Iniciacion con Marcela.

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Mi padre es, aún hoy, un hombre de enorme voluntad y afán de superación, ambicioso para sus hijos. En su juventud, logró mediante su propio esfuerzo y sacrificio hacer la carrera militar. Probablemente, en algún momento de su vida debió ser una persona agradable, sin embargo, en la época en la que se desarrolla esta historia, su conversación, cuando estaba en casa, se reducía a monosílabos y amenazas. Era y es partidario de la disciplina, la mano dura y el castigo físico.

Mi madre es una católica devota, tanto ahora como cuando yo era pequeño. Todas las mañanas rezaba el Santo Rosario, acudía a Misa y tomaba la Comunión; al mediodía recitaba el Ángelus y por las tardes solía acudir con sus amigas a reuniones de la Asociación de Damas Cristianas. Mi hermana y yo fuimos criados en un santo horror por la mentira y la pereza.

Mi hermana, que ahora está casada y trabaja en una organización de ayuda humanitaria en Kosovo, era, en la época en que tuvieron lugar los hechos que voy a narrar, una niña pija cuya máxima aspiración era comprar ropa de marca, charlar durante horas por teléfono con sus estúpidas amigas y, cuando mis padres no estaban, encender un cigarrillo y tumbarse a ver la tele en ropa interior en el sofá del salón.

Todos los veranos mis padres alquilaban una casa de pescadores en el pueblo de Palafrugell. Allí la costa es abrupta, escabrosa, con escarpados roquedales que se desploman sobre el mar, playas resguardadas y una vegetación de pino y monte bajo escorada por el viento de tramontana. En verano, a pesar del inofensivo viento de Garbí, un sol abrasador hace hervir las calles del pueblo. Pero nuestra casa era un refugio de oscuridad y frescor reconfortantes. Allí nos trasladábamos mi madre, mi hermana, la asistenta de turno y yo mismo, con gran revuelo nada más acabar las clases. Todos los veranos tenía lugar la misma ceremonia, sin embargo, yo nunca olvidaré el verano en que entré en la universidad. Acababa de cumplir dieciocho años, había estudiado en un colegio de hermanos religioso solo para varones y no había tenido relaciones con ninguna chica. Mi padre, que ya era coronel, se reunía con nosotros los fines de semana y durante todo el mes de agosto. Debido a mi casi exclusiva dedicación a la masturbación y a las revistas pornográficas, el curso académico me había ido francamente mal, debería estudiar mucho para poder aprobar todo en septiembre. El curso preuniversitario había acabado unas semanas antes, y hasta entonces nunca me había fijado en nuestra asistenta. Había descubierto todo lo relacionado con el sexo en el colegio, junto con mis compañeros. Mis días terminaban invariablemente con una sesión de masturbación en mi habitación. Pero, a diferencia de mis compañeros, no me gustaban únicamente las chicas agraciadas y jóvenes, las mujeres mayores también me atraían.

De aquella época, lo que llevo grabado más profundamente en mi piel, es el recuerdo de la madre de mi mejor amigo, Alejo: ella me fascinaba y me atraía cómo mujer, no era cómo las otras chicas que me gustaban ya que era solo un poco más joven que mi madre. Siempre me trataba con amabilidad y dulzura. Mis fantasías se fueron incrementando con la edad y la forma que me abrazaba y me estrujaba contra sus pechos al saludarme y al marcharme. Me solía masturbar fantaseando con ella, antes de que se produjese un cambio radical en mi vida, que relataré un poco más adelante.

El último día que estuve en casa de Alejo antes de las vacaciones, nos sentamos en el suelo a ver la televisión, la madre de mi amigo estaba acomodada detrás de él, de tal forma que yo sí la podía ver, pero él tenía que darse la vuelta para mirarla. Ella vestía un vestido corto que, sentada en la posición en la que estaba, dejaba ver todo a quien estuviese sentado a mi altura. Bajo la tela del vestido podía ver sus bragas de color crema, la tela delicada que apenas ocultaba la entrada al paraíso, dejando entrever el oscuro y rizado vello púbico. Cuando lo descubrí me quedé embobado. Al cabo de un par de minutos, al levantar la vista me encontré con su mirada divertida. Me guiñó un ojo y me señaló la televisión, noté como la cara me ardía de vergüe

nza y me puse a mirar la tele, pero fui consciente de que ella no cambiaba la posición de sus piernas. Poco tiempo después sonó el teléfono, ella, tras charlar un rato, se levantó y se marchó. Al volver se había cambiado, ahora vestía un traje chaqueta muy elegante. Nos dio un par de besos a cada uno y se fue de compras con unas amigas.

Le dije a mi amigo que tenía que tenía que ir al lavabo, pero, en lugar de ir al lavabo común, fui al de los padres. Cerré la puerta por dentro, abrí el cesto de la ropa sucia, rebusqué nerviosamente entre las prendas. El miedo a ser sorprendido entorpecía mis manos, las prendas del cesto resbalaban una y otra vez entre mis dedos. La ansiedad resecaba mi boca. Pensaba que en cualquier momento podría haber alguien que quisiera entrar en ese lavabo. Pero, por fin, encontré las encantadoras braguitas color crema. Resultaron ser un tanga adornado con delicados encajes. En el centro se apreciaba claramente una gruesa mancha clara que imaginé era de flujo femenino. En aquel momento, olvidando el peligro a ser descubierto, me apeteció probármelas. Me desnudé por completo, me las puse, me calcé unos zapatos de vestir que también pertenecían a la madre de mi amigo, me situé delante del espejo y me pude observar: mi cuerpo aún no completamente masculino, el miembro que había doblado hacia atrás para que no se viese, parecía un pequeño monte de Venus. Por un breve momento me vi como una mujer. Creí sentir la humedad de la mancha sobre la piel sobreexcitada de mi pene.

Como no podía ser de otra manera, me masturbé utilizando como elemento de inspiración mi imagen en el espejo. El suave tacto de la tela era muy agradable, percibía con claridad el delicado roce del encaje sobre mis ingles y como el hilo posterior del tanga se hundía entre mis nalgas excitándome. Mientras mi mano se deslizaba sobre mi miembro, que se enderezó y creció hasta ocupar toda la prenda, pensaba que ese mismo hilo se había hundido en el fragante abismo que separaba los cachetes de la madre de mi amigo. Al finalizar me corrí produciendo una nueva mancha mucho mayor en las braguitas. Me sentí tentado de robarlas y tenerlas un tiempo en secreto para poder repetir mi placer prohibido, no obstante, la razón se impuso y opté por dejarlas en su lugar. Satisfecho mi deseo y ante el temor de ser sorprendido, me vestí a toda prisa, me retiré y volví a ver la tele. En el camino me crucé con el padre de mi amigo, un teniente coronel compañero de mi padre que me miró sorprendido.

Para nosotros trabajaba la señorita Marcela, nuestra asistenta en aquella época, una brasileña del color del caramelo fundido, madura, alta, exuberante, más bien recia, de manos masculinas, fuertes y sutilmente callosas, y labios gruesos y sensuales. Ella constituía un toque de exotismo con el que mi madre pretendía dar envidia a las comadres de la asociación. Con este fin, mientras estaba de servicio, le hacía vestir ridículos uniformes de fantasía. Un día, sin saber muy bien el porqué, empecé a fijarme en ella. Desde que había acabado el colegio y la veía diariamente había comenzado a atraerme morbosamente. Era ella quien limpiaba nuestros cuartos, así que comencé a meditar sobre que podría hacer para que se diese cuenta de que me gustaba. Pero, por muchas vueltas que le daba, nunca conseguía tener un plan bien armado, porque a cualquiera le parecería improbable que ella me gustara y si se lo intentaba mostrar con sutileza nunca caería en la cuenta.

Empecé a hacer cosas para que se fijara en mí. Eso sí, siempre que sabía que mis padres no estaban, porque si lo hubiesen sabido, mi padre me hubiese matado a bofetadas. En lugar de intentar ocultar mis erecciones, las exhibía constantemente delante de ella. Incluso iba un momento al cuarto de baño a colocar mi polla de tal manera que la tienda de campaña que montaba en mis calzoncillos quedara lo más abultada y tensa posible. No me pasaron inadvertidas las miradas de reojo que recibía mi paquete por parte de Marcela.

Un día en el que sabía que le tocaba limpiar mi habitación, entré antes que ella y simulé que no la había escuchado entrar. Quería que me encontrara desnudo. Para que el pene se viese algo más lustroso, previamente me toqueteé un poco y, en el momento en que abrió la puerta, fingí que no la había oído mientras me cambiaba y m

e tapé con la sábana. Lo malo fue que después ella salió y le contó a mi madre que había entrado en la habitación, justo cuando me estaba cambiando.

Al día siguiente supe, a través de las órdenes que le impartía mi madre, que Marcela debería limpiar la habitación paterna, fui hacia allí y me encerré en esa estancia, entré en el baño, dejé la puerta entornada, cogí un espejito y lo coloqué estratégicamente para que estando yo sentado en la taza del excusado pudiera ver si alguien se asomaba a la puerta sin tener que mirar en esa dirección. Me senté en la taza, puse en marcha el radiocasete portátil, me unté el miembro con la aceitosa crema bronceadora de mi madre y comencé a hacerme una paja.

Al cabo de poco tiempo oí el sonido de la puerta de la habitación al abrirse y me puse a jadear sonoramente para atraer su atención. Un minuto después, a través del espejito, vi como Marcela se asomaba por la puerta entreabierta del cuarto de baño, su cara de asombro inicial y como una sonrisa pícara iluminaba su cara al instante. Yo continué con mi espectáculo para mi secreta espectadora. Después, volviendo a mirar el espejo (no quería mirarlo constantemente por si ella lo descubría por la dirección de mi mirada), vi por la abertura de la puerta que ella había introducido una mano bajo la falda del uniforme y la movía arriba y abajo lentamente en un amplio movimiento. Esperé hasta ver el orgasmo dibujado en su cara para desencadenar el mío. Me sorprendió ver la aparatosa mancha de humedad que se dibujó en su falda. Ella recompuso su ropa y se retiró sin hacer ruido. Al salir del cuarto de baño descubrí, en el lugar en el que ella había estado de pie, unas gruesas gotas de un líquido blancuzco que me recordó mucho al semen masculino. Supuse que en las mujeres maduras los jugos vaginales eran más espesos que en las chicas que yo había conocido. Tomé uno de aquellos goterones con el dedo y lo saboreé. Curiosamente, no pude percibir ninguna diferencia con el sabor de mi propia leche.

Aquella noche Marcela me sirvió la cena en la cocina. Se sentó a mi lado y, mientras esperaba que yo acabase, apoltronada junto a mí, con sus fuertes piernas cruzadas, hojeaba con descuido una revista del corazón al mismo tiempo que escuchaba un serial radiofónico. Había llegado al punto en que lo que me excitaba más era la sensación de prohibido y el riesgo de que me pillara en mis manejos. Así que por la simple excitación que me producía el riesgo de ser descubierto, nerviosamente metí mi mano sudorosa bajo la mesa, me saqué la polla del bañador y me masturbé sigilosamente. El ruido particular de la masturbación quedaba amortiguado por el sonido de la radio. Cuando me iba a correr, la miré directamente a la cara. Ella levantó la vista de la revista y mirándome me preguntó: “¿Por qué me miras así? ¿Te pasa algo?” Y en el momento que el esperma empezaba a manar a chorros de mi polla goteando sobre las baldosas de la cocina tuve que tomar aliento para contestar: “No, nada, nada, Marcela, intentaba leer la portada de tu revista”.

A la mañana siguiente, era viernes, el último día de libertad familiar antes de que llegase mi padre. Yo me debí levantar muy tarde de la cama, cuando fui a desayunar me di cuenta que mi madre y mi hermana se habían ido ya a la playa sin esperarme. Encontré a Marcela nuevamente en la cocina, bailaba frente al fregadero de manera sensual, contoneando su cuerpo al ritmo de la samba que sonaba por la radio. Cuando terminó la canción, me vio y me pidió si le podía ayudar a abrochar uno de los endemoniados uniformes que le obligaba a llevar mi madre. Mientras pugnaba por meter los botones nacarados en los ojales me apoyé en su espalda tanto que empecé a trempar hasta que el miembro se puso tan rígido como el mástil de un velero. Ella era un poco más alta que yo, así que mientras me esforzaba por ayudarla podía oler el suave perfume que solía llevar mezclado con el aroma de suavizante que emanaba del uniforme. En ese momento, ella dijo: “¿qué es lo que llevas puesto que se me está clavando en la espalda?”, desplazó su mano hacia atrás y empezó a acariciarme la picha y los huevos recogidos dentro del bañador. Sentía el calor y el tacto de su enorme mano callosa a través de la fina tela. Comencé a

temblar como una hoja al viento, no podía concentrarme en los condenados botones, mis dedos resbalaban sobre ellos una y otra vez. No atinaba a pronunciar palabra, mi erección en unos pocos segundos llegó a ser dolorosa. Sin saber que había sucedido sentí que no podía controlarme y, mientras mis piernas flojeaban, un río de magma hirviente se me escapaba empapando el bañador. Marcela percibió la súbita humedad que le mojaba la palma de la mano y escuché su grave voz que me decía: “Muchacho, ¿todo este río es en mi honor?” No supe que responder, la cara me ardía de vergüenza y las piernas me temblaban tanto que no me podía sostener. Aún tenía los ojos cerrados, cuando oí que me decía: “Mi rey, deja que te limpie antes de que te vea tu madre” Me tomó de la mano y me llevó a su habitación que estaba en la planta baja, junto a la cocina.

En los últimos tiempos había soñado innumerables veces con entrar en aquel lugar. El cuarto estaba iluminado por una bombilla de escasa potencia. En él había únicamente una pequeña cama individual, un armario enorme con un espejo en la puerta y un lavabo de porcelana. Uno de sus uniformes colgaba de una percha y sobre la cama su ropa interior, perfectamente doblada, esperaba a ser guardada. Ella me situó delante del lavabo, tomó una de sus toallas, la humedeció, me bajó el bañador y lo limpió, después, con la misma toalla, recogió el semen que empapaba mi pubis, aún sin vello, y goteaba por testículos y mis muslos. En voz baja, y con una sonrisa, comentó: “¡Deberás desayunar como un león para reponer toda esta leche, cariño!” Aquello era el paraíso para mí, su mano se desplazaba con mucha suavidad por mis piernas recogiendo todo semen. Secó mis huevos y, pasando entre las piernas, comenzó a enjugarme las nalgas. “¡Qué culito más dulce que tienes! Creo que un día me voy a comer este postre tan rico. ¿Me dejarías probarlo ahora?”, me preguntó. Yo no supe que responder, solo atiné a responder: “Como quieras, Marcela” Ella se situó detrás de mí, se arrodilló, apoyó sus manos en mi cintura y pude sentir su lengua, húmeda, cálida y segura sobre la parte alta de mis nalgas. La desplazaba lentamente, en pequeños círculos. Parecía disfrutar de lo que estaba haciendo casi tanto como yo. Lamió toda la superficie con extrema dulzura, después situó su lengua sobre mi rabadilla y pude sentir como descendía humedeciendo mi canal. Era una sensación increíblemente delicada que nunca había imaginado que se pudiese experimentar. Con sus manos, sin ninguna violencia, abrió mis nalgas y muy, muy dulcemente, sentí como su lengua se deslizaba casi sin rozar mi ano. El tacto de su lengua era jugoso, cálido y leve. Cerré los ojos, me incliné y me apoyé en el lavabo. En un tiempo que me pareció eterno su lengua poco a poco se fue abriendo camino dentro de mí. Sin que supiese como, noté como miembro había vuelto a ponerse erecto. Ella también se percató, untó su mano con saliva y empezó a masajearlo con delicadeza. “¿Estás disfrutando, príncipe mío?”, me preguntó, a lo que solo pude responder con un gemido. A continuación me volvió a interrogar: “¿Crees que te correrías así?”, y obtuvo un gemido más largo por respuesta. “Entonces, déjate ir sin miedo”, me propuso y yo no me hice esperar. Sentí como su lengua dejaba paso a su dedo ensalivado y como este se hundía sin esfuerzo en mi ano. Esta nueva sensación fue demasiado para mí, seguí su consejo y me solté: oleadas de placer incontenible me derribaron sobre el lavabo. Me corrí sobre su mano mientras notaba como mi esfínter anal se contraía en espasmos alrededor de su dedo.

“Si sigues así nunca acabaré de limpiarte, mi amor”, me dijo entre risas mientras volvía humedecer la toalla y me enjuagaba una vez más.

“¿Eres capaz de guardar un secreto?”, me preguntó mirándome fijamente a los ojos. “Claro Marcela. ¿De qué se trata?”, le repuse yo. “Me lo tienes que prometer: nunca, se lo dirás a nadie, a tus padres ya sé que no lo harás, pero me debes jurar que nunca hablarás de ello con tu hermana ni con tus amigos”, su cara estaba muy seria. Nunca la había visto así, siempre había una sonrisa en sus labios, pero yo estaba decidido a compartir aqu

el secreto con Marcela antes que cualquier otra cosa, así que le grité, alzando demasiado la voz, que salió de mi garganta aguda y aflautada: “Sí, sí, Marcela, te lo juro por lo más sagrado”. Una sonrisa iluminó su rostro nuevamente y sugirió: “Fíjate bien, pero no hagas ningún comentario hasta el final, por favor” Guardó silencio unos instantes, desabrochó los botones que tanto esfuerzo me había costado abotonar, abrió la parte superior del uniforme y me mostró sus pechos. Era dueña de unos senos perfectos, oscuros, brillantes, enormes, redondos, apuntaban hacia mí unos pezones erectos y prominentes. Tenía un cuerpo macizo y dotado de hermosura, nunca había sospechado que bajo aquellos uniformes insípidos se ocultase un torso tan bello y sensual. A continuación, sin mediar palabra, comenzó a subir la falda de su uniforme muy despacio, descubriendo en primer lugar los muslos morenos, fuertes y torneados que me habían hecho soñar; después aparecieron sus bragas, de resplandeciente raso negro adornadas con puntillas, incongruentemente lujosas bajo el uniforme de sirvienta. En un primer momento no me di cuenta, pero, enseguida supe cual era su secreto: un enorme abultamiento en la parte delantera solo podía estar escondiendo un pene en erección de tamaño monstruoso, y la mancha húmeda en la parte superior, indicaba a todas luces que la sesión de degustación de mi culo no le había dejado indiferente.

Lo único que se me ocurrió fue: “Carajo, ¿eres un tío?”. “No, mi rey, soy una transexual. La señorita Marcela, ¿tú me has visto alguna vez como un hombre?” me preguntó ofendida. Y la verdad es que ni siquiera en aquel momento, hipnotizado por el sorprendente perfil de su pollón bajo el raso de su ropa interior, era capaz de imaginármela como un hombre. Había algo en ella que nunca he podido definir y que me atraía hacia ella morbosamente. Me quedé quieto, sin saber que responder. Ella estaba enfrente de mí, a menos de un metro. “¿Quieres que te enseñe mi clítoris?” preguntó en tono insinuante. Sentía una curiosidad irrefrenable, así que le respondí sin dudar: “Sí, Marcela, me encantaría verlo”. “Descúbrelo tú mismo …” me dijo mientras tomaba mi mano y la dirigía hacia sus bragas.

Si hasta aquel momento había creído que su miembro estaba en erección, me había equivocado, lo que sucedía era que, aún estando en reposo, era tan aparatoso que sus bragas no podían abarcarlo, tendía la tela hacia fuera hasta dejarla tirante, en la cintura deformaba las gomas elásticas que lo aprisionaban y se escapaba por los lados. Cuando puse la mano encima me sorprendieron dos cosas: primero, su calor, la tela ardía encima de su pene; segundo, su movimiento, en cuanto lo rocé con la yema de los dedos pude sentir como se movía, se enderezaba sin esfuerzo, apartaba la braguita y se asomaba al exterior. Tomé con los dedos el elástico de sus bragas y las bajé. Una manga gruesa y larga, del color del azabache se desenrolló delante de mis ojos atónitos, cayendo hasta la mitad del muslo. “Cógelo sin miedo, no te morderá” me sugirió. Lo tomé con la palma de la mano y lo levanté un poco.

Era la primera vez que tenía en la mano el pene de un varón adulto. Lo que más me impresionó fue la cantidad de piel que sobraba en la punta de su falo, pensé que si utilizaba toda esa piel, como parecía normal, tendría que aumentar, por lo menos, diez centímetros más; que añadidos al descomunal tamaño en reposo, crearían un rabo espectacular. Su tamaño era sobrecogedor, pero su tacto aterciopelado y cálido era reconfortante. Percibí como se hinchaba en la palma de mi mano y comenzaba a enderezarse. El prepucio, una oscura flor de piel que coronaba aquella pieza extraordinaria, se retiraba suavemente por sí mismo, y tal y como el agua descubre la arena al retirarse la marea, apareció la superficie curvada y brillante del glande, dividido en su mitad por un profundo canal del que manaba una gota radiante del líquido del amor. Los dos permanecimos en silencio, sin mover voluntariamente un músculo mientras su polla completaba la erección, elevándose dulcemente, abandonando la superficie de mi mano fascinada e iniciando un vuelo que la conducía cada vez más alto. En menos de dos minutos superó la elevación de su ombligo y había adquirido tal g

rosor que no la podía abarcar con mi mano juvenil. Un torrente de gruesas venas ensortijadas hizo su aparición a medida que el miembro incrementaba su rigidez.

“¿Quieres que te enseñe como tratarlo y apreciarlo?, príncipe mío”, preguntó con voz dulce y rasposa Marcela. La curiosidad me podía, así que respondí: “Sí, enséñame”. “Acerca tu cara muy despacio, y en primer lugar aspira su aroma y disfrútalo”. Hice lo que me indicaba y percibí un aroma armonioso, flexible y suave. A medida que me acercaba, la fragancia se fue intensificando coloreándose con un fondo ahumado, sutil y delicado, al igual que aumentaba la percepción del calor cordial que irradiaba; era un aroma incomparable, masculino, a semental encendido por mi presencia. “¿Te parece apetecible, mi cielo?”, preguntó en un suspiro, y sin esperar ninguna respuesta continuó indicándome: “Tócalo suavemente con las yemas de los dedos”. Apoyé mis dedos sobre la superficie ardiente, tenía un tacto sedoso, cálido y untoso, resbaladizo; y cuando dejaba patinar mis dedos por su superficie la sensación de solidez que percibía era la misma que si acariciase una columna de mármol pulido. Solo las abultadas venas sobresalían de la aquella perfección del color de la noche.

Avancé un paso, lo tomé con las dos manos y lo acerqué a mi cuerpo. Marcela era más alta que yo y estaba montada sobre zapatos con tacones, pero aún teniendo en cuenta estos detalles, su tamaño, tal como lo recuerdo, debía ser ciclópeo, me llegaba al pecho. Lo apoyé contra mi cuerpo y acaricié con mimo la lisura de su cara posterior, desde el nacimiento hasta el glande en el que una gruesa gota que parecía de pulido aceite surgió mansamente y comenzó a resbalar sobre mi piel. Sobre mi cabeza, Marcela suspiró y luego murmuró: “Sigue así mi rey, con las dos manos como si acariciases un cirio en la iglesia” y, una vez que lo hubo mencionado, comprendí que era la imagen que más se ajustaba a lo que tenía entre mis pequeñas manos: un enorme cirio pascual de piel morena, con su misma rigidez, el mismo tacto untuoso y cerúleo, las mismas enervaciones que rompían la superficie pulida y la misma sensación de calor vivificante al palparlo. Lo masturbé utilizando las dos manos, con toda la delicadeza de la que fui capaz. Era algo que había practicado en solitario hasta la extenuación y sabía perfectamente que es lo que ella esperaba de mí. Cuando levantaba la vista podía ver sus ojos cerrados, como se mordía el labio inferior en un gesto, que después supe que presagiaba la proximidad del clímax, mientras murmuraba: “Príncipe mío, mi cielo, sigue… hazme muy feliz, mi rey”. Cuando calló, un ligero temblor precedió a una explosión que salpicó mi cabeza, cara y pecho de semen caliente. Ella se aferró a mi cabeza con las dos manos y yo supe que no debía parar. Con los ojos cerrados para evitar los goterones que caían por mi frente, continué subiendo y bajando, ordeñando aquella fuente inagotable. Entonces comprendí que era la mancha que había aparecido en su uniforme cuando se había masturbado en la puerta del cuarto de baño de mis padres.

“Cariño, tú no escarmientas. Voy a tener que poner un túnel de lavado para limpiarte” me dijo entre risas. Yo aún no había abierto los ojos, cuando tomó una vez más la misma toalla húmeda con la que me había secado ya dos veces y me quitó la leche de la cabeza, la cara y el pecho. Me despidió diciendo, “Ponte el bañador y creo que lo mejor será que los dos nos vayamos a duchar, cada uno a su baño”. Salí corriendo de su habitación, subí los escalones de dos y me encerré en el cuarto de baño. Estaba muy confuso, no sabía que pensar, ¿me había vuelto maricón, o qué?, aquello me había gustado, y mucho. Marcela seguía gustándome. Si pensaba en lo que había sucedido, sentía un cosquilleo agradable reanimar mis genitales. ¿Qué era lo importante?, ¿qué fuese en un noventa por ciento mujer?, o ¿quizá, lo importante era ese diez por ciento sobrante?.

Cuando después de la ducha bajé a la sala de estar, mi madre y mi hermana estaban allí, vaciando sus bolsas de playa. Ni siquiera me miraron cuando caminé por detrás de ellas y me fui corriendo a la cocina. En ella estaba Marcela preparando la comida. Vest&iac

ute;a un uniforme limpio, y se había recogido el cabello en un moño alto. Cuando me vio, sonrió y me guiñó un ojo. No obstante, mientras caminaba hacia ella con la cabeza me hizo un gesto de negación. En ese momento se abrió la puerta y comprendí el porqué: entró mi madre impartiendo órdenes a diestro y siniestro.

Aquella tarde, como todas las tardes, estuve por ahí con mis amigos, cuando volví a casa mi padre ya había llegado. “¡Hombre! ¡Mira quien aparece por aquí! El gamberro de tu hijo” le dijo a mi madre que miraba al suelo con tristeza. Mi padre puso cara de perro, se dirigió hacia mí y gritó “¿Qué coño hiciste con las bragas de la madre de Alejo?” al tiempo que me estampaba un sonoro bofetón en la cara. Durante unos segundos, mientras se apagaba el zumbido dentro de mi cabeza, no supe que responder, después recordé que me había cruzado con el padre de mi amigo al salir del cuarto de baño y no me hicieron falta unas grandes dotes deductivas para saber que había pasado.

Como parte del castigo, estuve todo el fin de semana lavando coches gratis para un amigo de mis padres que era dueño de una gasolinera. Empezaba a las siete de la mañana y acababa a las nueve de la noche. Cuando llegaba a casa, buscaba a Marcela, pero a esa hora ya se había retirado a su habitación y no me parecía una buena idea ir a visitarla estando mi padre en casa.

El domingo, al abrir la puerta mi madre me comunicó muy triste que ellos habían decidido ir a pasar una semana a casa de unos tíos míos en Canarias, pero que yo me quedaría allí solo, mi padre me había castigado. Solo pregunté: “¿Cuándo os vais?”, ella me respondió “Esta madrugada, tu padre nos ha conseguido una plaza en un avión militar que sale a las seis, tendremos que levantarnos a las cuatro para llegar a tiempo al aeropuerto … ya pasaremos a despedirnos de ti”. Sin decir palabra, fui a mi habitación y me encerré, si no hubiese estado tan cansado, hubiese saltado de alegría.

Por la mañana, después de oír como se cerraba la puerta de mis padres permanecí en la cama despierto, presa de una excitación incontrolable. Solo pensar en las cientos de posibles escenas que podría representar con Marcela mantenía una erección constante, potente y dolorosa. Cuando ya no puede resistir más mis nervios me levanté, me duché, bajé a la cocina y me senté, esperando que Marcela apareciese como siempre hacia las ocho, para preparar su propio desayuno. Pero, iba a sufrir una primera decepción, ella no apareció a su hora, ni una hora después, ni dos. Sobre la mesa de la cocina yacían los restos del temprano desayuno de mis padres en un confuso desorden. Me puse manos a la obra, recogí y fregé las tazas, platos, cubiertos y cacharros sucios que habían dejado como recuerdo.

A las diez y media ya me dolía el culo de estar allí sentado y me sabía de memoria la posición exacta de todos los cacharros en la cocina, pero, por fin, vi como se abría la puerta del cuarto junto a la cocina. Ella apareció solo con una camiseta y unas chanclas, el pelo ensortijado sin peinar y al verme, me dijo: “Buenos días, pequeño señor, pensaba que todavía estarías durmiendo”. “No podía dormir, tenías tantas ganas de verte que solo hacía que dar vueltas en la cama”, le repuse. “Sí, claro, claro. Pero a ver si te aclaras., tú no querías verme a mí, lo que tú querías era ver mi culo … y todo lo demás, ¿no? …”. Se quedó callada mirándome, yo tampoco supe que contestar. Ella se debió dar cuenta de que en el fondo estaba hablando únicamente con un chiquillo y continuó: “Perdona, aún no me he despertado, espera un rato a que tome un café, desayune y me duche y continuamos la conversación”.

Me quedé sentado en el banco de la cocina viendo como ella comía y bebía sin decir palabra. Cuando se movía por la cocina su miembro y sus testículos aparecían danzando por debajo de la camiseta. Los había imaginado una y otra vez, mientras me revolvía inquieto entre las sábanas, pero no de una forma tan familiar. Debo reconocer que vistos así perdían parte de sus características de obsesión erótica.

Una vez que hubo acabado, volvió a desaparecer en su cuarto durante media hora larga. Cuando volvió a salir lucía únicamente un body b

lanco. Me dijo: “Ven, acompáñame, mi cuarto es una porquería, vamos al de tus padres”. Pasó delante de mí y subió las escaleras.

El cuarto aún estaba por hacer. La ventana estaba abierta y una catarata de luz brillante entraba a través de ella. Desde el interior solo se podía ver un rectángulo deslumbrante de cielo azul. Las paredes blancas reflejaban la luz que se multiplicaba, cegando a quien entraba desde la penumbra de la escalera. “Esta mañana te voy a enseñar a follar con la señorita Marcela. ¿Serás un buen alumno, o tendré que castigarte?” Por toda respuesta le besé en la mejilla. “Mal, empezamos mal, a la señorita Marcela no le gustan estas cursilerías. Si quieres besarme algo, bésame el culo, ayer te lo besé yo a ti y, ¿a que te gustó?” La idea no fue de mi agrado. “Marcela, no creo que me guste, me parece asqueroso” “¿Qué te parece asqueroso? ¡Cómo se nota que no lo has probado nunca!”, repuso ella, “Ven, sitúate detrás de mí a los pies de la cama”, continuó, poniéndose a cuatro patas de través sobre el tálamo paterno, de tal forma que me ofrecía su culo en pompa. “¿Lo que ves te parece asqueroso?” me preguntó.

No tuve que meditar la respuesta ni un segundo: “¡¡¡NO!!!” Ella tenía el dominio absoluto de la situación, en tono severo me ordenó que le lamiera el culo, poniéndolo a mi entera disposición.

En primer plano veía sus nalgas oscuras, pulidas y brillantes entre las que atraía mi atención el blanco deslumbrante de sus braguitas tanga. La tira central se perdía, rodeada por los arabescos de blonda, entre los dos hemisferios, para volver a reaparecer más abajo cubriendo un enorme abultamiento que colgaba entre sus piernas. Estas eran dos columnas oscuras, lisas y bruñidas que se apoyaban sobre las sábanas, tras ellas podía adivinar el cuerpo de la señorita Marcela cuya cabeza descansaba sobre una almohada. No conseguía recordar como podía haber dicho que aquello podía ser “asqueroso”. Apoyé mis manos en sus piernas, aproximé los labios a sus nalgas y deposité sobre ellas un beso delicado. Despedían un olor delicado de crema hidratante perfumada y su tacto era sedoso y cálido. Comencé a lamerlas tal y como recordaba que ella me había lamido a mí, muy despacio, en círculos lentos, partiendo del exterior y acercándome poco a poco al interior.

Tras cada círculo me apetecía más y más probar el sabor de su culo. Con los dedos separé el tanga descubriendo el suave cono volcánico completamente depilado. Rocé el extremo externo con la lengua y ella me respondió con un estremecimiento tan violento que pensé que iba a acabar en aquel mismo momento. Era curiosamente blando y su olor, al contrario de lo que había pensado, era excitante. Sentía curiosidad de ver como reaccionaba, así que tracé un círculo amplio, rodeando su perímetro. Marcela suspiró. Me dirigí al centro, situando la lengua como un punzón afilado y tanteé la posibilidad de penetrar a través del esfínter con ella. Éste cedió con facilidad, mi lengua se deslizó blandamente hacia el interior y escuché un gemido apagado: “Así, mi cielo, hummm, que bueno, así me gusta”. Animado por la respuesta y sabiendo que teníamos todo el tiempo para nosotros, jugueteé con mi lengua sobre su ano que tenía el sabor levemente amargo y la textura untuosa del cacao criollo y, humedecido por mi saliva, emanaba un aroma dulce a ciruelas pasas. Cuando aparté un momento mi cabeza, su miembro se había escapado de las bragas y colgaba enhiesto hasta medio muslo, su culo estaba completamente abierto, brillaba con mi saliva y palpitaba pausadamente. Mi pene, violentamente erecto, rezumaba un pequeño riachuelo. Lo apoyé encima de su ano y acabé de lubricarlo con mi flujo preseminal.

“Ahora, príncipe mío, ensalívate la minga” ordenó Marcela. Cuando lo hube hecho, tomó mi miembro con su mano y lo apuntó contra su ano. “Ahora, muy, muy despacio, ve entrando”. Empecé a empujar, costaba más de lo que yo había pensado, teniendo en cuenta la facilidad con que anteriormente había entrado mi lengua. Ella comenzó a gemir en voz alta. Pensé que le había hecho daño y paré, pero, ella me ordenó “No pares, no pares, mi rey. Me encanta lo que me estás haciendo”, haciendo servir sus largos brazos, pas&oacut

e; su mano por detrás de mis nalgas y me incitó a empujar. Así que continué penetrando en aquel hoyo celestial. En pocos segundos se relajó, se acomodó a mí y pude sentir como aspiraba mi miembro. El olor de su culo me llegó a las fosas nasales como un aroma afrodisíaco. Podía sentir la suavidad esponjosa y cálida de su recto abrazar mi pija. Empecé a moverme dentro de su cuerpo, tal y como se me había dicho: con mucha delicadeza. Pero, por mucho que quiso hacerlo durar, en menos de un minuto me corrí salvajemente dentro de ella. “Quédate ahí dentro, príncipe mío. No la saques todavía” me pidió, entonces me di cuenta de que mientras yo la follaba, ella se había estado haciendo una paja. Los movimientos de su brazo hacían que sus testículos saltasen hacia atrás, golpeando los míos con violencia. Era una sensación muy agradable que duró muy poco tiempo. Marcela emitió un gemido más ronco al tiempo que su ano se convulsionaba y ella se desplomaba sobre la cama.

Nos quedamos los dos tumbados sobre la cama, disfrutando del aire fresco de la mañana que aún entraba por la ventana, Marcela descansando sobre la cama y yo sobre ella. Entre mis piernas se dormía su miembro, vertiendo un riachuelo de semen sobre las sábanas que yo percibía como una humedad tibia y pegajosa. Me parecía maravilloso escuchar los latidos de su corazón con la cabeza apoyada en la espalda. Al cabo de unos minutos, ambos nos adormilamos en aquella posición.

Me despertó Marcela moviéndose debajo de mí. “Mi rey, tendrás que moverte, se me ha dormido un brazo”, oí que me decía. Rodé sobre un costado y quedé tumbado boca arriba. El sol estaba muy alto, ya debía ser mediodía. Ella se puso en pie y se quitó el “body” y las braguitas que aún llevaba puestas. Así completamente desnuda, me miró, sonrió y propuso: “Ahora te voy a enseñar algo nuevo. Puede que al principio te duela un poco, mi cielo. Pero, tú debes aguantar y hacer exactamente lo que yo te diga” Se arrodilló a mis pies, me tomó de las piernas y las levantó. Me besó los muslos con mucha delicadeza, después su boca se apoderó de mis testículos y me enseñó el placer que se puede sentir cuando son chupados por una boca maestra como la suya. Si se refería a esa nueva sensación, no entendía como a alguien podía dolerle. A continuación se entretuvo en mis ingles, de ahí, levantando un poco más mis piernas, descendió a mis nalgas. Su lengua caracoleó sobre ellas, haciéndome sentir el deseo de que se besase mi ano. Sin embargo, ella demoraba una y otra vez la aproximación. Cuando, por fin, se decidió, me hizo gemir de placer. Yo podía sentir como mi esfínter anal se abría por su propia voluntad, tragándose su lengua, un apéndice líquido, ardiente y dúctil que serpenteaba dentro de mí.

Ella intentaba abrir mas mis piernas, para facilitar su manipulación, hasta el punto que yo mismo tomé mis tobillos y tiré de ellos hacia atrás. Tenía el ano completamente abierto y empapado de su saliva. Marcela apoyó el dedo índice y con facilidad lo introdujo hasta el fondo. Con este dedo empezó un movimiento de mete-saca lento. En una de las extracciones apoyó un segundo dedo y con mucha suavidad intentó meter los dos a la vez. Aquello dolía y subconscientemente, cerré mi ano. “Relájate mi rey, déjalos entrar, si aflojas la musculatura del ano es mucho más fácil” me aconsejó. Intenté hacerle caso y, efectivamente, al cabo de muy poco tiempo, los dos dedos entraban y salían con tanta suavidad como antes lo había hecho el índice en solitario.

A continuación fue al cuarto de baño de mis padres y volvió con un bote de crema hidratante de mi madre. Se volvió a arrodillar a mis pies y volvió a lamerme una vez más el culo. Después de los dedos, la lengua parecía más blanda, pequeña y líquida que antes. Paró, y sentí el frescor de la crema aplicada, después volvió a empezar, primero con el índice y luego con dos dedos. Esta vez no hubo ninguna sensación de dolor. Puso más crema y, muy despacio, añadió un tercer dedo. Nuevamente, sentí un leve dolor inicial, que desapareció cuando me relajé. Después, mientras me follaba con l

a mano, acercó su boca y volvió a comerse mis huevos con la misma maestría de antes. Todas aquellas sensaciones nuevas para mí, me habían hecho perder el sentido del tiempo y la realidad. Para mí no existía nada más que mis genitales y mi ano. Todos mis sentidos estaban concentrados en ellos.

Finalmente, añadió un cuarto dedo y más crema. Esta vez no dolió nada, únicamente una leve sensación de escozor y pude sentir sus dedos moviéndose dentro de mí. Cuando los tuvo todos dentro, comenzó un masaje circular increíblemente placentero, acompañado de caricias sobre mi vientre. Sentí como en mi interior se iniciaba un fuego lento semejante y, al mismo tiempo, diferente a lo que había sentido cuando era yo quien follaba a Marcela. No lo hice de forma consciente, pero me escuché a mí mismo decir: “Fóllame”.

Ella sonrió, extrajo su mano de dentro de mí con suavidad. Tomo su miembro completamente erecto lo untó con la crema de mi madre con parsimonia, me lo enseñó y dijo: “¿Es con esto que quieres que te folle, príncipe mío?”. “Sí, métemelo todo dentro… ahora”. Marcela, se retiró, apoyó su miembro contra la entrada de mi ano y acercó su cara a la mía. “Cariño, ahora relájate o te va a doler… bésame”, me dijo, al tiempo que sentí su lengua deslizarse dentro de mi boca. La besé e hice todo lo posible por no hacer ninguna presión con mi esfínter anal. Sentí como ella apretaba y como su picha empezaba a deslizarse a través de mi culo. Al principio no dolió nada, después sentí un ardor insoportable, como si una barra de hierro al rojo vivo se clavase en mí. “Aguanta un poco, mi vida, ya está dentro… deja que tu cuerpo se acostumbre. Sé que duele, pero después gozarás como nunca” me susurraba. Intenté hacerle caso, apreté los dientes y no pensar en ello. Marcela no se movió durante un rato, después empezó a moverse muy, muy, muy despacio. Sentí como se deslizaba con facilidad y, efectivamente, no dolía, o si dolía, era un dolor placentero. Cuando llegó al final y sentí su vello púbico contra mis testículos, pude notar como mi vientre se abultaba hacia fuera empujado por su miembro descomunal. Continuó moviéndose durante largo rato sin aumentar la intensidad. Yo comencé a gozar de aquello, hasta que finalmente, cuando ella aceleró y se corrió en mis entrañas, sentí un orgasmo completo, como nunca hasta entonces había sentido. Todo mi cuerpo participó del incendio que partiendo de mi vientre se propagó por mis muslos, mis piernas, mi pecho, mis hombros y mis brazos. Una ola de placer incontenible que me impedía respirar y me hizo perder el mundo de vista. Cuando me recuperé, sentí mi propia leche corriendo sobre mi vientre, deslizándose hacia la cama. Durante el resto de la mañana y mientras ella preparaba la comida, yo fui a excusarme en el lavado de coches. Aduje que había tenido fiebre todo el día y que aquel día no podría trabajar, debería guardar cama, lo que, al fin y al cabo, no era una mentira completa. Tras la comida, mientras mirábamos la televisión en el frescor de la sala de estar, me estuve fijando en los pies de Marcela que llevaba enfundados en altos y brillantes zapatos de tacón blanco. Con despreocupación juvenil, la polla se me puso dura al contemplarlos con detenimiento, sentía la necesidad de besar todos y cada uno de los dedos morenos que veía asomar. Sin sentir ninguna vergüenza, caí de rodillas ante ella y, mirando fijamente sus pies, le dije que los adoraba, que veneraba su forma y su fuerza, su color, textura, aroma y sabor, que idolatraba la forma en que ella esmaltaba su uñas, en fin, que todo en ellos me parecía motivo de éxtasis. Marcela entonces alzó con distinción uno de ellos y lo colocó delante de mi cara. Sentir uno de esos adorables pies encima de mí me hizo temblar de placer. No me lo pensé dos veces, lo cogí con delicadeza, acerqué mi nariz bajo sus dedos y aspiré profundamente. ¡Qué fragancia más excitante! Después de nuestro revolcón había llevado los zapatos puestos toda la mañana y sus pies ya tenían un aroma enérgico y profundo y, sin embargo, nada desagradable. Mi excitación creció y empecé a lamer lentamente la planta de su pie. Era muy suave, tibia y algo húmeda de sud

or. Paladeé su exquisito sabor salino que terminó por volverme loco de entusiasmo. Miré a Marcela pidiéndole permiso para continuar, y al comprobar que ella consentía la situación, introduje la punta de su pie en mi boca todo lo que pude y empecé a chupar. Saboreé cada uno de sus dedos y lamí con ganas entre ellos para descubrir todo su sabor. Besé, toqué, acaricié, lamí y chupé su pie con auténtico fervor, casi con desesperación. Apresé su otro pie he hice lo mismo. Estuve alternando los besos, las relamidas y las chupadas de un pie al otro.

Luego se me ocurrió un idea extraña: empecé a masturbarme con sus pies. Ese contacto con las plantas ensalivadas me puso a cien. Nunca en mi vida he disfrutado tanto como en aquella ocasión. Quizás porque era la primera vez que podía lamer los pies de una “chica”, quizás por el hecho de que Marcela hubiese descubierto otro de mis deseos ocultos, o tal vez por la excitante fragancia y el delicioso sabor que tenían sus pies. El caso es que estuve a punto de correrme en el bañador.

Marcela me hizo volver a sentar en el sofá y, sin decir palabra, se puso de rodillas entre mis piernas y me bajó con decisión el traje de baño, mi pollita juguetona brincó fuera con alegría; ella la aferró con su mano curtida, empezó a subir y bajar la piel lentamente mientras que con la otra mano mimaba mis pelotas. Aproximó su boca perezosamente y empezó a chupármela, en primer lugar, el glande, al que dedicó especial atención, para más tarde desplazar la lengua a lo largo del tronco mientras no dejaba de masturbarme lánguidamente.

Puso sus gruesos y húmedos labios alrededor de mi polla y fue abriéndolos muy lentamente mientras se la iba introduciendo mansamente. Podía sentir nuevamente el calor acuoso de su boca y, tan solo empezar, ya estaba a punto de eyacular, me resultaba muy difícil aguantar más pero quería esperar, le dije que se detuviera un momento que había llegado mi turno.

Se levantó y se fue desnudando hasta que quedó solo con unas preciosas braguitas de color rosa que tampoco conseguían encerrar su enorme manguera morena. Guiñándome un ojo y moviendo sensualmente las caderas, se las quitó y vi como se desplomaba pesadamente toda la longitud de su tubo tostado. Marcela escupió en su mano y cerrando los ojos empezó a masturbarse para que se le pusiera dura. Era una imagen deliciosa, pero le supliqué que frenase, que prefería ser yo quien lo hiciera. Fui entonces yo quien se puso de rodillas entre sus piernas y tenía a escasos centímetros de mí la primera manga que había saboreado.

Acerqué mi mano, la agarré y sentí su tibieza cuando aún estaba flácida. Empecé a jugar con ella, sacudiéndola lentamente para que se pusiera erecta, quería volver a sentir aquella tranca gorda, robusta, cálida, rígida, musculada y cubierta de venas en mi mano y en mi boca.

Escuché el ronroneo grave de su voz. “Acariciame los huevos, cielo, están deseando que los mimen” – me dijo – así que siguiendo sus instrucciones empecé a masajearle las pelotas, con delicadeza condujo mi mano hacia atrás, dirigiéndola hacia su culo. Cuando llegué a éste, su polla pareció reaccionar como dotada de un resorte, calmosamente se fue hinchando dentro de mi mano, hasta que finalmente no pude abarcarla con una única mano y tuve que tomarla con las dos. No perdía detalle de como aquel cañón ciclópeo crecía ante mis ojos atónitos.

Me ordenó – “Chúpate el dedito y follame con él, mi rey” Yo obedecí, me ensalivé el dedo y se lo hundí en el ano. Entró con facilidad, no tuve que realizar ninguna presión especial. Después empecé un mete y saca constante, no muy rápido pero sin parar.

Sabía que había llegado el momento que había esperado desde que nos habíamos sentado a ver la televisión: una gotita resplandeciente afloró en el orificio de su polla y no lo dude, lo recogí con mi lengua, rozando apenas la cima de su oscura tubería, lo degusté y su sabor excitante hizo que perdiera la cabeza. Ya no había vuelta atrás, saqué mi lengua de nuevo y tomé contacto con su ardiente columna de carne, recorrí cada milímetro de su glande con mi lengua. Su aroma masculino inundaba mis fosas nasales. Abrí mi boca un poco m&aac

ute;s e introduje la esfera brillante de su enorme glande en mi boca mientras paseaba dos dedos por su culo.

Empecé a subir y bajar mi cabeza a lo largo de toda su polla hasta que se clavaba en el fondo de mi garganta y no podía abrir más la boca. Ella acompañaba mis subidas y bajadas con movimientos rítmicos de su pelvis, lo cual hacía que su taladro colosal entrara cada vez más dentro, al principio la intenté frenar, pero me di cuenta que era imposible. Cambié de posición para facilitar la penetración. Me agarró con sus manos con fuerza del pelo y empezó a controlar el ritmo de mi mamada.

“Lo estás haciendo muy bien, príncipe mío” – me decía entre suspiros – “continúa, no pares, sigue así, que ahora mismo voy a follarte. … Vas a ser mía. … Quiero destrozarte el culito, desgarrártelo con mi clítoris. ¡O Dios, qué rico me lo estás haciendo!” Aquello me espoleó aún más y a ella también, porque cada vez que yo bajaba la cabeza, Marcela me enterraba su tubería hasta que mi boca no daba más de sí. Entraba tan adentro que mis labios quedaban a menos de un palmo de su vello púbico y yo sentía que me ahogaba con su pilastra colmándome la cavidad bucal, sin dejar un resquicio por donde pudiese pasar el aire.

Su voz resonó con fuerza en la sala de estar – “Continúa así, mi pequeño putito, me la estás chupando como los mismos ángeles” – se dirigía de nuevo a mí entre suspiros – “me corro. … ¡O Dios mío! … ¡O sí! … Me voy a correr dentro tu boca y quiero que te lo tragues todo. … ¡Me viene! … ¡Virgen Santa, me viene!”.

Yo estaba electrizado por la excitación y no me percaté de lo que estaba a punto de ocurrir: Marcela se iba a correr dentro de mi boca. No había pensado que pudiese suceder y ya no tuve tiempo para hacerlo, un volcán de leche hirviente empezó a manar. El primer chorro fue directo a la garganta, me lo tragué sin saborearlo únicamente intentaba sobrevivir, solo pude notar su calor. El segundo y los sucesivos quedaron en mi boca y los fui bebiendo con deleite, mientras notaba como ella disminuía el ímpetu de sus envites contra mi boca y su mástil monstruoso iba menguando y ablandándose mansamente.

Pensé que se sentaría relajada a mi lado, sin embargo, presa de excitación me dijo – “Ven cariño, la próxima vez, seremos dos lesbianas follando. ¡Acompáñame!” – me tomó de la mano y me llevó al cuarto de mi hermana. Abrió el armario y empezó a sacar ropa, seleccionándola. Me pasó unas braguitas que le habían gustado, un sujetador a juego, un vestido de tirantes y unos zapatos rojos preciosos. Me volvió a coger de la mano y me sentó frente al tocador. Allí me hizo poner la ropa que me había dado. El contacto de la ropa interior femenina, siendo únicamente tela, era increíblemente excitante. Me quedaba quizá algo justa, pero no pude verlo, porque Marcela, entre risas, me ayudó a ponerme el vestido y me sentó delante del espejo. “Ahora, mi niña, te voy a enseñar a maquillarte para que parezcas una princesa”. Me pidió que cerrase los ojos y que no los volviese a abrir hasta que me lo ordenase. Se entretuvo conmigo más de una hora. Podía sentir su respiración y, de vez en cuando, alguna orden: “Enséñame los labios”…” levanta la frente”… “gira la cabeza hacia este lado”…”Ahora quédate aquí sentadita que voy a buscar una cosita a mi cuarto”. Oí el taconeo de sus pasos alejándose y al volver, al cabo de unos instantes, sentí como intentaba encajarme una peluca.

Cuando acabó, dijo: “Ahora abre los ojos”. Al hacerlo no me vi reflejado a mí mismo en el espejo, sino una rubia platino espectacular. Me había puesto una de las pelucas de mi madre y mi cara había cambiado por completo. Mis ojos lucían como nunca antes lo habían hecho, sombreados con maestría y ocultos tras unas pestañas largas y rizadas. Mi cutis se veía perfecto y los labios brillaban con un tono malva increíblemente llamativo. Ella estaba detrás de mí y sonreía al ver mi reacción ante mi propia imagen. “Para finalizar, voy a hacerte un pequeño préstamo, tienes que estar completa”. Dicho lo cual, sacó el relleno de su sujetador y me lo colocó dentro del mío. La personita que me miraba desde el otro lado del espejo era una de las chicas más sensuales y atr

activas que hubiese visto nunca. Hice unas cuantas poses e intenté verme desde varios puntos de vista para asegurarme de que todo fuese tan perfecto como parecía.

“Intenta caminar …” – me ordenó. Lo hice y pude darme cuenta de que caminar sobre zapatos de tacón es más difícil de lo que parece, cuando no me torcía los tobillos, mi imagen en el espejo reflejaba un marchar torpe y desmañado, carente de cualquier tipo de gracia. “Mira, si quieres ser una chica con “glamour”, tienes que hacerlo así” – y me enseñó a colocar un pie delante de otro, a pisar de forma suave y apropiada, a mantener la espalda y la cabeza erguidas. Después de un rato de practicar, mi forma de andar había mejorado ostensiblemente, pero me dolían los tobillos. “Sígueme” – me dijo, me tomó de la mano y fuimos hasta su cuarto, allí cogió su bolso, las llaves y cual no sería mi sorpresa cuando me vi en la calle. Creí que moriría de vergüenza, era la peor hora posible, el sol se acababa de poner en el mar y de todas las puertas podía ver gente arreglada saliendo a dar el habitual paseo antes de la cena.

Marcela se dirigió decidida hacia el paseo y yo fui detrás. No habíamos andado más de doscientos metros cuando nos tropezamos con mis amigos. Era inevitable, aquel pueblo era demasiado pequeño. Aparté la vista, esperando escuchar sus burlas, ya era demasiado tarde para esconderse o retroceder. En ese momento, me sentí ridícula, la minifalda me hacía sentirme desnuda y podía notar el aire fresco acariciando mis nalgas, era como si tuviese el culo al aire. Encaramado en los zapatos de tacón creí que iba a perder el equilibrio en cualquier momento. Sin embargo, escuché la voz de uno de ellos: “¿Os habéis fijado que tía más buena va con Marcela?”. Y, aunque no me atrevía a mirarlos, pude sentir sus ojos mirándome de arriba abajo. El corazón me dio un vuelco, apreté la mano de Marcela, que me miró, guiñándome un ojo, mientras una sonrisa de complicidad iluminaba su rostro. La suave brisa nos traía el olor de los árboles en flor y el mar cercano. El cielo crepuscular era de un azul intenso y nosotras dos éramos las reinas de la alameda, el centro de todas las miradas. ¡Cómo hubiese deseado que aquella atardecer no acabase nunca! Nos sentamos en una terraza. Me sentía incómoda, me parecía que cualquiera podría verme las bragas y descubrir el paquete que escondía detrás. Instintivamente me senté con las piernas muy pegadas y estiré hacia debajo de la falda. Marcela me dijo: “Mi niña, si quieres que los hombres te miren, tienes que ofrecerles algo” Yo, sin embargo, no estaba muy seguro de que quisiese que me mirase ningún hombre. No obstante, me relajé, me senté más cómoda y empecé a disfrutar de la nueva experiencia. Pedimos un par de copas de vino blanco y escuché como Marcela me contaba como había llegado a servir en nuestra casa. Era una historia muy larga, ella tenía mucha gracia relatando sus aventuras, el vino fresco y afrutado entraba sin ningún esfuerzo y al cabo de una hora de estar allí sentadas me percaté de que una pareja extranjera que teníamos delante no apartaba la vista de nuestra mesa. La mujer era una pelirroja preciosa, recuerdo como sus ojos de esmeralda, curiosos y sonrientes, saltaban de mis piernas a mi cara y nuevamente a mis piernas. Me cayó muy simpática, le guiñé un ojo y separé las piernas para que pudiese ver el tesoro que tenía escondido. Sonrió y le comentó algo a su marido. Marcela, dándose cuenta de lo que estaba pasando, me dijo: “Reina mía, estás llamando la atención y en un pueblo tan pequeño no es una buena idea, creo que el vino se te ha subido a la cabeza, es mejor que nos vayamos a casa. Tenemos que acabar lo que hemos empezado” Pagó, nos levantamos con menos equilibrio del esperado y andando deshicimos el camino hasta la casa de mis padres.

Al entrar, me dijo que para completar mi feminización tenía que depilarme completamente. No me lo había planteado antes, pero aquello me pareció una buena idea. Fuimos a su cuarto, me desnudé y me tumbé en la cama siguiendo sus indicaciones. Gracias a las copas de vino helado, sentía un sopor agradable y la colcha de algodón sobre la que estaba estirada era fresca y blanda, así que me encontraba flotando en las nubes.

Marcela me susurró: “¡Mi pequeña Infanta, estate tranquila y déjate lleva

r!” Se retiró un momento y a continuación empezó a pasar una máquina de afeitar eléctrica a lo largo de mis piernas. Resultaba agradable, así que cerré los ojos y me relajé. La máquina avanzaba a buen ritmo, así que pronto abandonó las piernas y pasó a afeitar el vientre. Seguidamente me pidió que levantara los brazos y se concentró en el vello de las axilas. Antes de que me diera cuenta, ya estaba podando la pelusa del pubis. Notaba la maquinilla haciendo presión sobre éste, suavemente, delicadamente, de forma sensual. Apreciaba perfectamente el recorrido de la maquinilla, de modo que podía calcular el grado de afeitado que ya había recibido y sabía que ya no debía quedar nada o casi nada. Sin embargo el artefacto seguía rasurando, con delicadeza, siguiendo largos recorridos que terminaban golpeando con sutileza mi pene. De vez en cuando, el calor de su mano morena acariciaba sin querer mi sexo. Noté que, poco a poco, de forma inexorable, mi pene abandonaba su estado de letargo para convertirse en una verdadera tranca con ganas de presentar armas. La cabeza me daba vueltas, cerré los ojos y me dejé hacer. Empecé a sentir las pasadas de una brocha caliente, húmeda y llena de espeso jabón. Eran como si una lengua cálida, húmeda, flexible recorriera mi piel. Marcela embadurnó todo el pubis, las ingles, los testículos… y debajo de estos. En su recorrido iba y volvía de las ingles al pubis, del pubis a los huevos y de nuevo hacia el pubis. Aquello era un verdadero placer. La brocha me estaba poniendo muy caliente y me puse a fantasear con que era una lengua que recorría mis pliegues mas secretos, mi sexo, mi culo…

Salí de mi ensoñación cuando escuché la voz de Marcela que me decía: “¡Ahora me gustas, así es como quiero verte… Desinhibida, relajada, disfrutando… Eso es…, así…, así…” Había un olor extraño en la habitación, no desagradable, simplemente no habitual. Yo no le presté más atención y, mientras ella me hablaba, yo apreciaba cómo ya no me embadurnaba con la brocha, sino que recorría mi cuerpo con sus manos llenas de jabón, extendiendo la crema por el vientre, por el pecho… ¡Marcela me estaba haciendo sentir mi cuerpo por centímetros, con verdadera intensidad! Me había puesto tan caliente que deseaba en esos momentos que me agarrara la polla y me hiciera una buena paja, que me la mamara hasta hacerme aullar de gusto, que metiera sus dedos enjabonados en mi culito, a fondo, con energía… o mejor aún, que me metiera por el culo su manguera y me poseyera en aquella postura. ¡Bueno, estaba teniendo todas las fantasías del mundo! Pero Marcela no me hizo nada de eso, se detuvo a tiempo, antes de que yo se lo suplicara. Al cabo de un momento, noté que me ardía la pierna derecha. Luego sentí un fuerte tirón. ¡Me estaban depilando con cera! ¡Dios como dolía! Ahora era la derecha. Otra vez la izquierda. Ahora eran los muslos. Aquello se me estaba haciendo insufrible. No podía contener los gemidos de dolor. Jamás había imaginado que la depilación a la cera fuera tan dolorosa. Y cierto es que las mujeres velludas no me gustaban. Es más, me parecían aborrecibles. Aquellas piernas llenas de cerdas, aquellos pubis que parecen felpudos….. Le tocaba el turno ahora a la parte interior del muslo. No pude ahogar un grito de dolor.

Cuando acabó me ordenó que me diese la vuelta y abriese las piernas. En ese momento, había desaparecido cualquier recuerdo que podía tener de la sensación de felicidad que había apreciado al principio. Me sentía dolida y humillada, sin embargo, la sensación en lugar de desagradarme me estaba excitando. Mi miembro se clavaba afilado y duro como un aguijón contra el colchón mientras sentía como esparcía la cera caliente por la parte posterior de las piernas, mis nalgas y alrededor del ano. Aún recuerdo las lágrimas que se me escaparon cuando retiró la última tira de cera. Marcela me pidió que no me moviese, la escuché revolver en su armario y durante un tiempo no supe que estaba haciendo. Sentía una tremenda curiosidad y al mismo tiempo una enorme excitación, la experiencia me estaba gustando.

Tumbada boca abajo, escuché de nuevo su voz profunda que decía: “¡Qué deliciosas nalgas! Son redondas y carnosas, tiernas, colosales y sublimes. Azotarlas será un vicio, tus nalgas son una perfecta obra de arte” Sentí una primera palmada suave contra mi cu

lo. Ella no retiró la mano sino que masajeando la posadera castigada me separó los cachetes. La otra mano cayó con más fuerza en el otro hemisferio. Me escoció un poco más, pero ya esperaba ansiosa el siguiente. Marcela fue aumentando paulatinamente la intensidad de su castigo, al tiempo que mi dolor y mi excitación iban en aumento. Siendo apaleada de aquella manera me abandoné totalmente, olvidando cualquier cosa que no fueran las sensaciones táctiles más poderosas, sin pensar en nada más. En mi pene dolorosamente erecto, rozado contra la colcha de algodón, un volcán de semen amenazaba con salir. No me contuve, el siguiente guantazo restalló sonoramente, sentí como se incendiaba mi popa al tiempo que me derramaba sin control, aullando como una demente.

“Ya me dolían las manos, pero parece que te ha gustado. ¿No? ¡Ojalá pudieras verte con esa cara de loca satisfecha… Tu mirada muestra cualquier cosa menos inocencia” – dijo Marcela – “Ahora me gustaría que me lo hicieses tú a mí… Pero, espera un momento, será mucho mejor si me atas. Encontrarás unas ligaduras en el cajón inferior de mi armario, debajo de las sábanas hay una caja, ábrela y encontrarás dentro el material” Dicho esto, se desnudó, me hizo levantar de la cama y se tumbó boca abajo en la cama, sobre mi corrida, en la misma posición en la que yo había estado unos segundos antes. Abrí el armario, tal y como me había indicado y saqué la caja, que era más grande de lo que había imaginado. Allí dentro había todo el material de sadomasoquismo que más tarde he aprendido a utilizar: cuerdas, arneses, collares, esposas, ropa interior de cuero y látex, consoladores de varios tamaños, bolas anales, un látigo, una palmeta, mordazas, un par de barras espaciadoras… todo un arsenal. Tomé las ligaduras que me había indicado y le até los brazos, de tal forma que pudiese moverlos un poco, las piernas en cambio forcé que estuviesen exageradamente abiertas, de tal forma que podía ver sus abultados genitales.

Me vestí con parte de la ropa que había encontrado en la caja, dejando a Marcela inmovilizada en la cama mientras me probaba algunas de sus prendas. Cuando estuve satisfecha con mi apariencia tome la palmeta y apliqué a Marcela el mismo trato que ella me había dado a mí, con la diferencia de que sus testículos también recibieron parte del vapuleo. La desaté, pero únicamente para darle la vuelta y volver a ligarla boca arriba. Sin embargo, cuando tuve delante su polla empalmada, como un enorme misil negro apuntando al cielo cambié de idea, me unté yo misma el culito con crema; poco a poco, porque de otra forma era impensable, me senté sobre ella hasta que sus huevos tocaron mis nalgas, entonces cabalgué sobre ella. Aprovechando que tenía las manos atadas y no podía defenderse, mientras me la follaba moviendo las caderas, me dediqué a estirar sus pezones, lo que parecía excitarla cada vez más. Finalmente, hice que se corriera dentro de mí, yo estaba tan cansada que solo pude desatarla y acostarme junta a ella.

Acabamos las dos tumbadas y acariciándonos, de nuevo mimé la polla que me acababa de poseer. Después de ese día, y durante toda la semana, Marcela y yo follábamos día y noche, cuantas veces podíamos y en los lugares y posturas más increíbles, hasta que mis padres volvieron. Al cabo de unas pocas semanas, Marcela se despidió de nosotros y no volví a saber nada más de ella hasta al cabo de muchos años, un día que iba a volver al cuartel durante mi servicio militar. Pero, eso es otra historia.

Autor: Anarcoma

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Escrito por Marqueze

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