Una relación sin futuro

Dominación, Hetero. Su verga se fue metiendo poco a poco y al mismo tiempo que en la película, no podía ver la cara de ella pero sabía que se acercaba a su primer orgasmo, metió dos dedos dentro de su vagina y los movía al mismo tiempo que su pene. No tardó en oír los gemidos que indicaban que estaba por estallar y se movió más rápido. Ginger gritó y se deshizo en espasmos entrecortados.

Ginger regresó a su automóvil y se sentó al volante entre aliviada y nerviosa. Repasó mentalmente lo que había hecho entre apuros, vergüenza, excitación y encontró la sensación que estaba buscando: lujuria. Sí, esa era la razón que la mantenía en una relación sin futuro pero dedicada al sexo en todos sus disfrutes.

En días pasados había accedido a llevar a cabo su última locura. Ella consentía casi a regañadientes, aunque sabía que el punto animal de su cerebro iba a decir que sí a todo y a encontrar la manera de continuar con ese vicio de placer que la seducía. A lo largo de 4 meses y tanto sexo como deseos tuvo, Ginger sabía bien que su disposición a cumplir órdenes era a duras penas lo que a él importaba en esa relación. Y a decir verdad, a ella también le estaba gustando no tener opción a negarse a los apetitos sexuales de un casi extraño.

Las instrucciones estaban claras: debía vestirse de una manera escandalosa para su ciudad pequeña y sobretodo para su estatus social, alquilar un video XXX cuyo título ya fue suministrado y llevarlo a su departamento. Ella encontró un local pequeño, escondido, esperó a que saliera del local un padre con su hija pequeña y entró. Gastó los primeros minutos controlando su respiración y preguntó al dependiente si tenía esa película mientras le entregaba un papel café. Tras una risa nerviosa y la negativa del vendedor, Ginger salió aún más ofuscada a cumplir con el cometido.

No tenía mucho tiempo, la cita era a las tres y no quería llegar tarde. Manejó hasta un lugar que le aseguraba encontrar lo que buscaba y entró. Recuperada de su primera experiencia y sabiendo que esa tienda no iba a estar vacía en ningún momento, pidió con toda la seguridad de su trabajo de banquera, un catálogo de las películas para adultos. Bajo la mirada sospechosa del dueño asiático tras el mostrador, Ginger buscó a toda velocidad el ansiado título y lo pidió señalando la foto en el álbum. El chino le pidió un momento y regresó de la parte trasera de la tienda con su trofeo.

Ahora, en la seguridad de su automóvil, tomó la avenida principal que la llevaría nuevamente a los dominios de su amante. Llegó un par de minutos antes de las tres, estacionó el auto y permaneció junto al timbre hasta que la alarma de su reloj anuncie el momento exacto en el que debía presionarlo. La puerta se abrió y entró Ginger al edificio con su minifalda y la película.

Dentro del departamento, él la veía caminar hacia su puerta, no podía aguantar las ganas de quitarle la ropa y explorar no solo su cuerpo sino sus límites de lo moral y lo prohibido. Más allá de la excitación física, le atraía escuchar sus gemidos, le gustaba saberse poderoso sobre ella. Se dieron un largo beso que él aprovechó para sentir su trasero bajo la ropa. Metió su mano bajo la falda y le preguntó por su encargo. Ella le entregó el video y juntos entraron al dormitorio.

En el velador junto a la cama estaban ya servidas dos copas de vino tinto, él se mojó los labios y le explicó su plan. Hoy actuarán como los protagonistas de la película, repetirán todo lo que los actores hacen en la pantalla, no importa si le parece inmoral, impúdico o imposible. Para Ginger no había vuelta atrás, ya estaba dentro del departamento, dentro del dormitorio, sobre la cama. Si él hubiera querido, la amarraba a una silla y hubiera podido hacer lo que quería. En su mente bullían las voces, la cobardía, la consecuencia, el miedo, pero la lujuria se encargó de acallar a todas y la llevó donde la mano de hombre dirigía su cabeza, abrió la boca y se dedicó con los ojos cerrados a chupar esa verga, se la metió entera y empezó a jugar con su lengua. Le encantaba sentir cuando todavía no se pone dura, sentir su boca llena como si tuviera masa de pastel.

Antes de que su fuerza de voluntad acabe, él la separó y le dijo que se meta al baño, que encontrará ropa adecuada para ella en esa tarde de retos. Ginger se incorporó y se dirigió hacia la puerta del baño. De pronto sintió que él se abalanzaba y la dominaba sobre el piso de alfombra. ¿Crees que sabes que va a pasar? – le espetó al oído. Ponte en cuatro y abre las piernas. Él sacó de su bolsillo un frasco pequeño y metió su punta larga en el ano de Ginger. Ese momento supo ella de lo que se trataba, pero lo que sintió antes del desenlace fue una mezcla de nervios, de excitación, de angustia que tiempo después siguió recordando como uno de los momentos intensos de su vida desenfrenada. Sintió el líquido frío que recorría su intestino, la mano caliente de él presionando su espalda contra la alfombra y se sintió muy puta, tal como quería sentirse.

Salió del baño con un conjunto negro minúsculo, por lo menos dos tallas menores a la suya, las tetas amenazaban con salirse del encaje y la ropa interior era tan pequeña que pensó que ni siquiera necesitaría sacársela. Completaba el cuadro unos zapatos negros de taco altísimo y maquillaje de tonos azules y rojos brillantes.

Él la esperaba en la cama, con la televisión prendida y las cortinas cerradas. En la primera escena, estaba una mujer vestida casi como ella, arrodillada como en todas las películas porno, lamiendo con auténtico placer un pene gigante. Eso no es complicado, pensó para sus adentros, además del gusto que siempre ha sentido hacia el sexo oral. Empezó la tarea con dedicación y en poco tiempo sintió que la verga se hacía grande, gruesa y firme, llenó su boca y sintió que quería pasar hacia su garganta. Miró hacia la pantalla y vio como la mujer de negro, inexplicablemente se tragaba ese palo hasta hacerlo desaparecer. Siempre se preguntó como podían lograrlo, pero ese momento no había tiempo para divagar, sentía manos en su nuca que la presionaban y la dejaban sin respiración. Él pausó la película y le dijo que no continuaría hasta que lo haga bien. Transcurrieron pocos minutos e intentos que parecían eternidades, cada vez su pene llegaba más lejos hasta que los labios de Ginger alcanzaron el vello púbico y él se dio por satisfecho. Tampoco quería agotarla, faltaba por hacer.

La siguiente escena mostraba al actor acostado sobre la cama boca arriba con las rodillas dobladas, la mujer se acostó sobre él boca arriba también y abrió sus piernas como si el hombre fuera una silla ginecológica. Ginger sintió que él abrió aún más sus rodillas y con su mano derecha hizo a un lado el borde de la tanga y guió su pene hasta introducirlo en su húmeda entrada. Ella se mordía los labios, no quería ceder todavía a un orgasmo anticipado, estaba disfrutando como nunca una aventura en la que sabía y no sabía lo que venía, en la que había consentido que su cuerpo sea utilizado a satisfacción de otra persona. El pene entraba y salía con velocidad. Para que su cuerpo no resbale, sus manos aprisionaron sus tetas por debajo del sostén hasta casi hacerle daño, su voz le recordaba que era una regalada, una puta rica que es la más puta de todas porque solo lo hace por placer y no por necesidad.

Desde la película llegaban los gemidos, los gritos y los sonidos que indicaban que la escena iba a cambiar. Ginger observó que la cámara enfocaba a la vagina abierta de la mujer que se colocó en cuatro al filo de la cama. La cámara no se movió hasta que captó una mano masculina acariciando la vagina y untando el trasero de la mujer con una sustancia líquida y de color rosado.

Ginger se sobresaltó cuando sintió dos dedos de su amante dentro de su ano, no estaba todavía acostumbrada a esas caricias y pensó en detenerse, pero lo dejó hacer. Los actores hicieron gala de su flexibilidad y en un momento la mujer estaba boca arriba, su espalda arqueada hasta que sus rodillas casi tocaban su cara, sus brazos servían de apoyo para no caer. Él acercó su pene y lo introdujo en su vagina, entró como cuchillo en mantequilla, mientras que Ginger sentía un cosquilleo en su ano que le resultaba extraño.

La posición era incómoda, pero excitante ya que sus movimientos estaban muy limitados y su sexo estaba expuesto. Luego de unos minutos, él sacó su pene a punto de estallar y lo acercó a su trasero, introdujo la punta y luego paró. Ginger no sentía molestia, la crema tenía un efecto anestesiante y eso la tranquilizó. Su verga se fue metiendo poco a poco y al mismo tiempo que en la película estaba totalmente dentro de ella. En seguida inició un movimiento de vaivén, salía y entraba su pene con facilidad, cada vez lo sacaba más y lo volvía a hundir.

La vista de su sexo era completa, no podía ver la cara de ella pero sabía que se acercaba a su primer orgasmo, metió dos dedos dentro de su vagina y los movía al mismo tiempo que su pene. No tardó en oír los gemidos que indicaban que estaba por estallar y se movió más rápido. Ginger gritó y se deshizo en espasmos entrecortados. Él soltó su trasero, dejó que baje sus piernas y que disfrute su merecido premio. La visión fue más que suficiente, se colocó encima de ella y le dijo que solo le faltaba un final de película, mientras masturbaba la verga sobre su cara. El semen salió disparado y cayó sobre sus ojos pintados, sobre su pelo, sobre sus senos.

Cayeron agotados uno junto al otro en la cama. Él paró la película y sirvió nuevas copas de vino. La noche apenas había comenzado.

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Escrito por Marqueze

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