Manicura

Este verano estuvo lleno de sorpresas. Recuerdo que llovía a cántaros una tarde y deseando hacer un poco de tiempo para que dejara de llover entré en un salón de estética a cortarme el pelo. De verdad, ya lo necesitaba. Ya me había hecho cortar el pelo antes en aquel lugar y lo que más me atraía era una muchacha que daba servicio de manicura. Yo no acostumbraba hacerlo, pero sí me gustaba verla.

El peluquero era un hombre joven, llamado Xavier, que era ostensiblemente gay, y me trataba con mucha amabilidad. Me daba mucha conversación y se veía que yo le gustaba, pero yo me limitaba a hablar con él sólo lo estrictamente necesario, aunque sí debo confesar que más de una vez me vino a la mente la idea de tener algún tipo de relación homosexual.

Desde la ventana del salón yo contemplaba la lluvia caer. Estaba aburrido, mientras esperaba mi turno. Con una revista en la mano, tratando de leer un artículo que realmente no me interesaba, observaba a la manicura. Ella lo notó y se acercó a mí. Llevaba una lima de uñas en la mano y me la enseñó, al tiempo que me ofrecía sus servicios. Le agradecí su gesto, pero en realidad no tenía interés en ello.

La joven se sentó frente a mí y tomó mi mano izquierda entre las suyas, al tiempo que me hacía notar la conveniencia de arreglar mis uñas. Conversamos un rato sobre cosas intrascendentes, y ella no me soltaba la mano. No podía creer que hubiera algún tipo de segunda intención de parte de ella. Sin embargo, la situación continuaba.

Ella era una joven de unos 22 años, de estatura mediana, tenía unas caderas amplias y aunque no era demasiado bonita, tenía cierto atractivo que llamaba la atención. Con las piernas cruzadas, la falda le llegaba unas cinco o seis pulgadas por arriba de la rodilla. Eran unas piernas bien torneadas que llamaban la atención. Respiraba pesadamente, como si tuviera un extraño calor interior.

Entonces, decidí invitarla a tomar un café, a lo cual ella aceptó sin dudarlo un instante, diciéndome que llegara por ella a la hora de salida. Así lo hice y fuimos a una cafetería cercana. El café se convirtió en una cena ligera y después la acompañé a su apartamento. Ella me invitó a pasar y una vez adentro se acercó a mí y me dijo:

– Por favor, bésame.

Tenía la respiración un tanto pesada y había en su voz una extraña emoción. Alcancé a percibir en ella cierto viso de urgencia. Me atrajo hacia ella y nuestro beso fue apasionado. Entonces, ella bajó la mano y se apoderó de mi pene, apretándolo suavemente. Yo brinqué nervioso, pues no esperaba esto, al menos no tan rápidamente.

– Tranquilo -me dijo-. Esto no es nada malo. Por el contrario.

La miré extrañado, y ella retiró su mano. Comenzó a desabotonarse la blusa y, como no llevaba brassier, sus pechos brotaron frente a mí. Yo no podía apartar la mirada de aquellos senos macizos, con grandes pezones. Acercó nuevamente su cara a la mía y, esta vez, yo la besé. Su boca estaba entreabierta y cuando mis labios tocaron los suyos, su lengua penetró en mi boca, enredándose con mi lengua.

Abandonado a sus caricias, dejé que mi mano se deslizara hacia sus pechos y se los acaricié. Sentí que los pezones se enderezaban y los pellizqué con suavidad.

Poco a poco, nuestra ropa fue cayendo por el suelo. Cuando estuve desnudo, se me acercó nuevamente y me agarró el pene con una mano, mientras me acariciaba los testículos con la otra. Comencé a decir algo, pero ella cayó de rodillas y aprisionó mi verga en su boca.

Enriqueta, así se llamaba, comenzó a mamar con avidez, moviéndose en forma regular, de tal manera, que yo entraba y salía de su boca con rítmico vaivén. Yo sabía que no podría aguantar mucho, por lo cual suspendí el tratamiento.

Ella fue hasta el sofá y se quitó el bloomer, única prenda que aún tenía puesta. Se acostó y abriendo las piernas dijo:

– Quiero que me devores.

Con mis deseos encendidos me agaché sobre su cuerpo y coloqué mi boca directamente sobre los labios carnosos de su vulva. Saqué la lengua y la acaricié. Ella gimió y arqueó su cuerpo como una gata. Sepulté mi cara en su vulva, taladrándola con mi lengua caliente y húmeda, chupando y lamiendo con avidez, haciéndola temblar y sacudir como una hoja al viento.

Me retiró suavemente y me haló de los hombros. Con mi pene erguido me coloqué entre sus piernas y le hundí mi verga con avidez. Comenzamos a movernos, lentamente al principio, intensamente después. Me enlazó con sus piernas, ensartándose mejor en mi pene. Seguimos aquel movimiento de vaivén hasta que unos minutos más tarde, por su respiración, sus gemidos y sacudidas, pude darme cuenta de que había arribado a su orgasmo.

Me retraje un poco y arremetí con más fuerza. Giré las caderas en un movimiento circular y embestí directamente contra aquel cuerpo que me llenaba de placer. Entonces, comencé a sentir que mi clímax se avecinaba y me moví con mayor rapidez, bombeando rítmicamente, hasta que un fuerte espasmo me sacudió con violencia y mi esperma salió a chorros, caliente y espesa.

Unos diez minutos después sonó el teléfono. Enriqueta, aún desnuda, se levantó a contestar. Habló durante unos minutos y después regresó a mí. Me tomó de la mano y nos retiramos a su alcoba.

Conversamos unos momentos y luego, comenzamos a besarnos. Yo estaba boca arriba en la cama y ella se me subió encima y fue avanzando hasta colocar su vulva exactamente sobre mi boca. Comencé a mamar con furia y convicción, haciéndola estremecer con cada toque de mi lengua.

Me sentía excitado y mi erección era patente. Enriqueta estaba encima de mí y yo seguía mamándola más y más, acercándola a un furioso orgasmo. De pronto, sentí algo sorpresivo. Una boca se apoderó de mi pene y comenzó a mamarlo con fe. Desde mi posición, con ella encima mío y con su vulva en mi boca, no podía ver quién era mi atacante. Lo único que sabía era que aquello era delicioso y el placer iba en aumento.

– ¡Vamos! -me dijo-. ¡Continúa!

Seguí en mi agradable labor, dando y recibiendo placer. La joven gozó sin inhibiciones, al tiempo que aquella boca me lamía y chupaba el pene con la mayor destreza, casi enloqueciéndome de placer.

No pude más, y con un gruñido sordo eyaculé. Aquella boca mamadora tragó toda mi erupción y con maestría me limpió con la lengua hasta consumir la última gota. Me gustó. No lo puedo negar.

Enriqueta entró en convulsiones unos momentos después, sacudida por los estertores de su orgasmo. La lamí y la limpié bien, y entonces, cuando ella se retiró pude ver a mi agresor. ¡Era Xavier, el peluquero del salón! Un shock me sacudió. No podía comprender aquello. Había sido víctima de una conspiración sexual. Cosas veredes, Sancho amigo.

Enriqueta, desnuda, yacía en la cama, boca arriba, con las piernas abiertas. Xavier se acercó, desnudo, frotándose la verga en completa erección y se tendió al lado de ella.

– ¿En qué piensas? -me preguntó la chica.

– Bueno… yo… ¡Nunca había tenido una experiencia así! -respondí.

Aquella había sido demasiado para mí. Nunca pensé en encontrar una cosa de ese tipo. La sola idea de lo que había sucedido y ver a aquel muchacho masturbándose frente a mí, hizo funcionar mi cerebro de tal forma que en unos segundos tenía una erección tan potente como la anterior. No podía retirar mis ojos de aquella escena y comencé a frotarme el pene en una inevitable masturbación.

Enriqueta se fijó en mí y me hizo un gesto invitante, al tiempo que en un como gemido decía:

– Mira eso.

Me volví para seguir contemplando el accionar de Xavier, quien se dio vuelta y me mostró abiertamente su ano.

– ¿No se te antoja? -me preguntó.

Enriqueta me hizo un gesto de complicidad, a la vez que decía:

– ¡Anda!

Dudoso me acerqué a él con la verga enarbolada. El joven actuó con rapidez y

tomando mi verga entre con su mano la dirigió para facilitar mi acometida por detrás. Dudé un momento cuando el glande tocó los pliegues de su ano, pero alentado por ella, empujé.

Impresionado vi cómo mi pene se abría paso, hasta estar completamente adentro. Comenzamos a movernos rítmicamente, en tanto Enriqueta se masturbaba. Ella fue la primera en venirse entre genuinos gritos de placer y luego, unos instantes después, fui yo quien inundé con mi esperma las entrañas de Xavier. quien continuaba con su masturbación y tuvo el honor de cerrar con broche de oro aquella carrera por el orgasmo, cuando unos momentos más tarde eyaculó lanzando con fuerza su semen ardiente.

Desde entonces frecuento mucho aquella sala de estética, ya que los servicios que allí se dan, se han convertido en lo principal para mí.

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Escrito por Marqueze

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