La medida del amor es amar sin medidas

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Esta historia está dedicada a ti y a todos los que aman

Cuando me fui a estudiar, tuve que trasladarme de mi lugar de origen a la ciudad, me dediqué a buscar alojamiento y checaba todos los anuncios de periódicos en que se ofertaban habitaciones de renta y asistencia para estudiantes. Me dirigí a la más cercana a la Universidad y después de una entrevista, fui aceptado. La casa era pequeña tenía 2 habitaciones divididas por un pequeño patio, una pequeña cocina, un baño, y una pequeñita sala al entrar, los dueños, una pareja con 2 niñitas, vivían al lado. Al otro inquilino lo conocí esa tarde cuando lleve mis cosas.

Hola, soy Raúl, Estoy comiendo. ¿Quieres? No gracias, mucho gusto me llamo Carlos. Estaba sin camisa soportando el calor, a pesar de que no es un atleta, Sus dorsales perfectamente pronunciados caían vertiginosamente, y con toda su potencia de hombre, abriendo paso a un abdomen que no era un lavadero pero era igual de seductor con melodiosas formas. El atractivo continuaba en unos fornidos pectorales cubiertos de un fino vello que acariciaban a unos pezones oscuros y erectos, hasta caer pronunciadamente trazando un eje que se ocultaba en la entrepierna. Si admirabas sus ojos grandes y oscuros, comprendías, al momento de sumergirte en esa atrayente mirada, las grandes dosis de ferocidad que podía albergar un sujeto como aquel.

Sin embargo, tenía unos labios tentadores, con un labio inferior grueso y carnal que despuntaba orgullosamente. El resultado era una cara masculina sin ser bonita, si sumamente atractiva en el que las notas de hombría se depositaban desperdigadas hasta formar un conjunto recio y arrebatador. Cuando me sorprendí con estos pensamientos, con un "con permiso" me despedí y me dirigí a la habitación que sería la mía. Después de 3 semanas, ya sabia Yo, que tenia 25 años, estudiaba ingeniería, trabajaba y había venido de una población en otro estado, y era el mayor de 3 hermanos. Notaba como no dejaba de mirarme con intensidad, como si estuviera fotografiando cada parte de mi cuerpo. Sin embargo, la osadía de sus miradas, se acompañaban de frecuentes tocamientos a su paquete que masajeaba de una forma peculiar, subrayando más la potencia de su masculinidad.

La jugada siempre terminaba con una mirada directa a los ojos intentando escrutar los efectos de su comportamiento, y aunque Yo, no era homosexual y no creía que él lo fuera, sí me divertía esa complicidad que iba naciendo entre los dos.

Una de esas noches en que la fortuna me sonrió sólo a mí, ocurrió un detalle más a sumar a la complicidad que ya teníamos. Estaba en un mete y saca delicioso con una chica, que esa noche había conocido, cuando RAÚL, llegó. En ese momento, mi niña paró la gozosa embestida, apenándose un poco de que la descubrieran en plena faena.

– ¡Tranquila! Estás en mi casa. No son tus padres… Pero algo percibí que me hizo recordar que no sólo era mi casa. RAÚL, abrió la puerta. Yo esperaba el ruido que indicará que había entrado a su habitación, pero este no llegó.

Instintivamente miré hacia la ventana y vi que tenía la persiana semicerrada dejando una pequeña abertura; también vi que la sombra de RAÚL, se proyectaba en la ventana. Sospeché que quería calentarse no sólo con el sonido de nuestros asaltos, sino también con su vista mientras se masturbaba. Ignoro la razón, pero aquello me excitó más, y esa parte exhibicionista que solemos tener salió a escena.

Me encantaba pensar que el muy cabrón, se estaba calentando no sólo por la deliciosa vagina, que yo saboreaba, sino por la fogosidad de mi combate.

Sabía que en ese momento RAÚL, estaría pensando que era yo, que aquellas piernas musculadas que daban potencia a mi pubis, eran las suyas que aquella espalda ancha y fornida, arañada por la codicia de la chica, era la suya. En aquel momento, quise saber si la verga que yo portaba también creería él que era la suya. Decidí cambiar de postura, la puse a cuatro patas sobre el ancho de la cama y me puse de perfil ofreciéndole una amplia vista sobre mi verga a la que masajeaba lujuriosamente a lo largo de los diecisiete centímetros de su torneado y grueso talle. Cogí mi glande y acaricié la punta con unos suaves masajes, justo donde se une con el frenillo

, dándole más gusto, si cabe, a una maniobra como aquella. Al momento le ensarté toda la verga en su chorreante concha, montándola justo por encima de su culo para que su ardiente raja disfrutara de toda mi longitud La imaginación del momento representaba al pobre RAÚL, sucumbiendo a la envidia en una solitaria pero codiciable jalada.

Ella ya iba por su segundo o tercer orgasmo y aquella vagina succionadora no hacía otra cosa que empaparse más abundantemente, a mí me encanta eyacular dentro de la vagina y disfruto viendo como después ésta va expulsando mansamente parte de la mercancía que antes tragó con glotonería. Cuando noté que mis deliciosos jugos se abrían paso decidí que también esa leche iría hacia aquella esquina. Y así cuando la base de mi verga se ensanchó, saqué mi verga de aquella golosa concha y dirigí mis trallazos de leche al jadeante espectador de la ventana.

La abundante leche fue acompañada no sólo de un grito desgarrador, sino de unos meneo voluptuosos que trataba de hacer llegar aquella cálida carga a los pies de ese mirón que me había dado uno de los más ardientes orgasmos de mi vida.

Yo, seguí acariciándome el paquete al máximo para mostrar todo su esplendor; al tiempo me tocaba los huevos para después subir frenéticamente por ese mástil empapado de flujos vaginales y ayudar a que aquella eyaculación viajase hasta mi colega. El cierre de la función se produjo cuando volví a escuchar que la puerta de la habitación de RAÚL,, se cerraba. En ese momento, ante el asombro de mi chica, salí envuelto en la colcha para ver si encontraba algún testimonio de mi fantasía

– ¿Qué haces? ¡Nada, tranquila! Es que me pareció haber visto a un gato Y allí estaba la prueba evidente de que mi fantasía se había hecho realidad. Contra la pared había restos de una generosa eyaculación que se escurría dócilmente hacia el suelo. No sé porque pero no pude resistir la tentación y tomé entre mis dedos aquella viscosa verificación de su masculinidad; pero mi tentación fue a más. Su habitación se hallaba a oscuras y difícilmente se podía distinguir nada. Sin embargo, abrí poco a poco la colcha que me cubría para mostrar una última visión a mi caliente amigo. Tras esto me cubrí lentamente para volver al ataque que aquella ansiosa chica me pedía. Cuando nos volvimos a ver, no comenté nada. Él tampoco entró en el tema y ni siquiera lanzó esas miradas acostumbradas, que secuestraban todo lo que veía. Por mi parte, consideré tomarlo como un pacto no escrito en el que algún día yo encontraría la recompensa que él había disfrutado. Y así una noche a las tres de la mañana, me despertó el ruido de la puerta abriéndose y pasos de dos personas entrando, presentí que había llegado el momento de pasar mi factura. Pero no fui el único que lo vio así, porque lo que hizo RAÚL, fue abrir la persiana completamente. Así, aquel fogoso ritual se inauguró y los gemidos que empecé a escuchar daban a entender que la caldera del deseo se había puesto a hervir y que en ese momento estaban desnudando sus cuerpos para comerlos golosamente.

Abrí la puerta con la mayor desvergüenza para que él fuera consciente de que yo estaba allí mirando. Mi cuerpo hervía de excitación, Opté por desabrocharme el pantalón, pues mi grueso amigo pedía espacio y aire libre, y antes de ver nada lo saludé con unos suaves movimientos circulares que animaban a mi glande. Me senté cómodamente justo en el borde donde se iniciaba la pantalla de un espectáculo que estaba hecho para mí en exclusiva. ¡Por fin, preparé mi mirada para el espectáculo que iba a ver! Durante un segundo o dos dudé sobre la veracidad de lo que traducían mis ojos. ¡No podía ser! RAÚL, se encontraba en ese momento metiendo su verga, en la boca de otro hombre. Aparte rápidamente la mirada tratando de asimilar lo que no creía, y una segunda oportunidad me vino a verificar que era cierto todo lo que mi asombro veía. RAÚL,, metía su erecto miembro a la boca de un muchacho de unos 20 años. El joven tenía los ojos cerrados y hacía verdaderos esfuerzos por meter aquella verga completa. Yo no sabía muy bien qué hacer. Siempre que me sacude lo inesperado tardo en

reaccionar esperando alguna señal que me indique el camino. Esa señal la tenía entre mis manos. Mi verga seguía igual de dura que antes. Lo que acababa de ver no la afectaba en absoluto. Es más, casi podíamos decir que le añadía un morbo suplementario: no sólo era la primera vez que gozaba del papel de mirón, sino que esta primera vez lo iba a hacer con algo que no había imaginado, tan nuevo que fascinaría a mi poderosa imaginación con cada uno de los insospechados atajos que podía tomar aquel espectáculo.

Tímidamente fui acostumbrando mi mirada aquel plato que no me seducía pero que, sin embargo, tenía un poder de atracción que me aferraba. El cuerpo de RAÚL, se hallaba en tensión. La fibra de sus lampiñas nalgas resaltaban poderosamente lo recio de esta parte de su anatomía; pero lo mejor lo tenía ahora aquel chico en su boca. La robustez de aquel aparato se iniciaba en sus huevos. Eran prietos y grandes, ese vigor se catapultaba a su espléndida verga de su base surgían un montón de venas que regaban aquel material, Yo no podía apartar mis ojos de aquello. Durante aquellos primeros minutos no volví a tocarme la verga que, pese al frío que hacía, seguía conservando su fortaleza. El chico quitó la verga de su boca y la lengua recorrió aquel surcado mástil mordisqueando suavemente la mata de vello salvaje que adornaba los huevos. Cuando RAÚL, se la chupó, él no pudo hacer otra cosa que retorcerse como una puta, lanzando a diestro y siniestro unos gemidos que me entraban en la médula. En ese momento me percate de que todo lo estaba haciendo para mí. RAÚL, había girado levemente para que no perdiese detalle de esa anatomía que a esas alturas veía con deseo. Cuando volví a mirar a RAÚL, este abría las piernas del tórtolo para devorar golosamente el sabor de aquella raja. RAÚL, dejó de lamer, pero no de hurgar. Cada nueva jugada me era mostrada. Primero un dedo que hizo dar al efebo como un pequeño maullido, al rato, me mostró dos dedos. Pasaron como dos minutos hasta que mostró los tres dedos, la respuesta fue igual que la anterior: un pequeño gesto de dolor que terminó muerto por el goce que de nuevo alumbraba la cara del chico. De nuevo quitó los tres dedos metiéndolos en la boca y chupándolos con deleite. Una vez empapados volvió a meterlos en ese culo que se abría como una flor a sus expectativas. Pese a la dilatación y lo empapado que estaba, RAÚL, sacó de la mesilla un pequeño tubo de gel echándose una generosa cantidad en la palma de la mano. Con una lujuria aberrante extendió la crema a lo largo y ancho de su fabulosa verga. El muchacho no dejó de mirar aquella maniobra que, como todo lo que hacía RAÚL,, aumentaba la tensión del momento. En un momento, el glande de su verga desapareció por aquella gruta que tenía la habilidad de adaptarse dócilmente a las propiedades de los innumerables intrusos que anhelarían un culo como aquel. Una suave embestida marcó que el tiempo de espera había finalizado sólo había metido un tercio de aquel suntuoso ejemplar y ya el culo del muchacho se hallaba dilatado al máximo. Otro empujón más y la mitad de aquella verga saboreaba ya las placenteras secreciones del joven. Finalmente, un golpe seco introdujo la verga hasta la empuñadura presionando allí con fuerza y quedándose parado durante un momento que pareció eterno. En ese momento el muchacho tenía la mirada desorbitada, vidriosa. Sus labios, perfectamente dibujados y finos, se abrían ahora en una mueca exagerada que manifestaban la intensa sensación que se alojaba en su interior. En todo este lapso RAÚL, no había dejado de besar con ímpetu al muchacho.

Sus brazos volvieron a estrechar aquel cuerpo. y empezó una cadenciosa penetración. En aquel momento yo ya no podía más. Estaba a las puertas de una corrida bestial y el cosquilleo de mis huevos me avisaba que ésta no tardaría en llegar. Mi intención era retrasar aquel momento para seguir disfrutando de la función. Dejé de tocar mi verga para centrarme en exclusiva en aquel mete y saca delicioso que, a escasos metros de mí, se estaba produciendo……. Yo comencé a tocarme los huevos y a hurgar por el camino que ellos marcaban hasta llegar a mi ano. Allí sustituí aquella prodigiosa herramienta que me quitaba el sentido por el dedo que entabl&oacute

; un suave masaje en esa gruta oculta para mí. Mirando las incursiones de aquel semental, emulé aquellos ataques despertando en mi un erotismo inexplorado. Era tal la sensibilidad de mi ano, que la simple punta del dedo pulsaba todos los resortes de gozo que alojaba. Esas invasiones las rimé con un suave meneo de mi verga; todo esto sin apartar la mirada de aquella excitante cogida. Mis huevos cosquilleaban. Una corriente eléctrica emergió de aquel punto hacia todas las partes, al tiempo que mi leche rebosaba y se abría paso por el mástil de mi verga, con un vigor desmedido. Mi cuerpo se retorció en un espasmo glorioso y las eyaculaciones salieron en una potente procesión hasta salpicar la pared y el suelo Repentinamente la verga de RAÚL, inició una frenética y repentina penetración, surcando golosamente aquel culo dominado ante su voluntad.

Aquella masa fibrosa parecía atesorar en ese momento toda la bestialidad que había disfrazado de voluptuosa ternura. tomando por los pelos al muchacho, que aún seguía sumido en aquella zozobra, comenzó un meneo que parecía partir por la mitad aquel pueril cuerpo. El cuerpo de RAÚL,, que instantes antes serpenteaba como un diestro amante, era ahora como un huracán que transportaba los furiosos vientos de su enérgico sexo. Aquel miembro surcado por abultadas venas parecía ahora dotado no sólo de la dureza del acero, sino también de la ferocidad de un león. Súbitamente paró aquellos voraces ataques y arqueó su cuerpo tensionándolo al máximo hasta suspender al extenuado chico en el vacío, manteniéndolo allí durante unos segundos. Tras esto, volvió a arrojarlo a la cama y sacó aquella sabrosa verga, que ni en ese estado perdía su certera puntería.

Impetuosamente, como si fuera una ráfaga de metralleta, unas espesas corridas de leche se estrellaron contra el cristal de la ventana, apuntando directamente a mis ojos, al tiempo que el eco de un rugido calaba toda la habitación. La última imagen que vi era su figura totalmente desfigurada por esa compacta leche que, con su peso grave, se precipitaba por el cristal, Tras esto me levanté cerré mi puerta con fuerza. Un instante después él también abrió su puerta.

Me excitó figurarme que él tomaría entre sus dedos el mismo trofeo que había tomado yo en su momento, que tocaría su suavidad, que notaría esa perdida calidez que ya se había enfriado, pero que yo aún conservaba intacta relamiéndose, en cualquiera de mis dos cabezas, ante su majestuosa hombría. No quería mirar por mi ventana, absurdos pensamientos de culpabilidad sembraban ese encontrarme con la mirada de aquel ser que ahora deseaba, la intensidad de este desasosiego aumentó al escuchar como RAÚL, cerraba la puerta, dejándome sin la compañía de su mirada, solo y abandonado a una culpabilidad que mataba al ser que yo, había sido momentos antes. Durante media hora no escuché ni un solo ruido. Sin embargo, la puerta de su habitación se abrió y entre susurros que no llegué a captar lo acompañó hasta la puerta. Fue una despedida breve, pues la puerta se cerró rápidamente, no escuché ningún sonido que delatase que RAÚL, seguía allí.

Me di la vuelta entristecido porque él se había marchado. No sé porque extraña razón, pues aunque no deseaba verlo, ambicionaba que él se quedara. Inesperadamente mi puerta se abrió de golpe sobresaltándome.

– ¡Sé qué lo has visto todo! – dijo abrazándome violentamente mientras una de sus manos tocaba mi verga amarrándola para no soltarla- ¡Y sé qué lo disfrutaste como nunca lo habías hecho!

-¿Pero qué chingados dices?- dije tratando de zafarme de aquel abrazo que me inflamaba.

-Y disfrutaste porque hoy cogí para ti. ¡Era a ti a quien me cogía. al tiempo que decía esto volteó mi cara con su mano y mordisqueó violentamente mi labio, mientras se escurría en mi cama hasta notar su portentoso paquete pegado a mis nalgas- ¡Eras tú y no él, a quien tenía entre mis piernas! ¡Desde que te conozco, sólo cojo contigo! -esto último lo dijo con una ternura y sinceridad que me conmovieron, pero que aún así traté de disimular con mi mirada.

– En todos los hombres busco a mi Carlitos… En unos busco tu sonrisa; en otros tu mirada; en otros tu imagen; en otros he buscado tu corazón

, pero nunca lo encontré. Sólo busco lo que amó; y encuentro sólo lo que quiero porque nadie es como tú. De nada me sirve el consuelo de querer, ¡cuando lo que yo quiero es amar!

– No me vengas con joterias -dije tratando de disimular-. ¿Se puede saber que pendejadas y estupideces estás diciendo?

– No vengas con disfraces, Carlos. Tú puedes mentir; pero tu rica leche ya dijo la verdad, la única verdad -decía esto justo al oído y al acabar su frase lengüeteó el lóbulo de mi oreja al tiempo que hacía sonidos silbantes con la punta.

– ¡Vete de aquí, hijo de puta! -dije violentamente, pues para mí aún era demasiado pronto para reconocer lo que mi corazón sentía y mi cerebro negaba.

– No me voy a ir, porque tu sientes lo mismo que yo, No me voy a ir nunca. Estoy aquí para quedarme. Y aunque no lo sepas, estas aquí para quedarte. Esa es la historia y no existe otra posibilidad que vivirlo de esta forma.

– Yo conozco otra.

– ¿Dime?- dijo él con atenta curiosidad- Soy todo oídos.

– ¡Esta! Aún ahora no me explico por qué hice lo que hice. La única explicación que le encuentro, aunque no siempre me sirve, era la rabia que experimentaba porque él me conociera más de lo que yo me conocía. Pero al final de aquella advertencia le siguió como un rayo un fuerte codazo en la boca del estómago. Él se encogió y se doblo como si fuera de trapo y cayó al suelo.

Cuando me di la vuelta para contemplarlo su cara reflejaba una expresión de ahogo, pero no del producido por lo que acababa de hacer que lo había dejado sin respiración, sino por ese mar de dudas en el que su incredulidad lo sumergía al negarse a admitir lo que le había hecho.

No sentí lástima por él en ese momento, sino vergüenza por mí. No quería que me viera, no quería que contemplara lo hijo de puta que puedo llegar a ser, y lo que menos quería era que viéndome, terminara odiándome. Por eso me lancé como un leopardo, lo cogí por las axilas y lo arrastré violentamente hasta dejarlo en el pasillo, a la puerta de su habitación, totalmente sofocado. Una vez que lo abandoné di un portazo y me tumbé contra la puerta para ahogarme en mi propia miseria. Esperaba algún tipo de reacción, que comenzara a dar patadas a la puerta, a insultarme y gritarme mi verdad, a lanzarse contra mí a golpes con aquella fuerza que concentraba su cuerpo. Sin embargo, no ocurrió nada.

Durante unos minutos escuché sus jadeos y lo que parecían lágrimas; después nada, sólo una respiración profunda y sofocada que parecía ir a más, hasta que se encerró de nuevo en su habitación, y llegó aquel silencio que expresaba tanto como un grito. Ese fue el dolor que me acompañó aquella noche. Su silencio retumbaba en mis oídos, haciendo explosión en todo mi cuerpo. Unas lágrimas mudas fueron los únicos testigos de aquella noche tan larga, en la que permanecí en la misma posición y con la misma vestidura con la que había llegado al mundo. No era casual que continuara así. Aunque en ese momento no lo viera, estaba asistiendo a mi nacimiento; y como todos los partos, éste era doloroso. Me negaba a creer que el CARLOS que conocía, el que me había acompañado desde la cuna y que juzgaba conocerse tan bien, fuera tan frágil. Por muchas vueltas que le daba, y le di muchas pues la noche como digo fue larga, no entendía como algo que nunca había estado en mi horizonte era en ese momento el centro de mi vida. Ignoraba que camino había seguido para comenzar en el morbo y terminar en la adoración; y todo eso de modo repentino, sin ninguna señal de aviso en el camino. Incluso durante mi adolescencia, cuando nos hacíamos nuestros campeonatos de masturbadas, siempre me negué a que me tocaran la verga; y cualquier intento en ese sentido era zanjado con tal brusquedad que no quedaban más ganas de repetir la jugada. Es más, era el primero en participar en cualquier juego que tuviese como fin la cruel burla del marica que saliera al paso; y si no salía, siempre quedaba el del barrio.

Mas, ahí estaba, acompañado de mis lágrimas, y pensando en él y en mí.

Recordé sus palabras sílaba por sílaba, pues las tenía tan frescas que el corazón no dejaba de repetírmelas para que me abrazase al amor que había en ellas. Contra sus declaraciones, tenía de

masiada experiencia en el "amor" como para creerlas y, sin embargo, nadie me había dicho lo que él expresó brusca y sinceramente. Estaba acostumbrado a la relación sentimental con mujeres, a esa expresión dulce y caprichosa de enredarlo con palabras quebradizas y cursis. Me sorprendería escuchar a una mujer decir: "¡Desde que te conozco, sólo cojo contigo!"; y mucho mas, pese a la sensibilidad que tienen, oírles expresar ese matiz tan tenue al diferenciar el querer del amar: Las mujeres con las que estuve siempre me quisieron. Esta era la primera vez que me amaban. Y eso me desconcertaba. Me alegraba y me desconcertaba a un tiempo. Me llenaba el pecho saber que él me amaba, pues era más fácil para mí conciliarme con todo lo que había sentido aquella noche; pero seguía teniendo miedo. Era un miedo inmenso a ese hombre, que acababa de nacer y que sonreía cuando recordaba que, "de nada me sirve el consuelo de querer, ¡cuando lo que yo quiero es amar!" Era un hombre al que no conocía y al que temía con toda mi alma, pues no sabía qué haría a partir de mañana, cómo serían sus primeros pasos guiados por un corazón que galopaba. A las siete de la mañana su puerta se abrió y quince minutos más tarde el portazo me anunció que ya se iba. Tampoco esta vez se comportó como yo esperaba; aunque yo tampoco. Nada más fundirse sus firmes pasos, me dirigí a su habitación. La cama aún conservaba su huella y sobre ésta me eché en cueros con la esperanza de encontrar la placidez empapándome con su aroma.

Intenté ponerme en la misma posición en la que él había dormido, que toda la ropa que me tocase estuviese llena de él. Sólo me dio tiempo a sonreír, ni tan siquiera pensé, pues en aquel momento me hallaba poseído por él, y en su compañía cerré los ojos. Sé que soñé cosas demasiado lindas; y como si fuera la Bella Durmiente, un beso me despertó.

– ¡Despiértate, príncipe! -dijo dulcemente- Ya llegó tu amado.

– ¡RAÚL,!

– El mismo -dijo depositando otro tierno beso en mis labios-, ¿o esperabas a otro?

– No, claro que no -aunque después de decir esto me avergoncé-. No te esperaba ¿Pero qué hora es?

– Las once.

– ¿Hoy no vas a la universidad ni a trabajar?

– No, les dije que tenía un dolor horrible de cabeza. Aunque lo que me dolía era el corazón -dijo con alegría, llevando mi mano a su pecho-; pero creo que al verte aquí ya se me ha pasado.

– Tengo que pedirte disculpas por lo de esta madrugada -dije avergonzándome, evitando su mirada-, pero es que estoy muy confundido. No tienes que decir nada. Lo entiendo; el que… ¡No, no sigas! -dije sellándole la boca- Tú no tienes que disculparte de nada. Soy yo el que tengo que decirte. Pero no sé por dónde empezar. Tengo tanto que decir y todo tan confuso. Todo lo que pasó ha dado la vuelta a la tortilla y me asusta y me sorprende. No sé cómo explicarlo; y si te explico lo que siento, ¡alucinarías como estoy alucinando yo! Primero, por lo de hace rato, por como el morbo me enganchó; pero después no me fui por eso. Ya no era la curiosidad, ¿lo entiendes? -él asentía, mientras continuaba acariciándome- Era la belleza, era la pasión que allí había y que a mí me hacía arder; pero después fue a más, ¡ya no me llegaba sólo la pasión! Cuando estrellaste la leche contra la esquina donde yo estaba, deseaba tener esa leche en mí, deseaba tenerte; pero de otra forma; no sé cómo explicarlo. Creo que sentí, aunque no fui consciente de eso hasta que oí tus palabras, sentí que me gustabas tanto que sólo me quedaba el camino de quererte, de amarte.

– No esperaba que dijeras esto. ¡Ni en mis mejores sueños escuché esas palabras! Pues yo nunca lo soñé. Es ahora cuando creo que estoy en un sueño, viviendo una vida que nunca deseé, pero de la que no quiero despertar. Ahora venía por el camino dispuesto a matarme, a pedirte perdón e irme para tratar de olvidarte; aunque sabía que nunca lo conseguiría, me dijo.

No dejaré que lo consigas -dije abrazándolo. Jajajajaja No sé si lo sabes, pero nunca lo conseguiré. Y diciendo esto me besó; un beso en el que nuestras lenguas sellaron un pacto acompañadas de nuestras manos. Fue un beso largo. Para él, como la espera de

su corazón; para mí, como el amor recién descubierto. Tras eso se desnudó y pude de nuevo contemplar esa belleza masculina que poseía y que irradiaba un magnetismo tal que no podía Yo, permanecer indiferente.

Yo estaba muy nervioso, era como mi primera cita, y no sabía muy bien qué hacer y cómo comportarme. Él lo notó, y preparó una tarde tan mágica que aún hoy recuerdo segundo a segundo todo lo que paso. Es difícil de creer, pero permanecimos todo el día abrazados, sin hacer otra cosa que hablar y acariciarnos. Fue un día para la ternura, para que el calor del corazón se expresara libremente. Ni un momento dejamos de estar pegados, de saborear la dulzura con que el amor borda su trabajo.

Creo que entendimos, sin decirlo ni buscarlo, que teníamos un montón de años por delante para el sexo; pero que queríamos comenzar por el amor; y no es que éste excluyera al otro, al contrario; pero queríamos tener esa primera cita cogidos de la mano paseando dulcemente por nuestras vidas para decir la primera tontería que te viniera a la cabeza (y dijimos muchas, algunas deliciosas), y reírte viendo en el reflejo de nuestros ojos el amor de nuestros corazones. En ese momento éramos dos tórtolos arrullados por el cariño, alimentados por su fuerza. Allí comprendí que lo quise desde el primer día, desde aquella primera mirada que me turbó hasta que la complicidad asomó para atarme con vínculos invisibles. Nada de lo que dijimos o hicimos era nuevo, lo único realmente nuevo era nuestra mirada. Era ésa la que nos llevaba a escribir ese texto de locas palabras con pasionales besos; la que hurgaba en nuestros corazones para que salieran a galopar salvajemente por una simple caricia; o la que encontraba en el detalle, por mínimo que fuese, una razón más para amar, pues seguramente nadie poseería aquello que él, o que yo, poseía. Aquella noche dormimos abrazados, respirando el uno por el otro. Estábamos tan felices que se nos había olvidado el mundo. A las seis de la mañana me desperté abrazado como una hiedra a su cuerpo.

Su cálida y apacible respiración me volvieron a llenar de gozo, pues me indicaba que seguía vivo en el sueño y que éste no se borraría cuando llegara el alba. Me aferré a él con más fuerza hasta que fui una segunda piel, un cuerpo que vibraba al mismo son hasta disolverse en una sola melodía que volvía a susurrar la felicidad que me empapaba estando a su lado. A la pálida luz de la luna distinguí la quietud de su rostro que expresaba de modo sereno la misma embriaguez que yo sentía. Mis labios se acercaron a los suyos dejándose acariciar por la tibieza de su respiración y los besé con mesura. Su solo contacto volvió a conmoverme, a despertar en mí el amor que había entregado. Y a él me dediqué, besando con infinito cariño aquel rostro que me subyugaba y encendía un delirio que ahora quería quemar.

– Creo que nunca tuve un despertar más dulce -dijo somnoliento, al tiempo que encendía la luz.

– Lo siento -dije a modo de falsa disculpa-, no quería despertarte.

– Pues me harías una mala jugada. Estar dormido en la única cosa del mundo en la que querría estar despierto.

– Bueno, creo que tarde o temprano te despertaría. Siempre ocurre en los cuentos: la bella durmiente se despierta al beso del príncipe.

– ¿Y quién sería la bella, y quién el príncipe? Pregunto él.

– No sé. Creo que el cuento es tan nuevo que los papeles aún no están decididos.

– ¿Qué te parece esto? Me dijo -No llega un solo príncipe al ataúd de la bella, llegan dos al mismo tiempo después de luchar contra todos los peligros que te puedas imaginar. Los dos están hechos polvo; y después de la batalla, nada mejor que el "descanso del guerrero". Pero miran a la bella y se dan cuenta que su belleza no es el mejor premio; sobre todo si tenemos en cuenta que este príncipe robusto, rebosa energía por todos lados.

– Lo mismo piensa el otro príncipe, mirándote a los ojos. La batalla ha sido dura y el premio final no era el que esperaba. Ella en ese ataúd, desganada de todo y, sin embargo, el guerrero que me mira está sucio, herido y, en su profunda mirada hay fuego. Y como en el cuento el final feliz está cerca, así que deciden quedarse uno con el otro.

Me beso, y me dijo – eso me gusta

más, que los dos príncipes se queden uno con el otro.

– Te parecerá una tontería. Quiero que me entiendas bien: me encanta lo que estoy haciendo, lo deseo con toda mi alma; pero no puedo dejar de sentir miedo.

– No es una tontería, mi amor. No es ninguna tontería. ¡Es normal que lo tengas! -dijo con ternura, mientras me acariciaba- Yo también lo tengo; pero no debes temer nada. No haremos nada que no queramos los dos. Yo sólo te voy a entregar el amor que tengo desde el primer día que te vi y que te tendré mientras viva. Por eso yo también tengo miedo. Puede que todo te parezca poco, que todo lo que hablamos esta tarde se quede en nada, por lo que te entrego. ¡Yo también tengo miedo, mi amor! Para mí, aunque no lo creas, también es la primera vez. Nunca hice el amor a una persona que amara. Tú eres el primero. ¡Y te quiero tanto, tanto, tanto! Y unas lágrimas comenzaron a asomarse por esos ojos cautivadores, y yo me uní a ellas. Era tanto lo que sentíamos que sufríamos de gozo por la fortuna de habernos encontrado, por saber que no tendríamos que buscar más, que todo lo que teníamos estaba allí y que, ahora, sólo quedaba cuidarlo mientras la vida siguiera en nuestros cuerpos. Posé mi cabeza sobre la suya hasta que nuestras cálidas lágrimas se unieron. Aquel día llegó tarde a su trabajo, y aún hoy el reloj que sigue marcando los pasos es nuestro amor, que es nuestra vida. Llevamos juntos varios años en los que hemos luchado para que el destino no nos separe. En este suspiro hemos hecho de todo sin perder nada de lo que nos une, sino acrecentando aquello que nos ata irremediablemente. Compartimos el amor, el momento y la libertad que la confianza nos brinda. Éste sigue siendo nuestro lema y ese pacto no escrito y siempre renovado que nos unió aquel día que pasé a la ventana y miré…

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Autor: marco80

marco80 ( arroba ) capitalino.com

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Escrito por Marqueze

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