La mujer de mi contable.

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Infidelidad, Polvazo, Humillación al cornudo. He de reconocer que siempre he sido lo que se denomina “un salido”.

Mi deseo de follar distintas mujeres, siempre en situaciones de morbo, es algo que me acompaña desde que tengo uso de razón. Tengo 38 años y llevo casado siete con una mujer que está bastante bien físicamente y es cuatro años menor que yo. Soy abogado y socio de un despacho de cierto nivel.

Tengo un contable en mi bufete, que es de mi misma edad y que es persona de toda mi confianza. Un tipo gris, muy formado técnicamente hablando, trabajador, pero con serias limitaciones para las relaciones con las personas. Su corpulencia, mide 1,85 y de complexión fuerte, no le impide ser tímido y apocado. Juan Miguel, que así se llama el contable, está casado con Sara, una mujer un año menor que él, de complexión débil, delgada, casi enfermiza, pero con dos tetas de impresión. Nunca comprendí cómo se daba esa paradoja: mujer muy delgada y bajita, pero con un par de tetas que se intuían grandes y turgentes.

En las ocasiones en que habíamos coincidido en cenas de empresa o alguna celebración, que no eran muchas dado el carácter tímido e introvertido de Juan Miguel, yo siempre había tratado de ser simpático con Sara, de aproximarme a ella, de hacerle incluso reír, y todo ello porque realmente me atrae la idea de ponerle los cuernos a mi empleado.

Hace seis meses se casó un compañero del bufete y fuimos invitados a su boda, tanto Juan Miguel y su esposa, como mi mujer y yo, además de otros colaboradores del despacho. En el banquete, cena, coincidió que me situaron al lado de Sara, cosa de lo que me alegré mucho. Entre charla, cena y demás, mientras mi mujer disfrutaba de la velada con el resto de los comensales, yo aprovechaba para llenarle la copa cada poco a Sara, lo que fue haciendo que la mujer del contable fuera sintiendo los efectos del alcohol, que afloraba en sus palabras y gestos.

Iba vestida con un vestido un tanto ceñido, no muy elegante, pero que permitía intuir y soñar con sus tetas a punto de desbordarse por el escote. Poco a poco fui acercando mi pierna a la suya hasta que mi mano terminó de aterrizar sobre su muslo como quien no quiere la cosa. Ella, ya un poco ebria, no dejaba de hablar, pero no hizo ningún gesto de desaprobación, lo que aproveché para subir mi mano por el interior de los muslos, que le fui separando, y llegar a notar el calor de su sexo, protegido por unas braguitas suaves.

Su marido le decía cada poco tiempo

– Cariño, no deberías beber más; te está afectando. Ella no le hacía caso.

Al tiempo de servir el postre, Sara se disculpó y dijo que debía ir al baño. Yo aproveché y también fui. Junto a la entrada de los aseos existía una puerta que daba acceso a un cuarto de útiles de limpieza; al llegar a esa altura, la tomé por la cintura y la introduje en dicho cuarto, que estaba oscuro. Ella no protestó, por lo que rápidamente le subí el vestido y la bajé las bragas suaves que ya antes había tocado. Se las coloqué en la boca para que las sostuviera mientras me la follaba y la di la vuelta, apoyándola contra la pared. Me saqué mi polla, gruesa y de unos 16 cms., y se la introduje sin más dilación puesto que no teníamos mucho tiempo. Mientras la bombeaba, le mordía el cuello desde atrás y le susurraba

– tu marido es Juan Miguel, ¿pero quién es tu macho? a lo que ella decía

– tú, sólo tú, Javier.

Mis manos sostenían sus impresionantes pechos. Mi polla se hacía cada vez más con su coño empapado en jugos de deseo, hasta que se corrió mordiendo las bragas que yo le había puesto en la boca. Al sentirla correrse, yo eyaculé dentro de ella, dejándole al mismo tiempo un chupetón en el cuello.

Salimos y nos encontramos a su marido que nos andaba buscando.

– ¿Dónde estabas, Sara? Creo que has bebido demasiado y deberíamos irnos a casa.

En ese momento, y sin esperar la contestación de su esposa, Juan Miguel se percató del chupetón en el cuello de su mujer.

– ¿qué es esto, Sara? qué tienes en el cuello? Qué has estado haciendo?” inquirió el cornudo como negándose a admitir lo obvio, que su mujer había sido poseída por otro hombre.

Ella, sin inmutarse mucho, quizás debido al efecto del alcohol, le miró sonriendo y le dijo

– Me ha follado tu jefe. Es un gran macho, me ha dejado el coño dolorido y no podrás follarme en unos días”.

Juan Miguel se giró hacia mí, que presenciaba la escena con un cierto miedo físico a aquel hombretón, y me preguntó

– ¿Es eso cierto, Javier?” Yo tardé dos o tres segundos en contestar, que fueron una eternidad, lo que Sara aprovechó para ponerse a mi lado y tomando la mano de su marido, la llevó a mi entrepierna

– Toca, Juan Miguel, cornudo mío; este rabo es el que me ha follado y el que quiero que me folle en adelante. Tu jefe será mi macho; mi amo. Me gusta sentirme poseída por un hombre de éxito. Y tú no tendrás otro remedio que dejar que se tiren a tu esposa si quieres seguir siendo mi marido y teniendo el empleo que tienes. Javier es un macho dominante y tú, pobre cornudo mío, no eres nada.

Ella lo había dicho todo, todo a mi favor y sin que yo se lo hubiera pedido. No necesité decir nada. El contable me miró primero con ira, me temí lo peor, pero luego su expresión se tornó en pena. Ojos llorosos y sumisión. Yo, al ver la escena, envalentonado, y no dejando ver el alivio que sentía, le dije:

– Ya has oído, Juan Miguel; tu mujer es ahora mi puta. Está llena de mi leche y así seguirá siendo, porque si te opones, te vas a la puta calle y encima me la seguiré calzando. Lo entiendes, cornudo?, el próximo día te dejaremos estar presente mientras le rompo el culo y me corro en sus tetas

El marido no dijo nada, a lo que yo le insistí

– Di si lo entiendes, que yo te oiga.

– Sí, lo entiendo”, acertó a contestar.

Entonces le di una palmada en el culo a Sara y le dije “venga, a bailar con tu marido, que estamos en una celebración”.

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