Le bajé las bragas a mamá

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Susana me dijo: Yo también he pasado muy buenos momentos follándome a tu madre. Tu padre y yo competíamos en ver quien la hacía correrse con más intensidad, pero tu madre cogió celos de nosotros, porque después tu padre y yo follábamos como si el mundo se fuese a acabar y al final eso la desquició, porque ella siempre quiere ser el centro de atención de todos los saraos, de modo que cuando vi tu mano debajo de su falda me relajé porque sabía el final.

A veces uno se ve arrastrado por los acontecimientos y se encuentra en situaciones embarazosas de las cuales hay que salir como se puede. En las relaciones sexuales estas situaciones se dan con cierta frecuencia, otra cosa bien diferente es que se produzcan entre madre e hijo.

Soy Pancho Alabardero, tengo casi cuarenta años, vivo en Madrid, mantengo relaciones sexuales con mi madre y me relaciono con colegas que hacen otro tanto. Compartimos experiencias, confidencias y vivencias y a veces, sólo a veces, nos gusta darlas a conocer.

Este es el relato de un atribulado muchacho que se vio envuelto en una situación un tanto escabrosa, pero que supo salir de ella magistralmente, aunque quizás esa situación le vaya a conducir a otras situaciones bastante más comprometidas, pero tiempo al tiempo, dejemos que los acontecimientos se vayan produciendo y estaremos al tanto para ir contándoselas a ustedes.

Hola, soy Vicente, tengo 30 años, vivo y trabajo en Palencia (España) y por el momento estoy soltero y sin compromiso, aunque esto último lo digo con la boca pequeña, pues aunque no formalmente, se podría decir que tengo novia informal. Mis padres viven en Valladolid, tienen cincuenta y tantos años y, aparentemente, son una pareja bien avenida y sin grandes complicaciones, claro que uno nunca sabe lo que ocurre en la intimidad de su dormitorio.

Desde que tengo uso de razón conozco a Susana, una amiga de mis padres, más o menos de la misma edad de ellos que siempre ha estado presente en los acontecimientos más destacados de la familia: Comuniones, bodas, entierros, etc. Aunque para serles sinceros nunca he sabido la procedencia de tal amistad.

Palencia de Valladolid dista apenas media hora en coche, por lo que entenderán que con asiduidad frecuento la casa de mis padres, aunque solo sea para comer o cenar, y fue ahí, en la “ultima cena” en casa de mis padres donde comenzó esta historia.

-Este fin de semana voy a Madrid ¿os queréis venir?- les pregunté casi de una manera retórica, esperando que la respuesta fuese un “no, que te lo pases bien”, pero no fue eso lo que ocurrió. -A mí si que me gustaría ir- contestaron los dos casi al unísono.

El caso es que me vi enredado y tuve que apechugar con las consecuencias. Reserva de otra habitación y reprogramación del viaje. Tenia pensado salir el sábado de mañana, pero en vista de que mis padres querían venir, lo adelanté al Viernes por la tarde para que tuvieran más tiempo para visitar Madrid, aunque me pareció a mi que lo que mi padre quería visitar no era precisamente los museos, pues a renglón seguido, nada más explicarles la logística del viaje me propuso:

-Podíamos quedar el viernes por la noche para cenar todos juntos con Susana.

Susana en efecto vivía en Madrid y de vez en cuando venía a Valladolid a visitar a mis padres, pero hacia bastante tiempo que esas visitas no se producían, aunque antes eran bastante frecuentes. No tuve nada que objetar, al contrario, a mí también me apetecía ver a Susana, una mujer muy elegante y glamorosa, guapa y sobre todo muy divertida, aunque ahora me preguntaba a mi mismo dos cosas: cual era el vinculo que les unía a mis padres con Susana y por qué ella nunca se presentó con pareja, siempre que la vi estaba sola.

El caso es que llegó el viernes y como a eso de las ocho de la noche ya estábamos en Madrid registrándonos en el hotel. Susana vivía en las afueras y además no conducía, de modo que había quedado en ir yo a recogerla mientras mis padres se acomodaban en el hotel. Cuando la recogí en su casa me recibió un tanto fría, casi se podría deducir que venía a la cena conmigo y con mis padres más por obligación que por devoción, es decir, la vi forzada, aunque correcta en todo momento.

Cuando llegamos al hotel, la cosa aún se puso peor, pues la invité a que subiera a la habitación de mis padres y no aceptó, me dijo que prefería esperarlos en recepción, lo que me dejó un tanto desconcertado, pero bueno, ya les digo que el trato en todo momento era correcto, frío pero correcto.

El hotel era uno de esos macro hoteles de la capital que tienen de todo, restaurantes, salas de fiesta, discotecas, tiendas, de modo que habíamos quedado en cenar en uno de sus restaurantes y después pasarnos por una de sus discotecas y así lo hicimos.

Cuando los tres se encontraron los saludos lo dejaba todo al descubierto, mi padre babeaba saludando a Susana, mi madre en cambio la saludaba fría y distante, lo que dejaba ver que entre ellas había algún pique de tiempos atrás, pero bueno, nos fuimos a la cena que transcurrió sin apenas acontecimientos dignos de mención, correcta pero sin efusiones, eso claro excluyendo a mi padre, que se le veía encandilado hablando con Susana.

Lo de la discoteca ya fue otro cantar. Nada más sentarnos los cuatro en una mesa mi padre invitó a Susana a bailar, que aceptó un tanto recelosa y mi madre y yo nos quedamos sentados en la mesa. Mi madre, lejos de disfrutar del momento, del ambiente y de la música, no les quitaba ojo a mi padre y a Susana y claro, algún comentario intrascendente se le escapó de sus labios.

-Mira como la coge, se la va a comer- comenta mi madre. -No mujer, es que ahora se baila así, muy agarrados- le contesté para distraerla. -Mira, ahora la está besando en el cuello- me vuelve a decir como intranquila.

Estaba claro que algo tenía que hacer, porque estaba viendo que mi madre se estaba caldeando más de lo debido, de modo que me levanté y me puse a bailar con ella con la intención de distraerla, pero no lo conseguí porque al momento me estaba comentando la última de mi padre con Susana.

-Mira, le está bajando las bragas.

A lo cual yo ya no tuve duda alguna de lo que debía hacer. Le metí mano por debajo de la falda e hice lo mismo: bajarle las bragas a mi madre.

-¿Qué haces loco?, aquí no que nos van a ver- me contestó sorprendidísima de lo que la estaba haciendo.

Yo casi lo hice sin pensarlo y me esperaba una reprimenda fenomenal por mi atrevimiento, pero mi madre me dijo algo que me dejó perplejo:

-Vamos para aquel rincón, allí nadie nos verá- y acto seguido me empujó hacia un rincón de la sala un tanto oscuro y solitario.

Al momento me vi en un rincón oscuro bailando con mi madre, la cual tenía las bragas bajadas, su cuerpo pegado al mío y mirándome con ojos de picarona y sonrisa un tanto nerviosa. De repente su interés por lo que hacían mi padre y Susana desapareció por encanto, y con la misma rapidez apareció mi interés por conocer lo que estaba sucediendo.

Mi padre era obvio que lo que estaba haciendo con Susana no era improvisar una situación, más bien era un recordar tiempos pasados donde parece ser que la relación entre ellos era algo más que de amistad. Susana se entregaba al descarado magreo de mi padre de una manera voluptuosa, apasionada, se les veía como un par de salidos aprovechando el momento y la ocasión.

Mi madre, que hasta ese momento se había mostrado como una esposa despechada por las andanzas de su marido, cambió radicalmente al sentirse protagonista ella misma de un magreo semejante al que Susana estaba recibiendo, pero joder, esto no era un intercambio de parejas, a mi madre quien la estaba magreando era yo, su hijo, aunque no me pareció que eso le importase demasiado. Yo no sabía exactamente qué hacer, porque al bajarle las bragas mi intención no era desde luego meterle mano a mi madre, era tan solo una travesura, quizás un tanto atrevida, pero sólo eso, una travesura para que dejase de mirar cómo mi padre magreaba a Susana.

Yo me quedé como petrificado por la situación, no sabía qué hacer, aunque ella sí, mi madre sí que sabía lo que quería, porque ante mi pasividad se me acercó al oído y con voz calida y provocativa me dijo:

-Aprovecha, que no nos ve nadie.

Yo no quería aprovecharme de mi madre, pero uno ante todo es un caballero que bajo ningún pretexto iba a dar un desaire a una dama, pero además la dama en cuestión, es decir mi madre, estaba de puta madre: caliente, o mejor dicho salida, escotaba hasta casi rozar el exhibicionismo, apasionada, activa, lujuriosa y decidida a echarse un buen polvo.

Y las cosas son como son, no como uno quisiera que fueran. De aquella inocente travesura salió esta embarazosa situación: Estaba bailando con una mujer con las bragas entre las piernas y el chocho al aire, mi mano derecha acariciando la raja de su culo y la izquierda sobándole descaradamente sus tetas que estaban que se salían del sujetador.

Ella, lejos de abandonarse y dejarse hacer, pegaba su entrepierna a la mía y se restregaba contra mi polla insinuantemente. La música sonaba tentadora, la luz se difuminaba y apenas dejaba ver siluetas en la sala, su respiración se agitaba presa del momento, su culo se arqueaba aparatosamente para pegarse más y más a mi descarada y abultada polla y su lengua desparramaba toda su libido sobre mis atribulados labios, de modo que, casi, casi mecánicamente, sin ser consciente de lo que estaba haciendo, sin premeditación pero sabiendo claramente lo que quería hacer, retiré mi mano de la raja de su culo y la metí en su jugoso chochete.

Primero palpé con la mano lo que se me ofrecía: una espesa mata de vello púbico, unos labios superiores por los que escurrían generosas sus secreciones vaginales y una entrepierna musculosa. La música, aquella maldita música no era una balada al uso, era más bien un toque de corneta para iniciar el ataque, la luz se difuminaba hasta el paroxismo y en la oscuridad sólo se escuchaban jadeos por doquier, los cuerpos se pegaban los unos a los otros, las lenguas se entrelazaban, el aire de la sala se viciaba de olores a chuminos, las feromonas flotaban en el ambiente y mi dedo corazón, mi afortunado dedo corazón de mi mano derecha se introducía lentamente en el excitado chumino de mamá.

Ella, al sentirse penetrada por mi descarado dedo, el dedo que tantas y tantas pajas había hecho a las chicas, hizo un ligero requiebro con los músculos de su entrepierna y lo atrapó con firmeza dentro de su chochete. La música parecía adivinar lo que en la sala se estaba produciendo y comenzó una melódica y sensual reproducción de sonidos que acompasaban melodiosamente las caricias que estaba prodigándole al chochete de mamá.

La música, aquella maldita música se lentificaba y las caricias de mi dedo pajero en el chochete de mamá se eternizaban en un suave sube y baja sobre su excitadísimo clítoris. Ahora la música, aquella maldita música, se hacía más tensa y rápida y mi dedo, mi descarado y bien entrenado dedo corazón frotaba firme y perseverante un chochete que presagiaba una auténtica explosión de gozo y placer de manera inminente. Un empujón, un chispeante empujón y mi madre se corría entre mis dedos de manera voluptuosa, sensual, apasionada.

La luz volvía a iluminar la sala, los cuerpos recomponían su compostura, las miradas de los clientes se entrecruzaban expectantes por lo sucedido y mi madre, mi apasionaba madre hacía un vano intento de aliviarme introduciendo su mano dentro de mi pantalón para hilvanar una rápida pero imposible paja a mi maltrecha polla. Las luces arruinaban cualquier intento de masturbación.

Vimos aparecer a mi padre y a Susana, su atribulada pareja de baile. Ella venia extenuada pero sonriente, lo que significaba, más allá de cualquier duda razonable, que se acababa de correr como una burra. Mi madre estaba lustrosa, sonriente, como correspondía a una mujer recién corrida, aunque quizás se le notaba cierta frustración por no haber podido culminar la paja que había comenzado. Sobraban las explicaciones y sobraba cualquier intento de prolongar la noche. Todo el pescado estaba vendido de modo que recogimos nuestras pertenencias y pusimos fin a una velada que comenzó un tanto fría y terminó ardiendo. Al despedirnos de ellos en el aparcamiento, Susana y yo dimos las buenas noches a mi padre y un beso a mi madre.

-Te debo una- me susurró mamá al oído mientras me despedía de ella. -No lo olvides-le dije con tono provocativo. -Ya te llamo y quedamos, esto hay que repetirlo- me contestó resuelta.

Yo sencillamente me quedé “pasmao”, mi madre me estaba anunciando una cita, supuestamente para que le volviera a bajar las bragas, aunque confiaba que la próxima vez lo que le metiera a mamá en su chochete no fuese mi dedo de las pajas. El trayecto hasta casa de Susana lo hicimos intercambiando apenas unas frases sin importancia, aunque la sorpresa estaba por llegar. Antes de salir del coche me miró y me dijo:

-Vaya paja que le has hecho a tu madre… -Qué, si no nos has visto- le respondí sorprendido por la confidencia. -No, no se os veía, pero una columna forrada de espejo dejaba ver tus andanzas en el chocho de tu madre…

Yo me quedé mirándola sin palabras. Ella me dio un beso de despedida y me dijo:

-No te preocupes, yo también he pasado muy buenos momentos follándome a tu madre. Tu padre y yo competíamos en ver quien la hacía correrse con más intensidad, pero tu madre cogió celos de nosotros, porque después tu padre y yo follábamos como si el mundo se fuese a acabar y al final eso la desquició, porque ella siempre quiere ser el centro de atención de todos los saraos, de modo que cuando vi tu mano debajo de su falda me relajé porque sabía el final.

-Tu madre nunca desaprovecha una oportunidad para que la follen. Hombre, mujer, marido, vecino, hijo, no importa demasiado, lo único que la importa es ser el centro de atención…

Y así fue como descubrí que mi madre era una salida sexual y que pronto recibiría una llamada de ella para satisfacerla. Aceptó sugerencias porque créanme, me encuentro en una encrucijada y no sé qué camino debo de tomar.

Autor: Pancho Alabardero

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Escrito por Marqueze

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