La dominacion de Teresa

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Llevaba meses deseando poseer aquel cuerpo maravilloso, su cara, su boca, su vientre, y sobre todo quería penetrar su culito, y que ella pidiera más mientras se lo llenaba de leche.

Teresa y yo trabajábamos juntos en la división comercial de una importante empresa de la que no daré el nombre por razones obvias. Ella era la típica vendedora sin demasiados escrúpulos que se aprovechaba de su físico para obtener buenas condiciones de los clientes, dándoles muchas veces a entender que podrían obtener citas con ella, o incluso más; aunque en realidad era bastante mojigata y nunca conseguían tocarle ni un pelo de la cabeza. Yo, que soy bastante envidioso, y que conseguía clientes de formas más ortodoxas, como insistir en las bondades del producto o solucionando todo posible problema técnico, siempre esperaba que los clientes de ella se enfadasen y abandonaran la empresa, dejando Teresa en una situación difícil. Pero no ocurrió. Los clientes tragaban con lo que fuera cada vez que ella lo decía. Y es que, en algunas cosas, los hombres nos portamos como chimpancés.

Por otra parte, yo no era inmune a sus encantos. Un físico espectacular, bastante delgada y con unas tetas y un culo de tamaño aceptable, su cara marcaba la diferencia. Labios hechos para ser mordidos como la más jugosa fruta, pómulos marcados bajo sus ojazos negros y una melena lisa de color azabache hacían que todos en la oficina estuvieran locos por ella. Por supuesto, ella se aprovechaba de nosotros para que la ayudáramos con el papeleo siempre que le hacía falta, debo reconocer que en mi caso le salía tan bien como con todos.

Por supuesto, las mujeres de la oficina la detestaban. Aunque no lo decían, les resultaba odiosa esa forma de comportarse y algunas hubieran dado un brazo por darle una lección. Es a ellas a las que quiero dedicar este relato, para que sepan que al final tuvo su justo castigo.

Fue una de ellas, Sonia, la que me dio la idea. Hablábamos ella y yo en el bar después de trabajar, comentando la jornada. Ella, que había resuelto una gestión a medias con Teresa, estaba indignada.

– La muy perra va con esas minifaldas, se sienta donde pueda lucir piernas, se desabrocha un par de botones, pone “ese tono” de voz que parece que se lo esté follando, le coge la mano y el tío, con un bulto en la entrepierna que le va a reventar la cremallera, le dice que sí a todo, le pregunta si le apetecerá cenar con él una noche de estas y, como ella le dice que estará encantada, él le firma todos los papeles que le pone delante, le da igual que sea un contrato que su sentencia de muerte. Luego, al salir, le pregunto si le ha gustado tanto el tío y me dice que ni pizca. ¿Y cómo, le digo yo, has quedado a cenar con él si no te gusta? Y ella me contesta, con esa boquita de comepollas que tiene que no sea tonta, que le dará largas hasta que se le pase la calentura. Cómo me gustaría que un día un cliente se la quisiera follar sobre la mesa antes de firmar el contrato.

Entonces se me ocurrió. Aquello es lo que haría para vengarme de esa calientapollas. Llamé a un amigo, director de la sucursal en Zaragoza de una importante empresa financiera y preparé la trampa. Al cabo de unos días me dirigí a Teresa.

– Teresa, tengo un problema. Tengo un cliente al que hay que ir a ver hoy, pero me resulta imposible por otros compromisos previos. Me sabría mal perder a ese cliente por no poder atenderlo. ¿Podrías hacerte cargo tú? Por supuesto, todo lo que obtengas te comisionará a ti, yo sólo quiero no quedar mal con él.

– Por supuesto, Howard. Dame sus datos y yo me encargaré. Gracias por pasármelo a mí y no a otro compañero. Ya te contaré cómo ha ido.

Y me dedicó una de sus preciosas sonrisas. Normalmente yo le habría babeado un poco y, tras un par de intentos de quedar a tomar una copa, ella me habría rechazado. Así que hice lo que sabía que más le molestaría: no le hice ni caso. Le di los datos y la despedí con un “ya me dirás”. Se fue decepcionada, no le gustaba nada que no estuvieran todos los hombres pendientes de ella.

Esa tarde, Teresa se vistió con el traje de chaqueta con la falda más corta que tenía, que cuando se sentaba no dejaba lugar a la imaginación, y con una blusa blanca transparente bajo la chaqueta. La ropa interior era igualmente blanca y transparente, sie

ndo ésta un sujetador que le cubría media copa, dejando fuera los pezones, y un tanga.

Se encaminó a la oficina del cliente, y llegada allí la condujeron al despacho del director. Éste resultó ser un hombre de estatura media, pelo y barba rubios, ojos azules cubiertos por unas gafas, bastante fuerte de brazos y espalda y un poco sobrado de peso. Es decir, bastante parecido a mí salvo por las gafas y el pelo y barba rubios, además de que iba peinado hacia atrás en vez de con la raya a un lado. Vamos, no tan parecidos, sólo tanto como lo pueden ser Superman y Clark Kent.

– Buenos días, señorita- la voz del hombre era prácticamente un susurro-. Espero que me disculpe por mi voz, estoy muy afónico. Soy Marcos González. Veo que Howard no ha podido venir y me manda a alguien más interesante. Por favor, siéntese.

Al decir esto señaló unas butacas que había junto a una mesita baja. Teresa se sentó en una de ellas mientras el director se sentaba en otra frente a ella. Deliberadamente cruzó muy lentamente sus piernas, dejando por unos segundos al alcance de la vista su entrepierna, pues al hundirse en la butaca se le había subido la falda un poco.

– Por favor, Teresa, explíqueme por qué debo confiar este contrato a su empresa en vez de a la que ya me presta el servicio.

Aquí empezó ella una torpe exposición de los beneficios que le ofrecía nuestra firma, mientras le miraba a los ojos firmemente y decía su nombre cada dos por tres como si se corriera cada vez que lo hacía. Marcos por aquí, Marcos por allá, fíjese Marcos que bla y que blo… Pero Marcos era un duro negociador, que además estaba interesado en aquellos aspectos del producto peor resueltos por nuestra empresa. Tras soltar una mentira detrás de otra, y descruzar y cruzar las piernas lentamente con cada una de ellas, Teresa se dio cuenta de que, aunque el tal Marcos no perdía detalle de su entrepierna, seguía estando muy reacio a contratarnos.

– ¡Qué calor hace! ¿Puedo servirme un vaso de agua?

– Por favor, está usted en su casa.

– Gracias- dijo levantándose y yendo a llenar un vaso de agua fresca en la máquina-. Hace un calor mortal aquí dentro.

Y, mientras estaba de espaldas al director, aprovechó para soltarse dos botones de la blusa. Volvió y se sentó. Ahora, además de dedicarle estupendas vistas de su entrepierna, ofrecía un escote que dejaba ver sus pechos casi por completo. Pero ni por esas.

– Veo, señorita, que su empresa no puede ofrecerme lo que necesito. De hecho, creo que lo único interesante que me ofrece es a usted.

– ¿Qué quiere decir?- dijo ella mientras hacía cuentas: el contrato era de cincuenta millones anuales (por entonces aún usábamos pesetas, ahora serían trescientos mil euros), para ella quedarían dos millones y medio (quince mil euros) cada año.

– Quiero decir que es usted muy atractiva, y que tal vez pudiéramos llegar a un acuerdo… digamos satisfactorio para ambos.

– Bueno, yo… en realidad esto no es muy habitual- había enrojecido como un tomate-, pero es usted muy agradable. Tal vez podríamos quedar algún día a almorzar para conocernos mejor…

– Creo, señorita, que usted no entiende este asunto. Yo soy un hombre de negocios muy práctico, y nunca acepto una promesa de algo que puedo conseguir directamente.

– No le entiendo. Piense que soy una profesional, usted me confunde…

Pero el tal Marcos ya estaba más allá de negociaciones. Se levantó, se acercó a Teresa y, cuando ella se levantaba, le abrió la chaqueta, bajándosela hasta los codos. Después empezó a besarle el cuello y con una mano a abrir los botones de la blusa y acariciar sus pechos, mientras la otra bajaba hasta la falda y, entrando bajo ella, llegaba hasta su tanga y empezaba a acariciarla allí.

Mientras, ella luchaba por liberar sus brazos de la chaqueta y retroceder hacia la puerta. Realmente no sé lo que pensaba ella, pero estoy seguro de que las palabras “dos millones y medio” martilleaban sus oídos. O al menos debió pensarlo bastante, porque cuando él la cogió de la cintura y la acercó a la mesa de escritorio, ella se dejó hacer. Sin demora él la tumbó sobre la mesa, extrañamente despejada de trastos, y se puso sobre ella, abriendo del todo la blusa para acceder cómodamente a sus pechos, nada cubiertos por e

l pequeño sujetador de ella.

Las protestas de Teresa se fueron haciendo más débiles a cada momento que pasaba, y los avances de él más descarados. Pronto el sujetador abandonó su sitio para ir al suelo, con la chaqueta y la blusa, y entonces fue cuando él, mientras se quitaba la americana y la camisa, se dedicó en cuerpo y alma a besar y lamer esas tetas no muy grandes, pero sugerentes y de generosos pezones que empezaban a dar muestras de una gran excitación. Libres de nuevo las manos, mientras mamaba de aquellos pechos le levantó la falda para poder acariciarla sobre el tanga.

– Espere, por favor. Si sigue haciendo eso me va a excitar tanto que yo… aaaa… que yo no podré… aaaa… parar.

– No se preocupe, Teresa. No tengo intención de parar nada.

– Pero – dijo al sentir cómo él le mordía y besaba el cuello y comenzaba a bajarle el tanga con una mano y a acariciarle la raja con la otra- nos van a oír.

– En realidad no. Este despacho está insonorizado. No sabe usted lo que ha llegado a ocurrir aquí.

Ya sin el tanga, y con la diminuta falda arrugada en la cintura como única ropa, el director llevó su boca a la entrepierna de ella pasando su lengua por los pechos, el vientre y, finalmente, por la parte interna de los muslos. Ya un par de dedos jugaban con la entrada de su coñito, y otros dos con el clítoris. Estaba ya muy mojada, y con las manos agarraba a Marcos con fuerza de la cabeza.

– Por favor, no me meta mucho el dedo- dijo con un hilo de voz-. Soy virgen

Aquella sí que era buena. A los veintidós años nuestra teresita había llegado inmaculada después de golfear con todos y de calentar más pollas que nadie. Pues bien, hasta aquí.

– No te preocupes, sólo meteré la punta.

Y así lo hizo. Mientras lamía el clítoris, los labios menores y el ano de Teresa, apenas sí llegó a introducir una falange y media dentro de aquella fuente que manaba entre sus piernas.

– De momento me estás convenciendo. Un servicio esmerado y complaciente. Pero a mí me gustan los proveedores que están dispuestos a todo por servirme.

Se levantó, cogió las manos de mi compañera y, juntando las muñecas de ella, sacó algo del cajón.

– ¿Qué hace, señor González? ¿Qué ha cogido?

Y, sin darle opción a comprender lo que ocurría, atrapó sus manos con unas esposas trabadas con la pata de la mesa.

– Ahora estás completamente a mi merced. Voy a hacer contigo lo que quiera, y así comprobaré si realmente das un buen servicio o no.

– Por favor, suélteme. Haré lo que quiera que haga, pero suélteme.

– Cállate. No te quejabas tanto cuando me enseñabas las bragas, ni al desabrocharte la blusa. Ni creo que te haya parecido mal venir con un sujetador como ese y una blusa transparente, enseñando los pezones. ¿Crees que soy un pringado? Has venido aquí a ofrecer sexo y sexo es lo que obtendré.

Dicho esto, agarró las piernas de Teresa por los tobillos y, separándolas, se colocó entre ellas. Desabrochó sus pantalones y, dejándolos caer junto a sus calzoncillos, acercó su pene, que estaba a punto de reventar de hinchado que estaba, a la vagina de ella. Poco a poco, sin empujones, y gracias a que estaba muy mojada, pudo meter el glande y un poco más, hasta notar la membrana del himen cerrando el paso. Entonces comenzó a moverse para lubricarla aún más hasta que, de un golpe seco, la metió hasta el fondo. Teresa, que estaba comenzando a disfrutar, soltó un gritito, más por el susto que por el dolor.

A partir de ahí no se quejó nada más, sólo dio gemidos de placer. Ni cuando él se la folló de pie con ella sobre la mesa, ni cuando subió él también para follársela estilo misionero, de lado con una pierna sobre el hombro o dándole la vuelta y poniéndola a cuatro patas para penetrar su vagina desde atrás. Simplemente iba gimiendo al ritmo que él le marcaba. Primero lento hasta que se aceleraba, luego lento otra vez y así indefinidamente sin que ella consiguiera correrse, y estando todo el rato en las puertas del éxtasis. Finalmente, cuando ella no podía más, y le suplicaba, él se tiraba a todo ritmo para que ella tuviera una auténtica explosión en su interior.

Finalmente, tras la quinta o sext

a corrida de ella, sacó el miembro y lo llevó hasta su boca, donde ella comenzó a chupársela con frenesí, loca de todo el placer que había recibido. Y lo hizo con tanta habilidad y deseo, recorriendo su polla con los labios y tragándosela entera, lamiéndola de arriba abajo y chupando hasta el alma que por allí pudiera salir, que no tardó mucho el director en darse cuenta de la corrida que le llegaba.

– Esto es importante, Teresa, debo saber si su empresa es fiable al cien por cien: ahora debe tragárselo todo, sin dejar ni una gota. De otra forma podría mancharme y sería un problema.

Y, sin duda, la eficaz comercial demostró sus bondades, no dejando que se escurriera de sus labios ni una sola gota. Y el cliente, muy complacido, retiró su pene de ella mientras una perversa sonrisa cruzaba su cara.

– Hasta ahora estoy impresionado: disponibilidad, ganas de complacernos, gran técnica, precisión… Pero eso lo tienen muchas empresas. Hay algo que aún debe demostrar para ganar mi confianza: que saben trabajar en equipo.

– Pero esa, dijo tras tragar todo el semen que había en su boca, es la razón de ser de nuestra empresa, nuestra verdadera especialidad. No debe preocuparse por eso.

– Palabras, palabras, no sirven para nada. He preparado una prueba para salir de dudas.

– ¿Una prueba?- dijo ella temiéndose cualquier cosa- ¿De qué se trata?

– Ahora verá.

Y Marcos González, que a estas alturas cualquiera comprenderá que era yo disfrazado e impostando la voz, sacó algo más del cajón. Era una máscara de carnaval negra, pero sin aberturas para los ojos. La colocó sobre la cara de Teresa y la ajustó por detrás con una hebilla.

– No veo nada. ¿Qué va a pasar ahora?

– No se preocupe, Teresa. Nada malo.

Y me dirigí a la puerta del despacho, la abrí a una oficina ya vacía y di paso a un grupo de tres hombres y una mujer, compañeros del trabajo que querían participar en aquella lección a Teresa. Entraron en silencio y se desnudaron. Yo me quedé mirando a Sonia con ganas de recuperarme de mi corrida y emprenderla con ella. La verdad es que eran una buena selección. Los tres tíos, altos, fuertes, y bastante bien dotados. Carlos, pelirrojo y de ojos verdes. Andrés, moreno de ojos negros. Y Enrique, moreno de ojos pardos. Sonia, por su parte, era pelirroja también, de ojos azules y un cuerpo estupendo, con grandes tetas y un estupendo culo en el que se podían cascar nueces de prieto que estaba. Perdonen las señoras mi falta de explicación de cómo eran los hombres, pero me fijé muy poco.

– ¿Qué pasa? ¿Está aún ahí? ¿Podría quitarme esta máscara, por favor? De verdad que le explicaré nuestro método de trabajo, y quedará satisfecho.

Estaban todos a punto de echarse a reír, pero les indiqué que guardasen silencio. Solté las esposas de Teresa para liberarlas de la pata de la mesa, y sin permitirle que se quitase la máscara, se las volví a poner, llevando sus manos a la espalda. Hice que se levantara de la mesa, la llevé entre los cuatro y la arrodillé. Pronto, los tres hombres empezaron a meneársela provocando importantes erecciones que acercaron a Teresa. Enseguida, ella notó como tres penes tocaban su boca, pero lejos de asustarse se lanzó a la faena y comenzó a chuparlos uno a uno, cambiando de rabo cada poco tiempo. La verdad es que, aunque iba de mojigata y ciertamente era virgen hasta aquel día, debía haber comido muchas pollas en su vida por la habilidad que demostraba. Primero pasaba la lengua de un extremo al otro, entreteniéndose golosa en el capullo. Luego las tragaba enteras, y tras un frenético episodio de meterla y sacarla de su boca, pasaba a la siguiente. Los tíos estaban a punto de reventar.

Entonces les hice apartarse y puse ante ella a Sonia, con las piernas bastante separadas. Agarré la cabeza de Teresa y le hice agacharse hasta tocar el coñito de Sonia con sus labios.

– No, por favor. Eso no. Haré lo que quieras, pero eso no. No soy lesbiana, y nunca lo he hecho con una mujer.

Pero de nada le valieron sus protestas. Sonia agarró la cabeza y la clavó entre sus piernas, moviéndola hacia delante y hacia atrás simultáneamente a como lo hacía su pelvis. Finalmente, Teresa se animó y comprendió que no le quedaba más remedio. ¿Quién sabe? Quizás iba a

ser la única ocasión en su vida en que iba a poder probar el sabor de una mujer sin que nadie pudiera pensar que era lesbiana. Por la cara de Sonia, enseguida comprendí que también se daba bastante arte comiendo almejas. No soltó ni un gemido, tal como habíamos acordado, pero parecía que estaba derritiéndose, que se le iba la vida entre las piernas.

Había sido toda una sorpresa cuando le conté a Sonia lo que queríamos hacer para que supiera de la lección que íbamos a darle a la calientapollas de Teresa, que ella se empeñó en participar.

– Mira- me dijo-. No soy lesbiana, pero sólo pensar en que esa perra tenga que comérmelo como castigo, hace que deje un charco donde me siente. Y a lo mejor va y me gusta.

Efectivamente, al correrse casi se desmayó. Luego, tendieron a Teresa en un sofá y, uno a uno se la follaron y se corrieron en su cara. Convencida de mi discurso sobre la precisión, lamió todo lo que pudo, hasta que Sonia, ya recuperada, se lanzó a ayudarla. Juntas dejaron la cara de Teresa sin una gota de semen, y estuvieron un rato comiéndose la boca la una a la otra.

Ante semejante espectáculo, Enrique y yo nos volvimos a poner a tono. Le indiqué que se tumbara en el suelo boca arriba, coloqué a Teresa de rodillas sobre él, a horcajadas, y Enrique ajustó su polla en el interior de nuestra “querida” compañera. Luego Teresa empezó a “bailar” sobre él. Primero despacio, como buscando la forma de hacerlo bien, y luego cada vez más rápido. Yo, por mi parte, me puse tras ella y, poniendo la mano sobre su culo, la hice detenerse. Me coloqué sobre ella y traté de penetrar su culito. Al principio me costó un montón, ya que estaba muy tensa y el agujerito era muy pequeño, pero Sonia vino en mi ayuda. Lubricó oralmente mi pene y el agujerito, dejándolo listo para que entrase. A partir de ahí fue fácil, lentamente fui entrando hasta acomodarme completamente en su interior.

Teresa no había tenido fuerzas ni para protestar su doble penetración, pero para lo que sí las tuvo fue para aullar de placer cada vez que yo me hincaba en su interior, pues como Enrique casi no podía moverse, al entrar yo se notaba llena a reventar, y el placer debía ser indescriptible.

Yo me lo estaba pasando en grande, pero aún me faltaba algo. Cogí a Sonia por la cintura y la acerqué a mí. La hice colocarse sobre una butaca para estar su coño a la altura de mi boca y, haciéndole separar las piernas, comencé a comérselo y a penetrarla primero con uno, luego con dos y hasta tres dedos. Aquello era el paraíso. Mi polla dentro de una exquisita mujer, mi boca lamiendo un clítoris, mi mano derecha penetrando otro coñito y la izquierda un rato tocando las tetas o el culo de Teresa y otro los de Sonia. No es de extrañar que, a pesar de lo complicado de la postura, me corriera enseguida entre los gritos de placer de Teresa, que no paraba de pedir más, y de Sonia, que estaba casi desmayada de nuevo. Me quedé tan saciado que casi no recuerdo lo que pasó, salvo que la fueron tomando Carlos y Andrés también por el culo, por turnos, y que al final Enrique acabó corriéndose en sus tetas. No recuerdo si Sonia obtuvo más, pero sí que cuando se fueron y me hube vestido otra vez, desaté a Teresa y le dije con una sonrisa: “He quedado muy satisfecho con su empresa, y voy a pensar detenidamente su oferta. La llamaré”. La cara de ella yéndose sin firmar el contrato era impagable, aunque la verdad es que ya se había llevado una buena “comisión” por su trabajo.

Fue uno de los mejores polvos que recuerdo, y sólo me quedé con las ganas de habérmelo hecho con Sonia como Dios manda. Ya les contaré otro día si acabó ocurriendo.

Autor: dunwichdearriba

dunwichdearriba ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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