La terraza (IV)

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Era evidente que la visita de Eva aquel Domingo iba a ser especial para mí.

Era evidente que la visita de Eva aquel Domingo iba a ser especial para mí. Ya habían venido tres mujeres a mi piso y lo había hecho con cada una de ellas. Esta era la última oportunidad de demostrarme a mí misma que todo lo que estaba pasando era fruto de la casualidad, que no me estaba convirtiendo en una seductora de mujeres o algo parecido. Sin embargo, la rival a la que me enfrentaba en esta ocasión era la más difícil. Eva es una pasada: una morenaza de ojos azules con un rostro de actriz de Hollywood y un cuerpo de 1″75 tan bien proporcionado que ya lo hubiesen querido los escultores de la Grecia Clásica para crear sus figuras de Afrodita. Afortunadamente, el comportamiento de mi compañera me ayudó. Desde el momento en que cruzó la puerta de mi apartamento se comportó con tanta corrección y frialdad que habría sido imposible ser seducida por ella. Yo incluso me extrañé y le dije:

-Eva, ¿pasa algo malo? Te encuentro muy seria.

-No, no pasa nada. Es que estoy algo cansada, nada más.

-Bueno, sea como sea, vamos a tomar el sol, ¿no?

-Pues claro.

Salimos entonces a la terraza y lo preparamos todo. Yo me tumbé con el bikini puesto y ella tampoco se lo quitó, pero pareció extrañada igualmente y me preguntó por qué no me lo quitaba.

-Bueno -le respondí-, es que no sé si podría molestarte. A lo mejor te parecía violento verme desnuda.

-No… bueno, no sé, pero en fin, ya me parece bien.

-¿Y tú? ¿No querías venir aquí para tomar el sol en cueros?

-Sí, pero no sé,… ahora mismo me da un poco de corte.

-Ah, pues no te preocupes. Anda, vamos a tumbarnos así y luego ya veremos, ¿vale?

-Vale.

Y pasamos veinte minutos bronceándonos, sin mirarnos ni decirnos ni media palabra. Yo notaba algo raro en su actitud, y estaba intrigada por saber qué le ocurría. Me entraron ganas de quitarme el bikini. No es que quisiera provocarla, pero… qué diablos, se está más cómoda sin ropa, y el bronceado es mejor. Sin embargo, no me atrevía. Presentía que iba a molestarse si lo hacía. No podía aguantar más esa tensión, así que decidí preguntarle:

-Eva…

-Dime.

-Estaba pensando que quizás estaría más cómoda sin el bikini. ¿Te importa que me lo quite?

-No, no, has como quieras.

-No pareces muy convencida. ¿De verdad no te molesta? Oye, desde que has llegado te encuentro muy nerviosa y eso no es normal en ti. Dime qué pasa, por favor. Si no te encuentras bien o te molesta algo, quizás pueda ayudarte.

Ella se quedó pensando durante un rato. Parecía tenerme miedo. Entonces se recostó y comenzó a expicarse:

-Mira, Beatriz, cuando te pedí que me dejases venir a tomar el sol, me pareció que era algo muy natural y que no pasaría nada malo. Pero el Viernes estuve hablando con Mercedes y con Paula y me dijeron que… bueno, que cuando ellas vinieron aquí intentaste aprovecharte de ellas.

"¡Cabronas!", pensé, "Encima que se portan como dos tortilleras desvergonzadas, ahora se dedican a difamarme por ahí. Esta me la pagarán." Mientras yo pensaba esto, Eva siguió hablando:

-Me explicaron que las mirabas mucho y que intentaste tocarlas, y que les costó mucho impedirlo. A mí me dio un poco de miedo escuchar aquello, y estuve a punto de llamarte para decirte que no iba a venir, pero ahora que he visto que te has portado correctamente, no sé qué pensar.

-Pues mira, Eva, esas dos harpías son unas mentirosas. Voy a contarte lo que realmente ocurrió, y así verás cómo es realmente cada una.

Entonces me senté delante de ella, recostando mi espalda en una pequeña pared y cruzando las piernas. Ella, tumbada boca abajo sobre su toalla, escuchaba atentamente y daba continuas muestras de asombro a medida que yo iba describiendo las escenas de la semana anterior. Se lo conté todo con pelos y señales: cómo me provocaron, cómo se animaron en seguida a tocarme y chuparme, de qué manera se exhibieron impúdicamente para ponerme cachonda…. y no me dejé nada, sino que describí todos nuestros movimientos, nuestros besos, nuestras caricias, etcétera. No me hice tampoco la inocente, sino que dejé claro que yo también me hab&i

acute;a entregado por propia voluntad, aunque le insistí mucho en que todo aquello eran deslices propios de las circunstancias, y que para nada me consideraba lesbiana. Ella, al principio de mi narración, parecía asombrada y escandalizada, pero a medida que fui entrando en detalles se fue poniendo menos seria. Sus ojos se encendían y su boca entreabierta dejaba escapar una respiración profunda y caliente. Tragó saliva cuando le expliqué cómo le había comido el coño a Paula y cuando entré en detalles sobre cómo me había follado Mercedes, frotando su vulva contra la mía. Parecía muy interesada en lo que le estaba diciendo, así que lo expliqué todo desde el principio hasta el final. Yo, sin embargo, estaba cada vez más nerviosa por tener que hacer estas confesiones. Me resultaba muy violento contarle todo aquello a una compañera de trabajo de la que tenía la mejor opinión y cuyo aprecio no quería perder. Mi voz se fue volviendo cada vez más temblorosa, hasta que acabé diciendo entre sollozos:

-Esto es lo que ocurrió, Eva. Y ahora, si piensas algo malo de mí, vete si quieres. Yo no voy a molestarte, pero que no te digan que yo he hecho nada malo, porque aquí cada una tiene su parte de culpa.

Y dicho esto me fuí corriendo al salón, para echarme a llorar en el sofá. Eva entró lentamente, al cabo de unos segundos, caminando como una diosa, luciendo su escultural figura. Se sentó a mi lado y me dijo:

-No llores, Beatriz. Ahora lo entiendo todo. Anda, vamos a la terraza, que pienso tomar el sol contigo. No me da ningún miedo una persona sincera como tú. Pero no llores más, mujer…

Y me abrazó. Yo me emocioné tanto al notar sus brazos que creí morir. Instintivamente, me aparté y le dije:

-Eva, por favor, no me toques, que después de rememorar aquellas cosas me he calentado un poco, y tú estás tan buena que si sigues así voy a perder la cabeza contigo también.

Ella me sonrió y me dijo:

-¿Pues quieres que te diga una cosa? Yo también me he calentado un poco escuchándote. ¿Sabes? no me ha parecido mal lo que me has dicho; creo que en esas circunstancias yo a lo mejor también habría hecho lo mismo. La verdad es que si lo que dices es cierto, Mercedes y Paula son unas cabronas. Deberían estarte agradecidas por lo que les hiciste disfrutar. La verdad es que te explicas de maravilla, y me han entrado ganas de probar todo lo que me cuentas, porque tú también estás muy buena, y yo sé que te gusto, así que ¿qué problema hay?

Me quedé helada. Eva, el bombón numero uno de la empresa, la mujer que hacía derramar más baba a los mirones de la oficina se estaba ofreciendo a mis caprichos. ¡Y yo la tenía allí delante, en bikini y sabiendo que estaba excitada y dispuesta! No aguanté más: la besé con fuerza y nos abrazamos. Era como estar soñando: sus caricias respondían a las mías y sus besos eran tan apasionados que parecíamos dos novios en la noche de bodas. Poco a poco, nuestras manos fueron hurgando por debajo de la poca ropa que llevábamos, y al final acabamos las dos en pelotas. Yo, al verla así, perdí la cabeza y me lancé sobre su delicioso coñito mientras mis manos manoseaban sus tetas todo lo que podían. Ella, sentada en el sillón, gemía de placer y me pedía más. Yo estaba arrodillada en el suelo y bebía sus jugos como si mi vida dependiera de ello. Metía mi lengua dentro de ella, chupaba, agitaba la cabeza de un lado a otro para frotarla… todo me parecía poco para darle placer a aquella mujer encantadora. Entonces decidí follármela como Mercedes había hecho conmigo el Sábado anterior. El sofá me ayudaba, puesto que así su cuerpo estaba a media altura, y yo podía acomodar mejor mi coño contra el suyo. Fue bestial. No sé cuál de las dos gemía más fuerte ni cuál gozaba más con aquello. Estábamos las dos como locas. Yo la follaba con todas mis fuerzas, y nuestros líquidos se mezclaban a cada embestida. Al final me cansé de aquella postura, que era algo incómoda y me lacé a chuparle las tetas. Mmm… qué ricas estaban. Mientras se lo hacía, nuestras piernas se entrelazaban en un juego muy divertido, y sus manos de dedicaban a tocarme el culito y a masturbarme. Ella no lo hacía muy bien, a decir verdad, y se notaba que no tenía práctica masturbando

a mujeres, pero yo estaba tan caliente que me supo a gloria.

Después de disfrutar un rato de esta manera, me giré sobre ella e hicimos un sesenta y nueve. No lo había probado nunca con una mujer, pero ¡qué pasada! Se lo recomendaría a todas aquellas chicas que se quejen de no haber disfrutado aún de nada auténticamente delicioso en la vida. Aquello era estar en el cielo. No pudimos aguantar mucho ninguna de las dos sin corrernos. Yo fui la primera, y en cuanto me recuperé seguí lamiendo hasta que sus gritos y contorsiones me indicaron que ella también había alcanzado el clímax. Me levanté para verle la cara y me impresionó su rostro. Parecía borracha. Estaba ebria, pero de placer. Sin duda había disfrutado de lo lindo. Sonreía y me ofrecía sus brazos para abrazarme. Yo la abracé y nos besamos.

-Ha sido increíble -me dijo-. Nunca he vivido nada igual.

-Yo también me lo he pasado en grande. Es como un sueño haberlo hecho contigo.

Pasamos aún unos minutos diciéndonos cosas bonitas sobre el sofá. Luego decidimos seguir tomando el sol, pero está vez sí, en pelotas. No parábamos de lanzarnos piropos la una a la otra. "Qué buena estás" o "Tienes un cuerpo de muerte" fueron algunas de las frase más repetidas por ambas. Nos pusimos muy juntas, y a veces se nos iban las manos al culo de nuestra compañera, pero más o menos resistimos una hora sin perder la cabeza.

Al llegar la una, se marchó a su casa. Yo me quedé sola, recordando los dulces momentos de aquel fin de semana tan delicioso, y temiendo lo que ocurriese al día siguiente, cuando fuese a la oficina y tuviese que vérmelas con Paula y con Mercedes.

Autor: Donatien

donatien ( arroba ) tagoror.net

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Escrito por Marqueze

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