La historia de Ángel 2

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Hola a todos. Aquí les traigo la segunda parte de una historia que publiqué el año pasado. Si quieren leer la primera parte pueden encontrarla en La Historia de Ángel 1. Y si no, pues pueden disfrutar de este relato como con cualquier otro ;)

La historia de Ángel 2.
Con el socio de mi padre.

Cuando me desperté al día siguiente creí momentáneamente que todo había sido un sueño. Después de todo, había despertado solo en una cama. Solo cuando caí en la cuenta de que aquella no era mi cama empecé a creer que quizás no había soñado lo que recordaba. Ahí estaban las manchas de semen y sangre entre las sábanas y, si eso me parecía poco, sentía un ardor en el culo que jamás había sentido.

Me levanté de la cama sintiéndome un tanto anonadado. Había tenido mi primera relación sexual y esta había sido con nada más y nada menos que con mi propio padre. Él seguramente ya se había retirado a trabajar. ¿Qué pensaría él de lo acontecido la noche anterior? ¿Qué me diría de ello? La perspectiva me aterraba.

Intentando evitar que mi mente divagara demasiado en esas preocupaciones me puse a hacer labores domésticas. Lo primero que hice fue cambiar sábanas y cobijas de la cama de mi padre para poder lavarlas y eliminar los restos de la noche anterior. Tal vez mi padre no recordaría lo sucedido y si le había extrañado mi presencia en su cama por la mañana todavía podía inventarme una buena excusa.

Después de terminar con las cobijas me dediqué a lavar toda la ropa sucia que había en casa. Mi playera del día anterior tendría que irse directamente a la basura. Era una lástima, porque aquella playera realmente me gustaba.

Luego de lavar la ropa me dediqué a escombrar, sacudir, lavar, trapear, limpiar ventanas y lavar el baño. Estaba terminando de eso último cuando mi padre regresó a casa.

—¡Ya llegué! —exclamó él como lo hacía siempre.

—¡Hola! —lo saludé nerviosamente.

—Anduviste ocupado —expresó al ver la casa.

—Un poco —le contesté—. De inmediato me pongo con la comida.

—De acuerdo —fue todo lo que contestó.

Yo esperaba que mi padre sacara a colación en cualquier momento lo que había pasado la noche anterior, pero jamás lo hizo. Se comportó de la misma manera que siempre mientras yo cocinaba, luego comíamos y finalmente nos pusimos a ver la tele.

Al finalizar el día y encerrarme en mi cuarto llegué a la conclusión de que mi papá no recordaba nada de lo sucedido o tenía toda la intención de fingir que jamás había acontecido nada. Si así lo quería él suponía que lo mejor sería fingir yo también que jamás había pasado nada. Me molestaba, pero no había más que hacer. Aunque una parte de mí quería volver a experimentar de la fabulosa experiencia del sexo con otro hombre, me recordaba a mí mismo que debía sentirme afortunado por ya haberlo hecho aunque hubiera sido una única noche. Mejor eso que nada.

Sin embargo, el destino tenía otros planes para mí. Solo tuve que esperar a que mi padre volviera a estar dispuesto para ello. Quizás el alcohol lo desinhibía o yo qué sé, pero el caso es que la siguiente noche que mi padre llegó ebrio a casa volvimos a tener sexo. Mi padre me agarró de la nada, yo quería simplemente ayudarlo a acostarse como solía hacerlo y cuando me di cuenta ya me encontraba ensartado debajo de él sintiendo su fuerte y pesado cuerpo sobre de mí. Una parte de mí registró el hecho de que aquello no estaba bien, pero la verdad me valió. Estaba disfrutando con la verga de mi papá enterrada en mi culo y eso era lo único que me importaba.

Aquello se volvió una especie de costumbre cada vez que mi padre llegaba ebrio a casa. Ya no tomaba tan seguido, de hacerlo dos veces por semana al menos pasó a hacerlo una vez cada quince días. Sin embargo, cada vez que lo hacía se encargaba de tomar lo suficiente para aparentemente olvidar todos los recatos que sentía.

Esa situación duró un par de meses. Jamás hablábamos de ello cuando mi papá estaba sobrio, continuábamos con nuestra vida normal, como si lo que sucedía por las noches de embriaguez fuera algo que ocurriera aparte, como si cada uno cogiera con alguien más y no hubiera que hablar entre nosotros de ello.

Algo que quise hacer, aunque nunca pude, fue robarle un beso a mi padre. Tenía ganas de probar sus labios, pero él me había dicho que no besaba putos la única vez que lo había intentado. De hecho, tampoco lo vi nunca desnudo. Mi papá me desnudaba para poder besar mi cuerpo de vez en cuando, pero él solo se bajaba el pantalón y su trusa un poco para poder ofrecerme su verga o clavármela por el culo. Lo máximo que llegué a verle fue su pecho cubierto de vello, el cual envidiaba, pues yo era más bien lampiño.

Un día de aquellos, o más bien un día que yo estaba esperando que fuera de aquellos, aguardaba por mi padre con nerviosismo. Ya se había retrasado, por lo que yo estaba convencido de que aquel día llegaría ebrio. Me parecía algo irónico que al principio me pareciera que estaba mal hacer ese tipo de cosas con mi padre y luego estuviera prácticamente rogando para que mi progenitor llegara ebrio y me cogiera con ganas.

No obstante, cuando mi papá llegó a casa me llevé un chasco. Venía tomado, pero no creía que lo suficiente para que se animara a follarme. Por otro lado, no venía solo. Me presentó al hombre que lo acompañaba, Miguel, un tipo con el que aparentemente estaba planeando alguna especie de negocio. Miguel era un hombre que ya debía estar cerca de los sesenta años, alto y delgado, con unas entradas prominentes que disimulaba manteniendo su cabello gris lo más corto que se podía.

Ambos se pusieron a charlar en la sala. Mi papá sacó una botella, por lo que pensé que si Miguel llegaba a retirarse tal vez para entonces mi papá sí estaría lo suficientemente ebrio para cogerme. Así que decidí fingir que me iba a dormir, por lo que me despedí de los dos hombres para ir a recostarme a mi habitación. Mi idea era quedarme despierto hasta oír que la charla se terminara, pero los murmullos que oía hasta mi cuarto me fueron arrullando y llevándome lentamente hasta la inconsciencia.

No sé cuanto tiempo habrá transcurrido desde que me dormí hasta que me desperté, solo sé que cuando lo hice fue porque algo me estaba acariciando el trasero. Era una mano que se movía por mis nalguitas aprovechando que yo me encontraba boca abajo. Podía sentir como me las apretaban y como hacían presión en medio de ellas como si quisieran encontrar mi hoyito.

Estaba convencido de que aquel quien me acariciaba en ese momento era mi padre, por lo que levanté mis caderas un poco para facilitarle la tarea de acariciarme el culo. No obstante, él aprovechó inmediatamente para bajarme el short con el que dormía y dejarme el culo al aire, de tal manera que pude sentir unas manos de dedos largos deslizándose por mis posaderas.

—Ya decía yo que eras bien putita —dijo una voz cerca de mí.

Aquello me asustó. Esas manos, esa voz… No estaba acostumbrado a ninguna de ellas. Me incorporé con los brazos y gracias a la luz que se derramaba por la puerta proveniente de la sala pude identificar a Miguel en la orilla de la cama, quien no me quitaba las manos del culo.

—Eres hermosa, putita —dijo él acercando su rostro al mío.

Si me lo hubieran preguntado de antemano, jamás habría decidido que mi primer beso sería con un señor que ya estaba cerca de la tercera edad. Me hubiera gustado que fuera con mi padre, pero él jamás se dejó besar en la boca en ninguno de nuestros encuentros como ya lo dije. No obstante, el primer beso con Miguel no estuvo nada mal. El señor movía su lengua de manera soberbia, la cual desde el primer momento buscó la manera de introducirse en mi boca. La lengua de Miguel profanó mi cavidad oral, literalmente me hizo perder la virginidad de una zona de mi cuerpo que no sabía que se podía ser virgen. Pero aquella era la sensación, pues me estaba regalando un placer de antemano desconocido con su lengua tocando mis dientes, enredándose con mi propia lengua e intentando incluso llegar a mi paladar.

—Hazte para allá —me dijo Miguel al terminar de besarme.

Yo me recorrí para dejarle espacio a Miguel, quien aprovechó para recostarse a mi lado. Una vez en mi cama el hombre no tardó nada en volverme a besar y a agarrarme las nalgas. En el espacio de mi cama individual los cuerpos de ambos quedaban repegados totalmente, con solo su ropa y la mía de por medio. Era una sensación en cierto modo nueva para mí, pues mientras el cuerpo delgado de Miguel parecía embonar naturalmente con el mío, con mi padre aquello era impensable debido a su panza.

Así estuvimos ambos un rato. Incluso el señor siguió besándome cuando agarró una de mis manos para llevarla a su entrepierna, lugar donde pude sentir su poderosa herramienta totalmente erecta. Era más grande que la de mi padre (que quizás recuerden medía menos de 12 centímetros) pero más pequeña que la mía (que mide 18), así que le calculé que debía medir unos 15 centímetros. Eso sí, no parecía que fuera especialmente gruesa, aunque tenía forma de lanza, por lo que su base era mucho más ancha que la punta.

Mi mano se afanó para desabrochar el pantalón que llevaba el señor. Fue una maravilla sacar aquella verga totalmente rasurada. Hasta el momento solo había conocido penes llenos de vellos (el de mi padre y el mío propio), por lo que deslizar mis manos por aquella superficie era una experiencia totalmente nueva para mí. Era tremendamente erótico sentir cómo picaban aquellos pequeños vellos que volvían a crecer en esa entrepierna, pasar los dedos por aquellos grandes huevos que parecían apretujados bajo la capa de piel que los cubría.

—Bájate —me ordenó de repente él empujando mi cabeza hacia abajo.

El hombre no tuvo que pedírmelo dos veces. Más se había tardado él en decir esa única palabra que yo en llevar mi rostro a su entrepierna. El beso había logrado excitarme tanto que en esos momentos solo podía desear ir más allá con él. Así que continué en lo que estaba, que era chupar aquella verga que prometía tanto. La cabeza fue bastante sencilla de introducir en mi boca, sobre todo considerando que tenía un sabor a macho que me encantó. No obstante, mientras más entraba más problemas me causaba. Hasta ese momento mi cavidad oral solo había albergado a un inquilino (el pene de mi padre), además de un par de mis dedos que mordía cuando me masturbaba y estaba muy excitado. Estaba bien que la polla de Miguel no era excesivamente grande, pero debido a lo ancha que era en la base tenía que abrir exageradamente la boca en el último tramo, lo cual me hacía sentir que no podría seguir más allá.

—Vamos, putita. Métetelo todo dentro de tu boquita —dijo Miguel agarrándome de la nuca—. Chupa tu mamila, nena.

Miguel hizo fuerza para obligarme a tragar su tranca. Por un momento sentí que se me desencajaba la mandíbula, pero aquel pensamiento quedó relegado en el fondo de mi mente cuando me di cuenta de que me había introducido por completo aquel pedazo de carne. La punta de su glande me rozaba la campanilla, pero eso en lugar de provocarme náuseas me hizo excitar todavía más. Mi pene se puso más duro que nunca mientras yo saboreaba aquel miembro que llenaba casi por completo mi boca dejándome solo un poco de espacio para poder mover mi lengua a su alrededor.

—¡Oh, sí! —decía entre gemidos él apretándome aún más la nuca, como si aquello fuera necesario—. Sigue así, no te detengas.

No me saqué su miembro de mi boca, pero fuimos moviéndonos de manera que él quedó recostado boca arriba y yo en cuatro sobre la cama. Miguel se colocó mi almohada por detrás de la cabeza para poder contemplar como le chupaba la verga, pues soltó algo de presión en sus brazos para que yo pudiera sacarme aquella verga y volvérmela a introducir en un rico movimiento de mete y saca.

—Así, nenita —decía él levantando las caderas para meterme su polla completamente adentro, como si yo no estuviera llevándola completamente dentro de mi garganta.

Era raro que el hombre se refiriera a mí en femenino. En cierta manera me molestaba, pero estaba con la boca llena de su herramienta y no tenía ningún deseo de sacármela para reclamar. Además, si el hecho de que me llamara nenita era el pago por lo bien que me trataba, podía pagarlo sin ningún problema.

En aquella posición Miguel aprovechó para quitarme completamente el short que llevaba de piyama y meterme la mano por el trasero. Me masajeó un poco las nalgas, pero no se tardó demasiado en buscar el agujero que se ocultaba entre mis glúteos. No fue gentil, pero en realidad sus dedos delgados no suponían ningún reto después de que mi culo fuera penetrado en varias ocasiones por la gruesa verga de mi padre. Tenía su encanto sentir aquellas extremidades colándose en mi recto y dando la vuelta mientras masajeaban mi interior y mi boca se encontraba llena de aquel miembro que se cargaba.

Pronto los dedos en mi culo se volvieron dos. Miguel ya no alzaba sus caderas, pues estaba muy entretenido abriéndome el culo. No usaba dos dedos de la misma mano, sino que me introdujo los índices de ambas manos y una vez que estaban adentro los jalaba en direcciones opuestas. Era algo molesto, pero también sumamente excitante. De hecho, mi propio pene se encontraba totalmente duro aunque no lo había tocado para nada desde que Miguel se había colado en mi cama.

—Te falta culo, nenita —comentó Miguel dándome una ligera nalgada tras haberme sacado sus dedos—. Pero eso puede compensarse si sabes mover ese culo. ¿Sabes hacerlo?

No sabía qué responder a esa pregunta. Mis relaciones sexuales hasta ese momento habían consistido en mi padre poniéndose sobre mí y penetrándome salvajemente. Jamás había tenido que mover mi culo yo para complacerlo, pues más bien era mi padre quien me complacía a sí mismo y de paso a mí.

No obstante, no iba a dejar pasar la oportunidad de experimentar algo nuevo en ese momento. Decidí dejarme llevar a dónde quisiera llevarme Miguel, así que no tuvo que guiarme mucho para que me incorporara y luego volviera a sentarme sobre sus caderas dándole la espalda. Él sostuvo su verga con una de sus manos mientras que con la otra sostenía mi cintura jalándome hacia él.

Los primeros centímetros fueron fáciles y una delicia completa. La verga de Miguel se iba abriendo paso en mi interior sin problemas, efectivamente como una poderosa lanza a la que nada podía detener. Era genial sentir las paredes de mi recto que se iban abriendo ante su embate. Sin embargo, hubo un punto en que he de admitir que si bien seguía siendo placentero, también era un tanto molesto. Cuando la verga de Miguel llegó hasta los lugares de mi recto que jamás habían sido tocados por algún pene (pues el miembro de mi papá no podía llegar tan adentro como el de él) sentí un ligero dolor en el culo. Tuve que inclinarme un poco hacia adelante intentando detener el movimiento, pero el señor que me estaba clavando no estaba de acuerdo con aquello. Miguel ya no necesitaba sostener su polla para asegurarse que entrara en mi interior, así que en ese momento optó por sostenerme fuertemente de la cintura con sus dos manos para evitar cualquier intento de escape por mi parte.

Sentí que algo en mi interior que nunca se había abierto desde fuera se abría ante el empuje de su verga. Fue más molesto que doloroso, pero una vez que hubo pasado el momento se sintió increíblemente bien. Era sumamente placentero y excitante sentir mi recto lleno por aquel miembro y totalmente abierto en su entrada debido a lo grueso que era la base del falo en cuestión.

—¡Oh, chiquita! ¡Qué apretadito está tu culo! —exclamó Miguel con evidente éxtasis—. Casi parece que eres virgen. ¿Acaso lo eres?

—No —le confesé intentado inhalar profundamente—. Pero supongo que tampoco lo he hecho muchas veces y jamás me habían penetrado tan adentro.

—Pues hoy vas a conocer lo que es tener a un verdadero hombre en tu interior, nenita —me comentó él antes de levantarme con sus brazos y luego hacerme caer fuertemente sobre su herramienta.

Sentí que algo se me escapaba (además del aliento) con aquel movimiento. Fue genial sentir la fricción de la piel de su pene en las paredes de mi recto. No pude evitar gemir y creo que a Miguel le gustó que hiciera eso, pues sin esperar más volvió a levantarme hasta casi sacar su pene de mi interior para después volverme a encajar con fuerzas.

¿Molestias? Sí, un poco. Pero la molestia era en realidad debido al placer que estaba experimentando. Era demasiado. Era como si me llegaran oleadas de éxtasis cada vez más fuertes y la primera no se había retirado cuando llegaba la segunda, empujando de regreso todo el placer de la primera junto con el de la segunda. Jamás había experimentado tanto placer como mientras Miguel me sostenía de la cintura para poder penetrarme profundamente.

Sí, era mucho placer y una parte de mí solo quería huir de ello, pero en el fondo estaba decidido a gozar lo más que pudiera aquella nueva experiencia. Así que me sobrepuse a esa parte de mí que quería escapar y me obligué a continuar con aquello. Después de un rato Miguel ya no necesitó levantarme con ayuda de sus manos, pues era yo solo quien brincaba para lograr sacarme y meterme esa tranca. El hombre que me estaba penetrándome decidió guiarme en otro sentido, haciendo que moviera las caderas en círculos y en movimientos perpendiculares u horizontales para proporcionarle más placer y de paso también a mí.

—Así, nenita, muévete así —decía él en voz de cuello—. Eres una diosa, la mejor. Yo sabía que sabrías mover el culo, pero jamás me imaginé que lo harías tan rico.

Yo por mi parte comencé a gemir sin ningún pudor. Descubrí que si dejaba salir esos sonidos de mi garganta sentía algo de alivio ante la intensa oleada de placer que me invadía cada vez que la polla de Miguel se perdía en las profundidades de mi ojete, así que dejé que mis gemidos salieran con fuerza.

Con circunstancias como esa, no fue extraño que llegara al clímax incluso cuando Miguel no me había tocado el pene para nada. Sin embargo, era tanto el éxtasis que sentía que sencillamente mis músculos comenzaron a contraerse para expulsar la semilla que se producía en mis testículos, la cual cayó justamente entre las piernas de mi acompañante, aunque algo se quedó chorreando de la punta de mi pene. Además, aquella explosión fue acompañada del gemido más audible que solté esa noche. Seguramente me pudieron oír hasta los vecinos de la otra manzana con el ruido que hice.

—¿Ya te chorreaste, nenita? —me preguntó Miguel en ese momento—. ¿Quieres que me venga dentro de ti o vas a quererlos en otro lado?

—Vente adentro —alcancé a contestar.

Lo cierto es que el que me siguiera taladrando después de que me había venido era todavía más difícil. Mi orgasmo no se había desvanecido totalmente cuando me llegaba una nueva oleada de placer. Literalmente me estaba ahogando por el placer que recibía.

No obstante, no tuve que aguantar mucho tiempo eso. Miguel volvió a usar sus manos para levantarme por la cintura, en esa ocasión con un ritmo frenético que se convirtió en un mete y saca rápido. Sentía que se me iba el aire y no me daba tiempo a inhalar nuevamente, pero no pasó ni un minuto cuando el hombre que me penetraba me jaló fuertemente y clavó su pene lo más adentro que podía. Lo escuché gemir, lo sentí tensarse debajo de mí e incluso me pareció sentir su leche que se depositaba en lo más profundo de mí. Era tremendamente erótico pensar en que aquella sustancia estaba entrando en mi interior como resultado del gran polvo que ambos nos acabábamos de aventar.

Sí, era un momento sublime y seguramente hubiera disfrutado también la lenta desaparición del placer si no hubiera sido porque me percaté de que en la puerta de mi cuarto se encontraba parado mi padre, el cual no parecía nada contento. Sentí que se me caía el alma a los pies al ver la mirada de rabia que había sobre su rostro. Seguramente para alguien con la mentalidad de mi padre no era agradable encontrarse con que su hijo estaba siendo cogido por uno de sus socios.

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¿Qué sucederá después de esto? ¿Qué hará el padre de Ángel ahora que encontró a su socio y a su hijo juntos?

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por ErosLover

Por muchos años dejé de escribir, creo que es tiempo de retomarlo y compartir todas esas fantasías que rondan en mi cabeza ;)

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