La tormenta perfecta

Hetero, Polvazo. Esta historia que voy a contar me sucedió hace un par de años.. Es una historia que por increíble que parezca fue real, en ella no hay cuerpos de infarto ni escenas de sexo copiadas de cualquier película porno y tan lejanas de los comportamientos sexuales normales como las que suelen poblar los relatos de esta página.

Sin embargo, por cómo se produjo, bien parece sacada de una película de Hollywood. Hay en la historia muchos términos náuticos que serán desconocidos para mucha gente. He intentado minimizarlos o traducirlos para hacer el relato más comprensible.

Por aquel entonces me encontraba yo embarcado de segundo oficial en un bulk carrier (barco mercante que transporta carga seca a granel como carbón, etc…) de bandera liberiana llamado Lokoja enforcer. La tripulación era plurinacional: Capitán holandés, Primer Oficial y Segundo españoles, tercer oficial peruano, Jefe de máquinas y maquinistas croatas, marinería filipina, etc… Una pequeña torre de Babel.

El barco, de unas 30000 toneladas, 200 metros de eslora, había salido de Novorossisk (Rusia), en el Mar Negro y se dirigía en lastre (vacío) a Baltimore (USA) para cargar carbón. Al poco de pasar el estrecho de Gibraltar y a medida que nos adentrábamos en el Atlántico las condiciones climatológicas comenzaron a empeorar, el barómetro descendió con rapidez y los partes comenzaron a dar aviso de una sucesión de borrascas que venían del oeste hacia Europa, entrando por la Península Ibérica. Esto suponía que venían todas frente a nosotros. Inicialmente no nos inquietamos pues este tipo de condiciones se hacen habituales a la gente de mar, y el barco en el que navegábamos no era ningún patacho. Las primeras horas todo fue bastante bien, pero en poco tiempo el viento comenzó a arreciar hasta alcanzar los 50 nudos (aprox. 90km/h) con rachas de hasta 70 nudos. Las olas, inicialmente de no más de dos metros, comenzaron a crecer hasta alcanzar unos 10 metros. En estas condiciones el buque lo único que podía hacer era capear, metiéndole la amura a la mar para sobrellevar las embestidas y moderar la máquina al mínimo régimen posible que nos permitiera gobernar. La mar nos iba empujando más al norte y hora tras hora el tiempo empeoraba  y los partes no mencionaban mejoría. Por aquel entonces la idea de dar media vuelta era ya poco menos que una locura pues supondría dejar durante unos minutos el buque atravesado a la mar a su merced. Poco a poco, el movimiento del buque y los golpes de mar fueron haciéndose más y más violentos. Mobiliario, pertrechos, equipo, todo lo que había en el barco salía disparado en cualquier dirección destrozándose y destrozando todo cuanto encontraba a su paso. Pronto los golpes de mar que azotaban la habilitación rompieron alguno de los portillos (ventanas) de los camarotes, embarcando agua por ellos. A duras penas podía uno caminar, teniendo que agarrarse a algún sitio fijo antes de poder dar un paso. La proa del buque iba remontando alguna de aquellas olas que parecían montañas de agua gris para descender vertiginosamente a continuación, hundiéndose en un pozo que terminaba en una nueva pared de agua. El golpe que seguía era bestial y una enorme masa de agua inundaba el castillo para luego correr a lo largo de la cubierta barriendo todo y cuanto encontraba a su paso. Desde el puente de gobierno y ante nuestros ojos impotentes veíamos como las olas destrozaban lenta pero inexorablemente todo el buque.

Llegados a este punto, tras cuatro días de azote, la situación en el barco era realmente caótica. La cocina estaba destrozada y llevábamos dos días comiendo cualquier cosa fría. La mayoría de los marineros, filipinos, realmente aterrorizados, estaban tan borrachos que apenas se tenían en pie. La disciplina en los buques mercantes nada tiene que ver con la militar, pero aún así la jerarquía existe y las formas se guardan a un nivel superior que en los trabajos de tierra. Sin embargo, aquí ya había desaparecido totalmente cualquier atisbo de orden, y sin ir más lejos el jefe de máquinas, le gritaba al Capitán sin ningún miramiento

– ¡Hijo de Puta! Nos llevas a la muerte.

En estas condiciones sucedió la razón de esta historia y que ya se ha demorado bastante. En el barco el puesto de Primer Oficial de cubierta lo ocupaba una mujer, Sonia, nacida en México pero de padres españoles y criada aquí. Tenía por entonces un par de años que yo, 32 y, ciertamente, no era una mujer de bandera que llamase la atención allá por donde fuera. No era lo que se dice una mujer hermosa. No obstante, tenía su atractivo, especialmente en lo que respecta al trasero que a través de los pantalones se ofrecía redondito y duro. Además, Sonia era ciertamente un encanto de mujer en el trato lo que hacía que de un modo u otro al final todos los tripulantes masculinos estuviésemos como tontos tras ella reclamando su atención. La verdad es que esto ocurre frecuentemente en los barcos, en los que predomina enormemente el género masculino y escasea el femenino. Por otra parte, por ser del mismo país y compartir idioma,  ambos habíamos conectado bastante bien y teníamos una relación de franca amistad. Sin más. Físicamente era de pelo moreno y tez clara, metro setenta de estatura y con pechos pequeños pero redonditos. Delgada de cintura y con una cadera muy sensual y un culo fabuloso.
Al cuarto día de temporal, cuando hasta al más valiente ya le comenzaban a temblar las piernas, recién salido de la guardia donde estaban en ese momento el Capitán, el tercer oficial y un timonel, bajé hasta la cámara para tomar un café y liberar tensión. Al llegar allí me encontré a Sonia que yacía medio recostada en el sofá, asiéndose fuertemente a él para no caer. Lloraba. Me acerqué y me senté junto a ella. No dije nada, solamente la abracé, la traje hacia mí y le susurré al oído:

– Tranquila niña, que de esta salimos. – Tuve que hacer un gran esfuerzo para templar la voz. Ni yo mismo creía que fuéramos a salir vivos y secos de aquello.

Sonia seguía sollozando. La abracé más fuerte y le besé la frente sin otra intención que confortarla a ella y, ya de paso, reconfortarme a mí mismo.
Sonia se separó de mí unos centímetros y se me quedó mirando sin decir nada. Aún le corrían lágrimas por las mejillas pero ya no lloraba. Yo le agarraba la mano y se la apretaba con fuerza mientras nos mirábamos fijamente, sin decirnos nada. Ambos quedamos sumergidos en un total silencio dentro del mar de ruidos que era el barco.

Sin pronunciar palabra alguna me besó. Me besó en la boca. Primero suave y cada vez con más fuerza, como si le fuera la vida en ello, agarrándome con fuerza, intentando entrar en mi. Yo no ofrecí resistencia y me dejé llevar. Comenzamos a besarnos con frenesí, abrazándonos, tocándonos sin ningún pudor. Metí mis manos bajo su camiseta y comencé a acariciar sus pechos por encima del sujetador, a recorrer su espalda con mis manos, desde la base del cuello hasta el final, por debajo del pantalón, toqueteando su culo sobre las bragas.
Me separé un instante y la cogí del brazo

– Vamos a la cabina.

No me contestó, simplemente me siguió hasta mi camarote un par de cubiertas por encima de donde nos encontrábamos.

Apenas entramos en mi cabina nos tiramos encima de la cama, enlazados en una sucesión infinita de besos cálidos, besos en los que enlazábamos nuestras lenguas, mordíamos nuestros labios y nos arrancábamos el aliento el uno al otro. Nos fuimos desvistiendo sin miramientos, sin preámbulos, tan rápido como éramos capaces hasta quedar desnudos uno frente al otro. Ahora, por vez primera, podía ver esas tetitas que tantas veces había visto insinuadas bajo las camisetas, redondas y pequeñas, casi infantiles, con una aureola rosada no muy grande y unos pezones pequeños y redondos, pero que apenas los rocé con la lengua se irguieron como girasoles al sol. Podía ver su vientre, fino y suave, y más abajo su pubis, cubierto de bello oscuro, a través del cual se adivinada el brillo carnoso de sus labios excitados. Sus piernas, suaves y blancas, bonitas aun cuando mostraban abundantes señales del salvaje movimiento al que veníamos siendo sometidos los últimos días en forma de cardenales. Creo que me quedé mirándola no más de cinco segundos que parecieron mil años. Con su cara asustada, pálida, húmeda de mis besos y sus lágrimas, sus labios temblorosos y rojos. Nunca antes había visto un ser más bello.
Me recosté encima de ella y volví a besarla. Con pasión. Y lujuria. Besé sus labios, su cuello, sus pechos. Subía y bajaba recorriendo cada centímetro de su piel, chupando sus pezones, amasando sus tetas con mis manos. Seguí bajando, recorriendo con lengua y boca su vientre, jugueteando con su ombligo. Seguí descendiendo. Primero besaba su pubis, bajando por la cara interna del muslo, subía y bajaba por el otro, mientras el olor profundo de su sexo inundaba mis fosas nasales y me sumergía en un mundo propio, ajeno al infierno que nos rodeaba. No aguanté mucho. Necesitaba saborear ese coñito, devorarlo hasta hacerlo mío. Comencé rozando los labios con mi lengua mientras percibía como comenzaba a fluir la humedad y como se abría ante mí. Rozaba su clítoris con la lengua y bajaba chupando con fuerza de su vulva. Introducía la lengua tan al fondo como podía. Comencé a devorar aquel manjar que tenía ante mí al tiempo que jugaba metiendo y sacando uno de mis dedos en el interior de su vagina. Sonia suspiraba y apretaba las piernas sobre mi cabeza no permitiéndome escapar de allí ¡Cómo si yo pensase en escapar de aquel sitio! Sus fluidos fluían sin parar, su olor me embriagaba y yo devoraba como si en ello me fuera la vida. Sonia movía su pelvis acompasadamente mientras con sus manos jugaba con mi pelo. Yo ya no aguantaba más. Estaba fuera de mí. El corazón latía mil pulsaciones golpeando mi pecho en busca de una salida. Me incorpore y abrí sus piernas, dejando su sexo, completamente húmedo y abierto, ante mí. Yo tenía la polla a más no poder. Me tiraba la piel como si fuera a reventar. Acerque el miembro a su coñito y empujé. Entró suavemente hasta el fondo. Podía sentir a través de mi verga su calor, su humedad, los latidos de su corazón retumbando en su vagina. Comencé a bombear, despacio primero, ganando velocidad después. Bombeaba salvajemente, mientras miraba a Sonia. Seguía callada, pero ya no estaba pálida. Sus mejillas estaban coloradas, su frente ruborizada, perlada de sudor. Su respiración seguía entrecortada, pero ya no era por el llanto, era la respiración del placer. En un momento me hizo un ademán de parar.
– Ponte abajo.

Obedecí sin pensar y me coloqué yo debajo. Sonia se sentó encima mio y comenzó a cabalgarme. Unas veces saltaba sobre mí, de tal modo que mi polla entraba y salía en casi su totalidad. Otras frotaba su pelvis contra la mía, manteniendo su polla dentro. No sé cuanto tiempo estuvimos así, cabalgando ella sobre mí mientras yo me dejaba llevar por el placer del momento, mirándola, trayéndola contra mí para besarla con fuerza, magreando sus tetas. No tardé en sentir como la polla se me ponía aún más dura, como mi semen pugnaba por escapar. No aguanté más y me corrí mientras me estremecía de placer dentro de su vagina. Ella no paró, ralentizó el bombeo un poco y luego se recostó encima de mí, con mi polla morcillona en su interior y mi semen escurriéndose lentamente de su coño. Comenzó entonces a refrotarse contra mí, presionando su clítoris contra mi pubis mientras me besaba hasta que también ella fue presa de una tensión que anunciaba el orgasmo seguido de unas pequeñas convulsiones. Se quedó recostada encima de mí, con mi pene en su interior, la respiración forzada. Abrazándome. Sin decir nada.
Apenas transcurridos diez minutos so volvió a reincorporar. Se sacó mi verga de su coñito y la limpió con la sábana. Se agachó y comenzó a chupármela. Una ola de placer volvió a sumergirme en el mar de la lujuria. Mi polla no tardó en recobrar su vigor bajo el hábil quehacer de Sonia, que chupaba con una dulzura exquisita, suave unas veces, presionando otras con sus labios mi glande, jugueteando con su lengua. Volví a sentirme fuera de mí, poseído por unas ganas locas de hacerla mía, de descargar de nuevo mi simiente en su seno. Fui yo esta vez el que tomó la iniciativa. Cogí a Sonia y a recosté boca abajo sobre el colchón. Recorrí su espalda con mi lengua hasta alcanzar aquel culo que tanto me atraía. Lo besaba y lo mordía, lo magreaba, lo hacía mío. Hundí mi cara en su entrepierna pasando la lengua a lo largo de sus labios, aún chorreantes de flujo y semen, subiendo hasta su culo. Con dos dedos comencé a estimular su chochito, aunque era trabajo baldío, pues ya estaba caliente como un horno. No me demoré mucho. Me posicioné encima de ella e introduje nuevamente mi verga en su coño. La posición hacía que costara más meterla. Tuvo que levantar las caderas un momento para ayudarme. Al comenzar el bombeo sentía una presión sobre mi polla más grande. El placer era inmenso. Mientras yo bombeaba Sonia acompasó el movimiento de su pelvis al mío. Estaba frotando su clítoris contra el colchón mientras yo metía y sacaba mi polla de su coño. Yo ya había descargado así que me costó más que antes correrme. Sonia pudo alcanzar un par de orgasmos más así, frotándose contra la cama mientras yo la follaba antes de que, por fin, yo también me corriera. Nos volvimos a quedar así, recostados y abrazados sobre la cama, mientras el barco seguía moviéndose sin cesar, mientras todo tipo de objetos, tirados por el suelo, iban y venían de un costado a otro destrozándose en el ínterin, mientras varios miembros de la tripulación yacían totalmente ebrios en los lugares más dispares, mientras los demás temían por sus vidas y creían que el final estaba al llegar. Esa desesperación fue la que me entregó a Sonia, ese desasosiego interior que crece en las personas cuando creen llegado su fin lejos de su casa, de su gente, impotentes ante la situación, hambrientos de calor humano y ansiosos por un poco de amor que les acompañe en su último viaje. Nunca más volví a acostarme con Sonia, nunca más volvimos a hablar del tema. Ella tenía su pareja y yo la mía. Quizás cuando me besó ella la primera vez lo hiciera pensando en su pareja, utilizándome a mí como medio para despedirse de él. No lo sé, no se lo pregunté ni se lo preguntaré nunca.
Aquella situación terminó una hora más tarde. Repentinamente se cayó la planta (se paró la máquina) y se fueron las luces. Apenas dos minutos después se accionó el generador de emergencia y volvieron a iluminarse algunas de las luces de la habilitación. El barco comenzó a balancearse de forma despiadada arrojándonos a ambos de la cama contra el suelo. Casi resultaba imposible ponerse en pie. Nos mal vestimos con lo primero que pillamos y salimos del camarote hacia el puente de gobierno. Un buque sin máquina en un temporal es como una lata a merced de las olas. Es la peor situación que puede darse. El final que tanto temíamos llegara y que parecía que ya estaba aquí.

El resto de la historia ya nada tiene de sexual aunque si de alucinante. Una experiencia única por lo intensa que espero nunca volver a repetir en mi vida profesional. De Sonia decir que nunca más volvió a navegar. Desembarcó en Baltimore. Decía que la vida no vale un sueldo. Y tenía razón.
Si alguien quisiera conocer el fin de la historia del temporal, que envíe un correo con sus comentarios a  y se la haré llegar.

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Escrito por Marqueze

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