La fiesta.

Mi ama decide utilizarme como un consolador humano y regalarme a sus amigas.

Eran las siete de la tarde. Primavera. Hacía bastante calor.

Llegué a casa de mi Ama y llamé a la puerta. No tardó en abrir.

“Anda pasa.” – me dijo.

Nada más cerrar la puerta, me tiré al suelo y comencé a besarle los pies.

“Suficiente, perro.” – me cortó enseguida.

Yo paré aunque tenía muchas ganas de seguir. Todavía de rodillas, me alcé para observar a mi Ama.

“Ve a la cocina y comienza a preparar los canapés.” – me explicó.

“Sí, mi Ama. En seguida.” – respondí.

Me levanté y me marché a la cocina para cumplir con la tarea que me había impuesto.

Llegué a la cocina y me sorprendí por la cantidad de comida a preparar que había. Yo sabía que iba a venir unas amigas, pero no sabía que iba a venir tantas.

Mi Ama apareció cuando llevaba la mitad de los canapés preparados. Entró sin decir nada e intuí que se situó detrás de mí.

“¿No me tienes que contar nada?” – me soltó de repente.

“Esto… no recuerdo, mi Ama.” – respondí medio girándome.

“¡No te pares!” – me señaló.

“¡Sí, mi Ama!” – me apresuré a contestar.

“No recuerdas, eh? Quizás tenga que refrescarte la memoria.” – me dijo.

“No se referirá a un informe del entrenamiento, ¿verdad, mi Ama?” – le pregunté.

“¡Vaya! Veo que vas recordando.” – me dijo.

“Ah! Pues… debo decirle que no he eyaculado ninguna vez, mi Ama.” – le expliqué.

“Quiero más datos.” – me instó.

“¡Sí, mi Ama!” – respondí pensando en qué decir. “He aumentado la duración del entrenamiento tres minutos desde el lunes como me dijo. Siempre empalmado pero controlando.”

“Bien.” – me dijo. “Date prisa que mis amigas llegaran dentro de media hora.”

“Sí, mi Ama.” – contesté.

El entrenamiento al que me estaba sometiendo mi Ama consistía en resistir lo máximo posible a la eyaculación. Durante un periodo de tiempo, me debía masturbar manteniendo el pene totalmente erecto, pero no podía eyacular. La duración del entrenamiento iba IN crescendo, y ya hacía tres semanas que había empezado. No hay que decir, que me subía por las paredes cada vez que acababa el entrenamiento.

Pasaron los minutos y acabé de preparar los canapés.

Busqué a mi Ama por la casa para comunicárselo.

“Los canapés están listos, mi Ama.” – le dije.

“Pues ve y prepara las bebidas. No te quedes ahí parado.” – me instó mientras rebuscaba algo en el armario.

“¡Sí, mi Ama!” – respondí.

Volví a la cocina y comencé a preparar bebidas. Mi Ama no tardó en aparecer.

“Esclavo. Ahora quiero que vayas y te pongas lo que te he dejado en el lavabo. Cuando hayas echo eso, quiero que eyacules.” – me explicó.

No salía de mi asombro. “¿Cómo me decía ahora que eyaculara tras tres semanas de entrenamiento?” – me pregunté.

“Sí, mi Ama. Muchas gracias, mi Ama.” – contesté.

Me marché pensativo al lavabo. No me lo acababa de creer. Unas horas más tarde me daría cuenta del por qué.

En el lavabo, me encontré un tanga negro, un mini delantal blanco y una pajarita negra. Nada más.

“Menos mal que no hace frío.” – pensé.

Tras ponerme mi uniforme, me masturbé con unas ansias increíbles. Tenía tantas ganas contenidas que no tardé en eyacular. Disfruté como no lo había hecho hacía mucho tiempo.

Mi Ama entró sin llamar al lavabo cuando me disponía a salir.

“¿Ya lo has hecho todo?” – me preguntó.

“Sí, mi Ama.” – contesté.

“Bien, pues ve a la cocina y espera a que te llame.” – me explicó.

“Sí, mi Ama.” – volví a contestar.

Obedecí y me marché a la cocina. Todo estaba preparado. Las bebidas. Las bandejas de canapé. Todo. Sólo faltaban las comensales.

No tardaron en llegar.

Desde la cocina, pude oír como mi Ama daba la bienvenida a sus amigas y las invitaba a pasar al salón.

Era la primera vez que mi Ama me iba a mostrar en público. Tenía dudas. No sabía si me iba a poner muy

nervioso o poco nervioso.

Hubo un momento, en el que perdí la cuenta. Calculé que serían unas siete amigas. Luego comprobaría que eran nueve.

Estuvieron un rato hablando hasta que mi Ama requirió mi presencia. Apareció en la cocina y me ordenó llevar las bandejas con los canapés.

“Sí, mi Ama.” – contesté.

En ese momento, si que me empecé a poner nervioso. El hecho de salir medio desnudo delante de tantas mujeres me hizo temblar.

Cogí una bandeja con las dos manos y me dispuse a salir. Mi Ama me aguantó la puerta con una sonrisa dibujada en la cara.

Cabizbajo y miedoso, llevé la bandeja al salón.

“¡Anda! ¿Y esto?” – dijo una.

“¡Vaya!” – dijo otra.

Algunas no dijeron nada.

“Ya os dije que tenía una sorpresa preparada.” – dijo mi Ama entrando en el salón.

Yo dejé la bandeja en la mesa y me retiré un poco.

“Pero, ¿quién es?” – preguntó una.

“Pues está claro. Mi esclavo.” – dijo mi Ama con firmeza.

Ante esta afirmación, hubo un momento de silencio. Se podía cortar la tensión con un cuchillo.

“Está aquí para serviros en todo.” – explicó.

“¿En todo?” – preguntó una con voz pícara.

“Veo que te ha gustado, eh?” – le contestó mi Ama siguiéndole el juego.

Yo apenas podía alzar la vista. Sólo veía piernas.

“Si queréis algo de beber o comer, sólo tenéis que pedírselo y os lo traerá.” – les explicó mi Ama.

Las amigas comentaban entre ellas con júbilo.

“Si alguna quiere fumar, él os encenderá el cigarrillo con gusto.” – siguió explicando.

Poco a poco, todas las amigas fueron entrando en el juego hasta sentirse como en casa.

Al principio, sólo me pedían lo que les había explicado mi Ama. Comida, bebida y encender algún que otro cigarrillo. Pero pronto cambiarían las cosas.

“¿Y dónde has encontrado un chollo así?” – le preguntó una amiga.

“Sólo hay que buscar un poco.” – le contestó mi Ama.

“¡Esclavo! ¡Ven aquí!” – me ordenó.

“Sí, mi Ama.” – contesté.

“Lame mis botas.” – me ordenó.

“Sí, mi Ama.” – volví a contestar.

Intuí el asombro de sus amigas.

“No dejas de sorprendernos.” – le felicitó una.

“Tendríais que ver qué es lo que se puede llegar a hacer con uno de estos.” – les explicó mi Ama.

“Ah, ¿sí?” – le preguntó la misma.

Mi Ama comenzó a explicarles todo un rosario de servicios que podía ofrecer. Todas escucharon atentamente.

“Veréis. ¡Esclavo! Date la vuelta.” – me ordenó.

“Sí, mi Ama.” – respondí obedeciendo.

“Os gusta, ¿verdad? Puedo verlo en vuestras miradas.” – dijo mi Ama. “Podéis levantaros y tocarle. No muerde.”

“Vamos, no seáis tímidas.” – les instó.

La más lanzada se levantó y comenzó a magrearme el trasero.

Al cabo de unos segundos, ya tenía a todo un grupo rodeándome y sobándome.

“Está fuerte, eh?” – decía una mientras me tocaba un brazo.

Aposté a que mi Ama se estaba regodeando viendo esa escena.

Muchas se cebaron con mis partes íntimas. Viendo que yo no me inmutaba se aprovecharon. No tardaron en provocarme una erección.

“¡Venga, chicas! Dejadlo respirar un poco.” – dijo mi Ama justo cuando me empezaban a bajar el tanga

Las amigas de mi Ama se habían puesto muy animadas. Demasiado quizás.

“Retírate un rato.” – me ordenó.

“Sí, mi Ama.” – contesté obedeciendo.

Volví a la cocina y me senté. Sería el único momento de descanso que tendría hasta al día siguiente.

Pasaron los minutos y nadie requería de mi presencia. No pensé en nada. Qué inocente que estaba siendo.

Al cabo de media hora, apareció mi Ama. Yo me puse a cuatro de patas en seguida.

“Levántate.” – fue lo primero que me dijo.

“Sí, mi Ama.” – respondí obedeciendo.

“Acompáñame.” – me indicó.

“Sí, mi Ama.” – respondí.

Me guió hasta el cuarto para invitados.

“Desnúdate.” – me ordenó.

“Sí, mi Ama.” – respondí obedeciendo.

“Esc&u

acute;chame atentamente.” – me dijo mientras me ponía un anillo en el pene. “Ahora vas a ser utilizado como consolador humano. Es un regalo que les hago a mis amigas. Así que, espero que me dejes bien.”

“Sí, mi Ama.” – respondí mientras me hacía a la idea.

“Todo el entrenamiento que llevas realizando hasta el día de hoy, tiene que dar sus frutos ahora. Se espera de ti que estés el máximo tiempo posible empalmado. No hay que decir, que no debes eyacular. Yo estaré a tu lado todo el rato. Así que no tienes porque preocuparte de nada.” – me explicó.

“Sí, mi Ama.” – contesté.

“Bien. Vamos, échate en la cama.” – me indicó.

“Sí, mi Ama.” – contesté obedeciendo.

Mi Ama se sentó encima de mi pecho y se dispuso a atarme las muñecas a las patas de la cama.

Estaba tan cerca de su entrepierna que me dieron ganas de excitarla con la lengua. Ella se dio cuenta.

“Ahora, no. Debes guardar tus energías para mis amigas.” – me indicó.

“Sí, mi Ama.” – contesté.

Tras decirme esto, me puso una vena en los ojos.

“Felices sueños.” – me dijo.

Tras decirme esto, me comenzó a acariciar el pecho. Poniéndome su pierna encima de la mía rozándome el pene. No tardé ni veinte segundos en empalmarme por completo. El anillo comenzó a molestarme.

La Señora me puso un preservativo.

“Listo.” – dijo la Señora levantándose de la cama.

Oí como salía de la habitación. No tardó en volver. Pero esta vez con compañía.

“¡Vaya imagen!” – dijo la amiga al entrar en la habitación.

“Es todo tuyo.” – oí que decía mi Ama.

“No me lo puedo creer.” – dijo la amiga acercándose.

Noté cómo se ponía encima de mí pasando una pierna por encima de mi cuerpo. Se introdujo mi pene y comenzó a cabalgar.

En los primeros compases, noté que no iba a ser una tarea fácil. El anillo me provocaba dolor a cada salto. Por suerte el ritmo no era muy vivo.

La amiga de mi Ama apoyó sus manos en mi pecho lo que hizo tirar de mis brazos. Se me escapó un quejido por el dolor provocado en mis muñecas y en mis hombros.

“¡Silencio!” – oí que gritaba mi Ama.

La amiga de mi Ama comenzó a gemir con ganas.

La verdad es que no tardé en comenzar a tener impulsos de eyaculación. Para mi sorpresa, pude controlarlos con relativa facilidad.

Por suerte, la amiga no tardó en acabar.

“Ha sido demasiado.” – le dijo a mi Ama.

“Ya te lo había dicho.” – le contestó.

“Uf, no se si podré esperar a mi siguiente turno.” – fue lo último que oí.

“¿Su siguiente turno!?!?” – me pregunté. “Cuántas veces pasaría cada una?”

Mi Ama volvió y me cambió el preservativo.

“Te felicito. No pensé que pudieses aguantar.” – me dijo.

“Gracias, mi Ama. Yo también me sorprendí.” – le contesté.

No tardó en aparecer otra amiga.

Noté que era más delgada que la anterior. Sin embargo, ésta se convirtió en una fiera.

Nada más introducirse mi pene, comenzó a cabalgar de una manera alocada. Mi pene se resintió por el anillo. Mis brazos también sufrieron lo suyo.

No pude controlarme con aquel ritmo y eyaculé.

Debido al anillo, no perdí toda la erección pero la amiga de mi Ama lo notó.

“Oye, tu esclavo está perdiendo rendimiento.” – le indicó.

“Ah, sí?” – oí que decía mi Ama acercándose. “Debe haber eyaculado el muy cerdo. Tú sigue. Y si no se recupera me encargaré de que lo haga.”

“Está bien.” – dijo ella volviendo a cabalgar.

En un principio, temí por las posibles represalias de mi Ama. Por suerte, mi pene volvió a su máximo esplendor.

La amiga de mi Ama se movía como una loca. Estaba llegando al clímax. No había duda.

El problema es que yo también estaba llegando a él. Por suerte, la amiga acabó antes de que lo hiciera yo.

Esta amiga no se marchó muy contenta.

“Me ha cortado el rollo por la mitad.” – le hizo saber a mi Ama.

“Lo sé, lo sé. Lo siento. A ver si luego se porta como es debido.” – se disculpó.

“A ver si es verdad.” – dijo saliendo de la habitación.

La siguiente a

miga era una chica bastante pesada. Lo noté nada más sentarse encima de mí.

Para mi suerte, el ritmo fue muy débil y pude aguantar mis deseos de eyacular. Sin embargo, la chica no tardó en llegar al clímax.

Esta chica sólo tuvo palabras de agradecimiento para mi Ama.

“No me las des todavía. Recuerda que puedes repetir.” – le dijo acompañándola.

Una a una fue pasando todas las amigas de mi Ama. Yo empezaba a estar cansado, pero la noche justo acababa de empezar.

Mi Ama vino a cambiarme el preservativo.

“Sólo quiero que sepas que estoy orgullosa de ti por haber eyaculado sólo tres veces.” – me dijo. ” De todos modos, espero de ti que, en un futuro no muy lejano, logres eyacular sólo cuando se te ordene.”

“Sí, mi Ama.” – contesté.

“Ahora vendrán de dos en dos puesto que se está haciendo un poco tarde. Demuéstrales de lo que eres capaz con tu lengua.”

“Sí, mi Ama.” – contesté orgulloso.

Cada vez me sentía más un objeto del que se le saca todo su rendimiento y luego se tira.

No tardaron en entrar dos amigas y montarse encima de mí.

Mientras una se introducía mi pene, yo intenté buscar con la lengua mi objetivo. No tardé en encontrarlo.

En seguida, me encontré saturado. Por un lado, debía controlar mi eyaculación. Por el otro, debía seguir trabajando con la lengua. Y también estaban mis doloridos brazos. Y el anillo! Que me estaba martirizando el pene.

Me puse como reto, conseguir que la chica a la que estaba excitando oralmente llegara al clímax antes que la que cabalgaba sobre mí. Lo conseguí. Aunque, estuve a punto de eyacular de nuevo.

En esta ocasión, no tuve ningún reproche de ninguna amiga. Eso me alegró. No quería que ninguna le dijera nada a mi Ama.

Dos nuevas amigas entraron. Este fue el momento en el que peor lo pasé.

“Si quieres ponerte arriba ponte, eh.” – oí que decía mi Ama.

“Seguro? No quisiera…” – le contestó la amiga.

“No te preocupes. Aprovecha este momento y olvídate de él.” – le dijo mi Ama.

“Bueno.” – dijo la amiga.

En seguida, me di cuenta de la situación. La chica con bastante peso se colocó encima de mi cara. Empecé a respirar con dificultad.

“Esto no va a funcionar.” – dijo la chica.

“Cómo que no?” – dijo mi Ama. “Más le vale.”

“Respiras?” – me preguntó mi Ama.

“Con dificultad, mi Ama.” – respondí.

“Suficiente. Ahora, haz tu trabajo!” – me ordenó.

“Sí, mi Ama.” – respondí como pude.

A todo esto, la otra amiga ya cabalgaba por ‘mi pradera’.

Empecé a lamerle la vulva a la chica. Ella comenzó a gemir en seguida. No en vano, mi Ama me ha enseñado muy bien a utilizarla.

La chica tardó muy poco en llegar al clímax. Para mi descanso, no quiso más y se retiró.

La chica de abajo, sin embargo, estuvo bastante rato y a un ritmo muy vivo. Apreté los dientes pero no pude evitar eyacular. Por suerte, la chica lo hizo casi al mismo tiempo que yo y no le dio tiempo a quejarse por bajo rendimiento.

Tras cambiarme el preservativo mi Ama, de nuevo dos chicas más. Ya estaba bastante cansado pero, obviamente, no me iban a dar tregua.

En esta ocasión, mi cuello comenzó a resentirse. Ya lo tenía muy cansado ya que tenía que alzarlo siempre y la chica se lo recriminó a mi Ama.

“No sirves para nada!” – dijo mi Ama acercándose.

“Lo siento, mi Ama.” – dije arrepentido.

“Siéntate encima de su boca.” – le indicó mi Ama a la chica.

“Buena idea.” – le dijo la chica.

Ahora ya no tenía que alzar el cuello pero, por el otro lado, apenas podía respirar. Intuí que mi Ama se había quedado cerca porque cada vez que paraba para respirar me lo recriminaba.

“No te pares, perro!” – me gritaba. A lo que yo respondía lamiendo de nuevo.

Al final, conseguí que la chica llegara al clímax. Aproveché para respirar profundamente mientras la chica que me montaba acababa.

Cuando la pareja se marchó, intenté convencer a mi Ama de que ya no tenía energías para seguir pero Ella no me iba a dar descanso.

“Descansarás cuando acabes.” – me dijo.

“Sí, mi Ama.” – respondí resignado.

Todavía pasaron dos parejas más. Fue agotador. Las recriminaciones cada v

ez se hicieron más numerosas. Aún así, pude salir más o menos indemne satisfaciéndolas finalmente.

Tras pasar estas dos últimas parejas, me dejaron solo en la habitación. Al fin pude descansar.

Estuve a punto de quedarme dormido cuando alguien entró de nuevo en la habitación.

No dijo nada. Se sentó a mi lado y me puso unas pinzas en los pezones. No había duda, era mi Ama. No le dije nada.

Tras cambiarme el preservativo, intuí que colocaba una cuerda elástica que ataba las dos pinzas.

Tras esto, se montó encima de mí y se introdujo mi pene.

“Vamos a cabalgar un rato.” – dijo.

Tras decir esto, cogió la cuerda y comenzó a cabalgar como si fuera un auténtico vaquero.

Los pezones empezaron a resentirse y yo a quejarme. Ella no me dijo nada. Simplemente, cada vez cabalgaba más deprisa. Y más deprisa.

Apenas podía contener mis deseos de eyacular.

“Por favor, mi Ama. Si sigue así no podré evitar eyacular.” – le rogué.

“Será mejor que aguantes. Y, ahora, cállate.” – me dijo.

Callé y traté de aguantar. Pero era mi Ama. La deseaba. Y eso no me ayudaba a evitar mi eyaculación.

Apreté los dientes y pensé en otras cosas, pero no podía dejar de gozar.

El dolor de mis pezones apenas me importaba. Casi no lo notaba. Sólo podía disfrutar en aquel momento.

Como si de un reloj suizo se tratara, llegamos al clímax casi al unísono. Noté como se estremecía el cuerpo de mi Ama junto con el mío. Fue un momento muy especial.

Mi Ama se echó encima de mí y me besó.

Relato escrito por jerkan{Dl.}{CD}, propiedad de las excelentísimas Dama lunar y Dama duna

Autor: jerkan23

jerkan23 ( arroba ) yahoo.es

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La fiesta

Hetero, orgía-todos contra una, relato del dia. Su mujer va vestida a la fiesta con uno de sus conjuntos más provocativos. Por no hablar de su diminuto tanga. Ella bebe más de la cuenta y es acostada, casi inconsciente, en una cama del piso de arriba. Pero ¿por qué desde entonces tantos hombres suben y bajan la escalera…?. La realidad será un shock para el marido. Aunque bien mirado….

Supongo que era normal que mi mujer quisiera lucirse un poco aquella noche. No en vano a sus 30 años recién cumplidos tenia una figura increíble y, debido a nuestros horarios de trabajo, hacia ya algún tiempo que no salíamos juntos a divertirnos.

Ella no es muy alta, pero si muy guapa de cara, con unos ojos azules que encandilan y unos labios gruesos y jugosos que parecen estar diciendo todo el rato "cómeme". Tras varios años de intensas clases de aeróbic puedo asegurarles que su figura de reloj de arena esta mucho mejor ahora que cuando nos casamos hace ocho años.

Por eso no me extrañó que para la fiesta de compromiso que organizó nuestro amigo en su casa se pusiera aquel vestido tan sensual. Este era negro, y de una sola pieza. La parte superior es tan ajustada que más semeja una segunda piel escamosa, marcando su plana cinturita de avispa y realzando sus petreos senos (pues, a pesar de lo grandes y abultados que son, están tan firmes y tiesos que harían palidecer de envidia a cualquier quinceañera), ya que al dejarle casi toda la espalda al aire nadie puede dudar acerca de la autenticidad de lo que presume por delante.

La parte inferior, sin embargo, es una especie de minifalda que le cubre hasta la mitad de los muslos más o menos, hecha de muchos flecos y telas oscuras conjuntadas, que le dan la forma de una flor invertida. No entiendo mucho de moda, pero es muy bonito.

Ella, que sabe lo mucho que me excito al verla con esa ropa, le puso la guinda al pastel, cuando, ya en el coche, se acomodó la falda al sentarse y me mostró, picarona, que esa velada llevaba puestas sus braguitas de cordón más finas, aquellas que apenas si le tapan nada por delante, y absolutamente nada por detrás.

Cuando me besó en el cuello y me dijo al oído que esperaba que esa noche "la fiesta" no acabara en la casa de nuestro amigo me dieron ganas de girar allí mismo y regresar a casa… y tiempo tuve más adelante para arrepentirme de no haberlo hecho.

Si no lo hice fue por no hacerle un feo a nuestro amigo, y porque esperaba divertirme en la fiesta casi tanto como mi esposa. No en vano él, como anfitrión, no tiene nada que envidiar a nadie, y sus fiestas son muy amenas y concurridas.

Ésta, en concreto, ya estaba más que animada cuando llegamos y nos metimos entre docenas de desconocidos saludando aquí y allá a nuestras viejas amistades. Después de un par de horas, y cansado ya de bailar, permití que mi incansable esposa siguiera sola en la pista de baile, junto con algunas amigas, mientras yo me enzarzaba en una acalorada e interminable discusión política con un antiguo conocido.

Como suele ocurrir en estas ocasiones veía a mi mujer pasear arriba y abajo cada dos por tres, unas veces con una amiga, otras con otra, a veces sola y a veces con algún tipo o alguna pareja. Casi siempre la veía con una copa de licor en la mano, pero como sé lo poco que soporta el alcohol, supuse que la copa era siempre la misma… hasta que en una de las ocasiones en que se paró a hablar conmigo me di cuenta de lo mareada que estaba ya. Le pregunté que cuántas copas llevaba, y no supo decírmelo, pero me aclaró que no era alcohol, que era un ponche, y que por eso lo usaba para calmar la sed del baile.

Como la conozco demasiado bien sabía que algo fallaba en su explicación, pues tenía ya la mirada turbia y el descontrol propio de quien esta muy bebido. Así que para aclarar las dudas fui hacia la barra y le pregunté al camarero acerca de la composición del famoso ponche. No me extrañó lo más mínimo que me dijera que este mejunje llevaba al menos cuatro tipos diferentes de bebidas alcohólicas rebujadas con leche y zumos de frutas, explicándose así que mi mujer estuviera ya tan borracha. Decidí llevarla para casa de inmediato, pero cuando la fui a recoger me di cuenta de que su estado era mucho peor de lo que parecía, pues apenas si se tenia en pie. Como no podía yo solo con ella le pedí ayuda a nuestro anfitrión.

Nuestro am

igo, sintiéndose en parte culpable por lo sucedido, me aconsejó que la acostáramos un rato y que, cuando se recuperara lo suficiente, nos marcháramos. Como lo vi muy lógico me apresuré a hacerle caso y, con su ayuda, logramos subirla arriba, a uno de los dormitorios vacíos.

El pobre estaba muy apurado, pero yo trate de calmarle, pues él no era responsable de que mi esposa estuviera tan mareada por no haber preguntado que demonios llevaba aquel ponche que estaba tan fresquito y que tanto le gustaba. Después de asegurarme por enésima vez de que se encontraba bien volví a acomodarle la minifalda, que al acostarla se le había subido demasiado arriba, mostrándome otra vez su tanguita negro, y la dejé descansar, dormida en su sueño etílico, mientras bajaba a reunirme de nuevo con nuestros amigos, tras cerrar la puerta de la habitación.

Como de costumbre los cuatro más íntimos pasamos a la sala de billar, donde se libró una de nuestras consabidas batallas a tres bandas, ante las miradas de otros amigos y de alguna que otra esposa, pues la puerta abierta daba al salón donde seguían bailando.

Durante una de las partidas escuché como uno de sus amigos bromeaba con el anfitrión acerca del desaprensivo que había obstruido el aseo, y como le aconsejaba que usara el de la planta alta, como estaban haciendo el resto de los invitados. En ese momento no le di ninguna importancia al comentario, y como quiera que el juego estaba de lo más interesante pasaron las horas volando. Lo único que recuerdo haber pensado es que esperaba que ese continuo ajetreo de subir y bajar personas no despertase a mi esposa.

La fiesta estaba ya llegando a su fin cuando, con la sonrisa victoriosa de haber ganado, me fui hasta la barra a pedirme una ultima copa antes de despertar a mi mujer. Mientras me la servia charlé las típicas banalidades con el camarero de antes, acerca de lo divertida que había estado la fiesta y todo eso. Fue entonces cuando me comentó, en plan confidencial en voz baja, que ya estaba degenerando, pues había oído a varios tipos comentar entre sí la juerga que se habían corrido con una señora en los dormitorios.

Y yo, ingenuo de mi, le sonreí, mientras le decía, también en plan confidencial, que en esas fiestas siempre había alguna señora que buscaba otras formas de "divertirse". Le dejé riéndose de mi comentario mientras subía las escaleras para ver si mi esposa se había recobrado lo suficiente de su estado como para llevarla a casa por su propio pie.

El vaso estuvo a punto de caerse de mis manos al ver que la única puerta de dormitorio entreabierta era aquella donde la habíamos dejado, y que de ahí salían unos sonidos que eran tan elocuentes como inconfundibles. Con las piernas temblorosas me acerqué hasta la puerta y vi lo que ya me temía… a un tipo de espaldas con los pantalones bajados penetrando fogosamente a mi mujer.

Lo que me dejó quieto y helado no fue la violencia de sus empujones, sino el ver como mi esposa tenia enroscados sus talones tras las rodillas del tipo, pues era la postura que solía adoptar cuando hacíamos fogosamente el amor y ella quería que la penetrara más a fondo y con más frenesí. Y si me quedaba alguna duda acerca de los turbios deseos que albergaba sus continuos jadeos de placer me los quitaron de golpe.

No reaccioné, me quedé allí quieto, parado como un maniquí, mientras el afortunado desconocido alcanzaba el ultimo orgasmo, eyaculando en su interior con unos golpes tan rudos y salvajes que arrancaron también un nuevo orgasmo a mi esposa, mientras se aferraba a sus pechos desnudos, estrujándoselos como si se los quisiera arrancar.

Luego el tipo se bajó de la cama, con toda parsimonia, abrochándose los pantalones con una sonrisa de oreja a oreja mientras pasaba a mi lado, guiñándome un ojo cómplice, en la creencia de que yo era el siguiente en disfrutar de mi esposa desmayada. Nada más marcharse cerré la puerta con pestillo, y tras dejar el vaso sobre una mesilla me acerqué hasta la cama, todavía sin poderme creer lo que había presenciado. Pero lo que veían mis ojos no dejaba lugar a dudas acerca de lo que había sucedido. Ni el completo desorden que reinaba en la cama, con las sabanas revueltas y sudadas. Ni el vestido de mi mujer, enroscado de cualquier forma en su cintura para dejar sus grandes pechos desnudos al alcance de cualquiera que los quisiera disfrutar. Ni la evidente ausencia de s

u tanguita, del cual no volví a saber jamás. Ni, sobre todo, el gran charco de semen que había entre sus piernas tan descaradamente separadas, el cual aún no había tenido tiempo de secarse por completo, pues continuaba manando semen por sus dos orificios mas sagrados.

No me costó mucho esfuerzo deducir lo que había sucedido en esa habitación. Supongo que alguno de los invitados entraría despistado mientras buscaba el servicio, y al verla allí dormida, quizás con su tanguita negro a la vista si había movido las piernas en sueños, fue una tentación demasiado grande para el desaprensivo.

No creo que le costase demasiado esfuerzo bajarle los tirantes del vestidito para dejar a la vista sus magníficos pechos desnudos e indefensos, ni que el diminuto tanguita negro ofreciese demasiada resistencia si el tipo había decidido quitárselo o arrancárselo.

El resto era por demás evidente. Había tantisimas marcas y moratones en sus senos que tardaría unas semanas en volver a recuperar su aspecto habitual. Sobre todo sus gruesos pezones, tan enrojecidos y tiesos que posiblemente le dolerían durante varios días.

De su boquita entreabierta salía un olor tan amargo como elocuente, y el no ver restos de semen solo podía significar que mi mujer se había tragado todo lo que habían tenido a bien derramarle dentro. Lo cual me daba muchisima rabia, pues a mi rara vez aceptaba mamármela, y cuando lo hacia jamas me dejaba eyacular en su interior.

Pero más rabia me daba ver con que facilidad permitía que le diera la vuelta en la cama, levantando su culito respingón al hacerlo como si diera por hecho que yo también iba a encularla como el resto de sus amantes. Dándome ganas de azotar sus pálidas nalgas, como debía de haber hecho ya mas de uno, en vista de la rojez que presentaba, pues a mí sólo me había permitido que la poseyera por tan estrecho orificio un par de veces, y siempre tras muchos ruegos y suplicas.

No podía denunciar a la policía lo sucedido, pues no sabía cuantos tipos la habían poseído ni cuantas veces la habían violado. Ni siquiera estaba seguro de poder afirmar lo de la violación, en vista de la aparente disposición de mi esposa desvanecida.

¿Qué que hice? Pues lo único que podía hacer dadas las circunstancias, bajarme los pantalones, separarle un poco más las piernas… y divertirme yo también.

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