L y M (lo cuenta L)

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Está bien. Lo habéis conseguido. Cuando P colgó la narración de lo que pasó aquel día y M corrió a escribir su versión tuve que inventarme una excusa para no escribir la mía. Simplemente no quería, me parecía algo demasiado íntimo, y me lo sigue pareciendo. Así que les puse todas las excusas que creí que me servirían, pero no hay excusa posible cuando todos os ponéis de acuerdo en que lo haga. Si no lo habéis leído buscadlos rápido y hacedlo, están mejor escrito que éste.

 

Desde ya os anticipo que la historia que voy a contar no es idéntica a la que ya os contaron ellos. No tendría sentido repetir escena por escena lo que ya habéis leído, ni yo tengo la capacidad descriptiva que tienen ésos dos. Además, no acaba donde ellos lo dejaron. Se pararon ahí porque yo se lo pedí. Lo que pasa al final, lo que falta por contar, me corresponde a mí contarlo, y así lo haré. Supongo que lo entenderéis cuando lo leáis.

 

Como bien dice P en su historia nuestra relación ya estaba acabando y merecía un final digno. No nos llevábamos mal, pero no tenía futuro. No voy a dar más detalles, simplemente os diré que hace meses que P y yo no somos más que ex mutuos, aunque nos llevamos bastante bien. Sé que M y él se han visto alguna vez más, pero no tengo nada que decir al respecto. Mi relación con M sigue siendo la de primas favoritas que comparten un secreto. Y lo que os voy a contar aquí es ese secreto.

 

He visto crecer a M. Es una joven preciosa, lista, dulce, deportista, generosa, graciosa. Y me adora. Por supuesto, como habréis notado, yo también la adoro. Es como mi hermana pequeña, sin los problemas que la convivencia provoca entre hermanos. He tenido ocasión de asistir a la manera en que ha ido evolucionando y madurando como persona, pero de eso no hablaremos aquí. También he podido observar cómo su cuerpo ha pasado del de una niña flacucha a una mujer esbelta, y la confianza que siempre hemos tenido, las ocasiones en que hemos estado en situaciones de gran intimidad, me han permitido observar el perfecto desarrollo de su cuerpo. Tanto que me provocaba envidia; mientras a mí ya se me empieza a notar el azote de los años ella florece en promesas de unas formas que aún serán más bellas de lo que ya son. Y esa envidia, esa admiración hace que no pueda dejar de mirarla fijamente, de observar sus maravillas en cuanto tengo ocasión. Si se compra un vestido, si me acompaña a una tienda, si le recomiendo algún tipo de crema corporal, siempre excedo los límites del simple consejo para poder verla cambiarse de ropa, para hacerle probarse algo sugerente, o incluso para untarle alguna crema allí donde la confianza no se convierta en abuso. Pero os puedo jurar que no es atracción, no es nada sexual. Es simple envidia, simple admiración. No, no me miréis así, no estoy contando la historia de un deseo oculto. Es la verdad. Pero de eso ya hablaremos cuando llegue el momento.

 

Como ya supongo que habréis leído en los textos anteriores (si no lo habéis hecho, os recomiendo que lo hagáis para entender muchas cosas de éste), M me había oído hablar muy bien de P, y llevaba bastante tiempo pidiéndome que organizara algo para que él fuese el primero. Ella se sentía preparada y él parecía el tipo adecuado, pero yo no lo veía claro. Al principio, por simples celos, por simple posesión del hombre que es tu pareja. Además, por culpa de la envidia de la que os he hablado no me hacía ninguna gracia. Ya era bastante saber que yo comenzaba a ser mayor, como para que ella entrara en el terreno de juego para sustituirme, y encima con mi chico. Pero la idea en sí misma, más allá de las implicaciones personales, la mera escena erótica que me ofrecía M, no me desagradaba en absoluto. Así que, cuando comenzó a flaquear el sentimiento de posesión, cuando ya era evidente que íbamos hacia nuestro final, se me acabaron las excusas que yo misma me ponía para evitarlo. Y acepté.

 

Recuerdo lo nerviosas que estábamos las dos la noche anterior. Cuando M llegó a mi casa actuábamos como si no fuese a pasar nada al día siguiente, pero había una sombra, como una niebla en la habitación. Le di algún consejo práctico que pudiera necesitar, sobre anticonceptivos y alguna cosa más, y cuando hablamos de depilación íntima descubrimos que necesitaba una buena sesión. Nos metimos en el baño y ella se desnudó con la naturalidad que lo ha hecho siempre delante de mí. Pero para mí no era la chica de siempre. Tenía bastante trabajo que hacer, y me descubrí ansiosa cuando preparaba los utensilios. Ella estaba sentada en la bañera, con las piernas abiertas, y la imagen de mí misma untando, recortando, afeitando, acariciando, fue tan provocativa de repente que me tuve miedo. Decidí tomar el rol de maestra, un rol que al día siguiente acabaría tomando en bastantes ocasiones. Fui indicando por dónde, de qué forma, qué trozo podía dejar y qué zona afeitar a fondo; ver cómo su tierna carne y sus labios vírgenes eran invadidos por cremas, por dedos que untan, por chorros de agua que aclaran, por más dedos que acarician para comprobar si ha quedado suave, destapó todos los circuitos de mi mente. Ahora ya soy capaz de reconocer que aquello me superó y mi cuerpo despertó en una excitación que reprimí como pude y que no he aceptado en todos estos meses. Pero ahora digo con total sinceridad que en ese momento sentí sed del sexo de mi prima. Pero la contuve, como pude. Supongo que afortunadamente, aunque no creo que hubiera diferencia con lo que acabó pasando.

 

Nos bebimos una botella de vino cenando y nos fumamos algo después de cenar, para liberar la tensión, o al menos, dejarla en tensión de la buena, de la que gusta disfrutar antes de que ocurran las cosas. Hablamos durante horas, de un montón de cosas, y todas tenían que ver de alguna forma con lo que iba a pasar. Estábamos en mi casa bebidas y drogadas, sentadas en el sofá, abriendo nuestras almas sobre las formas de abrir nuestros cuerpos, y me sentía extremadamente cerca de esa chica, ya convertida en mujer, y no pude mirarla con el paternalismo de una prima mayor, sino que la veía como el cuerpo caliente que, aunque tal vez no era aún, pronto lo sería. Reímos, lloramos, volvimos a reír, y todas eran excusas que me servían para abrazarme a ella, a ese cuerpo que me sacaba una cabeza pero que me transmitía tanto calor, tanta vida.

 

Acabamos durmiendo en la misma cama, como tantas veces. Quitaos esa imagen de la cabeza, sólo dormimos, abrazadas, con los pijamas puestos (ella llevaba un pijama viejo de un novio que tuve, nada de mi ropa de dormir le servía). Cuando nos despertamos ella se puso tensa al ser consciente de lo que le esperaba. Desayunamos, nos dimos una ducha cada una, y seguía con la mirada inquieta. La intenté calmar con bromas que ella agradecía, pero cuando cogí el móvil para llamar a P se comenzó a cerrar sobre ella misma. Estaba demasiado nerviosa.

 

–         Aún estamos a tiempo de cancelarlo todo y pasamos el día juntas.

–         ¿Estás de broma? Hoy es mi día. Quiero que pase. Estoy muy nerviosa, pero se me pasará. Llámale.

 

Es una chica asombrosa, ya os lo he dicho. Así que le llamé y en el poco rato que tardó en venir pude observar todos los grados de nerviosismo que M iba experimentando, hasta el punto que cuando P llamó al timbre dio un brinco en la silla y un ligero grito. Pero no veía ninguna duda en su gesto. Estaba segura.

 

La entrada de P en mi casa fue bastante arrolladora. Se lanzó a por mí como si supiera el azoramiento que palpitaba en mi cuerpo, pero no le había llamado para mí. En ese momento entraron en contacto P y M, los presenté y recé por que él no se echara atrás, ni se sintiera ofendido. Afortunadamente, es un verdadero encanto y enseguida se mostró muy agradable con ella. Cuando le conté el plan me sentía extraña, como si estuviera contando una película que había visto, como si lo que estaba contando no fuera conmigo, no fuese a ocurrir en mi casa, en mi salón. Pero me resultaba divertido. Y destapar mi plan de una forma tan abrupta incluso era algo excitante. “Tú te vas a follar a este bombón y yo voy a mirar”. Había cierto dominio, cierto control. Y me faltaba decir “y os tengo ganas a los dos”.

 

Pasaron un buen rato juntos conociéndose. Ciertamente no me había equivocado. P captó enseguida los nervios de M y la trató como una reina. Charló con ella un buen rato, la hizo reír, la hizo liberarse de la tensión, y se la llevó al sofá. Todo había comenzado sin que yo apenas metiera baza. Aunque creo que ya había hecho bastante.

 

Se besaron. Ella es muy alta, así que él apenas tenía que agacharse y podía dedicarse cómodamente a esa tarea que se le da tan bien. Conmigo tiene que agacharse bastante. Qué le vamos a hacer. Luego se sentaron en el sofá y él comenzó a acariciarla. Era tremendamente dulce con ella, iba muy despacito, pero aún así ella se cerró cuando fue un poco más allá de lo que nunca nadie había conocido. Se cerró en banda. Por un segundo creí que se había acabado todo, y al ver su gesto me acerqué a ellos. Mi misión allí, oficialmente, era de apoyo, y parecía que comenzaba a ser necesaria. Pero P comprendió lo que tenía que hacer.

 

Dejó de tocarla, simplemente se quedó a un metro de ella, al otro extremo del sofá, hablándole. Ella cerró los ojos y dejó que sus palabras fluyeran dentro de ella. Ése es el término adecuado: fluir. Cuando P habla así, cualquier mujer se convierte en fuente viva.

 

En ese momento recordé los primeros tiempos de nuestra relación, cuando todavía no nos atrevíamos a pasar la noche entera juntos, por lo que significaba, cuando volvíamos a casa después de vernos. Una noche le llamé cuando llegó a casa, y charlamos como una hora o más. Habíamos tenido una tarde de sexo completo, pero nuestra conversación no tardó en liberar nuestras manos. Él me fue indicando las cosas que yo debía hacer, las caricias, la forma en que debía tocarme, y el tono de su voz y su forma de darme órdenes que a la vez eran súplicas me pusieron tan caliente que no pude parar de masturbarme durante el rato que él quiso tenerme en sus manos telefónicas. Cuando él quería pellizcaba mis pezones, me untaba saliva en ellos, me daba palmas en las nalgas, me estrujaba los pechos, acariciaba mis labios mayores (no los menores) y yo encendida deseando que me ordenara tocarme donde deseaba hacerlo, porque yo no lo haría si él no me lo pedía, aunque no me viera. Y él me mantenía en esa parte de la línea que me hacía desearlo aún más, y cuando por fin me pedía que me tocara el clítoris, oírlo pedírmelo y pronunciar esa palabra me lanzaba a una carrera hacia el orgasmo que él aceleraba dándome instrucciones para masturbarme.

 

Durante bastante tiempo tuvimos sexo telefónico como una opción válida más, porque era extremadamente bueno, porque a veces no teníamos opción de encontrarnos cara a cara, y sobre todo porque lo buscábamos. Yo misma llamaba cuando sabía que él no estaba en casa, para escuchar la voz de su mensaje del contestador, y ponerme caliente, tanto que a veces esperaba a oír la señal para dejarle un mensaje en el que narraba cómo me estaba masturbando para él. Y el oía todo eso al volver a casa, de trabajar o de donde estuviera, y me llamaba para contarme cuánto le había excitado mi mensaje, y cómo se estaba masturbando, y las cosas que me haría en ese momento si me tuviese delante, o encima, o debajo, y nos volvíamos a correr por teléfono de nuevo.

 

Por eso, cuando ella estaba con las manos bajo los pantalones del pijama, dejándose ir por la voz y las palabras de P, entendía perfectamente qué era lo que ella estaba sintiendo, era como si me lo estuviera diciendo a mí, y sentí el botoncito oculto bajo mis bragas reconociendo su voz y deseando saludarle. Yo sabía que él estaba recordando también aquellos momentos, sabía que estábamos compartiendo eso, cada uno en una silla, pero los tres viviendo las palabras con total intensidad, los tres un todo. Hasta que ella se dejó ir, comenzó a gemir y a estremecerse con cara de sorpresa ante lo que estaba sintiendo. Sus piernas largas se agitaron y casi perdió el equilibrio sentada en el sofá ante las convulsiones que le pillaron por sorpresa, y fue tan tierno verla correrse por primera vez que apetecía abrazarla, pegar el cuerpo a ella y sentir en mi piel el calor de la suya mientras nuestras bocas se fundiesen en un beso profundo y salvaje… Necesitaba una polla, cuanto antes.

 

M se levantó para ir a darse una ducha y estar un rato sola mientras asimilaba todo lo que había sentido, y tenía a P delante de mí, mirándome a los ojos. No tuve que decirle nada, me arranqué la camiseta y me senté en sus rodillas. Quería su polla dentro cuanto antes. Me gustó que no dejara de mirarme con deseo, después de ver el cuerpo de la jovencita y ver el mío seguía viendo el fuego en sus ojos, y manoseé su paquete sobre los pantalones. Estaba duro, pero eso ya lo sabía. Supongo que, dada mi actuación, el sabía que tenía algo de prisa, y pasó sus dedos por dentro de mis braguitas, descubrió mi humedad y la restregó por encima de mi clítoris. Ese hombre sabía como acabar de encender todos mis circuitos. Como pudimos bajamos sus pantalones hasta las rodillas, a mí me bastaba con eso, estampé mis caderas contra su abdomen y me senté en su regazo, para que se metiera su polla dentro de mí. Estaba tan mojada que deslizaba perfectamente, y no sólo por imaginarme la situación con la voz de P, sino por haber visto a M masturbarse semidesnuda a dos metros de mí. Liberé mi cadera para que me guiara hacia mi orgasmo, y tras una docena de vaivenes en los que arrastraba mi clítoris sobre el pubis de P al ir y sobre el tronco de su polla al volver, no necesité más y me corrí en silencio, apenas un gemido, para no tomar un protagonismo que ese día correspondía a M. Abrazada a P, me bajé de él, dejando salir su polla dura pegajosa por mis jugos, y él la señaló para pedirme ayuda con su excitación, pero tampoco era para mí esa erección. Volvímos a ponernos la ropa como estaba y esperamos a que saliese del baño.

 

M estaba radiante tras su despertar. Venía con mi albornoz anudado, le venía corto y se veía más de la mitad de sus muslos al caminar, convirtiéndola en un bombón la mar de deseable. P le pidió que se sentara en sus rodillas, y le susurró algunas cosas al oído mientras comenzaba a acariciarla. A pesar de mi orgasmo seguía con el cuerpo totalmente despierto, y mientras observaba cómo él iba acariciando su cuerpo yo deseé sentir esas caricias en el mío. En ese momento comencé a sentir envidia otra vez, de esas caricias que P le dedicaba, de ese deseo que se despertaba en su cuerpo y en su mente, y que no eran para mí.

 

P comenzó a recorrer uno por uno los puntos que yo sabía que le gustaba recorrer, como un ritual, como un baile. Su boca, su cuello, sus hombros, sus pechos. Abrió el albornoz y los pude ver, tan bonitos como siempre que los he visto, pero esta vez con un tono enrojecido por la excitación. Sus manos los masajearon un buen rato mientras él seguía susurrando en su oído, hasta que metió la cabeza entre sus pechos y fue repartiendo besos y mordiscos suavemente, mientras ella, sentada en su regazo, comenzaba a oscilar sobre sus nalgas, inquieta y excitada. Él pasó un buen rato con sus pezones; es un poquito cabrón en eso. Sabe hacer que te sientas ansiosa cuando te los muerde, o te los besa, o juega con ellos, pasa mucho rato haciéndote sentir todas las sensaciones posibles, hasta que estás tan cachonda que eres tú quien le empuja hacia más abajo. Mientras jugaba con uno de sus pezones yo podía sentir los míos empujando la tela de la camiseta, añorando su lengua, o sus dientes, o al menos sus dedos. Pero no era mi momento. Al menos aún no lo era.

 

Ella comenzaba a desbocarse mientras él deslizaba su mano por su vientre hacia abajo, y cuando estuvo tan cerca que ya necesitaba que sus muslos estuvieran separados, ella dejó caer el albornoz de sus brazos, separó las piernas y apoyó su espalda en el pecho de P. Estaba totalmente abierta, frente a mí, con sus caderas oscilando, y podía ver sus pezones erectos, sus labios abiertos, y las gotas de sus jugos deslizándose hasta la tela del albornoz. Una maldita tentación. Y yo estaba tan jodidamente cachonda mirándola así que me sentía culpable.

 

La mano de P tapó su coño, mientras dejaba que sus dedos lo recorriesen de arriba abajo, y yo estaba sentada balanceándome, presa de la excitación que me hacía apretar mis muslos y oscilar mis caderas. Podía ver perfectamente los movimientos de la mano varonil poseyendo el clítoris de M, que se agitaba tanto que le costaba mantenerse sobre P, y cuando uno de esos dedos se aventuró a buscar el agujero que aún seguía oculto, en cuanto entró unos centímetros, ella se agitó por completo, levantó sus caderas hacia delante, donde yo estaba, como si me ofreciese su coño mientras orgasmaba, en varias convulsiones, y finalmente cayó rendida sobre P. Y yo viéndolo todo, a dos metros, con la sensación de la polla de P y de mi orgasmo todavía reciente, y necesitando atención urgente para volver a liberar toda la excitación que me desbordaba.

 

Siguiendo las instrucciones de P, cuando M se incorporó después de unos minutos, desabrochó sus pantalones, y buscó y encontró su polla, aún pringosa de mis jugos, pero más pringada aún por los suyos propios, y comenzó a manipularla. Recibía instrucciones de P, le indicaba la forma de agarrarla, de acariciarla, de subir, de bajar, mientras seguía desnuda sentada sobre él, hasta que tras unos pocos vaivenes él lanzó las caderas hacia arriba varias veces, para follarse la mano de M en el aire, y comenzó a derramar su carga densa y pegajosa sobre la mano y los dedos que le masturbaban, y finalmente sobre su propia ropa.

 

Os podéis imaginar cómo estaba en ese momento. Por un lado, rabiosa de envidia por la sustitución de la que estaba siendo objeto, pero por otro encendida como un ascua, goteante y supersensible, oscilando sobre la silla y esperando que llegara mi momento de nuevo.

 

P se levantó mientras se quitaba la ropa, estaba manchada de semen e iba a darse una ducha, la necesitaba, y M y yo nos fuimos a la cocina a preparar algún tentempié. Estaba tan sensible y tan excitada que cuando me acerqué a ella para abrir una puerta de un armario no pude evitar aspirar con fuerza, para sentir su olor, y me llegó un aroma tan tremendamente excitante que durante unos instantes me poseyó. La cogí de la cintura para pasar por su lado, apoyé mi pecho en su espalda para alcanzar algo, y sentí que el abismo se apoderaba de mí. Así que, en un instante de lucidez, recuperé la noción de lo que no debía hacer y me fui hacia el cuarto de baño, donde se duchaba P. Me metí en la ducha con él, que aún se recuperaba de su corrida, y le exigí que me satisficiera, pero él me convenció para que ella nos viera. No parecía mal plan, en absoluto.

 

Había una cosa que P me hacía de vez en cuando, un truco de usar en contadas ocasiones para no quitarle el encanto, y él sabía que era eso lo que le estaba pidiendo, y lo que iba a hacerme. Así que llevé una toalla grande al sofá, me tumbé encima, desnuda, mojada por fuera y por dentro, y me abrí ante P y sobre todo ante M, y sentí sus miradas acariciándome por todas partes. Puedo prometeros que las sentía, que me acariciaban y que casi me corrí con esas caricias. Tenía suelta la lengua, decía obscenidades para que M las oyera, y comencé a sentirme todo lo cachonda que necesitaba estar para que P me lo hiciera. Me acarició el coño mientras se encargaba de maltratar mis pezones como él sabía que a mí me gustaba, y yo estaba llegando a niveles de presión incalculables. Puso su mano de forma que su palma estaba sobre mi clítoris y sus dedos sobre el punto ése de piel rugosa que seguro que todas os habéis buscado dentro de vuestra vagina, ése exactamente, y empezó a hacerlos vibrar, de forma que eran los nudillos los que chocaban en ese punto, y la palma la que hacía vibrar mi clítoris. No soy capaz de describirlo mejor, cuando me lo hacía no estaba para fijarme demasiado en los detalles. Y estallé en un orgasmo que sorprendió a M por lo intenso y que manchó la mano de P. Y luego otro, y otro, y varios más. Me quedé en el sofá recuperándome, mientras ellos dos se fueron a ver qué tentempié había preparado. Comentaban algo, hablaban entre ellos. Y volví a sentir la envidia.

 

Estuvimos un rato desayunando, con miradas cómplices, muy relajados, hasta que él se levantó y se llevó a M al sofá, mientras le quitaba el albornoz y le advertía de que iba a enseñarle lo que era el sexo oral. El jodido cabrón siempre te avisaba de lo que te iba a hacer, para que supieras lo que te esperaba. De forma que siempre te ponía más cachonda de lo que tú misma esperabas. Hacía que tu propia mente trabajase para él, que fuese su juguete erótico, su herramienta. Y cuando le avisó de que iba a enseñarle el sexo oral, todos los momentos en que me lo ha hecho a mí se juntaron entre mis piernas, y, a pesar de estar aún cansada del juego que me había practicado hacía unos minutos, volví a sentirme humedecer.

 

Fue muy bonito. Él pasó mucho rato acariciándola, primero la puso boca abajo para encargarse de su espalda como es debido, luego ella acabó abierta ante él tumbada en la toalla que yo había traído, él arrodillado ante ella dejando que sus respuestas le guiaran para avanzar o esperar, sus gemidos llenando el silencio y su olor llenando mis fosas nasales a dos metros de distancia. Todas las comidas de coño que P me ha hecho seguían entre mis piernas, pasando una tras otra por encima de mis labios, lamiendo, mordiendo, pellizcando, besando, incluso soplando, y yo me sentía como si realmente me lo estuviera haciendo. Intentaba mantenerme en silencio, sintiendo caer las gotas de excitación entre mis nalgas, intentando quitar de mi cabeza todos los recuerdos que se agolpaban, pero podía identificar cada movimiento de cabeza, cada ritmo, cada ángulo del cuello con un movimiento, con una sensación, y deseaba masturbarme ahí mismo, aunque ellos no se enteraran, o precisamente sin que se enteraran.

 

Pero pronto acabó todo. Ella no esperaba unas sensaciones tan fuertes y acabó agitándose y gritando como no me hubiese esperado de mi primita la recatada. Y cuando apenas M había recuperado la respiración, P se puso en pie, se retiró la toalla que aún mantenía atada a la cintura, y mostró su erección venosa y dura, en ángulo ascendente, y la acercó a su cara. Ese órgano era lo que yo necesitaba en ese momento, dentro de mí, pero se lo iba a llevar esa niña que era mi prima del alma pero que la envidia me hacía ver como una usurpadora. Y en lugar de metérsela en la boca, M no pilló la indirecta y comenzó a masajeársela, y no pude aguantarme más. Me quité la toalla, me acerqué, y me puse de nuevo en el rol de maestra. Me senté en un puf que habíamos usado y me llevé la polla de P a la boca. Estaba tan cachonda que no me importó el hecho de haber prometido que no tomaría parte en nada de lo que pasara, ni que fuese mi prima la que estuviese aprendiendo a chupar pollas siguiendo mis instrucciones, sólo quería tener contacto con esa maravilla de polla, era lo que necesitaba. Eso y un orgasmo.

 

Iba enseñando detalles, precauciones, trucos, formas, maneras, metiéndola y sacándola de mi boca, y M me miraba fijamente, mitad aprendiz aplicada, mitad prima sorprendida, hasta que fue ella misma, para mi sorpresa y supongo que la suya, la que alargó la mano para probar. Me fijé bien en que lo hiciera como es debido. Iba con cuidado, sobre todo al principio, no demasiado rápido, pero era aplicada, y P no paraba de dar su aprobación. Pero yo tenía algo urgente que hacer, y separé mis piernas y, allí mismo, cuando ya había dejado atrás lo que se suponía que no debía hacer, bajé mi mano hacia mi coño y comencé a masturbarme.

 

M me miró quizá un poco sobrepasada por todo lo que estaba viendo en ese momento, pero no tenía pinta de querer parar, y me apuntó con el pene de P, para que abriera la boca. Yo estaba en la gloria, así que dejé mis manos en lo que estaban haciendo y comencé a chupar usando sólo la boca. Eran las manos de M las que mantenían y masajeaban la polla de P, y tras unos instantes la sacó de mi boca, hizo que él tuviera que girar su cuerpo y se la volvió a llevar a la suya. Eso me frenó un poco en mi aceleración hacia mi orgasmo, me hubiese gustado correrme con su polla en mi boca, pero pronto volvió a ponerla entre mis labios, y durante un buen rato iba y volvía, teniendo que girar todo el cuerpo, hasta que M se acercó hacia mí, para tener nuestras bocas más cerca y hacer más rápido el cambio, y se acercó tanto que su pecho aprisionaba el mío, y podía oler su olor a mujer excitada, y sentir su calor, y su piel, y la polla de P, y comencé a agitarme y a sentir que mis caderas me dominaban y dejé caer mi cuerpo hacia atrás, mientras P recuperaba su polla de la boca de M y la llevaba a unos centímetros de mis pechos y comenzó a masturbarse, y cuando comencé a oír sus rugidos perdí la noción del tiempo, hasta que me regó con su semen caliente y pegajoso, que se arrastraba por mis pezones en el preciso instante en que alcanzaba mi orgasmo y no paraba de gritar, esta vez sí, liberada de todo.

 

Volvimos a la mesa a comer algo. Estábamos agotados, y algo serios. No malhumorados, sino trascendentales. El momento casi trío había transgredido lo establecido, pero parecía que ninguno tenía nada en contra. Había sido culpa principalmente mía al salirme de mi papel, pero le había aportado nuevas facetas a descubrir. Ya no llevábamos ropa, no nos hacía falta cubrirnos, y nos gustaba mirarnos.

M sabía que era el momento de tomar ella las riendas. La habíamos llevado hasta ese momento, ya podía tomar la iniciativa. Y a fe mía que lo hizo. Cogió un vaso de leche, lleno hasta arriba, y lo intentó beber de un trago. Es evidente que no pudo, lo derramó todo por la comisura de la boca, le chorreó por el cuello, los pechos, el abdomen, y mirando a P le preguntó:

 

–         Por qué no me echaste el semen a mí? Temes que me enfade? Me apetece que me lo hagas como lo hiciste a ella.

 

Me pareció un gesto tan de niña caprichosa que quiere lo que tiene la otra, que la envidia se me desató. La hubiera azotado ahí mismo, ese turgente culo con mi mano abierta enrojeciendo su suave piel, tumbada desnuda sobre mis rodillas mientras emite suaves quejidos que son gemidos más que otra cosa. Maldita envidia, qué cachonda me tenía.

 

Ella siguió echándose leche por encima, a gotitas, simulando eyaculaciones que flotaban en el aire durante décimas de segundo antes de chocar sobre su carne turgente, erizando su piel y goteando a lo largo de su esbelto cuerpo. El pene de P se puso firme en tiempo récord, y él se lanzó a lamer la leche que goteaba por todo su cuerpo. La prisa se apropió del pobre macho que casi no era capaz de beberse toda la leche, pero no parecía preocuparle. Cuando ya no le quedó leche que lamer la cogió por la cintura y le pidió que se apoyara en el respaldo del sillón en el que yo estaba sentada, de forma que estaba de pie con la cintura doblada. Él se agachó detrás de ella, y yo podía ver cómo ella cerraba los ojos, se mordía los labios, gemía, susurraba mientras él se escondía entre sus piernas. Su cara estaba a centímetros de la mía mientras yo ya no tenía límites y me acariciaba los pechos para estar lista por lo que pudiera pasar. No sé lo que estaba haciéndole, pero ella puso cara de estar perdiendo el control, y mirándome a los ojos tan intensamente que casi me traspasa me susurró:

 

–         Como sigas así voy a acabar por correrme!

 

Y en ese momento creí que era yo la que perdía el control, tan cerca de su cara, tan excitada, y ella tan transfigurada, tan distinta a la niña que conozco, que si no es porque P se la llevó hacia el cuarto de baño hubiera acabado por comerme su boca a mordiscos lentos, y su lengua, y luego toda ella.

 

Me quedé un momento perpleja de mis sentimientos, el suficiente tiempo para que ellos salieran de la ducha, y se fueron al sofa como si yo no estuviese allí. Mejor así, mi propia reacción me había asustado y necesitaba un ratito de espectadora para retomar las cosas como debían ser. Ellos dos se entendían bien, se miraban a los ojos para follar, y eso es importante. P tomó todas las precauciones posibles para ser cuidadoso, porque era evidente que había llegado el momento de la penetración. Estaban los dos desnudos, ella en el sofá, él repasando su cuerpo para que estuviera lo más estimulado posible. Finalmente él separó su cara de su entrepierna, y acercó sus caderas. Había llegado el momento. La polla de P estaba dura y venosa como a mí me gusta, con el glande abotagado, listo para entrar y abrirse camino. Y yo deseaba ser ella para recibir esa polla dentro de mí, aunque también deseaba ser el que se la iba a follar, para tener ese cuerpo rendido al mío, transmitirle mi excitación con movimientos que la excitaran, dejar que mis instintos contactasen con los suyos y que nuestros cuerpos perdieran el control a la vez. Y comencé a masturbarme lentamente.

 

Cuando P puso la cabeza de su pollón en la entrada del coño de M, un dedo asomaba a la entrada de mi coño, a la espera de la estocada. Haría movimientos paralelos, para seguir el ritmo, como si follásemos los tres. Él empujó, ella se quejó, yo resoplé. Empujó un poco más, ella sollozó, yo gemí. El dio el último golpe de cadera, ella dio un gritito, yo, suspiré. Y ellos pararon, unos segundos, mientras ella se acostumbraba a la sensación. Y yo, mientras, con un dedo dentro, me acariciaba lentamente el clítoris. Él volvía a moverse, lentamente, yo movía mi dedo, al mismo ritmo, y ella movía sus caderas. Por fin ella comenzó a suspirar. Ya había pasado lo malo, y él fue incrementando el ritmo, de esa forma que tanto me llenaba y que me satisfacía cuando era a mí a la que se follaba, y era mi dedo en mi coño el que me iba transmitiendo el ritmo exacto en que ellos dos follaban mientras se magreaban, se morreaban y se mordían.

 

Al poco rato, P sacó su polla de dentro de ella. Estaba chorreante de jugos y manchada de sangre, dura como tantas veces se la he visto y la he sentido, y le indicó que se levantara. La puso de espaldas a él y la hizo agacharse, para que se quedara con el culo en pompa, y volvió a metérsela en su coño. Eso me descolocó, tuve que cambiar de posición; me arrodillé en el sillón en el que estaba, pasé la mano por detrás de mí y de esa forma fui penetrándome con dos dedos desde atrás. Yo estaba tan jodidamente cachonda que dudaba seriamente aguantar sin correrme mucho más. Pero él le dio instrucciones para que se masturbara mientras se la follaba, y no tardó mucho en comenzar a bufar y a rugir, presa de sensaciones más fuertes de las que había sentido en todo el día, y los gemidos de mi orgasmo quedaron enmascarados por sus gritos. De verdad, era como si yo no estuviera.

 

Ella se dejó caer exhausta al sofá, y él se sentó con la polla mirando al techo. De un salto me sentaría ahí si me lo hubiera pedido, pero se lo pidió a ella. Y ella obedeció. Con toda la inocencia y el candor de su juventud, simplemente se dejó empalar mientras bajaba hasta estar sentada, y se quedó inmóvil. No sabía la suerte que tenía de estar en esa posición en ese momento. Apenas se le ocurrió un par de movimientos de subir y bajar. Así que bajé del sillón y me acerqué al sofá. Seguía tremendamente excitada, pero podía controlarme por mi reciente orgasmo. Me acerqué a ellos y volví a asumir el papel de maestra. Comencé a indicarle maneras de moverse, primero círculos, luego ochos, formas de restregarse contra la pelvis del hombre, de sentir más la polla al entrar y salir, y todo eso lo hacía allí mismo, con ellos dos, mientras follaban. Agarraba la polla para darle indicaciones, la sacaba de su coño o la volvía a meter. Le abría con mis propios dedos los labios del coño a mi primita del alma, le acariciaba los labios con la polla para que sintiera la diferencia de roce, le agarraba con fuerza las nalgas para tirar de ella al indicarle movimientos, e incluso me abrazaba a ella por la espalda, pegando mis pechos a su cuerpo, para marcarle el ritmo. Y comencé a disfrutar del roce con su cuerpo, y esta vez ya no tenía remordimientos por hacerlo. Y cuando ella por fin ya se sintió libre para cabalgar a P, porque ya había aprendido cómo, y se dejó llevar, era contra mis pechos con lo que chocaba, era de mi cuello de donde se colgaba, y eran mis manos las que apretaban sus pechos abrazándola por detrás cuando volvió a lanzar esos gritos que nos hacían ver que ya se estaba corriendo. Y por fin, tras correrse, se dejó caer casi inconsciente en el sofá, hecha un ovillo, y P tenía la polla dura y pringosa al aire, mirándome, y yo puse un pie en el asiento del sofá donde estuve sentada, ofreciéndole mi entrada abierta y lista, y sólo tuvo que levantarse para llenarme con su polla hasta el fondo.

 

Y desatados en disfrutar lo que nos quedaba por delante, yo perdí la noción del tiempo pero volví a sentir la polla de P en su lugar, quizá por última vez, alcanzando todos los lugares que era capaz de alcanzar, despertándome sensaciones únicas, hasta que toda la prisa acumulada durante el día, todas las sensaciones, todas las ideas y todo el deseo del día se juntó en un punto en mi coño y explotó como un big bang que dejó a P chorreante de mí. Pero él no había terminado.

 

La sacó de mí, una vez ya no la necesitaba dentro, y apuntando a la carita aún infantil de M comenzó a masturbarse. M supo lo que se avecinaba, recobró la lucidez de golpe y se arrodilló frente a él, ofreciéndole los pechos, como una pista de aterrizaje para su polla, y se marturbó todo lo rápido que pudo, y su polla, durísima, no tardó en lanzar unos pequeños chorros que surcaron el aire mientras él se convulsionaba, y fueron a parar a sus pechos, a su cuello, a su cara, a su pelo. Y cuando acabó de convulsionar P se dejó caer, arrodillado, en el suelo, exhausto, mientras yo me acerqué a M, que seguía agachada sin tener muy claro que hacer con todas esas manchas pegajosas, y yo comencé a expandirlas por su piel, embadurnando sus pechos, su cuello, sus pezones. Y me entretuve bastante en acariciarla, en pringar sus pezones, porque quería hacerlo, porque llevaba todo el día deseando tocarlos. Y nos quedamos los tres arrodillados, abrazados en el suelo, riéndonos, esperando que los cuerpos recuperasen la energía para volver a disfrutar de nuestras caricias.

 

Y éste, justo éste es el punto en el que las historias que contaron ellos terminan, y donde yo comienzo a contar lo que falta por contar. Hasta ahora siempre he pensado que fue alguna especie de arrebato, que me puse a hacer todo lo que hice fuera de mí, pero ahora que ya he entendido todo lo que deseé a M aquel día lo comprendo mejor.

 

Con P abatido por tres eyaculaciones en una sola mañana, arrodillado entre nosotras dos, nos abrazamos a él entre risas, cogiendo su miembro inerte y bromeando con el tiempo que faltaba para que volviera su energía. Era un momento de ternura, con los cuerpos relajados por las hormonas y el placer, con muchas caricias y muchos abrazos. M estaba especialmente bella, con las mejillas sonrosadas y esa risa interminable que identifica los momentos como ése, con la piel brillante en los puntos en los que aún le quedaba manchas del semen que yo le había untado con mis dedos, con los ojos abiertos como platos y con un brillo que me cautivaba. Nos dimos un abrazo los tres, arrodillados en el suelo, y solté a P para abrazar a M. Ella me devolvió el abrazo, feliz por todo lo que había sentido gracias a que yo había aceptado su plan. Desnudas, abrazadas y felices, comencé a besarle en la mejilla, como otras veces, besos múltiples, como una metralladora, como le hacía cuando era una chiquilla, y ella no paraba de reír, y al hacerlo sus pechos chocaban con los míos, y yo la abrazaba más fuerte. Pronto estaba acariciando su pelo mientras le besaba el cuello y le decía al oído cómo había crecido, cómo se había convertido en una mujer, cómo había descubierto hoy lo maravilloso del sexo. Y entre caricias y abrazos acerté a poner mi cara enfrente de la suya y le besé en la boca.

 

Ella no rechazó el beso, al contrario, fue algo natural, algo que no parecía estar fuera de lugar. Cogí su cara para seguir besándola y ella puso sus manos en la mía, y cuando noté que el camino era seguro abrí su boca con mi lengua y mi beso fue mucho más profundo. No podía contenerme, seguía sintiendo su cuerpo aprisionando el mío, ese cuerpo joven floreciente, que olía tan bien, tan suave, tan tierno, ese cuerpo que yo deseaba tener, esa piel que quería tener debajo de la mía. Quería fusionar mi cuerpo con ese otro cuerpo, sentir mis caderas agitándose junto con las suyas, sentir el mismo orgasmo a la vez. No un orgasmo simultáneo, el mismo.

 

La empujé con toda la ternura que sentía hacia ella para que quedara tumbada en el suelo, mirándome con cara de “qué me haces?” pero con la sonrisa de “lo que hagas será bienvenido” y comencé a investigar cómo era ese cuerpo, averiguándolo punto por punto, saboreándolo, tocándolo, comprobándolo. Y cuando ya lo conocía bien, estaba tan excitada que me dediqué a darle placer para dármelo a mí.

 

Masajeé sus pechos, los pechitos de mi prima, que fui viendo aparecer durante años, estaban en mi boca, entre mis dientes, y sus pezones eran presa de mis jugarretas bucales. Sus nalgas, con las que jugué más de una vez de pequeña, ahora eran víctimas de las palmas de mis manos y de las yemas de mis dedos. Y su coño, ese coño al que enseñé a usar tampón, iba a ser mi merienda en cuanto llegara el momento.

 

P nos miraba incrédulo. Apenas tenía una erección, poco más que morcillona por convalecencia, pero estaba justo detrás de mí, desnudo, y sabía que pronto podría entrar en acción. M se dejaba hacer, confiando en su prima mayor, como siempre, pero no acababa de estar cómoda con esta nueva relación conmigo. No obstante, cuando acerqué mi cara a su entrepierna, se relajó y dejó que sus muslos se separaran. Ése era el coño que había tenido en mente todo el día, ésos los labios que embadurnó en crema ayer, y ese el clítoris que me moría por chupar. Y así lo hice. Ella abierta, con los ojos cerrados, yo con el culo en pompa, con mis manos en su pubis y mi boca en su coño, lamiendo y lamiendo, no sólo por deseo, sino por cariño a esa persona a la que quería brindar un orgasmo que yo aún no había podido conseguirle. Y finalmente, con dos de mis dedos en el interior de su coño, buscando ese lugar rugoso tan especial entre paredes tan estrechas, y con mi boca succionando su clítoris como si quisiera extraerle el veneno de una picadura, al final lanzó unas sacudidas de sus caderas hacia mi cara y gritó algunos monosílabos que al fin y al cabo querían decir “me corro”.

 

Y yo, lejos de que se me pasara la calentura o la locura temporal pasajera, me sentía mucho más segura ahora que había conseguido que se corriera. Necesitaba sentir por su parte también la misma entrega que yo había experimentado, quería que la fusión fuera total, y me tumbé en el suelo, mirándola a los ojos, esperando que entendiera qué era lo que esperaba de ella. M me miró, de arriba abajo, pasó una mano por mis hombros y mi cara, como comprobando que yo era real, y realmente era la primera vez que me tocaba. En ese momento entendí que para ella era mucho mayor el paso que debía dar para hacérmelo a mí que el que yo había dado, y supuse que se iba a acobardar. Pero en su mirada había seguridad cuando avanzó sus rodillas hasta colocarlas una a cada parte de mi cara. Y volví a hundirme en su entrepierna.

 

Ahora sí, estábamos compartiendo al mismo nivel, las dos, dando y recibiendo en completa comunión, sin envidia, sólo deseo y cariño. Sólo había una pega: ella no tenía la menor experiencia. Yo nunca había hecho nada parecido, pero sabía muy bien dónde me gustaba que me tocaran y de qué forma. Ella lo había aprendido hoy, le faltaban horas y horas de masturbación exploratoria. Además, aún no estaba acostumbrada a dar mientras recibía, y perdía la concentración con mis caricias. Había momentos en que acertaba, pero el estímulo provocado se diluía entre caricias torpes. Hasta que sentí unas manos varoniles, una lengua más rugosa y una boca algo barbuda que sustituía a la piel dulce de M, y pronto me vi lanzada hacia arriba en el tobogán de la lengua de P que buscaba y encontraba entre mis pliegues. Aceleró tanto y tan de golpe mi cuerpo que chupé y lamí de forma salvaje su coño, provocándole un nuevo orgasmo, casi continuación del anterior. Y P siguió y siguió lamiéndome, y me excitó tanto, y lo hizo tan bien, que acabé por correrme en su boca por última vez, mientras me retorcía en espasmos que dejaban escapar toda la tensión acumulada durante el día.

 

Y ahora, los tres desnudos y escurridos, nos quedamos tumbados en el suelo de mi casa, apoyándonos unos en los cuerpos de otros, mientras dejábamos que la somnolencia nos dominara, y a la hora de la merienda dimos por terminada la sesión.

 

Aquella fue la última vez que tuve sexo con P. Fue el final digno que merecía lo nuestro, siempre lo recordaremos. Mi relación con M, como dije, es mejor que nunca. Somos dos primas políticas con una confianza infinita, y que guardamos un secreto que nos une, que no ha vuelto a ocurrir, pero que nos recuerda que hay una puerta que se puede abrir en cualquier momento. Y ahora, si cabe, ahora que sé que es una mujer, la respeto más todavía.

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