Inútilmente

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Me estabas follando en un lavabo, mis manos buscaron acariciar tus huevos, los estrujé entre mis dedos al mismo tiempo que mis dientes hacían lo mismo con mi lengua; con un soberano empujón me la clavaste entera, noté tus huevos golpeando mi culo con cada embestida. Aquello dolía. Mucho; aquello dolía celestialmente.

 

En muchas ocasiones he oído que no se puede vivir de los recuerdos; de ellos dicen que atormentan el corazón y que son malos compañeros de viaje. A mí me dan paz y, en cada viaje mental de ida y vuelta que hago por la vida, los llevo siempre en la maleta. Pegados a mí. A mí y a mi piel. Se podría decir que la historia de mi vida se escribe gracias a ellos.

Uno de los recuerdos más gratos que tengo de David, son las charlas que manteníamos encamados; después de hacer el amor, siempre saboreaba un cigarrillo esperando que él iniciase nuestro rutinario juego de preguntas sin respuesta. Exactamente como aquel día…

– ¿Sabes una cosa? Te quiero descontroladamente y eso me preocupa. -¿Descontroladamente? Esto suena raramente interesante. Explícate, David; es la cosa más extraña que nunca me han dicho y aún no sé si es algo feo o bonito. – Es lo que siento y cómo lo siento. Quiero decir… No controlo lo que me haces sentir. Ya sabes que siempre he intentado ordenar mi vida; odio no tener las cosas bajo control y a veces contigo me siento superado. Me saca de quicio que algo me supere, y desde que compartimos sábanas, estoy superado por ti…. Y algo perdido. Algunos días te quiero tanto que me asusto; otros, los menos, te quiero de una forma más ordenada. Como a mí me gusta querer.

 

– Acércate y dame un beso de los que hacen que yo te quiera más aún; quiero desordenarte un poquito. -Le dije, clavando mis ojos en los suyos. – Hablo en serio, mierda. Me preocupa este desorden sentimental. ¿Cómo me quieres tú a mí? – Ummmm… Yo a ti… Te quiero inútilmente.

– ¿Inútilmente? ¡Joder!…. ¡Eso suena fatal! ¿Qué quiere decir inútilmente? Se supone que soy inútil, que tú lo eres…. O peor aún…. ¿Que los dos lo somos? – No es eso, David, sabes que siempre he procurado rodearme de gente especial, como a mí me gusta llamaros. Cuando digo que te quiero inútilmente… Me refiero a que es un amor que a veces me resulta inútil. Me siento inútil por quererte tanto sabiendo que nunca dejarás que sea yo quien duerma a tu lado cuando envejezcas. Sé que me quieres y sé que te quiero, pero nos queremos inútilmente, sin ningún futuro…. y eso me da vértigo y me hace sentir algo… Inútil.

– Ahora acércate tú y dame un beso; quiero hacer algo útil.

Ese beso no fue el último que David me regaló; después de ese vinieron otros tantos besos inútiles. Algunos fueron cómicos, como el que le di en los cines “Acteon” mientras veíamos la última película de Woody Allen. Otros fueron mucho más tristes; recuerdo especialmente el que me dio poco después de enterrar a su hermana Silvia. Pero todos tenían algo en común, eran besos inútiles porque los recuerdo cada vez que la brisa acaricia mi piel; mi mente transforma esos fríos soplos y los convierte en las cálidas caricias con las que me hacías sentir especial. Siempre que estoy así, triste…. Te recuerdo. Hace tiempo que me prometí no olvidar tu primer beso por mucho que sufra al sentirlo de nuevo. Y lo hago. Sigue haciéndome sufrir, pero sigo siendo incapaz de no recordarlo cada mañana en un acto de masoquismo enfermizo.

Aquel día cerré los ojos lentamente, abracé tu cuerpo y separé mis labios deseando que tu lengua me violase la boca. Guardo en mi cabecita cada uno de los gestos, caricias, deseos y palabras que lo acompañaron. Aquel día me abrazaste y me diste fuerzas para dejarme llevar. Tus manos recorrieron mi cuerpo milimétricamente; sin detenerte en ningún rincón de mi piel, porque según tú, ninguno era más bello que otro. Despacio guiaste las mías mientras tu lengua jugaba con mis labios. Siempre me has sabido tan rico… Siempre has hecho conmigo lo que has querido, quisiera yo o no. Aquel quince de abril, el de nuestro primer beso, me obligaste a masturbarte en el cine sin ni siquiera pedírmelo; he conocido a mucha gente de mil maneras distintas, pero aquella carta de presentación te salió bordada, cariño. Recuerdos que hieren y a la vez alimentan mis ganas de vivir.

Cada mañana recuerdo lo mismo; recuerdo que cuando te sentaste a mi lado en aquella oscura sala me incomodé. El cine estaba medio vacío y no entendía muy bien porqué decidiste sentarte justo a mi izquierda. Me hundí en la butaca y procuré centrarme en la película, evitando mirarte a los ojos. Tú no parabas de moverte, de rozarme el brazo sin querer o queriendo; recuerdo tu sonrisa cuando viste mi cara de asombro al ver que te bebías mi coca cola.

El caso es que acabé sonriendo al igual que tú ante aquella extraña situación, en la que un desconocido se bebía mi refresco y no paraba de rozarme cada vez con más descaro. Una de las cosas que más me gustan de esta vida son las sorpresas, y tú has sido y serás la persona más sorprendente de mi vida. Sin duda lo eres, lo recuerdo perfectamente.

Después de unos minutos te miré a la cara y me gustaste; tú ya lo sabías, siempre has sido un arrogante. Seguro que al nacer lo hiciste de un modo arrogante como todos los capricornio. Y con esa arrogancia y seguridad abrumadora propia de tan arrogante signo zodiacal, llevaste mi mano a tu paquete. Sin mediar palabra, sin haberme dedicado nada; y a pesar de eso, de morderme la lengua para no decirte cuatro cosas, no quité la mano. La dejé ahí, encima de tu polla.

Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos hasta que apartaste mi mano de tu sexo. Aquello me avergonzó, no entendía nada y ya era inútil intentar seguir la película porque un tremendo calor recorría todo mi cuerpo. Evité mirarte mordiéndome los labios, traté de olvidar lo sucedido pero me fue imposible. Sobre todo cuando sin mirarte, noté como te desabrochabas el pantalón; fue entonces cuando de nuevo y con total descaro, llevaste una vez más mi mano a tu sexo. Esta vez te habías sacado la polla del pantalón; hiciste que mis dedos rodeasen tu sexo y tú mismo comenzaste a masturbarte utilizando mi mano.

El calor que desprendía tu polla entre mis dedos me excitó muchísimo, separé mis piernas y noté como mi sexo palpitaba. Aquello era lo más morboso que nunca me había pasado y tú, sin conocerme de nada, lo sabías. Siempre lo supiste todo; lo único que ahora no sabes es que no consigo olvidarte. Pasados unos segundos, apartaste tu mano y me susurraste al avergonzaba, pero también es cierto que jamás había estado así de caliente. Yo, que presumo de controlarlo todo, no pude ni quise hacerlo en ese instante.

Mientras movía tu polla oía tus gemidos, cada vez eran más nítidos para mí y supongo que para el resto de la sala también… Poco importaba eso. Besé mis labios con mi propia lengua y me hundí aún más en la butaca haciendo que mi culo resbalase por ella, me froté contra la butaca como una leona en celo, ansiosa y deseosa de su macho. Tu polla creció entre mis manos a la misma velocidad que lo hacía mi descaro, y su calor era un empujón al vacío… Una especie de grito sordo al deseo que ambos nos procesábamos.

Con mi otra mano acaricié mi sexo lentamente y después de unos segundos me arriesgué a saborear lo que mis manos disfrutaban. Miré con disimulo a ambos lados y cuando me aseguré de que nadie nos prestaba atención, me hundí entre las butacas y besé tu sexo. Mi lengua recorrió toda tu polla antes de hacerla desaparecer entre mis labios, qué rica me sabía. Había chupado más de una polla hasta ese día pero, después de lamer la tuya, nunca quise chupar otra distinta. La hacía desaparecer tragándomela entera, me encantaba apretar tus huevos mientras te la comía.

De vez en cuando dejaba caer algo de saliva para embadurnarla en mi deseo y cuando estaba empapada me volvía a meter en la boca una vez más. En ningún momento dejé de masturbarte con la mano. Cuando noté que estabas a punto me incorporé; no sé muy bien porqué lo hice, probablemente por hacer que me deseases más y por tener la precaución de no dártelo todo de golpe.

Continué masturbándote cada vez con más fuerza y deseo. Mi excitación iba en aumento y me froté con fuerza hasta lograr un orgasmo lleno de melancolía…

Me mojé como nunca antes lo había hecho. Durante toda la paja que te hice no nos miramos; tu mano acarició mi pelo y lo hizo con fuerza cuando notaste que tu orgasmo se acercaba, eso hizo que te masturbase con mayor ansia y celeridad. Notaba cada vez más próximo tu final y, cuando tus caricias pasaron a ser tirones de pelo, apreté tu sexo con pasión hasta que noté como todo tu vicio manchaba mis dedos.

Hasta el final de la película permanecimos así, sin mirarnos, en silencio. Saboreando ese regusto amargo de quien sabe que ha hecho algo malo pero no se arrepiente. A veces sonreía pensando en lo que acababa de suceder; me imaginaba en el café “El Sol” con mi amiga Paula, boquiabierta y alucinando al oír como le contaba lo magnífica que era la segunda parte de “Calígula” a pesar de no haberle prestado ninguna atención, mientras pedíamos un café tras otro.

Pero justo al finalizar la película, en el preciso instante que aparecieron los títulos de crédito… Te levantaste rápidamente y desapareciste. No me lo podía creer… “Menudo cabrón”, pensé. Volví a la realidad y saboreé el regusto amargo de quien se arrepiente de lo malo que ha hecho cuando ha sido cazado.

Tuve la sensación de que me habías utilizado y empecé a llorar tontamente. Mi mano seguía manchada de ti, y mi orgullo… A mi orgullo le habías clavado un rejón de muerte digno de un consumado matador.

Fui a los lavabos y me enjaboné las manos torpemente mientras me insultaba mentalmente sin descanso. Jamás me había sentido tan idiota.

Idiota, imbécil y gilipollas; idiota por no haberme sabido controlar, imbécil por no haber evitado que te palabras fueron un castigo para mí…. Aquello no estaba bien; no era romántico, más bien era deliciosamente sucio….

-Sí…. Fóllame, hazlo…

Sacaste tus dedos de mi boca y los llevaste a mis pezones, con fuerza los pellizcaste y eso hizo que se endureciesen al instante. Noté cómo de nuevo me excitaba, sentí un deseo tremendo de notarte dentro de mí.

Rozaste tu polla por mis piernas y fuiste subiendo lentamente en mi busca; notaba tu calor quemándome y apoyé mi cara en la pared buscando inútilmente un aliento que ya me faltaba. Tu glande descifró la clave para penetrarme y lo hiciste; aquello era una follada bestial… Me estabas follando en un lavabo, y eso se alejaba mucho de lo que yo entendía por amor, de lo que era mi vida hasta ese momento; pero me sentía bien, humilladamente bien. Lo recuerdo con todo lujo de detalles. Me agaché un poco más y mis manos buscaron acariciar tus huevos, los estrujé entre mis dedos al mismo tiempo que mis dientes hacían lo mismo con mi lengua; con un soberano empujón me la clavaste entera, noté tus huevos golpeando mi culo con cada embestida.

Aquello dolía. Mucho; aquello dolía celestialmente. Nuestros jadeos provocaban un eco que retumbaba en mi cabeza; me agarraste de las caderas y comenzaste a follarme salvajemente, tu polla entraba y salía con fuerza, violentamente… Una y otra vez noté como tu sexo me llenaba, mentalmente te pedía más, casi sin fuerzas te susurraba dame más… Dame… Hice fuerzas para atraparte en mi interior y no dejarte salir nunca más; era delicioso notar tu polla follándome cada vez con más fuerza…

 

Un pañuelo en mi boca acalló mis jadeos. Tuve serias dificultades para respirar con ese pañuelo estrangulándome lentamente, pero en ningún momento te dije que parases; me gustaba demasiado sentirte tan adentro. Estaba a punto de correrme y lo hice en cuanto tu sexo hinchado humedeció mi interior. Me arañaste las caderas y me llenaste de semen; después de aquel embiste final, noté cómo me saciabas y cómo tu esencia se escurría lentamente entre mis piernas. Después de unos segundos de reposo, en los que ni siquiera éramos capaces de cruzar una mirada, acertaste a decirme algo. Me di la vuelta y por primera vez nos miramos frente a frente.

– Me llamo David…. Y me gustaría follarte durante el resto de toda mi vida. – Yo soy Jorge…. Y me conformo con volver a verte mañana.

Después de eso me diste aquel beso, nuestro primer beso. ¿Cómo podría olvidarlo? Ese día atardecí contigo. Y anochecí. Y así vinieron cuatro años de amaneceres, atardeceres y anocheceres a tu lado. Mi cuerpo encontró la calma contigo, como si fueras ese remanso que todos deseamos alcanzar. Pero mi alma, mi alma no alcanzó esa paz. Nuestra relación se mantuvo todo ese tiempo igual que había comenzado, como si nunca hubiéramos acabado de salir de la penumbra de esa sala de cine en la que nos conocimos. Y cada vez que deseaba que la claridad llegara por fin a nuestra relación, me topaba con esas preguntas sin respuesta a las que eras tan aficionado.

Hasta que un día amanecí sin ti; en vez de tu olor y calor, me encontré con una carta en la que me decías que se te había acabado el amor. Que se te había ido vaciando como se vacía un saquito de arroz que va perdiendo los granos lentamente. Siempre me atormento con la misma pregunta… ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me di cuenta de esa pérdida de amor?…

David, ¿estás ahí?… Te siento de nuevo tan cerca… Ahora que ya no estás, o que sí estás pero lejos de mí…

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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