La mujer del carnicero

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Milfs, Infidelidad. Cuando la veo en su comercio no puedo dejar de recordar esa hermosa historia donde unimos mi inexperiencia y sus deseos de ser amada.

Fue una gran alegría para mí haber conseguido ese trabajo en esa mañana de marzo, primero porque con mis catorce años comenzaba a ganar mi propio dinero y asi podría ayudar a mi familia, segundo porque el hecho de estar en mi casa, sin estudiar me estaba enfermando.

Esa mañana llegué a mi nuevo trabajo y el carnicero me enseñó los rudimentos básicos de mi tarea. Era simple, limpiar, lavar pisos, ordenar los cortes de carne y hacer la entrega de los pedidos en cada casa. El local estaba muy bien ubicado, tenía muchos clientes, la carnicería olía a limpio y mi patrón era muy estricto en cuanto al cumplimiento del trabajo.

A su lado, su mujer era la encargada del manejo del dinero y de la atención de los clientes. Era una mujer joven como de cuarenta años, buena figura, que respondía solícita a todas las órdenes de su marido. El, a veces hosco, la maltrataba verbalmente, lo cual me provocaba cierta lástima hacia ella, todos hacíamos lo mejor para que el negocio funcionara bien.

Como estaba encargado de la limpieza, la mayoría de las veces realizaba esta labor luego del cierre del comercio al mediodía, esto insumía una gran parte de mi tiempo, ya que todo debía oler a limpio, pisos, mesas, etc. En una de esas tardes cuando todo el mundo descansaba en la obligatoria siesta, estaba barriendo el piso y echándole agua jabonosa, cuando escuché la puerta que separaba el local de venta de la casa del carnicero.

“Hola, ¿como va esa limpieza?” me dijo.

“Bien” respondí.

“Deja, te voy a ayudar así puedes descansar un momento antes de abrir nuevamente”.

“No, por favor, es mi trabajo” le dije.

Ella se acercó demasiado a mí para tomar la escoba que estaba en mi mano, y sus senos cubiertos por un suave sweater rozaron mi pecho. Instintivamente los miré absorto. Ella lo advirtió y me dijo:

“¿Te gustan?”.

Miré a sus ojos y le respondí

“disculpe, debo seguir con la limpieza”.

Me tomó del brazo impidiendo que me separara de ella.

“No te vayas tan rápido, eres un buen chico, pareces muy sumiso, eres muy joven”, su mano mientras tanto acariciaba la camisa sobre mi pecho.

“No deberíamos hacer esto” balbuceé.

“¿Por qué no? Tú has visto como me trata mi marido, ahora mismo podría estar con él, pero él duerme y casi ni me toca”.

“¿Y yo que puedo hacer?” pregunté sabiendo la respuesta.

Con su mano tomó la mía y la depositó sobre uno de sus senos.

“¿Has estado alguna vez con una chica? averiguó.

Negué con la cabeza.

“Entonces relájate”, me tomó de la mano y me llevó a un depósito en la trastienda.

Se quitó el sweater y la piel blanca de sus tetas quedaron a la vista, discretamente cubiertas con un corpiño negro. Desprendió su falda, que cayó al piso, su ropa interior era del mismo color. Con sus manos comenzó a desprender mi camisa, yo estaba mudo, pero mi verga había comenzado a crecer como nunca. Me quitó la camisa, desprendió mis pantalones, los dejó caer al suelo y ahí estábamos los dos, semidesnudos. Con habilidad desprendió su corpiño y sacó su bombacha.

Su cuerpo desnudo realmente era hermoso, avanzó hacia mí y la abracé besándola con pasión, sus pechos se apretaron contra el mío, sus labios y su lengua jugueteaban en mi boca. Sus manos buscaron mi calzón y lo bajaron hasta el suelo, ahí arrodillada comenzó a mamarme la pija de una manera casi salvaje, era la primera vez que me hacían esto, le dije

“despacio, por favor”.

Ella me tomó de la mano y me llevó hacia un rincón donde había un sillón doble, se acostó en él y me acercó a ella, me coloqué sobre ella, su mano tomó mi verga dura y la acercó a su vagina, “métemela” susurró.

Mi verga se deslizó dentro de ella y comencé a moverme al ritmo que ella lo hacía. A los pocos minutos comencé a sentir un dolor inmenso en mis huevos, comencé a jadear, ella hizo lo mismo, y sentí que descargaba mi contenido dentro de mi patrona, mientras ella ahogaba un grito en su garganta.

Nos quedamos abrazados, sudorosos enredados sobre el sillón.

“Gracias”, dijo “hacía mucho tiempo que alguien no me hacía gozar así”. “Yo nunca había hecho esto” me disculpé “no sé cómo salió”.

“Tranquilo” me dijo “conmigo llegaras a ser el mejor amante”.

Y así fue. Nuestros encuentros en la trastienda se fueron multiplicando mientras el carnicero dormía su siesta, me enseñó todo lo que hoy sé sobre el sexo, los años han pasado, hoy ya tengo mi familia, mis hijos pero cuando la veo en su comercio no puedo dejar de recordar esa hermosa historia donde unimos mi inexperiencia y sus deseos de ser amada.

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