LA LUNA

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Eran casi las tres de la mañana y Marta aún seguía sin poder dormir. Estaba tumbada boca abajo con la cabeza hacia un lado, mirando el reflejo de la luna llena en un espejo en forma de sol, que colgaba de la pared.

Corría fresco, por lo que se había puesto encima una fina sábana sedosa de color lila para no pasar frío.

Era una mujer calurosa, ya que casi siempre dormía en bragas. Estas eran rosadas y bastante transparentes, con un pequeño lazo en la parte frontal. A través de ellas se podía apreciar que estaba bien rasurada o que tenía el vello muy chiquitito.

Era muy selecta con su lencería y además, tenía buen gusto. Para dormir no usaba sujetador, ya que le gustaba tener los pechos sueltos. Le encantaba la sensación del roce de los pezones con la seda. Eso a ella la excitaba.

De repente, se dio la vuelta hacia el otro lado y su mirada quedó clavada en esa inmensa luna, que parecía cubrir toda la ventana. A la vez, se había destapado, quitándose la sábana con los pies. Ahora había quedado ante la luna simplemente con sus lindas bragas. Había quedado hipnotizada.

La verdad, no sé quién había quedado más hipnotizada, si la luna de ella o ella de la luna porque ambas eran bellezas destacadas. Por un lado, esa enorme luna con un blanco intenso jamás visto. Por el otro lado, Marta.

Parecía que ahora la luna había puesto toda su atención y su intensidad en observarla. Jamás la luna había visto tal hermosura.

Era de piel morena con un pelo oscuro, largo y rizado. Lo tenía bien cuidado. Se veía que se quería bastante. Tenía unos ojos achinados de un color verde clarito, que destacaban nada más mirarla. Una cara bonita y agradable, con los labios bien resaltados.

Los pechos eran del tamaño ideal, bien erguidos y ahora mismo, la suave brisa había endurecido sus pezones, pareciendo que iban a estallar. Su vientre, bien liso, añadía aún más a la perfección de su cuerpo.

Las uñas, tanto de los pies como de las manos, hacían juego con el color de sus braguitas. Qué ganas tenía la luna de quitarle ya la única prenda que tenía puesta. Sus piernas bien formadas y sus pequeños pies, completaba con ella, convirtiéndola en una obra de arte. Un manjar.

Fue tanto la concentración de Marta mientras observaba la luna, que sintió como unas manos se habían extendido de la luna para acariciar sus labios. No paraban de acariciar el contorno hasta que empezó a introducirle el dedo en la boca mientras que la otra mano le acariciaba la cabeza. Se veía que le gustaba porque la cadera le subía y bajaba lentamente y las braguitas ya se le estaban humedeciendo.

Lentamente las dos manos bajaron hasta los pechos para empezar a masajearlos en círculos y a apretujarlos. Cuando llegaban a los pezones, los pellizcaban, tirándolos hacia arriba. Así estuvieron un rato. La cadera había acelerado su agitación, sobre todo cuando sintió que unos labios le estaban besando los senos. Ya Marta no sabía si era un sueño o realidad.

Tanta emoción y excitación había dado lugar a los gemidos. Mientras los labios se entretenían con los pezones, las manos masajeaban el vientre, introduciéndose poco a poco entre las bragas. De repente notó cómo le estaban lamiendo el ombligo mientras que las bragas se le deslizaban con mucha delicadeza por los muslos hacia abajo.

Los escandalosos gemidos le habían hecho perder el control de tal manera que parecía que era la primera vez que gozaba de tanto placer. Los labios ya se habían encontrado y la parte púbica parecía ya un río. No sé ni cuantas veces se habría corrido ya, pero ella seguía pidiendo más y más.

De pronto los labios volvieron a los pechos mientras que dos dedos se introdujeron para empaparse del jugo a la vez que la otra mano se metía por debajo para cogerle bien el culo. Ya Marta a grito limpio pedía: – “Sigue, sigue, sigue…”La luna quedaba sorprendida ante tal fiera.

De dos dedos, pasaron a tres y la cama ya parecía un océano de flujos. Tras esta corrida, volvieron a bajar los l

abios, para sacar su enorme lengua y juguetear con el clítoris, pero la cadera se movía ya tanto que dificultaba el trabajo hasta que el espasmo fue disminuyendo, hasta quedar la cadera rendida sobre la cama, con las rodillas dobladas y de piernas abiertas, a medida que los jugos hacían su trayecto.

“Mis mejores orgasmos” – pensó Marta, mientras veía que la luna aún se veía por la ventana.

Y le mandó un beso.

Autor: Kumar agoy28 (arroba) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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