La historia de Cynthia – XXII

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Desnuda en tanga y top, labios laqueados en rojo intenso, toques de sombra en pómulos y cejas y ojos muy perfilados en negro Ana-Condesa se asomó al salón, vio a su marido de espaldas tonteando con una compañera y a paso vivo se le acercó por la espalda, le cerró desde atrás ambos ojos con las manos al tiempo que se refregaba sobre su espalda y decía, Deja para esta puta su putero preferido.

Ana, a cara descubierta

La transformación de Ana era ya, a las tres semanas de su revolucionaria decisión, efectiva y profunda. Sin variar nada material en ella resultaba difícil reconocer a la misma de un mes atrás. Es de sobra conocido y comentado como un cambio radical en la manera de ver o afrontar la vida, un nuevo repertorio de valores, cambia incluso físicamente a una persona.

Obviamente su esqueleto, sus formas, sus ojos, su cutis seguían siendo los mismos y sin embargo, incluso con su atuendo, su maquillaje y peinado habituales, ya no era la misma: la forma de erguirse y andar, antes tímida y encogida, ahora arrogante, segura, exhibicionista, ondulante, provocativa; la manera de mirar, antes huidiza, incapaz de mantener la vista, dirigida más al suelo que al cielo, ahora descarada, no solo sosteniendo una mirada masculina sino buscándola, desafiándola con una implícita invitación de igual a igual…

Los gestos, que antes sólo se atrevían a ser humillada respuesta, y ahora eran pura provocación, dentro de sus coordenadas de clase, es decir, sin zafiedad.

Hubiera bastado añadir unos cambios ligeros en su maquillaje, peinado y vestidos para hacerla prácticamente irreconocible. Aún sin esos cambios me contó un día riendo como el conserje de su finca la había parado la tarde anterior preguntándola a casa de qué vecino iba, y lo cortado que se quedó ante su: “¿Después de tantos años aún no me conoce, Antonio?”,  tras de lo que, balbuceante, el pobre hombre solo acertó a decir: “Perdone, señorita, es que la veo así… tan… tan…”, “¿Tan qué, hombre, tan qué?”, “Pues, eso, tan guapa… perdone usted, señorita, perdone usted…”, “¡Jajaja! No se apure, hombre, los ojos con que me ve… A saber donde los pondría usted antes y donde los pone ahora, pillín ¡Ja, ja, ja!” Y le largó un pícaro beso en la mejilla, muy cerca de la guía del bigote, seguido de una nueva carcajada y un guiño de soslayo que lo dejó aún más confuso  “Me, me alegro de verla tan contenta, señorita”, acertó a balbucear.

– Haz la prueba – le dije.- Sé que con tu marido, que cada día está más encoñado contigo, te sigues poniendo el antifaz en el burdel. Prueba a no ponértelo, si acaso acentúa el maquillaje y el peinado y, eso sí, aumenta de tono la procacidad de gestos y el lenguaje prostibulario. ¡A ver qué pasa!

Así lo hizo el siguiente día. Desnuda en tanga y top, labios laqueados en rojo intenso, fuertes toques de sombra en pómulos y cejas y ojos muy perfilados en negro Ana-Condesa se asomó al salón, vio a su marido de espaldas tonteando con una compañera y a paso vivo se le acercó por la espalda, le cerró desde atrás ambos ojos con las manos al tiempo que se refregaba sobre su espalda y decía:

– Deja para esta puta su putero preferido. ¿Me esperabas, pichoncito? – se dio el cornudo la vuelta con naturalidad y entusiasmo, pasó un instante eterno en que parecía que la voz de la sangre iba a dar su grito. Pero no, cada línea de reconocimiento requiere su ambiente y él era ciego a lo que no fuera su prejuicio, simplemente dijo:

– ¡Coño! ¡Condesa sin antifaz! ¡Aquí un par de benjamines, mozo! Me gustan las novedades. Estás más guapa así ¿de qué te escondías? Aquí todos te queremos, prenda.

– Ya, pero una es nueva… y algún antiguo amante me podría reconocer. Pero ya me va dando lo mismo, y, pagando la cuota, soy de cualquiera, ni de amantes exclusivos ni de maridos cornudos. De hombres muy hombres que sepan disfrutar del talento de una gran puta jodiendo, mamando, pajeando… lo que sea;  y tú que tanto sabes de putas, mi amor ¿recuerdas de alguna otra hembra tan puta, y que aprenda tan rápido como yo?

– ¡Anda ya pa’ el cuarto, que me tienes al rojo vivo!  Ninguna como tú. ¿Estás ya contenta? Y ahora que conozco tu cara de furcia prometo que no se me va a olvidar una cara tan bonita. ¡Por estas!

Ana-Condesa especialmente regocijada, maravillada y segura de su anonimato a cara descubierta, se lo llevó para el catre metiéndole mano en lo más íntimo y profiriendo, a manera de práctica, las procacidades más soeces. El otro se le fue enseguida. Condesa desde la cama le despedía haciéndole guiños de gata perezosa.

Y si Ana resultaba ya irreconocible para el mundo, el mundo era ya otro para Ana. Especialmente los hombres. De pronto los empezó a observar como acertijo sexual a resolver, como potencial fuente de sensualidad por alumbrar, como menesteroso en el placer al que auxiliar, como bestia rijosa que domar, como ignorante de las verdaderas artes del placer a quien educar y deslumbrar.

La primera consecuencia de esta nueva forma de enfocar el mundo fue la de someter a revisión, a esta nueva luz, la lista de los hombres que había frecuentado: conocidos de los diversos ambientes en que se movía, desde el tendero de la esquina al presidente de su club de golf, vecinos, amigos suyos o de su marido, familiares… con especial atención sobre aquellos que contra conciencia y con muchos escrúpulos hubiera deseado en secreto, sin permitirse reconocerlo ni ante ella misma, y aquellos otros de los que de manera más o menos explícita la hubieran hecho sentir que la deseaban. Ahora todo cambiaba y sintió cómo un desafío personal ir cobrando una a una las piezas de la lista.

Especial gana tenía de Roberto, un vecino que siempre se la comía con los ojos. Ella en tiempos se sentía especialmente cohibida ante él: la desnudaba con cada mirada, y conseguía que ella apartara, molesta, la suya. Era de esos hombres que ven a la mujer como a ganado, y están listos a probarlas en cuanto se descuide el propietario. En cuanto a la mujer ¡da lo mismo! ¡Todas putas, para él, gratis!

Coincidió con él en el ascensor un día de su nueva vida… y esta vez no solo sostuvo la mirada sino que la devolvió insinuante, provocativa. Y el don Juan del ascensor empezó a movilizarse juzgando que todo el monte era orégano:

-Te encuentro diferente, Ana. Guapísima, desinhibida… ¡vamos! con marcha… sin complejos. -O sea, así como muy puta – dijo Ana, sin cortarse un pelo. -¡Mujer!, yo no he dicho nada de eso. Y si sin querer has entendido algo inconveniente, lo retiro. -No. Si tiene su lógica: para ti, y para alguno como tú que me pilla muy cerca, solo hay tres tipos de mujeres, que en seguida se reducen a dos: La grande y santa madre, las beatas y las putas. A las beatas las tenéis en casita para algún hijo que herede la cosa y algún compromiso de sociedad; pero con las que lo pasáis bien, aunque las despreciéis, es con las maravillosas putas con las que volvéis y volvéis y os gastáis la pasta gansa. Pues sabéis lo que os digo: que se me están hinchando las narices con tanta decencia (solo de la mujer ¡claro!) y cualquier día cuelgo la decencia en la percha y me voy a vivir la vida, como mi augusto esposo. ¿No pensáis que en el fondo toda mujer es una puta? Pues ¡puta! ¿No me he de atrever?

-Vale, vale, mujer. Si te decides me das un silbido. Pues no has de estar buena tú ni ná en tu cama de puta; 50 de los grandes tienes ya de mi parte por un polvo. Mientras tanto ¿no me darías un anticipito a cuenta? – y adelantó las manos a la cintura de ella. -Quita, cerdo. Las manos quietas, que van al pan. Pero mantén el secreto y no pierdas la onda, que cualquier día te doy sorpresas… – El ascensor llegó a la planta de Ana, y ella salió sin dejar de mirarle y recorriendo los labios maquillados con la punta de la lengua.

Roberto quedó transpuesto con el cambio aunque fuera de pico de la beata del quinto. Y no guardó el secreto claro, con lo que Ana entró con honores al imaginario colectivo de los salidos de la vecindad, con excepción del cabrón de su marido quien, inasequible al desaliento, lucía cada vez más patentes sus espléndidos cuernos.

Aún tuvo que aguantar rijosos asedios de algunos otros, que fue dirigiendo con habilidad hacia la publicidad de un futuro escándalo público que tenía en mente.

Mientras tanto Ana urgía a sus abogados en relación con el tema de su divorcio. Aportó datos, filmaciones incluso, acerca de la vida libertina de aquel (algunas la incluían a ella misma, pero tan maquillada y tan obscena que hacían imposible su reconocimiento: solo se veía a una puta hermosísima, descarada, lenguaraz, lasciva, con antifaz y casi en cueros). Fue curioso que los jueces admitieran como prueba para el divorcio sus infidelidades ¡con la propia esposa demandante convertida en ramera de postín! Ana hizo valer su indignación por la obviedad del dineral que debía suponer pagar a una profesional tan… deslumbrante, con grave detrimento del patrimonio común.

Y el divorcio se sentenció a cara de perro en las peores condiciones para el cornudo. ¡Ironías!

Aquella tarde el recién divorciado acudió, estrujando sus ya muy escasos dineros, a Villa Ch… a llorar sus desdichas sobre el pecho de su ex mujer, irreconocible tras su maquillaje y sus consagradas maneras de puta exquisita. Ni que decir tiene lo que disfrutaba Ana-Condesa con esa venganza servida en frío. Aquella tarde se esmeró en sus artes recién adquiridas y le sirvió dos polvos variados pero todos de antología. Después le dijo:

-Edu, lo tuyo con tu mujer es toda una desgracia que no merece un putero tan rumboso como tú. Te va a dejar la muy puta con una mano delante y otra detrás. Sin casa, sin coche, con una pensión mínima… que no te va a permitir dentro de nada ni venir por aquí, con lo cual lo mismo tenemos que dejar de vernos, porque una será puta, pero por ello mismo, muy consecuente: si no pagas no jodes, que está la vida muy dura.

Pero algo podemos hacer. Mira yo no te puedo dar dinero sin más porque eso sería convertirte en el entretenido de una puta, en un chulo. Y eso sería ofenderte. Pero te puedo prestar algo y tu me dejas alguna prenda a cambio, algo simbólico como aquella vez con los gemelos. Ese anillo de boda, ese reloj que quizá te regaló la beata… Y yo te presto mi recaudación de dos semanas: unas 300.000 ptas. Con eso te podrás ir aliviando de momento…

-Yo no puedo consentir… -Es sólo un préstamo, Edu, y en buena parte me lo has dado por mis servicios [y me lo vas a volver a dar, cabrón]… -Bueno. Solo mientras ultimo una operación que tengo en marcha. Toma las prendas. – y le alargó el anillo y el reloj.

Condesa abrió un armarito de su exclusivo camerino, cerrado con llave, y sacó un pequeño maletín que le alargó:

-Toma. Me lo devuelves en cuanto puedas. Es todo lo que puedo hacer por ti, mejor dicho, no. Tengo un plan para vengarnos de esa estrecha. ¿Aún tienes las llaves de tu casa? -Todavía las tengo. -¿Qué te parece si le montamos un número espeluznante? -No sé como.

-Verás. Tú algunas veces me has dicho que me parezco algo a tu ex ¿no? Pues mira, ¿qué tal si montamos una orgía en tu ex casa, con algunas niñas cachondas de acá y algunos vecinos salidos de por allí, tú sabrás cuales, mientras yo me caracterizo como tu ex y hago de anfitriona sexual, y tú, en segundo plano lo tomas todo con la cámara, para extorsionarla después?

-Un disparate. Ni el vecino más salido te va a reconocer como ella. Tú no sabes lo estrecha, estrecha, estrecha que es… mientras que tú, mírate: ni Venus Calipigia que bajara…

-Gracias, Edu ¡qué piropos tan cultos que me echas! Pero déjalo de mi cuenta…

En todo caso se correrá la voz de las orgías en casa de la beata. ¡Hala! Dame 30.000 del maletín y me echas el polvo final. ¡Un día es un día!

Y así lo hicieron, y Condesa se la mamó como nunca, relamiéndose y sin dejar de mirarle a los ojos. Insondables abismos de la lujuria femenina.

[Continuará]

Autor: El Filósofo

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Escrito por Marqueze

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