GRACIELA, LA ENCUESTADORA

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Mamá había muerto hacía 6 meses. 3 llevaba yo sin trabajo. La hipoteca de la casa se ejecutaría en poco tiempo más, y papá apenas conseguía "parar la olla" manejando un taxi prestado. ¿Cómo iba a hacer para parar el vencimiento? Así que se venía la mudanza.

Mi hermano ganaba menos de lo suficiente como para bancar sus gastos. Difícil invierno empezaba. Además me quedaba a cargo de las tareas domésticas de la casa. Lavarropas semiautomático, o sea enjuague a mano y con agua fría. Plancha sin vapor. Limpieza de pisos, baldear el garaje, levantar la mierda del perro. Hacer la comida para todos. Y ese dolor tanguero y tan grande llamando a la vieja, a pesar de mi guitarra rockera.

¿Qué más podía pasar?

Alguien está insistiendo con el timbre. A las 10.00 de la mañana en este suburbio de Morón, al oeste de Buenos Aires, ¿A quién se le puede ocurrir molestar en mi apesadumbrado sueño? Llego, estúpidamente dormido y semiconsciente, hasta la puerta, abro el postigo vidriado y sorprendido entiendo algo así como una encuesta sobre atención médica. Y que a modo de entrevista quieren "embaucarme" como cliente.

Pero miré y vi que tenían tetas y las dejé entrar. Demasiado frío afuera para ellas y demasiada soledad adentro para mí. Me excuso por mi raído bóxer, (única vestimenta), y las invito con un café con leche, (¿habrá?), Y unas tostadas, (pan duro recordaba haber visto), mientras se calienta el agua me arreglo como puedo, cepillo mis dientes, un poco de desodorante, calzo un jean, y me cubro con la camiseta del Deportivo Morón.

De las dos, la bonita parece haber simpatizado conmigo, o con mi bulto matinal, porque no deja de mirarme como si hubiera encontrado el motivo de su existencia. Algo debe haber pasado en mi ausencia porque después del improvisado desayuno Anahí, decide seguir sola con otras casas y otros futuros clientes, y Graciela encara en sí la tarea de convencerme.

Cuando cierro la puerta tras la salida de Anahí, recordé a Curly de "Los 3 chiflados" y su señorita Cucaraña, esa mezcla le queda bien. Pero Graciela es otra cosa. Le calculo 24 o 25 años, algo más que mis estúpidos 21, y una sonrisa que ilumina, y tiene tetas.

Ya sé que estudia y que vive no muy lejos. Que trabaja para pagarse sus libros y que el frío le quema los labios, y tiene tetas. De la encuesta no hablamos y el segundo café nos pone más cerca, y tiene tetas. No hubo excusas, directamente la invito a dormir un rato conmigo y acepta. Duerme en la cama de mi hermano hasta pasado el mediodía.

Creo estar todo el tiempo al palo, pero debo haber caído dormido en algún momento, porque no veo cuando se mete en mi cama. Con la mano derecha me agarra directamente de la pija. Me pajea intensamente pero muy despacio, mira a los ojos y me sonríe, más y más. Se deleita mirando mi cara. Paso del goce al ansia, del placer a la necesidad. Me está usando.

No me toques, dijo.

No me animé a mover un pelo. Se paró al lado de la cama y se inclinó sin soltarme, no dejó de acariciar. Se puso en la boca mi pedazo y se desvistió completamente, así inclinada chupando, sin mi ayuda.

No me toques, repitió ahogada en mi pija, ante un leve amague de mover mi mano.

Quitó mi jean y el bóxer, y se subió. Me estaba cogiendo descaradamente, como si yo sólo fuera un consolador, o su muñeco inflable. Solamente podía verla subir y bajar sobre mí, sus espectaculares tetas se golpeaban entre sí y sentía pena por no poder ayudar con mis manos. Pero le seguí el juego.

¡Acabá, hijo de puta! ¡Soltá la leche de una buena vez!

Ni en pedo, (vulgo argentino por borracho, beodo, ido en copas), pensé, ahora es mi turno. Saltaba frenética, cabalgando enloquecida, y sus tetas se acercaban peligrosamente a mi boca. Cayó rendida y no pudo seguir.

– Pendejo, nadie me aguantó tanto. -Seguro que no saben cogerte, le contesté, y

salté sobre ella.

No lo esperaba, pero su concha inundada, no se resistió. Con una facilidad que ni yo mismo creí me colé de nuevo en su interior. La levanté desde la cintura y la clavé bien profundo, tenía metida en mi cabeza su sonrisa argentinamente fanfarrona, mientras creía jugar conmigo.

Ahora mis manos apretaban sus tetas buscando revancha. Sé que le dolía pero no podía hablar y noté que repetía un orgasmo. La saqué y en el mismo impulso me senté sobre su pecho.

Abrí la boca, dije. No quiero, contestó.

Pero sobre la "o" le acabé, y el mejor chorro entró en su boca, el resto le tapó la cara. Ahora estamos a mano. Graciela estaba en éxtasis y yo seguía parando taxis con la pija. La di vuelta.

En el culo no, dijo.

Le respeté el deseo, y me gané su confianza. Le clavé la pija donde ella quería, a esa altura un mar de flujos y reflujos permitían cualquier cosa, y aparentemente le producían sensaciones límites que no conoció antes. En su entrega soltó una frase errónea.

Haceme lo que quieras, bebé.

En un solo movimiento me acomodé en su culo, repitió que no, pero era tarde. Impulsado por mi inexperiencia anal, mi deseo fue creciendo hasta olvidarme de la cortesía. Le partí el culo en un solo intento. Ni sabía aquello de esperar a que se acostumbrara al tamaño del miembro, o de la lubricación "salival", o como evitar que sangrara.

Lloraba mientras me pedía por favor, ahí reaccioné y me quedé quieto esperando su instrucción. Lo único que no iba a hacer era sacarla. Se acomodó despacio y me moví con delicadeza.

Así, así, con amor, dijo.

Y volví a moverme con cuidado, ahora gozábamos los dos y empezaba a entender de qué se trataba el placer compartido. Cuando llegó a un increíble final, la dejé libre. Agarró otra vez mi pija con su mano derecha, y cerró los ojos para dedicarme su mejor mamada. Subía y bajaba con una dulzura que contrastaba con el trato que había tenido antes. Me miraba como pidiendo paz, hasta que acabé exhausto y agradecido.

Un baño juntos terminó la tarde. Y nunca más la volví a ver. La camiseta del Deportivo Morón, viaja conmigo todavía. Incluso sigue conservando las manchas de ese día, no la volví a usar ni la lavé.

Autor: Superend

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Escrito por Marqueze

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