La hora del almuerzo.

Mi amigo Nicolás y yo estábamos empleados en el departamento de correspondencia de una empresa de seguros contra accidentes automovilísticos. En realidad es un trabajo sumamente aburrido, pero al menos me pagaban bastante bien y lo conservo hasta que aparezca algo mejor en el horizonte.

El jefe es un buen tipo que parece apreciarnos. Sólo que no parece tener gran interés en nuestra labor. A cada rato nos hemos tropezado con él en las afueras del edificio a la hora del almuerzo y aunque se ha dado cuenta de que estábamos tomándonos unas cervezas, lo cual está prohibido por el reglamento de la compañía, no nos ha hecho el menor comentario al respecto.

Realmente desconozco si él se dio cuenta de lo que ocurrió ayer en la compañía.

Nicolás regresó de la cafetería con una extraña sonrisa bailándole en el rostro. Aproximándose a mi con las precauciones de un conspirador, me dijo:

-Oye lo que te voy a decir… ¿Quieres echarle el ojo a algo tan caliente que de sólo verlo te pondrás a sudar como si tuvieras fiebre palúdica?

El trabajo estaba demasiado adelantado, y curioso por conocer cuál era su nueva locura, le respondí afirmativamente.

Me aconsejó que evitara cualquier tipo de ruido y ambos marchamos, tan silenciosos como gatos, hasta el final del pasillo, que en aquel momento estaba completamente vació.

Nicolás abrió unos centímetros la puerta que estaba a la izquierda y se acomodó de tal forma que yo también pudiera ver por la estrecha rendija.

En las escaleras se encontraban Mayra y José.

Ellos trabajaban en el departamento dé publicidad y de acuerdo a los rumores que habían llegado hasta nosotros, son dos personas casadas y felices.

El único problema es que no están casados entre sí. En el rostro de Nicolás había una sonrisa libidinosa y su pinga estaba tan dura y parada que daba la impresión de que se abriría un hueco en la tela de pantalón.

Mientras tanto, aquel par se estaba dando tremendo gusto.

Mayra tendría unos veintiséis o unos veintisiete años, algo más joven que su amante José. Este, que estaba casi frente a nosotros no se dio cuenta de que los estábamos observando, ocupado como estaba en la riquísima chica.

Ella estaba arrodillada delante de él, su cara a escasa distancia de la rígida polla. Evidentemente estaba a punto de lanzarse sobre ella y chuparla como si fuera un delicioso caramelo.

El arrebatado de Nicolás comenzó a masajearse la pinga a través de los pantalones, y eran tales sus meneos que temeroso de que nos descubrieran en una situación con tan poca gracia, le dije que no perdiera la sangre fría y guardara silencio.

¿Pero cómo mantenernos en nuestros cabales ante el increíble espectáculo que estábamos atisbando…?

Mayra le chupaba al tipo, la roja y dilatada cabeza haciendo unos ruidos que parecía que se oirían en todo el piso. Sus manos estaban cerradas en torno al aparato de José y se lo bombeaba de arriba a bajo cada vez con mayor rapidez.

La muchacha comenzó a sobarle con una mano los cojones hasta que pareció que él tipo iba a enloquecer. El hombre la tenla agarrada por los cabellos tratando de singarle la cara, pero ella no se dejaba vencer, limitándose a probar la punta de la polla en un jugueteo enloquecedor. Fue entonces cuando ella se lanzó de lleno a mamársela

-¡Mírala, mi socio… !- me dijo Nicolás en un susurro.

-¡Parece que se la va a arrancar con cojones y todo!-

Daba la impresión que en su entusiasmo, el pobre Nicolás ya habla olvidado que yo también tenía ojos. Mi tolete me ardía entre las piernas, tieso y grande, y hubiese dado cualquier cosa por ocupar el lugar de José en esos momentos.

El se la sacaba y se la metía hasta las bolas, la hembra parecía disfrutarlo enormemente. lo tenla agarrado por las caderas y se engullía el salchichón hasta que le llegaba a la garganta, subiendo y bajando a su vez la cabeza en un ritmo sensacional. Vi como el cuerpo de José se podía tenso y arqueándose hacia atrás le daba la última y tremenda arremetida con verdadera furia.

Las mejillas de Mayra se abultaron según recibí

a los interminables chorros de leche del tipo. Entonces hizo una pausa, se la sacó de la boca, y respirando hondo, escupió el semen en los peldaños de la escalera.

-¡Qué lástima…! -Musito Nicolás casi sin aliento. Estuve de acuerdo con él, pero el hecho de que ella hubiera escupido la leche parecía haberle importado un bledo a José.

¿Pero, cómo le iba a importar sabiendo lo que vendría a continuación … ?

Mayra se puso de pie y se levantó la saya hasta las caderas. La muy… no llevaba nada debajo y poniéndose a horcajadas sobre el vientre del tipo se deslizó haciendo desaparecer la polla de él en su pendejera.

Se trataba de un palo relampagueante y la chica se puso a menearse con tal fuerza y pasión, que en un instante, José se había venido de nuevo.

Nicolás y yo estábamos empapados en sudor contemplando aquella fantástica demostración de energía.

Como si nada hubiera pasado los dos se pusieron de pie, se arreglaron la ropa y se dirigieron a diferentes direcciones, marchándose en un instante.

Nicolás y yo regresamos a nuestro departamento y nos costó mucho trabajo poder concentrarnos, en nuestra labor.

Decidimos ir al baño por turno para hacernos unas sendas pajas.

Cuando los chorros de leche me empaparon la palma de la mano, me imaginé a Mayra tragándose mi semilla.

Y ahora … espero impaciente la hora del almuerzo del día de mañana.

Autor: Euligios

eulogios1 ( arroba ) yahoo.com.mx

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Escrito por Marqueze

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