La mujer del jefe

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Julita empezó a balancearse como si el hierro candente que yo le había encajado en las entrañas le estuviera brindando un placer superior al que podía soportar. Para entonces los desplazamientos de mi polla ya eran más rápidos, sin perder en ningún momento la profundidad de las perforaciones. Ya no nos encontrábamos en la cama, de la que habíamos resbalado en medio de una acción tan fogosa.

Trabajaba en una tienda de electrodomésticos y televisores, como repartidor y montador. Allí había una dependienta como de veintidós años, no era muy agraciada y además, era bastante delgada con respecto a lo que yo considero que debe ser el cuerpo de una mujer.

Los dueños del comercio eran un matrimonio, de unos treinta y dos años ella, y de unos treinta y nueve él. Anita, como su marido la llamaba, era una hembra estupenda, tenía unas buenas tetas y voluminoso trasero, aunque era alta y fuerte, se puede decir que no era gruesa; su paso era elegante y muy simpático, lo que no está mal para un jefe. Ana no iba mucho por la tienda, por lo que la mayor parte del tiempo estábamos el jefe, Julita y yo. Julita a veces se quedaba sola mientras el jefe y yo hacíamos reparto. Muchas veces él salía sin mí, por ello terminamos haciéndonos muy amigos, y entre nosotros empezó a haber una gran amistad.

Como dije antes, Julia era muy delgaducha y poco bonita, siempre llevaba ropa muy provocativa. Yo hice un pequeño orificio muy discreto en la pared del servicio, para verla. Sin embargo, muchas veces al quitarse los pantalones o la falda descubría que no llevaba bragas, permitiéndome ver su coño. En esas ocasiones, veía que al abrirse de piernas, se metía el dedo previamente mojado en su boca, repetidas veces. En otras se desnudaba totalmente, comenzando a sobarse las tetas y a meterse destornilladores y martillos por el culo o el chumino, incluso un día me sorprendió al usar un exprimidor de naranjas para exprimir su coñito. Al cabo de unos meses ya conocía cada rincón del cuerpo de Julita, no dejaba de ser excitante y gracias al espectáculo que me proporcionaba cuando iba al aseo me hacía unas pajas sensacionales.

Una tarde estaba yo en plena masturbación, cerré los ojos para eyacular, ella salió antes del lavabo, y cuando terminé de correrme me encontré con su sonrisa pícara y burlona. Pasaron los días y no comentamos el hecho. Aunque cada vez que iba al servicio o a cambiarse de ropa me lo decía. En un principio no me atrevía a mirar por mi agujero, hasta que decidí hacerlo debido a la insistencia con que Julia me hacía saber sus movimientos por la tienda. Ese día, al mirar por el agujero, vi como Julita se desnudaba totalmente y hacía lo de siempre, pero mirando al agujero y acercándose cada vez más a él. Yo con la polla fuera y apunto de correrme, me asusté un poco saliendo corriendo a mi puesto en la tienda.

Al poco tiempo, estábamos en la trastienda y la cogí por la espalda, tomé sus senos y ella no protestó mucho y emitió una especie de gemido. Llenándome de valor, bajé mi otra mano hacia su coño y metiéndola por la falda, metí mis dedos por entre sus suaves bragas, y separando los pelos de su conejito, llegué con mi dedo corazón al botoncito del placer. Masturbé su clítoris; ella, inclinando su cabeza, aflojó sus piernas y noté cómo se había corrido.

Julita agradeció mis caricias, bajó la cremallera de mi pantalón para tomar mi miembro duro y se metió la polla en la boca. Ella puso las manos a los lados de la cabeza, apartándose el pelo hacia atrás; eso me permitió ver con todo detalle cómo aquella boca lujuriosa tragaba con ansias mi plátano. Lamiendo lentamente hasta los mismísimos huevos, que acariciaba con la mano. Uno detrás del otro, se los metió en la boca para saborear su firmeza. Chupó profundamente, mirándome a los ojos. Su cara estaba consumida por el éxtasis. Igualita que la mía.

Volvió a la punta, para tragarse al menos doce centímetros de un golpe. Su cabeza se agitó nerviosa durante al menos treinta gloriosos segundos, mientras la metía dentro de su garganta profunda. Luego se puso a sorber arriba y abajo la piel morada, apretando los labios con fuerza. Julita puso sus manos sobre la base de aquel falo hinchado y las movió al mismo ritmo que su boca, mamaba a tal velocidad que su boca era apenas un borrón. Se sacó la picha de la boca, meneándomela a dos centímetros escasos de su cara. Su mano iba tan rápida que llegué a temer que iba a prender fuego a la polla. Fuego, a lo mejor lo era, pero de color blanco. Vi como un litro de semen salía disparado hacia su cara y pelo, a la vez que abría su boca e intentaba alcanzar con la lengua el semen que salía de la polla, y, con gran placer mío, recibió todo mi semen. Dejando al final que parte del líquido viscoso se derramase por las comisuras de su boca.

Desde ese día cambió todo entre nosotros y aprovechábamos cada momento libre para masturbarnos mutuamente. Aunque en verdad, a mí quien me tenía loco era la señora Ana, veía en ella una mujer con todas las de la ley, aunque sin duda totalmente imposible, de tanto en tanto el jefe iba a algún recado, entonces me dedicaba a mirarla con detenimiento, con admiración.

Un día tuve que llevar un televisor a un cliente y efectuar la instalación, se me hizo un poco tarde, por lo que no me sorprendió ver el cartel de cerrado en la tienda. Lo que sí me sorprendió fue que la puerta estuviera abierta, la empujé y en seguida oí unos gemidos y cuchicheos. Me aproximé sin hacer ruido, no debieron oír como entraba, porque estaban muy metidos en faena, comprobé que el jefe estaba follando a Julita con una incomprensible pasión para mí, teniendo en cuenta lo que era Julita y lo que significaría su mujer. El vestido de ella estaba por el suelo, no llevaba ropa interior, y los dedos del jefe estaban enterrados en su conejito. Ella se peleó con su cremallera, hasta que pudo abrirla, bajándole los pantalones hasta los tobillos. Metió la mano dentro de sus calzoncillos y sacó una polla gorda y rígida, que comenzó a menear de arriba a abajo. Él puso sus manos sobre el delicioso culo de Julia y la levantó con facilidad, rozando su espalda contra la pared. La cabeza del tipo se movió a todos lados mientras devoraba aquel apetecible melocotón.

Los labios de su coño abrían paso a su boca y lengua, haciendo que se cerraran y abrieran, a medida que recorría su raja. A ella se le aceleraba la respiración por momentos, sobre todo cuando él encontró su clítoris y se puso a trabajarlo concienzudamente. Bajó a la temblorosa chica hasta el suelo, y comenzó a besarla otra vez. Ella puso las manos a los lados de la cabeza, como hacía siempre, apartándose la melena negra hacia atrás, y permitiéndome ver con todo detalle cómo aquella boca lujuriosa tragaba con ansias aquella polla. Lamiendo lentamente hasta los mismísimos huevos, que le acariciaba con la mano. Uno detrás del otro, se los metió en la boca para saborear su firmeza. Ella empezó a lamer sus huevos mientras le agarraba la porra. Julia puso sus manos sobre la base de aquel falo hinchado y las movió al mismo ritmo que su boca. Pero alarmado por lo que veía, y con miedo de que me pudieran descubrir, me fui sin hacer ruido. Siempre me hubiera gustado ver como la zorra de Julita se tragaba el semen del jefe, pero no pudo ser.

Un día, que estaba reparando un vídeo, Julita se me acercó y, me puso la mano sobre las bolas y me las apretó un poco. “¿Por qué no echamos un polvete, muchachote?”, me dijo, mientras sus dedos se paseaban sobre el enorme bulto que se estaba formando. Me ayudó a quitarme los pantalones, y me sacó los calzoncillos a toda prisa. Sentí sus húmedos labios alrededor de mi picha, y entonces un gemido de placer escapó de mi garganta, mientras su lengua jugueteaba con mi glande, y casi le lleno la boca con mi espesa crema. Interrumpí su espléndido trabajo porque no quería correrme en ese justo instante. Le dije que se echara en una mesa y se dispusiera a gozar con todo lo que tenía para darle. Le gustó la perspectiva, se quitó el vestido y se bajó las empapadas bragas hasta sacarlas por los tobillos. Se sentó encima de la mesa, abriéndose totalmente de piernas y colocando los pies en las esquinas. Pero antes de que la penetrara me insistió en le metiera la lengua en chumino.

La idea de irme dentro de ella era tan tentadora que no podía ser ignorada. Julia sacó un condón de su bolso y me lo colocó con su boca. Apunté con la punta de mi polla y di en el blanco. Seguidamente mi miembro entraba y salía de su raja, luego le di, de nuevo, un repaso a su sabroso coño, cuyo olor me subyugaba. Ella gemía de placer, mientras la penetraba más y más profundamente. La sensación de su vagina enfundando mi polla era puro delirio. Seguí bombeando hasta que sentí cómo me hervían las pelotas. Se la saqué y me quité la goma a toda prisa. Ella ofreció su boquita pecadora. Un rápido lechazo la golpeó en plena cara, sobre sus cejas, mejillas, sobre su nariz, boca, sobre sus parpados cerrados, y también salpicándole el pelo. Sacó la lengua de su boca para alcanzar todo el semen que podía recoger, el resto se lo fue acercando con los dedos hasta que se limpio completamente, excepto los restos del pelo que se los limpio con su braguita, que metió después en su bolso.

-No te creas, me dijo. – Me encanta el semen recién salido de su envase, porque rejuvenece.  – Anda, tú lo que eres es una viciosa, le respondí. Y ella, siguió explicándome, – No, no, es que tiene oligoelementos, vitaminas y minerales. Y además me gusta su sabor, sobre todo el tuyo.

Aquel mismo día comimos juntos. Mientras tanto, en los ojos de Julita se encerraba el deseo de comprobar de nuevo mi virilidad., conocer al “nuevo hombre” en que yo me había transformado, ya que hasta ese día no la había penetrado nunca.

Por la tarde, más allá del horario de oficina, los dos nos encontramos en su piso. La coloqué apoyada en la pared, la besé en la boca y llevé una de mis manos debajo de su falda… ¡Para palpar un coño sin bragas, caliente y en el que un clítoris agitado ya me estaba llamando!

Sin más pérdida de tiempo nos lanzamos al goce. Fuera las ropas, nuestros cuerpos se buscaron con la piel ardiente, nuestros genitales en la máxima dimensión y con unas manos que sabían lo que querían obtener. Sobre una cama adornada con motivos exóticos y ecológicos, me concentré en aquel chichi tejido de hilos; pero que además contaba con una larga hendidura, profunda y tan colorada como una granada. Besé la línea que dividía los cachetes del culo y, al momento, me tumbé para lamer el pubis encabritado y toda una obra de arte, humedecida y muy agitada, que me saludó con unos chorritos de caldos.

Beber en fuente vibrante y ardiente, con unos muslos que se cerraban cada vez más. Los tuve que controlar con las dos manos; a la vez, Julita se acariciaba los pequeños pezones y estiraba el cuerpo con su cabeza ligeramente vencida hacia atrás. Montada en mi boca le estaba permitiendo gozar de una realidad prometedora. A ella le gustaba ser dominada de aquella manera. Se movía como se la estuviera follando con la boca, apretando su coño sobre mi boca y hacía que recorriera su vágina de punta a punta con mis labios, lengua y nariz. Estaba posesa, con tanto frotamiento y con mi cara más hundida en su coño, yo creía ahogarme.

-¡Cómo me agrada el cambio! exclamó, al mismo tiempo que llevaba las manos hasta mi cuerpo. ¡Yo soy de carne y hueso, muy caliente; y aunque me halagaba el tratamiento que me venías dando, cuando te corriste delante de mí por primera vez fue como respuesta a mis preguntas…, adiviné que iba a recibir esto de ti… Mammmhhh… Vaya forma de trabajar con la boca…!

Esas palabras parecieron reactivarme, ya que me retiré del cunnilingus y me cuidé de prepararme la follada. Sin aceleraciones y con el chichi bien ensillado.

Iniciar la entrada en aquel alojamiento encharcado, flexible y cálido supuso para mi polla un regalo que no debía tomarse sin paladearlo. Mi recorrido de ascensión se produjo con relativa lentitud, disfrutando de cada milímetro conquistado. A la vez, las paredes vaginales se iban cerrando progresivamente, sin obstaculizar mis desplazamientos, y los jugos se hacían más abundantes y fluidos.

¡La siento toda… oh, más dentro! ¡No te hagas rogar, por favor… Qué placer… Aaaahhh…! ¿Es que pretendes que me dé… un infarto…? ¡Sí, sí… Te tengo donde yo quería… Deseo… oooohhh! ¡Qué gozada… Nadie se ha apoderado así de mi coño…!

Julita empezó a balancearse de derecha a izquierda, como si el hierro candente que yo le había encajado en las entrañas le estuviera brindando un placer superior al que podía soportar. Para entonces los desplazamientos de mi polla ya eran más rápidos, sin perder en ningún momento la profundidad de las perforaciones. Ya no nos encontrábamos en la cama, de la que habíamos resbalado en medio de una acción tan fogosa.

Súbitamente, más allá de su tercer orgasmo, ella adquirió conciencia de su fuerza. Aprovechando su colocación, apretó aún más los anillos vaginales y dobló su cuerpo hacia delante para que su mano derecha llegase a mis testículos. Así contó con dos recursos muy eficaces para desencadenar mi eyaculación. Riada desbordante que le obligó a quedarse quieta, a suspirar hondamente y a gozar del instante.

Después esperó unos segundos, dejando que yo soltara mi carga de semen. Los dos pensábamos que nos quedaba mucho tiempo por delante. Poco más tarde, ella se separó de mi polla semiflácida y se arrodilló en el suelo. Yo supe que me tocaba echarme en la cama; y así recibí una felación recuperadora.

Desde entonces cambiaron más aún las cosas eróticas entre Julita y yo, ella estaba más satisfecha ya que yo también la follaba, con lo cual la chavala tenía dos pollas duras a su disposición.

Autor: Epacyber

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Escrito por Marqueze

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