Juego seductor en la oficina

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Veía como su culo se movía, le lamía la espalda, amasaba sus tetas, yo solo quería tener mi polla cada vez más adentro, entera en su interior, estaba disfrutando como un loco. Empezó a subir y bajar lentamente con penetraciones profundas,  yo sentí el calor de sus entrañas, creía que me correría pero ella de vez en cuando seguía apretando hacia adelante mi polla, era una experta.

Trabajo en una oficina que se encuentra en una zona céntrica de Barcelona. En la oficina solo somos tres personas, mi jefe, Ana y yo. De forma habitual, dada la seriedad de nuestro jefe, no solemos tener contacto personal entre Ana y yo, ya que una vez terminada la jornada de trabajo cada uno se dedica a su vida privada.

Ana es una mujer de 37 años, soltera, cosa extraña ya que tiene un cuerpo muy sensual y unos rasgos de cara realmente bonitos. En la oficina por motivos de etiqueta viste con ropa ceñida a su cuerpo pero con un resultado muy elegante, pues no necesita exagerar demasiado para lucir sus encantos. Es morena no demasiado alta por lo que casi siempre utiliza calzado con tacón para resultar más esbelta. Tiene unas piernas torneadas, caderas anchas que contrastan con su cintura estrecha. Habitualmente utiliza faldas por las rodillas o un poco más cortas.

Sus pechos son abundantes, sin estar operados, por lo que cuando anda estos acompañan sus movimientos ondulándose en un vaivén muy sugerente, ya que los sujetadores que utiliza suelen alzarlos de forma vertiginosa además de las blusas y suéters ajustados que siempre enseñan el nacimiento de sus formidables pechos.

Un día que mi jefe estaba de viaje, nos pasamos toda la tarde hablando, escaqueándonos de trabajar pues pocas veces podíamos hacerlo. Decidimos tomar un poco de cava del que siempre disponíamos para ofrecer a ciertos clientes con lo que la tarde se presentó de forma agradable.

La conversación derivó al tema de Internet y los chats, ya que ella desconocía su funcionamiento y nunca había experimentado con ello. Decidimos conectar a Internet y acceder a un Chat, así que ella se puso al teclado. Inicialmente accedimos a chats de amistad, etc. pero la curiosidad surgía cuando aparecían algunos mensajes con proposiciones bastante subidas de tono.

Decidimos acceder a chats de adultos para ver que se cocía en ellos. Ana introdujo un Nick “Ana37” y como es lógico llovieron los tíos aludiendo a temas relacionados con el sexo. Al principio solo recibíamos mensajes y comentábamos cada uno de ellos, pero como el cava hacía su efecto y cada vez estábamos más  desenfadados decidimos ir respondiendo con incitaciones sugerentes. Así pues fuimos escogiendo aquellos que demostraban tener más imaginación y no resultaban groseros de forma inicial.

A uno de ellos le contamos donde estábamos y lo que hacíamos,  y él nos propuso un juego. Ya que el no podía estar con Ana, yo debía hacer exactamente lo que él me dijera. Ana, reía y comentaba que este tío estaba loco, pero era  ella la que le incitaba cada vez mas, cosa que a mi me sorprendía y me gustaba, pues notaba cierto grado de excitación y acaloramiento en un juego inicialmente inocente. Así pues, accedimos a la proposición de nuestro interlocutor  indicándole que no se pasara con las proposiciones cosa que aceptó.

Primero fueron tonterías: tenía que tocar el pelo de Ana; le ponía un dedo en un ojo; acariciar su mano, etc. Ana estaba muy divertida con el juego y en ningún caso puso objeción alguna. Nuestro interlocutor fue subiendo el tono de forma paulatina, lo cual yo agradecía:  debía acariciar la rodilla de Ana, la espalda por encima de la blusa, sus tobillos. Ana reía nerviosa, pero aceptaba y facilitaba las operaciones subiendo un poco la falda, poniendo sus pies sobre mi pierna. En esto que nuestro interlocutor pidió que la besara  en el lóbulo de la oreja, cosa que hice despacio, soplando lentamente. A continuación me pidió que lo lamiese cosa que hice pues Ana no solo me lo ofreció sino que desplazó su pelo a un lado para facilitarme la tarea.

Ana cada vez estaba más permisiva, se iba dejando y participaba con el interlocutor incitándolo de forma intencionada pues hasta el momento nada se salía de tono. Yo desde mi posición apreciaba perfectamente como en su blusa se marcaban sus abultados pezones. Me sorprendí del tamaño que se intuía, eso me excitó, solo pensaba en la siguiente instrucción que diría nuestro interlocutor, lo que me provocaba cierto nerviosismo y noté que a Ana también. Lo siguiente que pidió fue que lamiese su cuello en círculos, por la nuca, cinco veces, de un lado a otro. Yo me levanté y me situé detrás de Ana, ella retiró su pelo y me ofrecía su cuello y nuca. Se estremecía, en cada lamida. El sabor de su piel era fantástico, mi pene se endurecía en mis pantalones y yo no lo ocultaba, ya que en ese momento la complicidad estaba abierta para los dos, habíamos entrado en un juego que era compartido.

Después me pidió que lamiese su cuello por el torso desde un hombro a otro, para ello Ana desabrochó dos de sus botones para poder retirar la blusa de sus hombros y mostrármelos majestuosos. Yo estaba frente a ella y podía observar sus senos hasta el borde de su sujetador. Ana, giró la silla y abrió un poco las piernas para que yo pudiera acercarme con mi boca a su hombro. Mientras me acercaba vi como un relámpago esas braguitas blancas y unos muslos morenos con aspecto muy jugoso. Estiró la cabeza hacia atrás y sus pechos se alzaron, por lo que tuve tentaciones de besarlos, pero yo prefería seguir el juego tan sensual en el que estábamos.

Con la lengua recorría su piel de un hombro a otro y Ana comentaba las cosquillas que le producían. Yo sabía perfectamente que era excitación que le electrizaba los pezones y seguramente zonas más íntimas, profundas y escondidas, pues cada vez se arqueaba más provocando que sus pezones rozaran levemente mi pecho por la postura en la que estábamos. Cada espera de una nueva instrucción era muy excitante.

La siguiente pedía que Ana se abriese la blusa por la parte superior y por la inferior dejando abotonados solo 2 botones, aquellos que ocultaban sus pechos y que la besase de arriba abajo tocar sus senos. Ana no opuso resistencia, desabrochó primero la parte inferior y luego la superior y me mostró su ombligo y vientre que no era totalmente plano, sino que tenía esa pequeña curva que tienen las mujeres voluptuosas, por lo que mi imaginación se disparaba en como serían aquellas zonas que se inflaman cuando una mujer se excita.

Empecé a besarla de arriba a abajo atreviéndome a besar el canal profundo que genera la unión de sus dos senos. Pasaba justo debajo de ellos  recreándome en su ombligo hasta llegar donde su piel se ocultaba en su falda. Olía estupendamente, y esa pequeña barriguita nada exagerada era dulce y suave daba gozo. Repetía una y otra vez variando el recorrido para disfrutar lo máximo posible de su sensualidad. Ana se estremecía, los dos sabíamos a donde nos conducía esto y estábamos dispuestos a ello.

En esta postura, sus piernas estaban separadas para poder acceder a su vientre, la falda se había subido temerariamente hasta el borde sus bragas, me imaginaba su sexo abultado bajo sus braguitas. La siguiente petición fue que Ana se pusiera de espaldas en la silla, sentada a horcajadas y se quitara la blusa. Ana se levantó de la silla, y debido a la estrechez de su falda, la subió para poder abrir las piernas y sentarse de espaldas a mi. En ese momento sus piernas estaban abiertas, su falda replegada por encima de sus muslos. Desde mi situación veía por los laterales el comienzo de sus nalgas apoyadas en la silla. Lo que más me excitaba era que tan cerca de mi y al alcance de mi mano, su sexo estaba al aire, abierto, solo cubierto por una fina tela y rozando la barra del cabezal de la silla.
Ana apoyó la cabeza sobre el respaldo de la silla dejándola caer hacia abajo, inerte, con lo que el pelo le ocultaba su cara y en una de sus manos tenía la copa de cava.

Me pidió que le pusiese un poco más de cava por lo que tuve que acercarme al mueblebar que estaba frente a ella. Al volver con la botella sabía lo que iba a contemplar, me quedé impresionado de una imagen tan provocadora: dos zapatos de tacón negro sobre el suelo, ampliamente separados a cada lado de la silla. En ellos unas piernas con los músculos en tensos, dobladas por las rodillas, elevadas por los tacones. Los muslos apretados sobre la silla, por lo que la entrepierna estaba hinchada. Las ingles totalmente lisas, rasuradas. A cada lado de la barra del respaldo de la silla, una tela blanca lisa de algodón, ajustada, que ocultaba dos bultos verticales hinchados. Por encima de su falda una cintura estrecha desnuda y en los lados del respaldo de la silla sobresalía la carne de sus senos que no podían ocultarse detrás.

Esta imagen pude contemplarla sin pudor, recreándome, ya que Ana tenía la cabeza inclinada hacia el suelo y no me miraba debido a que su pelo ocultaba su cara, pero ella era consciente de que yo la estaba mirando. Para servirle el cava no levantó la cabeza, disfrutando de ser observada, sabiendo que yo miraba sus piernas, sus muslos, la húmeda excitación de su intimidad, su postura provocadora.

Me situé detrás de ella tal y como habíamos quedado, y en vez de besarla empecé a acariciar su cuello con la yema de los dedos, recorriendo la columna vertebral de arriba abajo, suavemente. Cambiaba el recorrido, subía por los laterales acercándome a sus senos, sin tocarlos. Con la palma de las manos aplicaba un masaje a sus hombros, cuello, espalda. Ana gemía suavemente, lo que me indicaba que le producía un grato placer.

Después de unos minutos decidí abrir la cremallera de su falda que estaba en la parte trasera, observé sus bragas estiradas por la postura, muy por debajo de su posición habitual por lo que el comienzo de sus glúteos se mostraba sugerente. Mis masajes bajaban hacia sus glúteos, metiendo ligeramente mis dedos bajo sus bragas, acariciando sus nalgas.

Ana de vez en cuando se incorporaba para beber de su copa, por lo que se separaba del respaldo de la silla, ocasión que yo aprovechaba para deslizar mis dedos por el lateral de sus senos subiendo a sus axilas y bajando lentamente de nuevo, rozando sus senos. Demostró las ganas que tenía de que le acariciase los pechos ya que se incorporó y encendió un cigarrillo para adoptar una postura que me facilitase acariciarlos. Me encantaba y me excitaba profundamente el tiempo que se tomaba para avanzar un poco más en nuestro juego, disfrutaba y me indicaba lo que pretendía en cada momento sin necesidad de que hablásemos.

Le acaricié los hombros, las axilas de arriba abajo, lentamente deslizaba mis dedos por el nacimiento de sus senos. Fui deslizando mis manos por sus pechos hasta tocar la aureola rugosa de sus pezones, no tenía prisa, sabía que contra más lento me acercase, más gozaríamos los dos. Acariciaba sus aureolas  en círculos sin tocar los pezones, forzando a que la presión de estos fuese la máxima, que su deseo a que los tocase fuese incontenible para ella. Ana se arqueaba y levantaba sus brazos hacia atrás para sentir mejor las sensaciones de las caricias, cada vez con más presión, al mismo tiempo la besaba el cuello.

Decidí que era el momento de tocar sus pezones. Dada la postura en la que Ana me los ofrecía, los pellizque con dos dedos con firmeza, presionándolos, pero sin producir dolor, para que desahogase su deseo. Eran grandísimos, duros como una piedra, los apretaba y los retorcía en semicírculo, en un sentido, en el otro, eso la volvía loca, gemía. Amasaba todas sus tetas con mis manos, las estrujaba, volvía a sus pezones los hundía, los estiraba. Ana arqueaba su espalda en todos los sentidos al compás de sus gemidos, de mis caricias. Ana gemía. Gemidos largos, suaves, con voz apagada, salían de su deseo interior, se prolongaban  por toda la habitación.

Después de un rato, Ana se incorporó de lado para apagar su cigarro en el cenicero que estaba sobre la mesa. Yo aproveché el momento para bajar totalmente la cremallera de su falda y la dejé caer al suelo. Me quité los pantalones y los slips y me senté en su silla, a horcajadas, en la misma postura que estaba ella, esperando a que cuando terminase de apagar el cigarro ella se pusiera sobre mí. Ella, sabiendo cual era mi intención, prolongó la tarea hasta que yo estuve colocado.

Cuando se sentó se reclinó hacia atrás para que la parte de tela de sus bragas que ocultaba su sexo cayese justo encima de mi pene erecto. Lo inclinó sin tocarlo con las manos hacia debajo de forma que el glande sobresalía por delante de su sexo y el tronco ocupaba la abertura de sus labios vaginales. Mis manos se deslizaron a sus muslos y empecé a acariciar su parte interior acercándome al borde de sus bragas, también a mi pene que estaba en el mismo sitio. Acariciaba sus ingles, recorría la junta de sus bragas y rozaba el glande de mi polla. Ana empezó a moverse lentamente hacia delante y hacia atrás, de un lado a otro, en círculos, estaba refregando su sexo en mi pene.

Mi excitación era extrema, pero debido a la postura, era imposible eyacular, ya que mi pene tenía cortado totalmente el riego sanguíneo debido a la postura y la presión que Ana ejercía sobre ella. Ella deslizó su mano sobre la mía y entremezcló sus dedos entre los míos de forma que las caricias las realizábamos los dos al mismo tiempo. Acariciábamos mi glande y nos acercábamos a sus bragas y frotábamos sobre ellas sus labios abultados. Es lo más excitante que nunca había sentido. Mojó sus dedos con saliva y acariciamos el glande en círculos. El gusto me recorría toda la espina dorsal. Volvió a mojarlos y acariciamos su clítoris por encima de las bragas. Era enorme, descomunal, se notaba perfectamente, hinchado, abultado.

Dejó de mostrarse como se comportaba habitualmente en la oficina, elegante y cortés. Porqué no decirlo, se estaba mostrando como una auténtica cachonda, incitándome con frases como: “¿te gusta mi coño?”, “soy una zorra”, “frótame las tetas”, “méteme mano”, “arráncame las bragas y tócame el coño”. Yo estaba a cien, pero ella dominaba la situación de mi eyaculación con la presión de su coño.  Ana separó sus bragas a un lado y mi polla tocaba todo su coño mojado, excitado, abultado, su clítoris enardecido. Seguíamos acariciando al mismo tiempo su clítoris y mi glande.

Se incorporó ligeramente, cogió mi pene y lo colocó en la entrada de su vagina. Con su mano lo restregaba por todo su sexo y lo introducía muy poco, solo hasta la mitad del glande, su entrada se dilataba, lo sacaba y se volvía a contraer, así repetidamente. Empezó a moverse en círculos con mi glande en su interior. Tenía el glande hinchado, las venas marcadas, pero de vez en cuando ella me la volvía a apretar estirar hacia abajo para que me produjese dolor y controlar mi eyaculación.

Veía como su culo se movía, le lamía la espalda, amasaba sus tetas, yo solo quería tener mi polla cada vez más adentro, entera en su interior, estaba disfrutando como un loco. Ana se paró y empezó a bajar poco a poco,  bajó y bajó, hasta que ya no se podían juntar más nuestros cuerpos,  yo sentí el calor de sus entrañas, creía que me correría sin poder remediarlo, pero ella de vez en cuando seguía apretando hacia adelante mi polla, era una experta.

Empezó a subir y bajar lentamente con penetraciones profundas. Estaba apoyaba en el respaldo de la silla, solo yo estaba sentado, ella, subía y bajaba, aumentando poco a poco el ritmo. La sujeté firmemente por las caderas, no quería que se prolongase mas, necesitaba disfrutar a tope. Nuestros gemidos estaban acompasados.

Me estiré hacia atrás provocando una gran dureza en mi pene y conseguí que entrara en su cueva todo lo posible. Se volvió loca cuando notó la dureza en su interior y empezó a subir y bajar más rápidamente empezando a emitir gritos y gemidos de placer. Se arqueaba hacia atrás, apoyaba sus manos en mi pecho gemía, gritaba.

Noté que mi polla no se podía hinchar más, estaba en el punto de eyacular, pero por la postura, el líquido estaba retenido en la base del pene esperando a que la tensión aflojase para salir con violencia. Eso estaba provocando que estuviese teniendo un orgasmo continuo sin llegar a la eyaculación, lo que provocaba que mi polla estuviese dura e hinchada como nunca la había tenido. Ana que lo estaba notando, empezó a tener un orgasmo brutal, gemía con violencia. Se inclinó hacia delante y me dijo “córrete cabrón”, “córrete en mi coño”, “chorréame con tu leche”

La nueva posición hizo que mi polla encontrase el camino para soltar mi leche a gran presión. De inmediato empecé a tener espasmos mientras mi leche inundaba su coño. Mi polla se convulsionaba como nunca, explotaba, lanzaba chorros de leche contra el fondo de su sexo, me corría, quería que saliese hasta la última gota. Ana me follaba sin parar, golpeaba mis caderas con sus nalgas con violencia. Poco a poco el ritmo fue bajando, y los movimientos se hicieron suaves, cada vez más suaves, los gemidos, las caricias.

Ana paró, sentada sobre mi e inclinada hacia delante, la rodeé con mis brazos, acariciaba su pelo, besaba su espalda sudorosa, olía el néctar de su piel.

Nos fundimos en un beso profundo, largo, sensual. Los dos entendimos que lo que había ocurrido nos uniría de una forma especial, tan especial que actualmente vivimos juntos. Ana me confesó que su comportamiento fue imprevisto, que nunca había tenido relaciones sexuales tan desinhibidas con ningún hombre hasta entonces. Actualmente tenemos relaciones con la misma intensidad que tuvimos ese día. Procuramos Incorporar nuevas fantasías en nuestra relación para que se mantenga viva.

La  excitación del principio y los prolegómenos del comienzo nos llevó a tener una sensación orgásmica y sensual indescriptible.

Autor: f.perlado

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Escrito por Marqueze

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