LA VECINA DE BUNGALOW I

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Llegamos pronto aquella primera mañana de nuestras vacaciones y sobre las once lo tenia todo más o menos ordenado. Cuando colocaba algunas cosas en el cuarto de aseo vi, a través de la pequeña ventana, un vehículo que aparcaba justo en el bungalow de enfrente, apenas a cinco metros del nuestro. De la parte trasera salio una niña de unos cinco años y un niño, al que calculé unos ocho. De la parte delantera una mujer, la que supuse tendría más o menos mi edad, rondando los treinta. He de reconocer que, aunque estoy bien, envidié por momentos aquel cuerpo. Iba a retirarme cuando la mujer saludó a mi marido que estaba sentado en el porche, con sus gafas de sol, su libro y su cervecita. Comprobé, que desde mi rincón secreto, podría controlar a los dos sin ser vista y eso me provocó un morbo extraordinario.

Mientras los pequeños correteaban por la calle, ella comenzó a sacar el equipaje del maletero del coche. Al principio, sólo mostraba las largas piernas que su minifalda vaquera dejaba al aire, pero por instinto de mujer, intuí que el espectáculo iba a ser de diez. Efectivamente, cuando tuvo que inclinarse para coger las últimas cosas, dejó al descubierto un culito que parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel, tapado únicamente por un hilo rojo, que más que ver, había que adivinar.

Repitió un par de veces la jugada y la culminó ordenando no sé que, dentro del maletero, para lo cual empleó más de un minuto. Desde mi puesto observé a mi marido, que parapetado en sus gafas y su libro, fue espectador VIP de la función.

No sé si fue por ver la erección, más que evidente, que asomaba en el pantalón corto de mi marido, porque llevaba un par de días muy cachonda o porque aquella mujer desbordaba sensualidad en cada parte de su cuerpo, el caso es que me masturbé, imaginándome a mi marido penetrando aquel culito de ensueño, mientras ella me comía mi coñito.La situación me puso a mil y tuve un orgasmo delicioso.

Lo que me sorprendió de todo aquello fue, que después de su provocador espectáculo, miró hacia mi marido, dedicándole una sonrisa, que derretiría, en solo un segundo, un bloque de acero.

Aquella clara insinuación, provocó en mi, sensaciones muy contradictorias. Por un lado, sentía la necesidad de apartar a mi marido de aquella tentación, pero también deseaba con lujuria, que aquella sonrisa fuese el principio de unas vacaciones inolvidables.

No tardaría mucho en salir de dudas. Después de la siesta, mi marido y yo salimos al porche a tomarnos un café, mientras mi hijo compartía con los niños de la vecina su bicicleta en el parque de al lado, como si de toda la vida se conociesen. Ella no aparecía, pero se la veía deambular, a través de la ventana de su dormitorio. Pensé que no volvería a actuar si yo estaba presente. Con la excusa de un último retoque de depilación íntima, me dirigí a mi atalaya.

Salió al instante. Llevaba un vestidito rojo de la marca del cocodrilo, más corto aún que la minifalda de la mañana, con un escote que dejaba prácticamente al aire unos pechos que parecían la manzana de Eva. Se dirigió de nuevo a mi marido con un- hola-, que más que un saludo, pareció decirle:

– ¿Qué estás esperando para follarme?

Se sentó justo frente a él. Sacó un pequeño espejo de un neceser y se dedicó a depilarse las cejas. Transcurrieron un par de minutos. Creí que el juego había terminado. Pero no. Empezó lentamente a abrir las piernas, sin despegar sus ojos del espejito. Mi marido dejó el libro sobre la mesa. Ya no había tácticas de camuflaje y contemplaba nítidamente, sin ningún reparo, el sexo completamente rasurado y abierto, que aquella zorra le estaba poniendo en bandeja.

La magia de aquel momento duró apenas cinco minutos, interrumpidos un par de veces cuan

do ella cerró sus piernas al paso de una pareja y de un vigilante, para volver a abrirse en plenitud cuando la calle de nuevo quedó desierta.

Una canción de Shakira sonó de repente en su bungalow. Se levantó y con un.-Hasta ahora.-se despidió de su espectador preferido.

Sentí celos, rabia, envidia, pero también sentí que estaba húmeda. Deseaba que me penetrasen con fuerza y asombrada de mi misma, deseé también a aquella mujer.

El primer deseo se cumplió al instante. Mi marido cerró la puerta, entró en el dormitorio y me pidió hacer el amor. Aunque conocía de sobra el motivo de su calentón, y yo me moría de ganas de que me follase, me hice la tonta. Le dije que el niño podría llegar en cualquier momento. No me dio tiempo a terminar la frase cuando él ya estaba desnudo, me había quitado la toalla que me envolvía, y me había clavado su polla, que entró sin la más mínima resistencia. Hemos hecho el amor cientos de veces en los once años que llevamos casados, pero aquella vez fue especial para mí. Imaginé, que mientras mi marido me estaba follando, yo saboreaba el jugo salado del chochito de aquella perra.

Aquella mujer desempolvó recuerdos de encuentros con alguna amiga de adolescencia en mi cama. Recuerdos y sensaciones íntimas y tiernas que abrieron la puerta de mi sexualidad y que creía olvidadas, pero que en solo unas horas, florecieron de nuevo, con más deseo, más pasión y desenfreno por la experiencia que te da el paso de los años.

No sabía, en ese momento, las pretensiones de aquella mujer. Querría sólo a mi marido o quizás que los tres follásemos salvajemente. ¿Ysi sólo me quería a mí? Dudé, de que mi imaginación y mi calentura, lo estuviesen exagerando todo, aunque el orgasmo que acababa de tener, ese no me lo quitaba nadie.

Oímos a los niños fuera. Salí y allí estaba ella, dispuesta para bajar a la playa. Un bikini dorado tapaba a duras penas sus tetas. Creí, que por error, había cogido el de la niña. Un pareo corto de color negro, guardaba la parte de abajo.

Nos presentamos. Al besarnos, rozó sus tetas con las mías y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aquella mujer emanaba erotismo en cada gesto que hacia. Bajamos a la playa, los niños, ella y yo. Mi marido se quedó a ver algo en la televisión, aunque creo que lo que no quería era que aquella mujer le provocase una erección incontrolable.

Durante el corto trayecto que nos separaba de la playa me puso al corriente de su situación conyugal. Hacía ya cuatro años de la separación y aún no había encontrado su pareja ideal. Según ella, era demasiado exigente en la cama.

Los niños fueron en busca de las rocas que la marea había dejado al descubierto. Una zona apartada en la que sólo había una pareja de jóvenes desnudos tomando el sol y un viejo pescador en la misma orilla al que parecía que el mundo había dejado de importarle.

Colocamos un quitaviento que nos protegiera del sol y las miradas indiscretas.

Se quitó la parte de arriba del bikini y se tumbó boca abajo. ¿-Me untas la crema?Mis manos se deslizaban sobre su piel de seda. Primero su espalda, luego sus piernas, cada vez más arriba, el interior de sus muslos….su culito. Se giró y me miró sonriendo.-Tienes un tacto delicioso. Ahora por delante. Por favor.-

Me coloqué de rodillas, detrás de ella, rozando con mi sexo su cabeza y comencé a esparcir la crema por su abdomen. Lentamente. Sus pezones esperaban ansiosos su turno y parecían querer saltar de su aureola. Al tocarlos, sentí la necesidad imperiosa de tenerlos en mi boca. Comenzó a acariciarse su coñito. Primero por encima del bikini, luego por dentro.

Me cojió una mano e intentó llevarla al mismo sitio, por lo que tuve que cambiar de postura, colocándole mi sexo, húmedo y chorreante, prácticamente en su boca. Mientras la masturbaba, ella retiró mi bikini. Me corrí la primera vez que rozó su lengua con mi entrepierna. Pero no fue el único orgasmo que tuve esa tarde.

Aquella mujer, sexualmente, parecía tener un imán que te atraía, capaz de hacerte olvidar hasta tu propio nombre.

Me gustaría contaros el resto de mi historia. Seguro que algún día lo haré. SI QUEREIS.

Autor: Luz de Luna

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Escrito por Marqueze

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