La terraza (III)

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Los acontecimientos de la semana anterior habían cambiado mi manera de ver mis relaciones con las demás mujeres, pero yo seguía empeñada en pensar que en realidad todo era un hecho aislado, y que, aparte del agradable recuerdo de aquel Sábado lujurioso, nada debía alterar el rumbo de mi vida.

Los acontecimientos de la semana anterior habían cambiado mi manera de ver mis relaciones con las demás mujeres, pero yo seguía empeñada en pensar que en realidad todo era un hecho aislado, y que, aparte del agradable recuerdo de aquel Sábado lujurioso, nada debía alterar el rumbo de mi vida.

Había llegado el día en que había quedado con Marta. Se presentó a la hora convenida y la recibí con total naturalidad, convencida de que esta vez todo quedaría en un simple encuentro entre compañeras de trabajo. Así pareció al principio. Esta vez no me sentí nerviosa ni cohibida. Me desnudé con toda naturalidad y fue ella la que pareció más tímida.

-¿Te importa que me quede así? -me dijo cuando ya sólo le quedaba por quitarse el bikini- Es que me da algo de corte.

-Claro que no, mujer -le dije riendo-. Si te molesta verme a mí desnuda, yo también me lo pondré.

-No, no. Quédate como estás.

Me pareció notar algo más que cortesía en estas últimas palabras, pero en ese momento no quise pensar nada malo de Marta. Ella es extraordinariamente tímida y muy correcta. Se cree menos guapa de lo que es, porque al ser pelirroja, pecosa y con la piel tan blanca, recuerda a una de esas chicas británicas que uno se imagina con el traje de colegiala. Sin embargo, yo la encuentro bastante mona, con sus ojitos azules y su narizita tan pequeña. Tiene veintisiete años y su cuerpo no es impresionante, pero tiene muy buena figura. Lógicamente, le gusta tomar el sol para contrarrestar un poco la palidez de su piel, y por eso había querido venir.

Al principio todo fue muy bien. Yo me tumbé boca abajo, para no provocarla más de la cuenta, y ella se puso boca arriba, vistiendo aún su bikini verde. Ya más tranquila al ver que nada ocurría, me dediqué simplemente a tomar el sol. A lo largo de media hora me di un par de vueltas, para ir alternando el bronceado, y no me fijé en que ella me miraba muy atentamente. Tan despistada estaba que me dormí mientras estaba tumbada boca arriba. Al cabo de un rato abrí los ojos repentinamente y la vi a mi lado. Ella se echó atrás y se puso colorada. Yo me pregunté qué hacía arrodillada a tan pocos centímetros de mí, pero no quise decirle nada. Fue ella la que habló:

-Oh, Beatriz, yo… lo siento.

-¿Qué pasa, mujer? ¿Por qué te asustas? ¿Es que pasaba algo? ¿Por qué lo sientes?

Bajó los ojos y se quedó callada unos segundos. Yo me acerqué a consolarla, le cogí la mano y le dije:

-Marta, tranquila, no pasa nada, pero dime, ¿qué hacías? ¿Es que me estabas mirando?

-Sí -respondió muy débilmente.

Yo ya comenzaba a verme metida en otro lío sin comerlo ni beberlo, pero la veía tan apenada y tan encantadora con su expresión triste y tímida que no pude dejar de consolarla:

-Vamos, mujer -dije mientras la abrazaba-, no te avergüences, que no pasa nada. Dime, ¿por qué me mirabas?

-No sé… te encontraba muy bonita. Me parecía que tu cuerpo estaba tan bello bronceándose al Sol que quería verlo más de cerca, pero… oh, déjame, Beatriz, por favor -dijo mientras se liberaba de mi abrazo-, que me estoy poniendo muy nerviosa. Perdona, pero es que el tacto de tu piel me altera mucho y yo…

Me di cuenta de que estaba muy excitada y de que sufría mucho por la lucha que había en su interior entre la vergüenza y el deseo hacia mí. Como quería liberarla de ese malestar, comprendí que la única manera era entregándome a ella, porque de su deseo no podía liberarla, mientras que de su vergüenza sí, demostrándole que podía hacer conmigo lo que quisiera. Y además… qué diablos, estaba tan mona mirándome con sus tímidos ojos azules que me moría de ganas de corresponder a su deseo.

-Marta -le dije con el tono de voz más dulce que supe adoptar-, no te asustes. A mí no me molesta que me mires o que me toques, de verdad. Tú a mí también me pareces muy bon

ita. ¿Me dejas que yo te vea? Ya que te has tomado la libertad de mirarme, no me lo puedes negar.

Marta ese puso como un tomate y comenzó a temblar. Como vi que no reaccionaba, tomé la iniciativa y comencé a desabrocharle la parte de arriba del bikini. Ella estaba como hipnotizada. Me miraba a los ojos y no se resistía ni colaboraba. Sólo se dejaba llevar. Por fin quedaron al descubierto sus pechos, no muy grandes pero bien formados. Entonces intenté quitarle la parte de abajo, y noté que ella elevaba un poco las caderas para facilitarme la labor. Perdió también esta parte y quedó completamente desnuda. Se la veía excitadísima, y estaba claro que a la mínima caricia iba a perder la cabeza, así que no me costó decidirme. Mientras acariciaba unos de sus muslos con mi mano izquierda, mi boca se acercó a la suya y la besó. Su lengua colaboró de maravilla con la mía y, mientras tanto, mi mano consiguió llegar a ala altura de su entrepierna, comprobando que estaba realmente húmeda. Parecía mentira que pudiese estar tan excitada cuando aún no habíamos hecho nada realmente.

Por fin, mis caricias hicieron efecto y Marta se decidió a actuar. Acercó su mano a mi vulva y comenzó a acariciarla. Formábamos una pareja muy singular, besándonos al tiempo que nuestras manos nos masturbaban mútuamente. Nos recostamos para poder hacerlo mejor, y así estuvimos un buen rato. Luego nos abrazamos y nos besamos y yo quedé sobre ella, que estaba tumbada boca arriba.

-Beatriz -me dijo con pasión-, esto es lo más increíble que me ha pasado en mi vida. Sigue, sigue, no quiero que acabe nunca.

Yo la besé de nuevo y acaricié su cuerpo lo mejor que pude, mientras ella, cada vez menos cohibida, emitía gemidos cada vez más fuertes. Fui bajando mis besos por todo su cuerpo, en dirección a su coñito. En cuanto llegué a la altura adecuada, introduje mi lengua en su raja y le provoqué tal descarga eléctrica de placer que incluso elevó las caderas y gimió con una fuerza espectacular. Estaba mojadísima y yo me esforcé al máximo en incrementar esta excitación. Creo que estuve unos cinco minutos haciéndole de todo en su entrepierna: le metí los dedos, la froté, la lamí… hasta que por fin noté un temblor característico y escuché como gemía de un modo acelerado, lo cual me anunciaba que mis trabajos habían tenido éxito. Agotada y satisfecha, dejó caer sus miembros sobre la terraza, y comenzó a respirar con más calma. Yo volví a subir mi rostro hacia el suyo y la besé. Lloraba de agradecimiento:

-Oh, Beatriz, ha sido maravilloso. Nunca podré olvidar este día, nunca. Pero tú no has disfrutado, anda, déjame que te devuelva lo que me has dado.

Y yo, sonriendo, me puse de rodillas sobre ella, de modo que mi coño quedase sobre su cara. ¡Dios santo, con qué interés se lanzó su lengua a lamerme! Yo casi perdí la razón cuando la noté acariciando mis labios vaginales. Parecía mentira que una chica sin experiencia en esto lo hiciera tan bien. Tal fenómeno sólo puede explicarse por la pasión con la que realizaba su labor, y aún hoy debo decir que es la mejor lamida que me han hecho en mi vida.

Yo me agitaba como si estuviese en trance, y es que Marta me estaba llevando al cielo con su trabajo. Gemía cada vez más fuerte y notaba que se acercaba el momento culminante. Por fin, tras pasar algunos minutos en aquel éxtasis delicioso, mi cuerpo sufrió una serie de descargas eléctricas que anunciaban la culminación de mi placer. Chillé como si me estuvieran matando, hasta el punto de que al poco rato, cuando yo ya estaba tumbada junto a Marta, agradeciéndole con besos su lamida, llamaron a la puerta los vecinos de abajo, preguntando si había ocurrido algo malo y había que llamar a la policía. Yo, tapada con la toalla, les dije que no, que simplemente ocurría que me había duchado y el agua caliente había salido ardiendo, pero que no pasaba nada. Les pedí disculpas por el escándalo y se marcharon. En cuanto cerré la puerta, Marta y yo nos echamos a reír, y no paramos en diez minutos. Luego, recuperada ya la calma, volvimos a tumbarnos y pasamos el resto de la mañana dándonos besitos, cogiéndonos la mano y diciéndonos cosas bonitas como si estuviésemos enamoradas. No lo estábamos, creo yo, per

o sí que sentíamos una felicidad tan deliciosa después de la escena vivida, que no queríamos que muriese el encanto de aquella mañana de Verano.

Por fin, llegó la hora de comer y ella se marchó a casa. Nos despedimos con un beso de auténticas enamoradas y, ante su insistencia, le prometí que algún día repetiríamos. Me impresionó especialmente la manera que tenía de mirarme: se notaba que para ella aquello había sido algo más que un polvo de fin de semana. Estaba realmente agradecida y entregada a mí. La verdad es que luego nuestra relación no ha perdurado en un sentido amoroso, pero sí que ha nacido entre nosotras una buena amistad, y creo que de todas las mujeres con las que hice el amor en mi terraza, esta es la única por la que luego he sentido algo realmente especial.

En cuanto Marta se marchó me quedé algo confundida. Era ya la tercera chica que venía a mi terraza y la tercera que me había tirado. Al día siguiente vendría Eva. ¿Sería ella la siguiente?

Autor: Donatien

donatien ( arroba ) tagoror.net

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Escrito por Marqueze

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