LA VENGANZA DE ELENA

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Voy a contarles una nueva historia, que me sucedió, hace algo más de un año, concretamente en febrero del pasado año. Como saben trabajo en las oficinas de una empresa de seguros, y como supongo ocurrirá en muchas otras, periódicamente los empleados realizamos algunos cursillos de actualización. En nuestra compañía, suelen repartirse a lo largo del año, y según establece nuestra dirección, pues acuden unos u otros compañeros a dichos cursillos, sean aquí, en Valencia, o en cualquier otra capital como Barcelona o Madrid.

En esta ocasión, teníamos que acudir a la central de Madrid a uno de esos cursillos, una compañera, Elena, y yo. Sería poco menos de una semana, salir martes para hacer noche ya en la ciudad, miércoles y jueves el cursillo, y el viernes regresar. En nuestra compañía, el sistema utilizado para realizar los cursillos consiste en que se nos proporciona una cantidad fija por día a modo de dietas, debiendo encargarse cada uno de, con ese dinero, acudir y cubrir todos los gastos. Debo decir, que nuestra empresa es generosa, y suele ser suficiente para no tener que poner nada de tu propio bolsillo.

Cuando nos comunicaron lo del cursillo, Elena me indicó que si quería, ella podía encargarse de organizar todo el viaje y de administrar el dinero de ambos, a lo cual no tuve nada que objetar, pues por un lado me permitiría despreocuparme del tema y además confiaba en que lo haría bien dado que, además de ser más o menos de mi edad, 43 ó 44 años; era casada y como también ama de casa, sabía de la administración familiar, y lo organizaría bien.

La semana anterior a nuestro previsto viaje me informó de algunos detalles: iríamos en autobús ya que existe buena comunicación Valencia-Madrid, y tenía ya reservado el hotel cerca de nuestra central, e incluso había mirado posibles sitios para cenar en las proximidades (las comidas las teníamos en las oficinas de la compañía).

Llegó el martes y como todos los días realizamos nuestro trabajo en las oficinas, para dejar incluso instrucciones a compañeros para si surgía algún tema que no podríamos atender, lo pudieran resolver. La diferencia estaba en que teníamos las maletas preparadas, pues tras una reunión-comida con nuestro jefe para las últimas instrucciones, partiríamos hacia Madrid.

A primera hora de la tarde nos llevó otro compañero a la estación de autobuses, y sobre las 4 salía nuestro transporte. El camino fue llevadero, gracias a las dos películas que nos pusieron, y también comentando las cuestiones que nuestro jefe nos había planteado de cara al buen aprovechamiento del cursillo.

Llegamos a Madrid a eso de las 8 de la tarde, recogimos las maletas y tomamos un taxi para desplazarnos al hotel. A partir de ese momento comencé a notar que Elena algo nerviosa y muy poco habladora, cosa que me extrañó, pero no quise darle mayor importancia, quizá el cansancio del autobús, las ganas de llegar al hotel para acomodarse y descansar.

Pero llegados al hotel noté que ese nerviosismo había crecido. Elena se acercó a recepción para dar los datos de la reserva, y me llamó la atención que solo le daban una habitación… pensé que igual buscando el ahorro y poder llevarte al final algunos euros al bolsillo habría cogido una habitación doble, que lógicamente sería más económico que dos individuales, pero no me cuadraba ese pensamiento con las características de los que teníamos que ocuparla, aunque hay hoteles que tienen las que llaman junior suites, donde existen habitaciones separadas dentro de la misma suite. Subimos en el ascensor, y creo que ese trayecto se le hizo a Elena mucho más largo que todo lo que ya llevábamos recorrido, dado su estado cada vez más alterado aunque intentaba disimularlo.

La sorpresa más grande fue al entrar a la habitación, donde me encontré que se trataba de una suite de matrimonio… mi cara de sorpresa y la mirada que le hice

a Elena bastó para que rompiera el silencio que llevaba y me dijo que dejáramos las maletas y las cosas, que fuéramos a cenar y allí me lo explicaría todo.

Ya en el restaurante y tras pedir algo para cenar, le pedí las debidas explicaciones a Elena acerca de la sorpresa del hotel. Ella, tras un profundo suspiro quizá para coger fuerzas, comenzó a contarme los motivos… hacía tiempo que sospechaba que su marido le era infiel, y unas pocas semanas atrás había descubierto que era cierto, que su marido tenía una amante y la estaba engañando. Por ello, y aprovechando las circunstancias del cursillo, había trazado este plan para también engañar a su marido y en cierto modo vengarse de él, y que por las circunstancias esta venganza sería protagonizada por mí.

Yo, en principio me quedé bastante sorprendido, y mi primera reacción fue hacerle ver que quizá no era lo mejor llevar adelante esta ventaja, que debía de pensar en sus hijos, quizá buscar aclarar la situación con su marido… no sé, todas esas cosas que se le pueden ocurrir a uno en pos de ayudar a resolver el problema a una compañera… e incluso le indiqué que cuando volviéramos, pediría una segunda habitación, y le dejaría que reflexionase sobre mi discurso moral a solas que sería lo mejor… pero me dijo que no, que lo tenía decidido y quería llevarlo adelante, y además me picó un poco diciéndome que sería una dulce venganza porque lo haría con el “mejor” compañero de la oficina.

Ciertamente era difícil rechazar la oferta, pues Elena sin ser una mujer despampanante, era de mediana estatura, una figura normal, diría bien proporcionada, y una media melena de pelo moreno que acoplaba muy agradablemente en una bonita cara, y creo que ayudado por el vino de la cena, asentí a compartir la habitación, pero le manifesté que lo de la venganza deberíamos hablarlo más detenidamente. Su respuesta fue rápida y directa: “lo tengo decidido”.

Tras pagar, Elena cogió mi mano, y así sin soltarnos volvimos hacia el hotel. Entramos en la habitación, y poniéndose delante de mí, me abrazó y buscó mi boca para besarme. Fue un beso algo frío sin mayor profundidad, y acto seguido empezó a quitarse la ropa, hasta quedarse solo en ropa interior, un sencillo y discreto conjunto blanco. Yo era un mero espectador, y ella comenzó a desnudarme hasta dejarme sin nada de ropa. Se abrazó a mí y me pidió que siguiera con el juego, yo la abracé pero notaba su cuerpo tenso, como si lo que estaba haciendo no debiera hacerlo, aunque su deseo era ser poseída por otro hombre. Le desabroché el sujetador e hice que se deslizara hasta el suelo, acaricié su fría espalda y bajé mis manos por su espalda hasta su trasero para empezar a bajar sus braguitas.

Elena casi inmóvil dejó que la acabara de quitar su última prenda, y me sorprendió encontrar un muy poblado pubis, una hermosa y densa mata de vello en su monte de venus. Me levanté y subiendo mis manos por sus piernas las llevé hacia esa poblada zona para acariciarla, al igual que busqué sus medianos pero bonitos pechos para también sentir en mis manos su suavidad. Su respuesta fueron unas tímidas caricias sobre mi pene que comenzaba a manifestar síntomas de excitación.

Acerqué mis labios a los suyos para besarla y con los ojos cerrados respondía con cortos besos de unos labios cerrados. Fui besando sus mejillas buscando su cuello con leves recorridos de mi lengua, notando algún pequeño estremecimiento, pero dentro de una tensa y fría postura de Elena. En este juego buscando ya mi mano todos los recovecos de sus genitales me pidió que le hiciera el amor, que necesitaba ser de otro hombre.

La llevé de la mano a la cama, se recostó, y le separé las piernas dejándola en una postura preparada para recibirme. Apoyando mis manos en sus muslos acerqué mi boca a sus labios vaginales y comencé a lamérselos, buscando con mi lengua su clítoris y producirle un mayor nivel de excitación, subí mis manos para buscar sus pechos y tocar sus pezones. Elena era más insistente “hazme tuya por favor”

Me levanté y busqué acomodarme entre sus piernas, y aunque no estaba mi pene en su mejor nivel de dureza y excitación, pude orientarlo a su vagina y comenzar a penetrarla de forma lenta pues ella no estaba en las mejores condiciones de recepci&

oacute;n. Cuando llegué a la máxima profundidad en su no muy cálido sexo, la abracé, cosa que Elena también hizo, pero con los ojos cerrados giró su cara impidiéndome que la besara en los labios.

Recorriendo con mis labios y mi lengua su mejilla, su cuello y su nuca comencé el movimiento pélvico, al principio lento, sin aparente respuesta por su parte, pero conforme aumentaba mi ritmo, comenzaron tímidos suspiros y gemidos, que fueron aumentando conforme mayor velocidad y fuerza tenían mis acometidas; hasta que noté una mayor fuerza en su abrazo al tiempo que unos movimientos y gemidos apagados que me parecieron que había alcanzado Elena el orgasmo, en esa situación también llegué yo al orgasmo descargando mi semen en su ya algo más cálida vagina.

Noté que de sus ojos salían unas lágrimas, quizá de culpa, quizá de satisfacción; y con su movimiento hizo que nos separásemos girándose de espaldas a mí. Busqué las sábanas y acercándome a su espalda nos tapamos y busqué su mano con la mía, me la cogió y apretó, y nos quedamos así dormidos en esta primera noche.

Amaneció el miércoles, Elena se despertó y de un salto salió de la cama hacia el baño, eso a mi me despertó sobresaltado, con esa sensación de no saber quien soy ni donde estoy; mientras sentado en la cama despertaba a la realidad, desde el baño Elena me indicaba que íbamos justo de tiempo para comenzar el cursillo…

La primera jornada del cursillo fue intensa en lo referente al trabajo, y hacia última hora de la tarde, acabábamos y nos dirigimos al hotel comentando diversas cuestiones de lo tratado durante el día. Tras dejar carpetas y demás, me tomó de la mano y nos dirigimos a cenar. Ya en la cena Elena me pidió disculpas por su actitud del martes, pidiéndome una cierta comprensión ante su situación y sus deseos de cierta venganza… estaba algo más cariñosa por lo que el regreso al hotel también fue cogidos de la mano y bien arrimada a mí.

Una vez entramos en la habitación nos abrazamos y comenzamos a besarnos, sus suaves labios junto a los míos fundidos con un tímido contacto de nuestras lenguas, y sus manos que comenzaron a quitarme la ropa a lo que yo correspondí. Llegó el momento en que yo ya estaba completamente desnudo, y lógicamente excitado, mis manos recorrían su espalda, sintiendo tanto la suavidad de su piel como su algo más alta temperatura con respecto al día anterior. Sólo le quedaba su ropa interior, y le pedí que se girara. Así pude desabrochar su sujetador y quitarle sus algo mojadas braguitas.

Acerqué mi cuerpo a su espalda para sentir su calidez y suavidad y que ella sintiera la incipiente dureza de mi pene en sus nalgas. Comencé a acariciar sus hombros mientras besaba su mejilla, recorría su cuello con mi lengua, y besaba, lamía y mordisqueaba su nuca. Sin dejar de jugar con mi boca mis manos se desplazaron hasta encontrar sus pechos, algo endurecidos, cálidos y con unos pezones que iban creciendo también en su dureza.

Comencé a acariciarlos suave y lentamente, apretando y pellizcando sus pezones, apretaba sus pechos para luego volver a acariciarlos tiernamente. Sus manos fueron en busca de las mías, y acompañaban mis movimientos. Sin cesar de besar el nacimiento de su cabello, una de mis manos siguió en sus pechos, mientras que la otra fue bajando por su vientre, ambas siempre acompañadas de las suyas. Jugué con su ombligo, bajé a su poblado pubis para enredar nuestros dedos y bajar a buscar sus labios vaginales.

Mi pene estaba bastante duro y se lo hacía notar apretando sobre sus nalgas, Elena entreabrió las piernas para facilitar que nuestras manos llegasen a tocar el clítoris bastante duro y sentir el calor y la humedad de su entrada vaginal. Mientras le mordisqueaba la nuca, y gemía de forma entrecortada, me pedía que la volviera a poseer, que la volviera a hacer mía.

Nos dirigimos hacia la cama, y nos recostamos casi en la misma posición, de espaldas a ella y ladeados, con una de mis manos sobre sus pechos sin dejar de jugar con ellos, y con la otra mano levanté un poco una de sus piernas, para poder encaminar mi ya muy duro pene a su mojada vagina. Comencé a penetrarla, encontrando un camino más fácil, más caliente que la noche anterior. En ese movimiento lanzó un pequeño grito de placer y comenz&oacu

te; a gemir y suspirar, mientras comencé un movimiento lento de introducción y retroceso, poniendo mi mano acompañada de la suya en sus labios vaginales, tocando su clítoris tocando mi pene en movimiento.

Fui aumentando mi ritmo, con cada vez más continuos e intensos mordisquitos en su nuca, apretones en sus pechos y caricias en su muy mojado sexo; con sus gemidos y chillidos cada vez más intensos y continuos, el nivel de aceleración aumentó casi al límite que me permitía mi posición cuando Elena comenzó a estremecerse y moverse alocadamente, estaba entrando en su orgasmo, lo que aproveché para apretar su cuerpo hacia mí y lanzar de un golpe mi pene lo más hondo posible y descargar en su interior mi caliente semen.

Tras haber gozado intensamente, sudorosos como estábamos me pidió que la abrazara tiernamente, mientras seguían en ella unos ligeros estremecimientos, hasta que nos pudimos relajar… y quedarnos así dormidos.

La mañana del jueves tuvo un despertar menos sorpresivo que el día anterior, pero como el miércoles, salimos hacia nuestra Central para la segunda y última jornada del cursillo. A diferencia de la jornada del miércoles, acabamos a media tarde, y quedamos todos los participantes para una cena de confraternidad, con la idea de acabada tomar unas copas en una sala de fiestas.

Volvimos al hotel, y Elena me dijo, que como quedaba tiempo, iría a un centro comercial cercano a comprarse alguna cosilla con el dinero que nos quedaba, siempre que no me importara, para la cena; cosa que no me importó, al contrario, la veía tan ilusionada con esa cena y fiesta, que no le dije que no.

Volvió al cabo de una hora, y directamente paso al baño para arreglarse, quedando yo esperándola ya preparado para salir. Cuando salió, me quedé boquiabierto, estaba deslumbrante con un vestido de noche que resaltaba su figura y un bonito escote y media espalda al descubierto. Se puso una chaqueta encima y salimos a la cena.

La Cena estuvo divertida y entretenida, con chismes y gracias de los asistentes, acabando en un local de copas con música de ambiente, allí Elena ya estaba más cariñosa, quizá por el vino de la cena o las copas, llegando incluso a compartir algún baile apretándose a mi cuerpo, y con una mirada brillante y provocativa. Llegó la despedida y nos retiramos al hotel; en el taxi que nos condujo, Elena ya estaba pegada a mí y dejando que la abrazara, susurrándome al oído lo que sería nuestra última noche en Madrid.

Llegados a la habitación, se abalanzó sobre mí para besarme alocadamente. Su lengua buscaba la mía, tenía muchas ganas de jugar… Se quitó la chaqueta, y acto seguido comenzó a desnudarme, dejándome en un instante sin nada de ropa. Sus manos recorrían todo mi cuerpo, y hacían sentir en mi piel esa calidez de sus suaves manos. Llegó a mi pene donde se entretuvo más acariciándolo al igual que mis testículos, cosa que aumentó más mi excitación.

Me miraba con unos ojos brillantes y viciosos, y seguía en su juego. Se detuvo y me besó nuevamente para separarse de mí y desprenderse de su provocativo vestido de noche, que se deslizó hasta el suelo, dejando a la vista su lindo cuerpo con unos pechos endurecidos por su excitación y sus pezones erectos como no los había visto antes, y un más provocativo tanga negro casi transparente que hacía más deseable su sexo y ese tupido vello de su pubis, que llamaba a ser mordisqueado.

Con esa imagen que me hacía enloquecer, me tomó por el pene y me dijo que ya era el momento de volver a disfrutar y de que la poseyera una vez más pero de forma más alocada, llevándome a la cama donde se recostó y abrió ampliamente sus piernas ofreciéndome todo su muy mojado y enrojecido sexo que demostraba su alta excitación. Metí entre sus piernas mi cabeza para besar y lamer su caliente entrepierna, para lo cual estiré y rompí el negro tanga que llevaba.

Elena empezó a gemir y chillar a cada lametón que daba en sus muslos, labios vaginales, clítoris; pidiéndome que la follara, que estaba muy caliente y quería explotar de placer. Me alcé y puse mi pene en su chorreante entrada, para de un ligero empujón penetrarla hasta el fondo sin ninguna dificultad. Descargué mi cuerpo sobre el suyo sintiendo el calor de su piel, abrazándonos y besándonos locamente. Elena me ató con s

us piernas, y así comencé a moverme haciéndole sentir toda la dureza de mi extremadamente duro pene en su vagina.

Cada vez que alcanzaba lo más profundo de sus entrañas gritaba y mordía mi lengua, no cesaba de gemir mientras mis movimientos eran altamente fuertes y violentos, cuando me apretó creo que con todas sus fuerza, y comenzó unas convulsiones al tiempo que gritaba entrecortadamente que se estaba corriendo y yo desenfrenado también sentía como mi pene lanzaba chorros de semen que se unían a todos los flujos que inundaban una ardiente cavidad vaginal. Nos quedamos unos instantes abrazados, sin dejar de besarnos pero más relajados, mirándonos a los ojos.

Tras unos instantes de descanso Elena volvió a la carga, intensificó sus besos con el juego de su lengua en mi boca, e hizo que me recostara para ella ponerse a jugar nuevamente con mi pene que iba recuperando nuevamente su dureza gracias a sus caricias, mientras acariciaba mi torso.

La veía disfrutar, sus pechos estaban también duros y gozaba cuando se los tocaba y pellizcaba sus durísimos pezones. Cuando mi pene ya estaba en una buena disposición pasó a situarse sobre él, con sus manos lo encaminó por su siempre mojado coño hasta que lo tuvo en su dilatada entrada vaginal. Hizo un lento movimiento para introducírselo, y cuando tuvo todo mi glande dentro se paró para mirarme, se relamió y con una mirada muy picarona y sumamente viciosa, sonrió y descargó con fuerza y rápidamente todo su cuerpo para que mi pene quedara totalmente dentro de sus ardientes entrañas.

Elena sintió como se le clavaba en lo más hondo de su vagina y lanzó un grito entremezclado de dolor y placer junto a un movimiento que arqueó todo su sensual cuerpo, para comenzar a realizar unos movimientos locos de amazona cabalgando al galope sobre su corcel. No sé de donde sacaba las fuerzas ni como yo podía aguantar, pero el placer nos inundaba sudorosos, mojados por nuestros fluidos que habíamos rezumado y se repartían por nuestra piel.

Elena seguía gimiendo, gritando en su desenfrenado cabalgar hasta que chillando se corrió. En ese instante cogí sus nalgas y apretándolas sobre mi cuerpo forcé unos nuevos movimientos que permitieron que yo también me corriera. Elena cayó exhausta sobre mí, besaba mi hombro sin dejar de suspirar y estremecerse.

Cuando se tranquilizó un poco me miró y me pidió un último esfuerzo para completar su venganza. Yo le dije que no sé lo que podría aguantar más, a lo que ella me dijo que también estaba más que al límite, pero quería completar su venganza haciendo algo que su marido siempre le pedía y ella siempre le negó. Quería que fuera otro, yo, el que la penetrara por el ano, algo que su marido nunca hizo y nunca haría. Le dije que no sé si podría estar al nivel adecuado para hacerlo, pero me lo rogó insistentemente, diciendo que no esperaba haber tenido unas noches tan maravillosas conmigo, pero que su venganza estaba en esa prohibida penetración.

Se levantó, tomó un tubo de crema de manos que había dejado preparado y reclinándose sobre el respaldo de uno de los sillones de la habitación, untó ante mis sorprendidos ojos su ano, el cual quizá había ido preparando para este momento. Me pidió que actuara ya, y me acerqué con un no muy duro pene pese a estar excitado ante la situación.

Comencé a dilatarle el ano con mis dedos cosa que la crema ayudó, y ante su insistencia comencé a introducir mi pene hasta que toda su longitud quedó dentro de un ardiente recto. Sentí apagados gemidos de dolor y suspiros de placer. Sacando fuerzas de no sé donde comencé a moverme en un mete-saca, lento pero continuo.

Elena seguía gimiendo, mientras con su cara girada me miraba con sus lagrimosos ojos pidiéndome más. Aumenté mis movimientos hasta que mi cuerpo ya no pudo más, y apretando sus caderas hacia mí empujé todo lo que pude mi pelvis para descargar el poco semen que quedaba en mis testículos, pero que Elena notó quemarle en su interior produciéndole un nuevo orgasmo, para ambos caer de rodillas totalmente exhaustos. En el suelo nos abrazamos, y Elena llorando me daba las gracias porque nunca había sentido todo lo que yo le había dado.

El sol ya había despuntado y tuvimos que ducharnos, recoger nuestras cosas y tomar el camino de vuelta h

acia Valencia, camino que os puedo garantizar que pasamos durmiendo desde el mismo momento de sentarnos en el autobús.

Agradeceré vuestros comentarios y sugerencias en mi correo. Un saludo.

Autor: Pedro Viudodel64 (arroba) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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