Hermano y amante

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Seni comienza a moverse y él la toma con violencia, eso le gusta porque ella quiere que la cama suene, que emita algún sonido cómplice, quiere que la cama se queje, quiere que reconozca una diferencia, quiere marcar su presencia aquí para sentirse invasora y agresora, para satisfacer su ego de mujer rupturista y sobre todo porque una excitación desmedida la invade.

Durante la semana Seni se había dado cuenta que el mantener una relación como la que existía ahora entre su hermano y ella, requería de un estado de animo en permanente vigilia y que en el caso de ellos este estado de ánimo se concretaba en frecuentes llamadas telefónicas. Estos contactos eran como una forma de comprobación de que lo que sentían permanecía inalterable. De hecho durante esas llamadas se excitaban y ello era explicitado a través de las palabras.

También en estos contactos trataban de planificar los encuentros próximos ya que no podían, recurrir a los lugares que son habituales en otro tipo de parejas. Particularmente en estos días estaban preocupados de lo audaz que había sido la situación en el living de la casa el domingo anterior, en que Teresa, la mujer de su hermano, había estado a punto de descubrirlos.

La actitud de su hermano frente a ella no había cambiado en absoluto, así se lo había dicho él, y externamente el comportamiento de ellos, era normal. Sus relaciones íntimas eran las habituales y no se habían deteriorado. Él se sentía particularmente gratificado de tener a dos mujeres a las que amaba en forma diferente, no comparable. Sin embargo la forma como Seni estaba percibiendo la situación no tenía estas características de normalidad.

Al inicio de las relaciones con su hermano, cuando rompieron el tabú y todas las trabas que se habían planteado, le era difícil conversar con Teresa. Cuando lo hacía, sobre todo en los almuerzos dominicales, tenía que hacer un esfuerzo demasiado grande para guardar el equilibrio y un escalofrió la recorría cuando Teresa, como lo había hecho siempre, le confidenciaba alguna de las intimidades de las noches con su hermano, como para compartir un poco de ese mundo con Seni, que como mujer soltera se suponía que no tenía experiencia alguna.

Estas conversaciones se habían hecho más frecuentes en las últimas semanas y el énfasis que ella ponía en ciertos detalles y el indisimulado deleite con que los contaba, llegaron a preocuparle, pero al fin pudo darse cuenta que su apreciación era más bien la consecuencia de su secreto y no un interés novedoso de parte de Teresa.

No obstante lo anterior empezó a surgir en la mente de Seni con una claridad meridiana, que había una diferencia fundamental entre las relaciones del matrimonio y la relación con su hermano. Esta diferencia no se encontraba en el plano ni psicológico ni corporal puesto cada uno de ellos, sin saberlo había asumido sus roles. Para Teresa nada había cambiado porque ella no sabía nada y para su hermano, superado el impacto inicial, ahora vivía plenamente la felicidad.

La simplicidad con que Teresa le contaba sus intimidades tenía como base fundamental la existencia de su propio territorio, su hogar, su casa, en cuya protegida intimidad, ella podía realizar todos sus juegos, sus invenciones, con la normalidad que puede brindar a una pareja la existencia de un espacio físico, en que no habiendo hijos, todo se daba para ellos sin problema alguno.

La relación con su hermano, sin embargo, no tenía lugar físico, no tenía territorio, era un amor vagabundo, errante, de situación azarosa, no en el tiempo, que siempre podían coordinar o adecuar, sino en el espacio, era un amor de intemperie, era un amor subyugante y prohibido pero sin techo.

Esta realidad ocupaba tiempo en los desvelos de Seni y muchas veces se sorprendía imaginando citas con su hermano en lugares absurdos, en los que nunca se realizaban y mientras despierta en su cama se excitaba pensando cómo lo deseaba y cómo él la estaría deseando, le resultaba patético pensar que en ese mismo momento ellos estarían entregados a las practicas nocturnas protegidos por su recinto matrimonial y asegurados por la aceptación social. Nunca había sentido celos de la mujer, ni rabia por él, pero una rebeldía interna en contra de una realidad innegable se fue desarrollando en ella, una suerte de envidia por ese lugar que ella no poseía en donde poder vivir lo que estaba viviendo. Este sentimiento de envidia la perseguía, a veces, también de día, envolviéndola en un estado algo confuso que parecía impulsarla a una acción que por el momento no le aparecía clara.

En medio de estos pensamientos su hermano le dijo, en una de sus habituales conversaciones telefónicas, que Teresa se ausentaría de la ciudad el sábado para volver solamente el domingo a la hora del almuerzo. No había que agregar nada más a esa información, no fue necesario porque su mente y su cuerpo iniciaron en ese mismo momento un proceso de ansiedad que habría de llenar los dos días y las dos noche que aun faltaban para ese sábado prometedor.

Esas dos noches solitarias deberían ser seguramente de las que recordaría más inquietas en sus últimos tiempos. Era una rara reiniciación en lo prohibido. La alternativa cierta de hacer el amor en el mismo territorio de Teresa, en su propia casa, colmaba más de lo que lo esperaban sus anhelos de mujer oculta.

Cuando ese sábado, como a las cinco de la tarde estacionó su automóvil frente a la casa de su hermano, ya se había serenado plenamente. Siempre le sucedía así cuando estaba frente a un hecho que las circunstancias ya no podían variar. Esa tarde hacía un frío intenso pero la casa estaba agradablemente templada y se sintió deliciosamente a gusto.

Se abrazaron con intensidad como para reconocerse bajo la ropa y se besaron con esos besos que siempre encontraban renovados. A ella le gustaba prolongarlos para que no le quedara duda alguna que era su hermano quien la besaba con besos de hombre y con esa deliciosa dureza de macho tierno. Normalmente casi no hablaban en sus encuentros porque siempre habían pensado que en este tipo de relaciones las palabras resultaban torpes y siempre estaban bajo la sospecha de una disculpa oculta y ninguno de los dos quería darse ninguna explicación sino vivir plenamente lo que habían asumido.

Así dejaron que sus lenguas se buscaran y sus manos exploraran hasta llegar a esos sitios que cada vez les parecían más subyugantes. A los pocos minutos se habían desnudado y se separaron un espacio como para admirarse, como para saber que todo lo que ellos adoraban estaba en su sitio, que una semana no los había hecho cambiar. Él la besaba en los hombros, haciéndola girar y englobando los senos ardientes en sus manos. Ella siente su virilidad sobre el costado de sus muslos mientras se siente impulsada a caminar abrazada de esa forma hacia la escalera que conduce al segundo nivel de la casa.

Seni se siente palpitar desde adentro hacia afuera y percibe que se está generando un vacío caliente entre sus muslos y algo serpentea dentro de ella como si allí se encontrara prisionera toda la ansiedad de sus noches anteriores. Desde que supo de este encuentro, sabía también que llegaría donde estaba llegando y sin embargo, cuando traspasaron la puerta del cuarto y apareció ante ella el inmenso lecho matrimonial, sintió un ligero zumbido en los oídos, pero fue solamente un momento.

Rápidamente recorre la pieza con una mirada exploradora y se le hace nítido que está en el territorio de Teresa, sus perfumes, sus cremas, todos esos símbolos con que las mujeres marcan su entorno como para que no quepa dudas que allí reinan.

Sin embargo esta sensación no le hace sentirse ni mal, ni intrusa, ni débil, muy por el contrario se siente fuerte. La situación le parece un desafío, era eso lo que ella quería encontrar, era ahí donde quería estar, así desnuda ardiendo y en el cuarto de Teresa. Entonces en un movimiento rápido se da vuelta se abraza a su hermano y cae de espaldas sobre la cama con las piernas separadas y abrazada a su hombre.

Siente su peso sobre su cuerpo y su pecho presionando sus pezones duros, siente como su virilidad quemante la busca y con ligero movimiento le facilita la entrada para que vuelva a partirla con ese bendito dolor de siempre. Levanta sus piernas y lo abraza con ellas para quedarse más unida a él. Seni comienza a moverse y él la toma con violencia, eso le gusta porque ella quiere que la cama suene, que emita algún sonido cómplice, quiere que la cama se queje, quiere que reconozca una diferencia, quiere marcar su presencia aquí para sentirse invasora y agresora, para satisfacer su ego de mujer rupturista y sobre todo porque una excitación desmedida la invade.

Y así ruedan sobre el lecho sin dejar de abrazarse y ella no quiere meterse bajo las sábanas porque no quiere que sus sentires queden ocultos, desea que las murallas y las ventanas y las cortinas de la habitación la vean y porque quiere que cada objeto se impregne de este perfume vital que como pareja están originando.

Y el tiempo pasa sin que los toque y su mente entra en ebullición porque no desea que el tiempo se termine y porque quiere que él le de de todo lo que tiene, que le de lo que nunca le ha dado a Teresa y porque quiere darle lo que nunca Teresa le ha dado a él.

Así, en su candente mente en ebullición sale la idea desde el centro de un torbellino y la idea la hace girar y él ahora la abraza por la espalda y ella boca abajo sobre el lecho piensa en lo que Teresa le ha contado, en sus negaciones y en lo que ella Seni, está decidida a darle a su hermano y él está pensando lo mismo.

Ahora lo siente entre sus nalgas y el miedo la paraliza, pero solamente un momento y ya está decidida y se va incorporando lentamente sobre sus rodillas y ya lo siente recorrer su entrada, no quiere decir nada y se queda en silencio profundo cuando su tensión la arrebata.

Ella se dilata y se parte y un dolor infinito casi le hace perder el sentido que ella no quiere perder porque quiere sentirlo avanzar y al dolor sigue el placer y sus gritos llenado ahora el cuarto y mientras más adentro más dolor y más placer y así cuando lo siente llegar, cuando ha terminado su camino dentro de ella por su zona más prohibida y más placentera se quedan latiendo en silencio y él la mantiene tomada de los pechos para tenerla allí firme e inmóvil.

Ahora Seni sabe que le ha dado lo que él quería, pero más que nada lo que ella quería darle y ya no siente dolor sino placer, sobre todo el placer de estar aquí marcando un territorio que ahora para siempre será también suyo, de los dos, porque cada noche en este mismo sitio, su hermano recordara esta tarde por siempre.

El domingo pasado en el almuerzo, Teresa le dijo a Seni que le parecía una mujer feliz.

Autor: Jotate

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Escrito por Marqueze

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