– Por ejemplo, ¿qué le va a decir a mi patrón cuando le vea?

– Nada. ¿Qué quieres que le diga?

– Pues, naturalmente, que ha estado aquí a verle,

usted verá con qué motivo.

– ¿Y para qué?

– Si alguien le ha visto entrar y ahora salir, se lo contará. Si usted no dice nada o yo no digo nada se imaginará lo que ha pasado y me pondrá en la calle. Como no me dé usted trabajo en su casa no imagino quien me lo dará en esta ciudad. Así que en cuanto llegue le digo que ha estado usted aquí y que se ha sentado un rato a descansar, pero no me ha dicho qué quería. Suficientemente vago como para que no nos cojan en mentira. Piense qué le va a decir cuando le pregunte, porque seguro que le llama en cuanto se lo diga.

– ¡Muy lista! Pero eso tiene un fallo ¡no puedo volver! ¿Es eso lo que quieres, que no vuelva?

– Al contrario, lo he pasado muy bien con usted, pero no podemos arriesgarnos. Si le dice que pasaba cerca y vino a ver si estaba y que descansó un poco, es posible que él mismo le invite a que descanse cuantas veces quiera, sobre todo si le dice que pasa con cierta frecuencia por aquí cerca.

– Eso no es necesario, él sabe que paso frecuentemente por estas calles.

– Pues entonces yo creo que será suficiente. Ahora ya puede irse y no tarde mucho en volver.

Le di un beso, abrí la puerta y casi le empujo. Cerré y me quedé con la espalda sobre la madera pensando en las doscientas libras y qué me las iba a gastar y en el tiempo que había perdido con los niños de mi edad, habiendo hombres mayores que saben lo que hacen.

Las cosas salieron conforme lo previsto y a la semana le tenía allí otra vez. Otras doscientas libras y otro buen rato, mejor que el anterior. Ahora tenía un pequeño problema de liquidez. Me compré algunas cosas, pero no podía gastarme doscientas libras de golpe y menos cuatrocientas, así que tenía trescientas libras en billetes y no sabía que hacer con ellas. ¿Qué hace la gente con el dinero? Se lo gasta o lo guarda. ¿Donde? En casa, que no podía ser, si lo encontraba la señora como lo explicaba. Solo quedaba el banco. Decidí ingresar pequeñas cantidades.

Mientras hacía los ingresos decidí documentarme sobre mi trabajo. Saqué del videoclub un par de películas que se suponía trataban el tema y no saqué mucho más en claro. Decidí hacerlo de forma más directa y le pregunté a uno de mis amigos. Él, aunque presumió de ser la persona indicada, me enseñó poco, pero fue suficiente en aquella época.

– ¿Pero es que les dijiste a tus amigos lo que hacías?

– ¡No, mujer, como les iba a decir! Le toque el tema desde el punto de vista teórico y de simple curiosidad. Así me enteré que se cobraban distintos precios por distintos servicios.

-¿Ah, sí? Pues creí que se pagaba un tanto y se hacía lo que tuvieras gana o al menos que había una serie de cosas que se hacían siempre.

– ¡Nunca perderás la inocencia! ¡Ese es tu mayor atractivo! ¡Te quiero! Lo que no tengo tan claro es si tú me sigues queriendo.

– ¡Oh! Bueno, eres mi amiga. ¡Pero sigue contando! De momento la cosa estaba bien como estaba. Yo tenía mis orgasmos, porque para entonces ya había visto en una película que eso eran orgasmos, y mis doscientas libras. Entonces pensé las cosas que estaría dispuesta a hacer y lo que cobraría por ellas. Llegué a la conclusión que la mayoría de las cosas eran un asco y no las haría por mucho que me pagaran. Solo haría el coito en todas las posiciones pero siempre con protección y la felación, que no me entusiasmaba pero al parecer en las películas se insinuaba que las hacían sin darle mayor importancia. Para quitarme el asco, le lavaría aquello concienzudamente. Una vez bien lavado ¿en qué se diferenciaría de un dedo? Salvo en el tamaño, en nada. Claro que cualquiera se tragaba el líquido que soltara. Decidí que vería la forma de no tragármelo y les cobraría lo suficiente como para preferir el método tradicional. Naturalmente, la masturbación la descarté por pensar que nadie la pediría.

A la tercera vez, apareció el señor Kelly con otro señor, llamémosle Duncan. Me sorprendí un poco, porque no había pensado en el precio por hacerlo con dos hombres. Pero pronto salí de dudas.

– Mi economía no me permite venir tantas veces como quisiera, pero te traigo al señor Duncan para que no pierdas la semana y la próxima vez me hagas un descuento.

El Señor Duncan, al qu

e conocía de vista, resultó ser también muy agradable y placentero. Amén de rentable, doscientas libras semanales era un buen sueldo, entonces, hoy no tanto.

Al día siguiente fui al banco, naturalmente con el niño, a ingresar cien libras y cuando hice el ingreso el empleado me dijo que el director quería verme, que fuera tan amable de esperar un poco.

Afortunadamente, al momento, la puerta del despacho se abrió y salió un señor al que acompañó el director hasta la calle. Yo estaba muy nerviosa no sabía para qué me querría el director del banco.

– Imagínate la situación, hoy son los directores los que me suplican, pero entonces imaginaba cosas raras y ninguna buena.

Cuando volvió de la calle se dirigió a mí muy amable.

– Usted es la señorita López, supongo, ¡tenía muchas ganas de conocerla! Creo que es usted una buena cliente y un director debe conocer y atender personalmente a los buenos clientes. Por favor pase al despacho.

Esto me tranquilizó bastante. Mientras yo fuera un buen cliente la cosa marcharía.

– Según mis informes, usted trabaja en una casa de asistenta, niñera, etc. Una magnífica casa, conozco a la familia y son inmejorables, pero no creo que le paguen lo suficiente como para hacer estos ingresos tan frecuentes.

– No creo que deba ir explicando…

– ¡Oh, no es eso! ¡No es eso! ¡Jamás me metería en la vida privada de nadie! Se trata, que pienso que debe haber emprendido algún negocio y simplemente quiero ponerme a su disposición y el Banco, naturalmente, para todo el asesoramiento que precise. Es obvio que cuanto mejor le vayan los negocios más ganará el Banco. Ese es únicamente el interés que me mueve.

– Comprendo. Pues sí, en efecto tengo unos pequeños ingresos extras, pero calificar a eso de negocio, creo que es demasiado. Por cierto, cuento con la discreción de todo el personal, supongo.

– ¡Naturalmente! La discreción es absoluta. Por otra parte está el tema de los impuestos. Podemos asesorarle en ello.

– No había pensado en los impuestos. Pero no debe haber problema, como soy extranjera, ni se darán cuenta, mientras no mueva papeles y no pienso moverlos, de momento.

La sonrisa le llegó de oreja a oreja.

– ¡Ve como era importante esta conversación! Cuando su cuenta alcance un determinado valor aparecerá su nombre en las listas de Hacienda y si no paga la perseguirán por delito fiscal.

Me quedé pensativa.

– Pues no puedo seguir ingresando. Pero no sé que hacer con el dinero, en casa no lo puedo tener.

– Puedo recomendarle una de nuestras cajas de seguridad. Para guardar dinero, basta una de las pequeñas y el alquiler es insignificante.

– Creo que es la mejor solución.

– Y ahora dígame, ¿Cual es su negocio?

– Creo que no es necesario que se entere. Le basta con recibir los ingresos.

– Permítame especular. Usted recibe unos ingresos regulares de los que no quiere que se entere nadie. Una mujer joven y bonita que recibe dinero no declarable. Solo hay una solución, usted tiene, digamos un protector, que le asigna ciertas cantidades periódicas.

– ¿Y qué si así fuera? No irá a publicarlo en la prensa.

– Por supuesto que no. Ya le he dicho antes que mi interés es ayudarla en todo, y este es un negocio como otro y puedo sugerir algunas ideas de mejora. Cuénteme exactamente como es.

– Esto, como ya imagina, está comenzando. Un amigo de mi patrón se presentó en la casa y me montó el número de la seducción. La cosa se arregló con doscientas libras. Vino otra vez la semana pasada y ayer trajo a un amigo. Seiscientas libras.

– ¡Caramba! ¡Y parecía inocente!

– Creo que no es el sitio de juzgar mis actos.

– ¡Por favor! Me interpreta mal. Solo me refiero al aspecto mercantil que es mi campo.

– No le entiendo.

– Muy fácil. Doscientas libras es una cantidad muy respetable y no esperaba que una, perdone la expresión, novata, sacara esa cantidad. ¡Sin duda tiene ojo para los negocios! ¡Haremos grandes cosas juntos! En los negocios, no me interprete mal.

– A estas alturas ya no le interpreto, escucho.

– ¿No le interesaría una ampliación del negocio?

– No me diga que me va proporcionar clientes a comisión.

Soltó una carcajada.

– No se me había ocurrido. La ampliación soy yo. ¿Le interesaría concederme sus favores? No tuve que pensarlo, el tipo entra

ba en el patrón de mi clientela.

– Ya sabe el precio. Sexo vaginal con protector, exclusivamente. Eso o nada. No es negociable. Tiene un lugar, porque en mi casa no puede ser, ¿cómo justifica su estancia en ella?

– Pues igual que los otros. Supongo.

– No puede ser. El otro señor, es amigo del patrón y tiene permiso para pasar por la casa a descansar cuantas veces quiera. Pero usted no es amigo. Tendrá que buscar un sitio.

– ¿Le parece bien este?

– Por mi no hay inconveniente. ¿Cuando?

– ¡Ahora mismo! ¡Ve sacando la gomita!

– No tengo. ¿Es que cree que puedo llegar a una farmacia o una tienda y pedir preservativos? ¡Me lapidarían! ¿Usted no tiene?

– ¿Cómo iba a imaginar que podría echar un polvo en el despacho? ¡Maldita sea!

– Puedo volver mañana.

– No. ¡No soy capaz de aguantar a mañana! ¿Y una mamada? ¿Puedes hacerla o no es negociable?

– Puedo hacerla, siempre que sea yo la que me cuide del lavado. ¿Pero donde? Está visto que hay que dejarlo para mañana.

– ¡De ninguna manera! Esa puerta es un aseo, estaremos estrechos, pero ¡adentro!

– Falta la parte más importante, son doscientas libras, pero por tratarse de la primera vez y mi asesor financiero, ciento cincuenta

– ¡Vale igual que un coito!

– ¡Naturalmente! El tema no me gusta mucho y prefiero que el cliente se decida por el coito, por eso tengo ese precio. Me dio las ciento cincuenta libras y nos apretujamos en el aseo. Una vez perfectamente limpio se sentó en un sofá y me arrodillé delante. Nada más empezar el movimiento, el niño se puso a refunfuñar, de modo que tomé el coche con la mano y lo otro con la boca y conseguí un ritmo uniforme para los dos. Tardé un disparate. Como era la primera vez, no sabía nada de ritmos, ni tiempos ni otras sutilezas. Por fin lo logré y además no tragarme ni una gota. Todo fue a parar a mi blusa. Al ponerme la chaqueta quedaba tapada la mancha. El hombre quedó entusiasmado. Me hizo personalmente los trámites para la caja de seguridad, donde metí las ciento cincuenta libras y me acompañó hasta la calle. A los ojos de los empleados yo debía ser una millonaria de incógnito.

Al poco tiempo alquilé un discreto apartamento donde recibía por las tardes y los sábados, previa cita. El problema es que a esos precios, los clientes no se prodigaban. Eran buenos, guapos y lo pasaba muy bien pero los pobres venían poco, así que o ampliaba el negocio o los gastos se tragarían las ganancias. Porque me metí en gastos, compraba vestidos sofisticados que me hacían soñar y a ellos les encantaba.

CAPÍTULO 27

Por casualidad me enteré de la existencia de señoritas de compañía. Aquello me gustó y me informé en qué consistía. Me convenció que mi vocación era aquella. Tardé una semana en dar con el sitio donde encontrar las direcciones. Encontré varias y tuve suerte, me gustó la primera que visité y yo les gusté. Nunca tuve la mínima queja.

Era en Dublín, en Cork era impensable un negocio así. Hoy día seguro que si no hay alguno, no tardarán en ponerlo.

– Tampoco hace tanto.

– Pero estos pocos años han supuesto un avance espectacular en ciertas partes de Europa, entre ellas España y en mayor medida Irlanda.

El lugar era un piso coquetamente amueblado, pero con muy buen gusto, me abrió una especie de criado, pero que parecía un levantador de pesas, que me introdujo en un despacho donde me recibió una mujer muy guapa de unos cuarenta años. Después supe que había pasado los cincuenta. ¡Pero qué más da! Lo importante es que guardo un magnífico recuerdo de ella. Aquella conversación puso las cosas en su sitio por una y otra parte y me sirvió para darme cuenta de la cantidad de cosas que ignoraba.

– Me llamo Carla y para empezar, Vanesa, permíteme que te tutee. Puedes llamarme como quieras: Carla, señora, ¡cómo quieras!

– Como desee, madam.

– ¡Eso de madam me gusta! ¡Va con el negocio! Por cierto el negocio consiste en acompañar a elegantes caballeros durante su estancia en Irlanda, generalmente en Dublín, donde ellos digan, puede ser a una cena, a un baile o hasta lo más profundo de su cama. Por tu aspecto creo que puedes llegar a lo más alto y en lo más alto se gana mucho. Aparte del inglés ¿qué otros idiomas conoces? Eso amplía mucho los horizontes ¿sabes?

– Pues naturalmente el español, y nada m&

aacute;s.

– ¿Cómo de bien?

– Pues perfectamente, creo, con acento de Castilla.

– Es raro encontrar a alguien en Irlanda que domine el español. ¿Has vivido en España mucho tiempo?

– Perdone señora, ¿de verdad no se ha dado cuenta que soy española?

– Sinceramente no. Había notado algo raro en tu acento pero pensé que era cosa de jóvenes. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Al menos tres o cuatro años.

– Poco más de seis meses.

-¡Increíble! Eso es bueno, te sugiero que cuando domines a la perfección el inglés comiences con el francés o el alemán, dada tu facilidad no tardarás en aprenderlos. Normalmente el cliente sabe lo suficiente de inglés pero prefieren que se les hable en su idioma. No tengo ninguna chica que hable español. Perfecto. Y ahora pasemos a tu aspecto. Te hablaré con sinceridad. ¡De pena!

– Entonces, ¿no sirvo?

– ¡Servirás! Y serás una estrella en este trabajo pero ahora pareces una pueblerina desagradable. Necesitarás unos retoques en la cara y el cuerpo, poca cosa, pero harán de ti una diosa. Pero eso será más adelante. Ahora lo más importante de ti, son tus dieciocho años, porque a esa edad todas las mujeres son guapas, por otra parte necesitas ganar para costearlos.

– ¿Se refiere a cirugía? Ya había pensado en ello, pero falta el dinero.

– Además de la cirugía necesitas aprender de todo, en primer lugar a vestirte, a pintarte y me imagino que a comer y beber. Y por supuesto a practicar el arte amatorio. ¿Te sorprendes? Cuando te sorprenderás es al descubrir lo mucho que tienes que aprender. Aquí ganarás muchísimo pero para lograrlo debes ser muy buena y eso hay que aprenderlo y por supuesto, con sacrificio.

– Hay un tema que me gustaría tratar. ¿Qué he de hacer con los hombres? Hay cosas que he oído que creo que no me gustará hacerlas, como por ejemplo que me sodomicen.

– Aquí se trata que estés contenta y no puedes estarlo si haces cosas contra tu voluntad. No creas que la felicidad de mis chicas me preocupa por filantropía. En primer lugar me preocupa por el negocio. A los clientes no les gustan las tensiones y si no estás feliz acaban por darse cuenta y el negocio no marcha y luego está el hecho que no soy tratante de esclavos, por tanto desde el punto de vista personal también prefiero que estéis felices. En resumen, tú puedes hacer lo que quieras, cuanto más hagas más ganas y más clientes tendrás, porque si tenemos que buscar clientes de determinadas características el campo se reduce mucho y puedes pasar mucho tiempo sin trabajar.

– Tampoco me gustaría trabajar con políticos, prefiero gente que se gaste su dinero.

– Reduces más el campo, la mitad de nuestros clientes son políticos. Pero te entiendo, son más sencillos los ejecutivos de las empresas. A pesar de todo creo que podrás ganar unas mil libras diarias aparte de la comida y los regalos que te hagan.

No te aburriré con muchos detalles. Fue similar a lo que hizo Penny contigo solo que las comidas las hacíamos en locales de lujo y pagaba yo, lo que me obligó a aprender rápido. La enseñanza sexual comenzó por cómo desnudarme con elegancia y luego a la práctica con aquella especie de portero que parecía un levantador de pesas. Debo reconocer que el hombre se comportó con una asepsia total, todo lo hizo muy profesional sin excitarse ni una sola vez. La señora me advirtió:

– Esto es un trabajo. Si te excitas acabarás perdiendo el control y entonces el cliente podrá hacer lo que quiera contigo. Por tanto, por guapo que sea no te excites.

Y me enseñó formas de evitar la excitación.

En un mes estuve lista. En ese mes me gasté todo lo que tenía ahorrado y lo que gané de forma que cuando salí con el primer cliente estaba como al principio, sin un céntimo. Pero la cosa marchó bien y entre lo que ganaba en Cork y lo que ganaba en Dublín le plantee a mis patrones que se buscaran otra niñera que me había salido un trabajo de contacto con la gente lo que era mejor para mis propósitos de aprendizaje. En un mes quedé libre, con dedicación exclusiva. Opté por seguir viviendo en Cork pero los viajes a Dublín eran frecuentes. Cuando no trabajaba, paseaba por la ciudad y hablaba con la gente. Al principio con los clientes, naturalmente les visitaba en sus trabajos con la excusa de aprender, lo que era cierto y habla

ba con los empleados o compañeros, eso me permitió aumentar el número de conocidos y en poco tiempo apenas salía a la calle, me encontraba con gente con la que hablar.

En Cork llevé una vida discreta y muy poca gente llegó a sospechar en qué me ganaba la vida y en Dublín, salvo algunos camareros no me conoce nadie y no creo que la policía sepa que existo.

Al cabo de un tiempo de trabajo, me dijo la señora que ya debía tener dinero suficiente para mejorar mi cuerpo. Me llevó a un cirujano que hizo los retoques. Esto supuso un mes de paro. Pero al volver todos los clientes querían estar conmigo por lo que en otro mes recuperé con creces las perdidas.

Poco más de un año me permitió dominar el idioma lo suficiente como para sentir que no iba a prender más. Le dije a la señora que si conocía un trabajo similar en Bélgica o Luxemburgo. Me dijo que en los dos sitios y le dije que mejor en Luxemburgo por ser un país pequeño y con aire de discreto.

Autor: Anonimo

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Escrito por Marqueze

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